domingo, 27 de septiembre de 2015

El Callejón de don Bartolo (Leyenda de Querétaro)

De vez en cuando la Providencia hace un ejemplar y público castigo en algunos seres desgraciados, tanto para escarmiento de sus similares como para dar a la humanidad testimonio de uno de sus atributos: su justicia. Tal es el objeto que ocupar nuestra atención en la presente leyenda. La tradición oral ha perpetuado este suceso espeluznante y así ha llegado hasta nosotros.
Corría la mitad del siglo XVII, vivía en una de aquellas calles céntricas un individuo bastante rico, a quien llamaban el Segoviano, y cuyo nombre era Bartolo Sardanetta, que por su apellido más bien parece haber sido florentino que Segoviano, como se le apodaba. Siempre se le conoció solo, teniendo por ama de casa a una hermana. Vivía con holgura y desahogo debido a sus rapiñas, pues era prestamista. Mas como en aquel entonces estaba prohibido hacer estos negocios, recibía sus altos réditos en especie, razón por la que ganaba el doble, poseyendo además algunos terrenos y casas, muchas de ellas quitadas a los tontos necesitados por devengación de réditos. Así las cosas y llevando al parecer, una vida hasta edificante en materia religiosa, nadie se atrevía murmurar de él.
Sólo el día de su cumpleaños se daba entrada franca a su casa a varios reverendos que le dispensaban amistad, y esto por espacio de la comida nada más, pues concurría a los templos como todo buen cristiano. Refiere la tradición que cada año, a la hora de los brindis, decía esta relación: “Brindo por la señora mi hermana, por mi ánima y por el 20 de mayo de 1701”, fecha demasiado lejana, pero que para él tenía algún significado, aunque nadie se atrevía a preguntárselo debido a su carácter poco comunicativo. Esto pasaba por los años de 1651.
Así pasaron años y más años; pero como no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, llegó al fin la fecha tan fastosamente cacareada por el Segoviano, he aquí lo que aconteció:
Era la noche de la fatídica fecha del 20 de mayo de 1701, cuando al terminar de sonar la hora sacramental de medianoche, y se dejó escuchar una fuerte detonación, apareciendo sobre la ciudad un rojo fulgor momentáneo seguido de un profundo silencio. Y al acercarse la Santa Hermandad, retirábanse presurosos para no verse envueltos en un lío del que con trabajos saldrían. Nadie puede escuchar rumor alguno, quedando sin solución la multitud de hipótesis que fraguaba su calenturienta imaginación.
Al día siguiente, y siendo ya bastante tarde, los vecinos de la casa del Segoviano notaron con extrañeza que ninguno salía de ella, como de ordinario, por lo cual no faltó quien diese parte a la policía, la que enseguida ocurrió trayendo consigo al escribano real, y al abrir la puerta de su alcoba, se presentó un horroroso cuadro, que hizo se les parasen los pelos de punta, no sólo al alcalde del crimen, sino hasta el último esbirro. Al pie de una muy elegante cama, yacía el cadáver de la que en vida fuera hermana del Segoviano, estrangulada por el mismo. Pegado al techo estaba el Segoviano, como carbonizado, haciendo gestos horrorosos y pidiendo a Dios misericordia.
Se llamó sacerdote que según cuenta la leyenda, se apellidaba Marmolejo, quien declaró que aquel hombre estaba poseso, por lo que comenzó exorcizarlo, logrando que el demonio soltase a su presa y se alejara velozmente, cayendo enseguida don Bartolo ya sin vida. Al caer, ya venía carbonizado un rótulo, que él retenía y que decía: “Castigado así por hipócrita, asesino y ladrón”.
En su guardarropa se encontró una escritura de papel negro con caracteres blancos que no era otro sino el contrato celebrado con Satanás, por el cual, a cambio de riquezas, honores y placeres, le entregaría su alma a los 50 años de la fecha; y como el plazo había expirado, el contrato forzosamente tenía que ser cancelado.
Este hecho alejó de aquella calle a la gente de buen vivir, y por espacio de más de dos siglos se vio con horror; y todavía se puede alcanzar a ver como esa calle era habitada por gente de mal vivir, entregada la orgía y a los placeres, hasta que el gobernador Cosío, por los años de 1890, mandó desalojar, sustituyendo el vecindario con gente pobre, pero honrada.
Y desde aquella horrible fecha, el vulgo dio esa calle el nombre de Don Bartolo, título con el cual se le siguió conociendo.

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