domingo, 19 de julio de 2015

La tenebrosa casa del Inquisidor (Sucedió en la hoy calle de Justo Sierra)

Allá por el año del señor de 1801, aún levantábase en lo que fuera calle de Chavarría, hoy Maestro Justo Sierra, un ruinoso edificio de tenebroso aspecto, que fue la casa del odioso y cruel Inquisidor don Pedro Sarmiento de Tagle, hombre ante quien temblara de pavor toda la Nueva España. ¿Qué sucesos espantosos y siniestros ocurrieron en esta casona allá en pasados siglos, cuando todo era supersticiones y pavura? ¿Quieren saber la historia de una campana, cuyo tañido helaba la sangre en los cuerpos de los habitantes de esta capital?
Allá por 1692, la casona marcada con el número dieciocho de la entonces calle de Chavarría, estaba en pie y habitable, aunque con muchos años de abandono, en ese entonces era conocida por el vulgo como “la tenebrosa casa del inquisidor” y por obvias razones, todos temían acercarse a ella; sin embargo, cierto día del mes de noviembre del año antes mencionado, llegó hasta la casa un hombre temerario llamado don Andrés Camargo, era un joven médico que venía a establecerse en la capital de Nueva España con el fin de ejercer su profesión, quien decide comprar la casona donde había vivido el inquisidor setenta años atrás, a pesar de las advertencias del vendedor.
El joven entró a la casona, hallándose en medio de un ambiente de lujo siniestro y abandono, sin el menor temor se arrellanó en un confortable sillón de una gran mesa de trabajo, en ese momento un raro estremecimiento invadió todo su cuerpo, parecía como si alguien estuviese a sus espaldas, se incorporó de un salto  y quedó de pie mirando tras el sillón; allí en el muro  estaba un gran retrato de un hombre siniestro al que hizo caso omiso, y pensando que aquel aire de abandono de su nueva morada lo hacía alucinar, decide salir a la calle para pedir a una humilde pareja que pasaba casualmente, le limpie la casa a cambio de una muy buena paga, a lo que  le contestaron con un rotundo no, y sin decir más al médico salieron corriendo asustados.
A pesar de mostrarse persuasivo y generoso, después de varias horas el joven no lograba hallar a ningún osado, y al fin pasado el mediodía logró echar mano de dos plebeyos que apestaban a sudor y a vino; poco después los dos tipos se encontraban entregados a la tarea de limpieza y bebiendo vino, y a decir verdad  hacían su trabajo de prisa y bien hecho, a pesar de hallarse ya casi ebrios. Ya caída la tarde, la tarea estaba casi concluida, y uno de aquellos hombres limpiaba el retrato de inquisidor, cuando vio que este movían los ojos, asustado le dijo a su compañero, el cuál corroboró su historia; acto seguido los dos ebrios huyeron despavoridos ya sin importarles cobrar la paga prometida, sino salir de la siniestra casona lo más rápido posible, en vano el dueño quiso detenerlos. Horas después, el médico se disponía a entregarse al descanso, había sido un día de ardua tarea y emociones, de pronto un infernal alarido resonó en toda la solitaria casona, pero el hombre pensó que serían los ebrios que venían a asustarlo para sacarle dinero y vino.
Decidido a dar un escarmiento a quien lo importunaba, el doctor salió de la alcoba  espada en mano, entonces escuchó como si un ave siniestra volara por la casa, levantó la cabeza y vio a un búho de apariencia extraña, emitiendo aquellos siniestros gritos, trepado en una soga atada a una campana; en ese momento escuchó una voz que le decía que la campana tocaría la hora de su muerte. Sin saber porque, como si alguien le mandara hacerlo, el joven se volvió e iluminó el retrato del inquisidor, y se percató que eran sus ojos eran los mismos del búho; creyendo que las sombras de la noche despertaban su imaginación, decide volver a su alcoba para tomar un merecido descanso.
La luz del nuevo día disipó todos los temores del joven médico, quien de todos modos salió a la calle con el fin de platicar con alguien en una taberna llamada “Taberna del Toro”, y dado lo temprano de la hora no había parroquianos, pero el viejo tabernero los atendió; el joven estaba decido a descubrir el misterio del antiguo propietario de la casona maldita que había comprado,  momentos después al tabernero se le soltaba la lengua ante la vista de unos ducados de oro, y le relató que don Pedro Sarmiento de Tagle había sido uno de los inquisidores más crueles y despiadados que había tenido Nueva España, se regocijaba viendo sufrir a los reos en tormento y lanzaba carcajadas cuando ardían en la hoguera; entre muchas más atrocidades le relató el tabernero. Todos le temían a  la famosa campana maldita, pues cuando la tocaba, era indicio de que su cerebro  enfermo y demoníaco había urdido otra forma de tortura y muerte, y siempre sin falta alguien moría de la manera más cruel, “novedosa” y perversa que mente humana haya imaginado.
Satisfecha a medias su curiosidad, el médico se marchaba de la taberna, pero antes de hacerlo preguntó que había sido del inquisidor, el tabernero le dijo que había sido un misterio donde fue enterrado. El joven hizo algunas compras y después se dirigió a su casa para entregarse al estudio de las enfermedades que diezmaban a la gente de la Nueva España, así estuvo todo el día hasta que la noche los sorprendió; de pronto sintió de nuevo esa sombra a sus espaldas, el ambiente se hizo tenso y parecía que algo flotaba sobrenatural flotaba en la casona, y de pronto, como un latigazo que azotó las sombras, sonó aquel alarido infernal, el joven se incorporó de un salto y vio la búho al que le lanzó un libraco con toda su furia, tratándolo de matar; entonces el ave voló para posarse encima del cuadro del inquisidor, el médico le aventó otro libro y el búho lanzó un graznido y voló hacia lo alto del techo, sumergido en profundísimas tinieblas. El doctor entonces analizó con detenimiento el cuadro y observó que tenía una gran similitud con el ave; pensando que el cansancio avivaba su imaginación.
A partir de entonces el médico no iba a poder dormir el resto de su vida, porque la tenebrosa casa del inquisidor estaba ya poblada de seres infernales, y de pronto en un rincón de la habitación, apareció el búho con sus ojos siniestros fijos en él,  pero parecía tener una luz de burlona crueldad; el ave sale volando y el joven decide ir en su persecución, armado de un garrote corrió rumbo al salón del retrato, bien sabía que en lo alto se ocultaba el plumífero, peor al llegar no había ni rastros de esta. Entonces al iluminar con la luz de la vela el cuadro hizo un terrible descubrimiento: ¡el inquisidor no estaba! En esos momentos el médico escuchó con claridad el roce de pesadas vestiduras y volvió hacia atrás, y lo que vio lo llenó de terror, de un miedo invencible, ¡frente a él se encontraba el mismo inquisidor!
Sin hablar, con el ceño fruncido y los ojos siniestros, el inquisidor señaló al joven un banquillo en el centro del salón; anonadado y sin voluntad tomó asiento en el banquillo de los acusados, entonces hizo su aparición otro siniestro y silencioso personaje, que traía un candelabro para hacer luz, y en medio de aquel ambiente de pesadilla se vieron las tres figuras de otros personajes.
Aquellos personajes cuchichearon algo ininteligible, parecían musitar algo espantoso, a veces parecía que solo abrían la boca, una boca que era un pozo profundo de tinieblas; fuera de sí, pero como impotente para levantarse del banquillo, el gritó que eran unos asesinos, de pronto un ráfaga de viento helado apagó las velas y todo quedó en tinieblas, solo un amarillento círculo de luz alumbraba la aterrorizada figura del doctor.
Cuando los ojos del joven se acostumbraron a la oscuridad, pudieron ver hacia el inquisidor sacando un grueso libro, del hueco que quedó salieron una gran cantidad de enormes ratas, y cuando la última hubo salido se dejó escuchar una risa perversa de satisfacción. Como si obedecieran a diabólico mandato, las enormes ratas rodearon en una horrible danza al petrificado médico, después se formaron cerca de sus pies haciendo un círculo que causaba escalofríos, sus ojillos rojos tenían fulgores infernales, y a la orden de una voz gutural como venida desde muy profundo, los roedores cerraban más el círculo, arrancándole alaridos de dolor con sus mordiscos.
Pronto las voraces ratas comenzaron a destrozar el cuerpo del doctor. Cerca de la media noche, rezagados bebedores de la taberna del Toro, escucharon alarmados el tañer de una campana, pero como todos tenían miedo de ir a la casona maldita, decidieron ir al día siguiente.
Cuando se asomaron los primeros rayos de sol matutinos, los cinco personajes de la taberna se encaminaron decididos a la casa del inquisidor, llamaron a la puerta sin obtener respuesta, entonces entraron todos con el tabernero a la cabeza, pero no tuvieron que buscar mucho, pues al llegar al tenebroso pasillo, colgado de una soga de la campana, estaban los despojos humanos, horriblemente mutilados y sangrientos de quien fuera el médico; entonces al grupo de caballeros se les ocurre ir a ver el cuadro del inquisidor, y cuál no fue su sorpresa al ver que entre sus manos tenía una rata con el hocico ensangrentado , y el con una sonrisa diabólica, como si acabase de dar muerte cruel a una de sus víctimas, llenos de miedo salieron de casa a toda prisa.
Aquella fue la última vez que la tenebrosa casa del inquisidor fue habitada, después vinieron los siglos de olvido y demoliciones. Ahora no sabemos exactamente en donde estaba aquella casa, ¿la conocieron ustedes? 

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