Durante
el siglo XVI en la calle de Mesones de Talavera de la Reina, vivía una mujer
llamada Isabel; estaba casada con Esteban un aventurero, intrépido y temerario
marinero que ya había recorrido los siete mares, amaba profunda y tiernamente a
su esposa, el amor era recíproco; pero a pesar de todo no eran felices, sufrían
mucho porque Isabel no podía quedar embarazada.
En
una ocasión Esteban zarpó al Puerto de Cádiz en España; su esposa se quedaba
sola durante muchos meses, sin tener noticias de su marido.
En
aquella época cualquier comportamiento podía ser visto como sospechoso, cosas
tan inofensivas, como bañarse diario era visto como un acto herético, pues solo
los judíos acostumbraban hacerlo.
Isabel
era una ferviente católica, pero adoraba bañarse. Todos los días se la pasaba
metida en la tina relajándose para sentir un poco de consuelo por la ausencia
de su marido y el hecho de no poder tener hijos.
Cierto
verano hizo más calor que el acostumbrado y la mujer abrió las ventanas de par
en par; claro, no falta la típica vecina metiche, que se dio cuenta que Isabel
acostumbraba bañarse diario y la denunció a la Inquisición.
Los
verdugos ataron sus muñecas a un anillo de hierro empotrado en la pared y los
tobillos a otro anillo que estaba en el piso; acto seguido jalaron fuertemente
la soga, hasta dislocarle los huesos.
Por
fortuna Isabel fue declarada inocente, porque uno de los inquisidores la había
visto en la iglesia pidiéndole a Dios le diera un hijo.
Esteban
regresó dos años después, trayendo muchos obsequios de lejanas tierras para su
esposa. El nunca se enteró del sufrimiento por el que pasó su mujer.
Isabel
pudo disfrutar muy poco de la compañía de su marido, pues al año volvió a
abandonarla; como ya estaba acostumbrado a andar de aventurero no le gustaba
estar todo el día metido en su casa.
La
mujer pensó que los inquisidores ya no la molestarían más porque la habían
absuelto, por lo que decidió bañarse diario y abrir las ventanas; la misma vecina fue a denunciarla otra vez a los
tribunales del Santo Oficio, no le hicieron caso, pues ya habían comprobado que
la chica era una ferviente católica, pero las insistencias de la vecina fueron
tales, que fueron a inspeccionar el lugar. Grande fue su asombro cuando vieron
a Isabel en la tina y al mismo tiempo fumando un puro.
La
pobre chica solo por hacer estas inocentes actividades fue brutalmente
torturada. Los inquisidores le pusieron un cinturón, cuyo interior estaba
cubierto de pichos de hierro. Al ceñirlo en la cintura, los pinchos laceraban y
desagarraban la carne con cada pequeño movimiento que hiciera. Así la dejaron
por muchas horas, hasta que la obligaron a confesarse hereje y la condenaron a
morir quemada viva.
Cuando
Esteban regresó pudo ver la tina aún llena en la que habían crecido algunos
nenúfares. Los vecinos le contaron lo sucedido y loco de dolor, corrió hacia el
río gritando el nombre de Isabel, acto seguido se arrojó al agua y murió
ahogado. Tiempo después en las orillas del río crecieron unos nenúfares.
Cuenta
la leyenda que durante las noches se pueden escuchar los desgarradores gritos
de Isabel gritando de dolor y a Esteban llamando a su esposa.

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