De vez en cuando la
Providencia hace un ejemplar y público castigo en algunos seres desgraciados,
tanto para escarmiento de sus similares como para dar a la humanidad testimonio
de uno de sus atributos: su justicia. Tal es el objeto que ocupar nuestra
atención en la presente leyenda. La tradición oral ha perpetuado este suceso
espeluznante y así ha llegado hasta nosotros.
Corría la mitad del
siglo XVII, vivía en una de aquellas calles céntricas un individuo bastante
rico, a quien llamaban el Segoviano, y cuyo nombre era Bartolo Sardanetta, que
por su apellido más bien parece haber sido florentino que Segoviano, como se le
apodaba. Siempre se le conoció solo, teniendo por ama de casa a una hermana.
Vivía con holgura y desahogo debido a sus rapiñas, pues era prestamista. Mas
como en aquel entonces estaba prohibido hacer estos negocios, recibía sus altos
réditos en especie, razón por la que ganaba el doble, poseyendo además algunos
terrenos y casas, muchas de ellas quitadas a los tontos necesitados por
devengación de réditos. Así las cosas y llevando al parecer, una vida hasta
edificante en materia religiosa, nadie se atrevía murmurar de él.
Sólo el día de su
cumpleaños se daba entrada franca a su casa a varios reverendos que le
dispensaban amistad, y esto por espacio de la comida nada más, pues concurría a
los templos como todo buen cristiano. Refiere la tradición que cada año, a la
hora de los brindis, decía esta relación: “Brindo por la señora mi hermana, por
mi ánima y por el 20 de mayo de 1701”, fecha demasiado lejana, pero que para él
tenía algún significado, aunque nadie se atrevía a preguntárselo debido a su carácter
poco comunicativo. Esto pasaba por los años de 1651.
Así pasaron años y
más años; pero como no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla,
llegó al fin la fecha tan fastosamente cacareada por el Segoviano, he aquí lo
que aconteció:
Era la noche de la
fatídica fecha del 20 de mayo de 1701, cuando al terminar de sonar la hora
sacramental de medianoche, y se dejó escuchar una fuerte detonación,
apareciendo sobre la ciudad un rojo fulgor momentáneo seguido de un profundo
silencio. Y al acercarse la Santa Hermandad, retirábanse presurosos para no
verse envueltos en un lío del que con trabajos saldrían. Nadie puede escuchar
rumor alguno, quedando sin solución la multitud de hipótesis que fraguaba su
calenturienta imaginación.
Al día siguiente, y
siendo ya bastante tarde, los vecinos de la casa del Segoviano notaron con
extrañeza que ninguno salía de ella, como de ordinario, por lo cual no faltó
quien diese parte a la policía, la que enseguida ocurrió trayendo consigo al
escribano real, y al abrir la puerta de su alcoba, se presentó un horroroso
cuadro, que hizo se les parasen los pelos de punta, no sólo al alcalde del
crimen, sino hasta el último esbirro. Al pie de una muy elegante cama, yacía el
cadáver de la que en vida fuera hermana del Segoviano, estrangulada por el
mismo. Pegado al techo estaba el Segoviano, como carbonizado, haciendo gestos
horrorosos y pidiendo a Dios misericordia.
Se llamó sacerdote
que según cuenta la leyenda, se apellidaba Marmolejo, quien declaró que aquel
hombre estaba poseso, por lo que comenzó exorcizarlo, logrando que el demonio
soltase a su presa y se alejara velozmente, cayendo enseguida don Bartolo ya
sin vida. Al caer, ya venía carbonizado un rótulo, que él retenía y que decía:
“Castigado así por hipócrita, asesino y ladrón”.
En su guardarropa se
encontró una escritura de papel negro con caracteres blancos que no era otro
sino el contrato celebrado con Satanás, por el cual, a cambio de riquezas,
honores y placeres, le entregaría su alma a los 50 años de la fecha; y como el
plazo había expirado, el contrato forzosamente tenía que ser cancelado.
Este hecho alejó de
aquella calle a la gente de buen vivir, y por espacio de más de dos siglos se
vio con horror; y todavía se puede alcanzar a ver como esa calle era habitada
por gente de mal vivir, entregada la orgía y a los placeres, hasta que el
gobernador Cosío, por los años de 1890, mandó desalojar, sustituyendo el
vecindario con gente pobre, pero honrada.
Y desde aquella
horrible fecha, el vulgo dio esa calle el nombre de Don Bartolo, título con el
cual se le siguió conociendo.

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