En la cámara de
tortura de la Santa Inquisición ocurrieron cosas tan atroces y escabrosas, que
ni los peores sádicos ó asesinos seriales podrían imaginar; ni si quiera las
descripciones más meticulosas detalladas con lujo de detalle podrían describir
las torturas infligidas a las pobres víctimas y el terrible dolor por el que
pasaron.
A cualquier persona
se le pone la carne de gallina al leer la historia de un hombre que le queman
los testículos con un hierro al rojo vivo ó a una mujer que le desgarran los
senos con picas y muchas cosas más; pero lo que vivieron en carne propia estos
horribles tormentos, saben el infierno que fue la Inquisición.
La leyenda que a
continuación se relata ocurrió en Europa durante la Edad Media en un antiguo
edificio, el cuál se quedó abandonado por mucho tiempo después de que la Santa
Inquisición fue abolida. Mucho tiempo después un funcionario público obtuvo el
permiso del gobierno para abrir sus puertas al público.
El edificio fue
restaurado y se convirtió en un centro cultural muy exitoso, en el que se
podían encontrar diferentes actividades artísticas y literarias como aprender a
tocar instrumentos musicales, actuar, escribir poemas, esculpir, pintar y
bailar; también contaba con una biblioteca en al que acudían personas de todas
las edades a saciar su sed de aprender.
Su director y
fundador, que no le gustaba ser llamado por su nombre era conocido como El
Maestro, estaba muy satisfecho con lo que había logrado y cada día se esforzaba
más para mejorar el lugar y para obtener nuevas donaciones para ofrecer un
mejor servicio.
Los salones fueron
instalados en lo que antiguamente fueron las oficinas de la Inquisición y la
biblioteca en lo que fue la cámara de tortura. Desde el día en que empezaron a
remodelar ésta última los trabajadores sintieron mucho miedo, incluso muchos llegaron
a renunciar porque escuchaban gritos, súplicas y lamentos desgarradores.
El Maestro no les
hizo mucho caso, ya que era muy escéptico en lo que a cosas de espíritus se
refiere; al poco tiempo la biblioteca
fue abierta al público y algunas personas se quejaron de oír y sentir
cosas que les hacía estremecerse; pero en vez de que disminuyeran la cantidad
de visitantes, estos aumentaron.
Así pasó el tiempo
y una tarde que se encontraba a escasos
días de que el centro cultural festejara su primer aniversario, El maestro citó
a un grupo de jóvenes voluntarios en la biblioteca, para que le ayudaran a
hacer los preparativos de la fiesta.
Los muchachos se
encontraban muy entusiasmados discutiendo
su participación en el festejo, pero éste agradable momento no duraría
mucho, ya que fue interrumpido por un espantoso quejido.
Como es natural
todos se asustaron, El Maestro trató de aparentar una calma que no sentía, iba
a decirles unas palabras tranquilizadoras, cuando se escucharon los gritos de
un hombre que sufría muchísimo.
-¡¡No!! ¡¡No!!
¡¡No!! ¡Por favor se los suplico! ¡Tengan piedad! ¡Ayyyyyyyyyy!
Algunos de los
muchachos se quedaron petrificados de miedo y otros salieron corriendo y
gritando, como si hubieran visto al mismísimo Satanás.
Los que se quedaron en
la biblioteca, entre ellos El Maestro siguieron escuchando:
-¡Juro por que no
hice nada! ¡Soy un ferviente católico! ¡Por favor! ¡Por piedad! ¡Ya no me hagan
daño!
Después todo se
sumió en un silencio sepulcral, que duró una eternidad, después se escuchó una
diabólica carcajada que hizo estremecer los muros del edificio.
Todos salieron de
ahí lo más rápido que les dieron sus piernas. Esa noche ni el velador se quedó.
Y como dijera el
dicho, “Pueblo pequeño, chisme grande”, por más que El Maestro tratara de
ocultar los hechos; al otro día todo el pueblo ya estaba enterado y el centro
cultural tuvo que ser cerrado, sin llegar a festejar su aniversario.
El director mandó a
ingenieros y físicos a que inspeccionaran la biblioteca, pero no pudieron darle
una explicación científica a los extraños y espeluznantes fenómenos.
Su esposa le sugirió
hacer una sesión espiritista; aunque su marido era escéptico a esas cosas, pero
su curiosidad y anhelo de abrir el centro cultural pudieron más, pese a su
incredulidad.
La sesión se llevó a
cabo en la biblioteca; todos los asistentes se sentaron en círculo, quedando la
médium en la cabecera. Los presentes guardaron silencio y esperaron a que la
médium se pusiera en trance; de pronto la mujer empezó a agitarse y después a convulsionarse,
se movía como si tuviera al mismísimo diablo dentro. Con la voz de un hombre
dio horribles alaridos, suplicando piedad; conforme avanzaba la sesión su
rostro se deformaba, como si estuviera sufriendo un espantoso suplicio. Los
presentes estaban horrorizados y desesperados de no poder hacer nada para
regresar a la mujer a la realidad. Este horror duró casi una hora, después la
médium abrió los ojos y con un horror indescriptible, dijo:
-¡Acabo de ser
torturada por un inquisidor! ¡Estuve en una cámara de tortura! ¡Vi y sufrí algo
de lo que nunca me recuperaré! ¡Este edificio es el infierno! ¡Demuélanlo!
¡Tiene que ser destruido desde sus cimientos!
Dicho y hecho: el
edificio fue demolido porque el infierno se quedó ahí.
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