Gertrudis Bocanegra era hija de un acaudalado español, instalado en
Pátzcuaro. Se encontraba ya en la pubertad cuando fue solicitada en matrimonio
por un joven de apellido Vega, que era alférez en los ejércitos del rey. Para
corresponderle, Gertrudis le exigió abandonar a todo servicio del Gobierno
Virreinal, pues ya desde su juventud germinaban en su corazón los sentimientos
patrios, que habían de llevarla más tarde hasta el sacrificio. El pretendiente
estuvo de acuerdo, y se dirigió al padre de la joven, a fin de que diera su
consentimiento para el enlace.
Le costó bastante trabajo que lo otorgara, debido a la manera de
pensar del señor y a que el pretendiente era de color moreno, pues creía que
era de casta inferior a la suya y a la de su hija. Fue preciso que emplear
algunas influencias no sólo de otros españoles, sino del mismo obispo de
Michoacán y aún del arzobispo de México. Vencida al fin la resistencia del
padre de Gertrudis, el enlace matrimonial se llevó a cabo, después de renunciar
Vega ha supuesto de alférez real, en cumplimiento de la palabra que había dado
su prometida.
Como regalo de boda, la bella Gertrudis recibió del autor de sus días
una casa para habitación, y en ella se estableció con su marido. Vivió muy
feliz en su nuevo hogar; tuvo tres hijas y un hijo, y gracias al trabajo del
esposo y a la buena economía, orden y buen gobierno doméstico de la esposa,
aquel feliz matrimonio pudo reunir un regular capital, que le conquista
magnífica posición en el hogar.
La guerra de insurrección estalló, proclamada por Hidalgo en Dolores.
De un extremo a otro de la antigua Nave España, se trabajaba por el triunfo de
los patriotas. El anhelo de la independencia era general, y lo mismo palpitaba
en el corazón de los campesinos, que en el de los ricos, en el de las damas que
en el de los niños. ¡Todos querían que México fuera libre!
Mientras tanto, en el seno de la familia de Gertrudis Bocanegra, aquel
sentimiento había despertado a un grado increíble, pues la animosa matrona
llena de entusiasmo, había comprometido a su esposo y a su hijo, quien contaba
con tan sólo 17 años; para que abrazaran la causa de la independencia, tomando
las armas y marchando a pelear a las órdenes de algún caudillo insurgente. En
la casa de la valiente mujer se reunían casi todas las noches personas de las
que simpatizaban con la idea de emancipación; ya sea para comentar las noticias
que se recibían, o idear la manera de mandar algunos recursos de gentes, dinero
y víveres a los jefes que combatían en los campos de batalla, y para que no se
diera cuenta nadie del objetivo de aquellas reuniones, fingían que jugaban al
tresillo.
Se sentaban todos alrededor de una mesa; pero la señora de la casa
tomaba asiento en un canapé de los que entonces se usaban, y desde ahí estaba
pendiente de lo que pudiera suceder. Así se fraguaban combinaciones, se tomaban
acuerdos y se resolvía lo que debería hacerse para ayudar a la revolución. Con
la ayuda de unos cigarrillos especiales que se eran torcidos por la propia
Gertrudis en aquellas fingidas tertulias, se comunicaba a lo que allí se
acordaba a los que en lugares próximos o lejanos luchaban por la patria. En
cierta ocasión, un criado de la señora Bocanegra, que trabajaba de mensajero
para llevar a su destino aquellos cigarrillos, fue aprehendido por sospechoso;
y aunque nada se le pudo comprobar, y se mantuvo en una negativa absoluta, fue
al fin fusilado sólo por sospechas. Esto causó profundo impacto a la citada
dama y sus compañeros, pero no por eso desistieron de su trabajo, sino que los
prosiguieron con el empeño y diligencia acostumbrados. Sucedió también por
aquellos días que un tal Coronel Gaona, que militaba en las filas insurgentes,
se enamoró de la hija mayor de la señora Bocanegra, quien llena de entusiasmo
consintió aquella relación, pues así contaba con un hijo más en el ejército
acaudillado de Hidalgo. Gaona se distinguía de tal manera en la guerra, y
fueron tantos los encuentros en que salió victorioso, que llegó al grado de
general.
Entre tanto, la revolución insurgente había tomado distintos caminos;
por todas partes se levantaban guerrillas, en donde quiera se libraban
combates. El hijo de la señora Bocanegra había muerto en uno de ellos, y su
esposo gravemente herido, había llevado para su curación al beaterio de
Morelia, en donde estaba para su seguridad, la hija casada con Gaona. Allí
murió Vega a consecuencia de su herida. Aquellas dos terribles pérdidas lejos
de abatir a la señora Bocanegra, la llevó a tomar una resolución inaudita,
sobre todo tratándose de una dama acostumbrada a las mayores comodidades.
Decidió entonces lanzarse a los campos donde peleaban los independientes, no
sólo para compartir con ellos sus trabajos, sino para exhortarlos a que no
desistieran, así como también para buscar los recursos y elementos, yendo a los
pueblos, haciendas y ranchos en busca de gentes que se agregarán a las filas y
tomarán parte activa en los combates. Sin embargo, había veces que su presencia
en el campamento era embarazosa, especialmente para su hijo político Gaona y
sus compañeros, quienes forzosamente tenían que estar pendientes de ella para
cuidarla, evitarle molestias y peligros, y poner la ha cubierto de las
emboscadas y asechanzas del enemigo. Algunas veces, teniendo que avanzar o
retroceder, según los movimientos de los realistas, no podían hacerlo sino con
grandes dificultades, por la señora se empeñaba en afrontar las más tremendas
situaciones. En vano se le suplicaba que se retirara su casa de Pátzcuaro, a
todo argumento para convencerla siempre se negaba.
Fue necesario entonces inventar un plan para obligarla a regresar a la
ciudad, donde tenía su familia. Le dijeron que convenía a los intereses de la
revolución que fuera ella persona preparar un movimiento que debería estallar
en Pátzcuaro, el cual consistía en que, al acercarse las partidas insurgentes a
que pertenecía Gaona, se lanzará un nuevo grito de independencia por la
guarnición de la plaza, que al efecto sería sobornada. Ese grito sería
secundado por aquellas partidas, y así quedaría la ciudad toda a favor en poder
de los insurrectos.
Partió la señora Bocanegra para Pátzcuaro, siendo recibida por sus
hijas con extraordinaria alegría apenas pasados los primeros momentos de
expansión, se dedicó a cumplir con el encargo que había recibido. Todo estaba
preparado, pero cometió un error que causó su desgracia.
Cuando aún residían Pátzcuaro, años o meses atrás había salvado del
patíbulo a un sargento de las tropas insurgentes, el cual fingiendo profundo
agradecimiento pide a la señora Bocanegra que lo recibiera en su casa en
calidad de criado, para pagarle su acción noble y generosa; la señora aceptó y
el criado permaneció a su lado durante algún tiempo. Ella lo juzgó digno de
toda su confianza y desde luego comenzó utilizarlo en el desarrollo del plan
que se proponía realizar; pero sucedió que por aquellos días se perdieron unos cubiertos
de plata, recayendo sospechas en el antiguo sargento; siendo esta la causa que
por despecho con el deseo de vengarse, denunciará a su ama como conspiradora,
ante el comandante de las fuerzas de Pátzcuaro.
Esta infame acción dio el resultado que se propone el ingrato malvado
delator. Aquel jefe montó en cólera, y llenó de temor de que la conspiración se
realizará, inmediatamente mandó aprehender a la señora Bocanegra, quien se
hallaba sentada a la mesa comiendo tranquilamente con sus hijas, y al ser
intimada para que se diera presa, contestó con toda calma que estaba a
disposición de la autoridad. Fue conducida a la cárcel interrogada sobre la
conspiración que se le atribuía y que revelara los nombres de sus cómplices,
pero ella contestó con toda entereza que no los tenía, y aunque lo supiera
jamás los denunciaría. El comandante le insistió repetidas veces, varios días,
ofreciéndole la libertad a ella y sus hijas que también habían sido detenidas;
además le ofreció la devolución del dinero y alhajas, siendo todo inútil. La
señora Bocanegra sostuvo su argumento hasta el final.
Despechado el comandante, leyó la prisionera el bando del virrey, en
virtud del cual deberían ser fusilados y colgados los que tomarán parte en la
insurrección, o de cualquier manera la ayudaran y favorecieran, o bien
conspiraban para procurar su triunfo, advirtiéndole que es apenas se le
aplicaría ella, se continuaba negando los hechos que se le imputaban. El jefe
realista ante una respuesta tan terminante, pues él quería averiguar a toda
costa quiénes serán los comprometidos con aquella heroica mujer, para sublevar
las tropas de su mando. Mas la señora Bocanegra, firme como en el primer
momento, vuelve a repetir que no tenía cómplices y que aunque los tuviera jamás
diría sus nombres. Con esta última contestación, el comandante no tuvo otra
salida que condenar a muerte a la heroína para ser fusilada al día siguiente.
Fue nombrado para auxiliar en sus últimos momentos a la señora
Bocanegra a un sacerdote franciscano, el cual, lo mismo que toda la comunidad
le tenía gran afecto, por haber recibido de ella incontables beneficios.
Recibió todos los auxilios de la religión con ánimo entero y abnegación
sublime, y así marcho al cadalso, con toda la energía de su gran carácter se
arrancó la venda que cubría sus ojos, y arengo al pueblo para que no desmayar
en la lucha y siguiera trabajando para conseguir su independencia. La señora
Bocanegra siguió con paso firme por su triste y doloroso camino. De trecho en
trecho deteníase para exhortar a la multitud a que no se desanimara y a que
trabajara por su independencia, anunciándole que Dios lo premiaría,
concediéndole su libertad. Llegó por fin a lugar del suplicio. Allí la señora
se quitó una peineta de oro que sujetaba sus cabellos y le entregó al
sacerdote, suplicándole la llevase a su hija mayor, como recuerdo maternal. Su
reloj lo destinó a otra de sus hijas, y por ultimo recomendó al sacerdote que
el chal de seda que la cubría, le fuese entregado a su hija menor. Todos
lloraban conmovidos.
Pocos momentos antes de la descarga que había de acabar con aquella
preciosa existencia, la señora Bocanegra volvió a arengar al pueblo, tratando
de quitarse la venda por última vez. No pudo conseguir la causa de tenerla
atada con mucha fuerza, y resignada al fin, se preparó para recibir las balas
que habían de taladrar su cuerpo. Éstas no tardaron en ser disparadas por los
fusiles realistas, cortando en un instante la vida de aquella admirable mujer,
que supo sacrificarse por la patria.
Escrito por Victoriano Agüeros

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