Allá por el año del señor de 1801, aún levantábase
en lo que fuera calle de Chavarría, hoy Maestro Justo Sierra, un ruinoso
edificio de tenebroso aspecto, que fue la casa del odioso y cruel Inquisidor
don Pedro Sarmiento de Tagle, hombre ante quien temblara de pavor toda la Nueva
España. ¿Qué sucesos espantosos y siniestros ocurrieron en esta casona allá en
pasados siglos, cuando todo era supersticiones y pavura? ¿Quieren saber la
historia de una campana, cuyo tañido helaba la sangre en los cuerpos de los
habitantes de esta capital?
Allá por 1692, la casona marcada con el número
dieciocho de la entonces calle de Chavarría, estaba en pie y habitable, aunque
con muchos años de abandono, en ese entonces era conocida por el vulgo como “la
tenebrosa casa del inquisidor” y por obvias razones, todos temían acercarse a
ella; sin embargo, cierto día del mes de noviembre del año antes mencionado,
llegó hasta la casa un hombre temerario llamado don Andrés Camargo, era un
joven médico que venía a establecerse en la capital de Nueva España con el fin
de ejercer su profesión, quien decide comprar la casona donde había vivido el
inquisidor setenta años atrás, a pesar de las advertencias del vendedor.
El joven entró a la casona, hallándose en medio de
un ambiente de lujo siniestro y abandono, sin el menor temor se arrellanó en un
confortable sillón de una gran mesa de trabajo, en ese momento un raro
estremecimiento invadió todo su cuerpo, parecía como si alguien estuviese a sus
espaldas, se incorporó de un salto y
quedó de pie mirando tras el sillón; allí en el muro estaba un gran retrato de un hombre siniestro
al que hizo caso omiso, y pensando que aquel aire de abandono de su nueva
morada lo hacía alucinar, decide salir a la calle para pedir a una humilde
pareja que pasaba casualmente, le limpie la casa a cambio de una muy buena
paga, a lo que le contestaron con un
rotundo no, y sin decir más al médico salieron corriendo asustados.
A pesar de mostrarse persuasivo y generoso, después
de varias horas el joven no lograba hallar a ningún osado, y al fin pasado el
mediodía logró echar mano de dos plebeyos que apestaban a sudor y a vino; poco
después los dos tipos se encontraban entregados a la tarea de limpieza y
bebiendo vino, y a decir verdad hacían
su trabajo de prisa y bien hecho, a pesar de hallarse ya casi ebrios. Ya caída
la tarde, la tarea estaba casi concluida, y uno de aquellos hombres limpiaba el
retrato de inquisidor, cuando vio que este movían los ojos, asustado le dijo a
su compañero, el cuál corroboró su historia; acto seguido los dos ebrios
huyeron despavoridos ya sin importarles cobrar la paga prometida, sino salir de
la siniestra casona lo más rápido posible, en vano el dueño quiso detenerlos.
Horas después, el médico se disponía a entregarse al descanso, había sido un
día de ardua tarea y emociones, de pronto un infernal alarido resonó en toda la
solitaria casona, pero el hombre pensó que serían los ebrios que venían a
asustarlo para sacarle dinero y vino.
Decidido a dar un escarmiento a quien lo
importunaba, el doctor salió de la alcoba
espada en mano, entonces escuchó como si un ave siniestra volara por la
casa, levantó la cabeza y vio a un búho de apariencia extraña, emitiendo
aquellos siniestros gritos, trepado en una soga atada a una campana; en ese
momento escuchó una voz que le decía que la campana tocaría la hora de su
muerte. Sin saber porque, como si alguien le mandara hacerlo, el joven se
volvió e iluminó el retrato del inquisidor, y se percató que eran sus ojos eran
los mismos del búho; creyendo que las sombras de la noche despertaban su
imaginación, decide volver a su alcoba para tomar un merecido descanso.
La luz del nuevo día disipó todos los temores del
joven médico, quien de todos modos salió a la calle con el fin de platicar con
alguien en una taberna llamada “Taberna del Toro”, y dado lo temprano de la
hora no había parroquianos, pero el viejo tabernero los atendió; el joven
estaba decido a descubrir el misterio del antiguo propietario de la casona
maldita que había comprado, momentos
después al tabernero se le soltaba la lengua ante la vista de unos ducados de
oro, y le relató que don Pedro Sarmiento de Tagle había sido uno de los inquisidores
más crueles y despiadados que había tenido Nueva España, se regocijaba viendo
sufrir a los reos en tormento y lanzaba carcajadas cuando ardían en la hoguera;
entre muchas más atrocidades le relató el tabernero. Todos le temían a la famosa campana maldita, pues cuando la
tocaba, era indicio de que su cerebro
enfermo y demoníaco había urdido otra forma de tortura y muerte, y
siempre sin falta alguien moría de la manera más cruel, “novedosa” y perversa
que mente humana haya imaginado.
Satisfecha a medias su curiosidad, el médico se
marchaba de la taberna, pero antes de hacerlo preguntó que había sido del
inquisidor, el tabernero le dijo que había sido un misterio donde fue
enterrado. El joven hizo algunas compras y después se dirigió a su casa para
entregarse al estudio de las enfermedades que diezmaban a la gente de la Nueva
España, así estuvo todo el día hasta que la noche los sorprendió; de pronto
sintió de nuevo esa sombra a sus espaldas, el ambiente se hizo tenso y parecía
que algo flotaba sobrenatural flotaba en la casona, y de pronto, como un
latigazo que azotó las sombras, sonó aquel alarido infernal, el joven se
incorporó de un salto y vio la búho al que le lanzó un libraco con toda su
furia, tratándolo de matar; entonces el ave voló para posarse encima del cuadro
del inquisidor, el médico le aventó otro libro y el búho lanzó un graznido y
voló hacia lo alto del techo, sumergido en profundísimas tinieblas. El doctor
entonces analizó con detenimiento el cuadro y observó que tenía una gran
similitud con el ave; pensando que el cansancio avivaba su imaginación.
A partir de entonces el médico no iba a poder
dormir el resto de su vida, porque la tenebrosa casa del inquisidor estaba ya
poblada de seres infernales, y de pronto en un rincón de la habitación,
apareció el búho con sus ojos siniestros fijos en él, pero parecía tener una luz de burlona
crueldad; el ave sale volando y el joven decide ir en su persecución, armado de
un garrote corrió rumbo al salón del retrato, bien sabía que en lo alto se
ocultaba el plumífero, peor al llegar no había ni rastros de esta. Entonces al
iluminar con la luz de la vela el cuadro hizo un terrible descubrimiento: ¡el
inquisidor no estaba! En esos momentos el médico escuchó con claridad el roce
de pesadas vestiduras y volvió hacia atrás, y lo que vio lo llenó de terror, de
un miedo invencible, ¡frente a él se encontraba el mismo inquisidor!
Sin hablar, con el ceño fruncido y los ojos
siniestros, el inquisidor señaló al joven un banquillo en el centro del salón;
anonadado y sin voluntad tomó asiento en el banquillo de los acusados, entonces
hizo su aparición otro siniestro y silencioso personaje, que traía un
candelabro para hacer luz, y en medio de aquel ambiente de pesadilla se vieron
las tres figuras de otros personajes.
Aquellos personajes cuchichearon algo
ininteligible, parecían musitar algo espantoso, a veces parecía que solo abrían
la boca, una boca que era un pozo profundo de tinieblas; fuera de sí, pero como
impotente para levantarse del banquillo, el gritó que eran unos asesinos, de
pronto un ráfaga de viento helado apagó las velas y todo quedó en tinieblas,
solo un amarillento círculo de luz alumbraba la aterrorizada figura del doctor.
Cuando los ojos del joven se acostumbraron a la
oscuridad, pudieron ver hacia el inquisidor sacando un grueso libro, del hueco
que quedó salieron una gran cantidad de enormes ratas, y cuando la última hubo
salido se dejó escuchar una risa perversa de satisfacción. Como si obedecieran
a diabólico mandato, las enormes ratas rodearon en una horrible danza al
petrificado médico, después se formaron cerca de sus pies haciendo un círculo
que causaba escalofríos, sus ojillos rojos tenían fulgores infernales, y a la
orden de una voz gutural como venida desde muy profundo, los roedores cerraban
más el círculo, arrancándole alaridos de dolor con sus mordiscos.
Pronto las voraces ratas comenzaron a destrozar el
cuerpo del doctor. Cerca de la media noche, rezagados bebedores de la taberna
del Toro, escucharon alarmados el tañer de una campana, pero como todos tenían
miedo de ir a la casona maldita, decidieron ir al día siguiente.
Cuando se asomaron los primeros rayos de sol
matutinos, los cinco personajes de la taberna se encaminaron decididos a la
casa del inquisidor, llamaron a la puerta sin obtener respuesta, entonces
entraron todos con el tabernero a la cabeza, pero no tuvieron que buscar mucho,
pues al llegar al tenebroso pasillo, colgado de una soga de la campana, estaban
los despojos humanos, horriblemente mutilados y sangrientos de quien fuera el
médico; entonces al grupo de caballeros se les ocurre ir a ver el cuadro del
inquisidor, y cuál no fue su sorpresa al ver que entre sus manos tenía una rata
con el hocico ensangrentado , y el con una sonrisa diabólica, como si acabase
de dar muerte cruel a una de sus víctimas, llenos de miedo salieron de casa a
toda prisa.
Aquella fue la última vez que la tenebrosa casa del
inquisidor fue habitada, después vinieron los siglos de olvido y demoliciones.
Ahora no sabemos exactamente en donde estaba aquella casa, ¿la conocieron
ustedes?

No hay comentarios:
Publicar un comentario