domingo, 20 de septiembre de 2015

Gertrudis Bocanegra


Gertrudis Bocanegra era hija de un acaudalado español, instalado en Pátzcuaro. Se encontraba ya en la pubertad cuando fue solicitada en matrimonio por un joven de apellido Vega, que era alférez en los ejércitos del rey. Para corresponderle, Gertrudis le exigió abandonar a todo servicio del Gobierno Virreinal, pues ya desde su juventud germinaban en su corazón los sentimientos patrios, que habían de llevarla más tarde hasta el sacrificio. El pretendiente estuvo de acuerdo, y se dirigió al padre de la joven, a fin de que diera su consentimiento para el enlace.
Le costó bastante trabajo que lo otorgara, debido a la manera de pensar del señor y a que el pretendiente era de color moreno, pues creía que era de casta inferior a la suya y a la de su hija. Fue preciso que emplear algunas influencias no sólo de otros españoles, sino del mismo obispo de Michoacán y aún del arzobispo de México. Vencida al fin la resistencia del padre de Gertrudis, el enlace matrimonial se llevó a cabo, después de renunciar Vega ha supuesto de alférez real, en cumplimiento de la palabra que había dado su prometida.
Como regalo de boda, la bella Gertrudis recibió del autor de sus días una casa para habitación, y en ella se estableció con su marido. Vivió muy feliz en su nuevo hogar; tuvo tres hijas y un hijo, y gracias al trabajo del esposo y a la buena economía, orden y buen gobierno doméstico de la esposa, aquel feliz matrimonio pudo reunir un regular capital, que le conquista magnífica posición en el hogar.
La guerra de insurrección estalló, proclamada por Hidalgo en Dolores. De un extremo a otro de la antigua Nave España, se trabajaba por el triunfo de los patriotas. El anhelo de la independencia era general, y lo mismo palpitaba en el corazón de los campesinos, que en el de los ricos, en el de las damas que en el de los niños. ¡Todos querían que México fuera libre!
Mientras tanto, en el seno de la familia de Gertrudis Bocanegra, aquel sentimiento había despertado a un grado increíble, pues la animosa matrona llena de entusiasmo, había comprometido a su esposo y a su hijo, quien contaba con tan sólo 17 años; para que abrazaran la causa de la independencia, tomando las armas y marchando a pelear a las órdenes de algún caudillo insurgente. En la casa de la valiente mujer se reunían casi todas las noches personas de las que simpatizaban con la idea de emancipación; ya sea para comentar las noticias que se recibían, o idear la manera de mandar algunos recursos de gentes, dinero y víveres a los jefes que combatían en los campos de batalla, y para que no se diera cuenta nadie del objetivo de aquellas reuniones, fingían que jugaban al tresillo.
Se sentaban todos alrededor de una mesa; pero la señora de la casa tomaba asiento en un canapé de los que entonces se usaban, y desde ahí estaba pendiente de lo que pudiera suceder. Así se fraguaban combinaciones, se tomaban acuerdos y se resolvía lo que debería hacerse para ayudar a la revolución. Con la ayuda de unos cigarrillos especiales que se eran torcidos por la propia Gertrudis en aquellas fingidas tertulias, se comunicaba a lo que allí se acordaba a los que en lugares próximos o lejanos luchaban por la patria. En cierta ocasión, un criado de la señora Bocanegra, que trabajaba de mensajero para llevar a su destino aquellos cigarrillos, fue aprehendido por sospechoso; y aunque nada se le pudo comprobar, y se mantuvo en una negativa absoluta, fue al fin fusilado sólo por sospechas. Esto causó profundo impacto a la citada dama y sus compañeros, pero no por eso desistieron de su trabajo, sino que los prosiguieron con el empeño y diligencia acostumbrados. Sucedió también por aquellos días que un tal Coronel Gaona, que militaba en las filas insurgentes, se enamoró de la hija mayor de la señora Bocanegra, quien llena de entusiasmo consintió aquella relación, pues así contaba con un hijo más en el ejército acaudillado de Hidalgo. Gaona se distinguía de tal manera en la guerra, y fueron tantos los encuentros en que salió victorioso, que llegó al grado de general.
Entre tanto, la revolución insurgente había tomado distintos caminos; por todas partes se levantaban guerrillas, en donde quiera se libraban combates. El hijo de la señora Bocanegra había muerto en uno de ellos, y su esposo gravemente herido, había llevado para su curación al beaterio de Morelia, en donde estaba para su seguridad, la hija casada con Gaona. Allí murió Vega a consecuencia de su herida. Aquellas dos terribles pérdidas lejos de abatir a la señora Bocanegra, la llevó a tomar una resolución inaudita, sobre todo tratándose de una dama acostumbrada a las mayores comodidades. Decidió entonces lanzarse a los campos donde peleaban los independientes, no sólo para compartir con ellos sus trabajos, sino para exhortarlos a que no desistieran, así como también para buscar los recursos y elementos, yendo a los pueblos, haciendas y ranchos en busca de gentes que se agregarán a las filas y tomarán parte activa en los combates. Sin embargo, había veces que su presencia en el campamento era embarazosa, especialmente para su hijo político Gaona y sus compañeros, quienes forzosamente tenían que estar pendientes de ella para cuidarla, evitarle molestias y peligros, y poner la ha cubierto de las emboscadas y asechanzas del enemigo. Algunas veces, teniendo que avanzar o retroceder, según los movimientos de los realistas, no podían hacerlo sino con grandes dificultades, por la señora se empeñaba en afrontar las más tremendas situaciones. En vano se le suplicaba que se retirara su casa de Pátzcuaro, a todo argumento para convencerla siempre se negaba.
Fue necesario entonces inventar un plan para obligarla a regresar a la ciudad, donde tenía su familia. Le dijeron que convenía a los intereses de la revolución que fuera ella persona preparar un movimiento que debería estallar en Pátzcuaro, el cual consistía en que, al acercarse las partidas insurgentes a que pertenecía Gaona, se lanzará un nuevo grito de independencia por la guarnición de la plaza, que al efecto sería sobornada. Ese grito sería secundado por aquellas partidas, y así quedaría la ciudad toda a favor en poder de los insurrectos.
Partió la señora Bocanegra para Pátzcuaro, siendo recibida por sus hijas con extraordinaria alegría apenas pasados los primeros momentos de expansión, se dedicó a cumplir con el encargo que había recibido. Todo estaba preparado, pero cometió un error que causó su desgracia.
Cuando aún residían Pátzcuaro, años o meses atrás había salvado del patíbulo a un sargento de las tropas insurgentes, el cual fingiendo profundo agradecimiento pide a la señora Bocanegra que lo recibiera en su casa en calidad de criado, para pagarle su acción noble y generosa; la señora aceptó y el criado permaneció a su lado durante algún tiempo. Ella lo juzgó digno de toda su confianza y desde luego comenzó utilizarlo en el desarrollo del plan que se proponía realizar; pero sucedió que por aquellos días se perdieron unos cubiertos de plata, recayendo sospechas en el antiguo sargento; siendo esta la causa que por despecho con el deseo de vengarse, denunciará a su ama como conspiradora, ante el comandante de las fuerzas de Pátzcuaro.
Esta infame acción dio el resultado que se propone el ingrato malvado delator. Aquel jefe montó en cólera, y llenó de temor de que la conspiración se realizará, inmediatamente mandó aprehender a la señora Bocanegra, quien se hallaba sentada a la mesa comiendo tranquilamente con sus hijas, y al ser intimada para que se diera presa, contestó con toda calma que estaba a disposición de la autoridad. Fue conducida a la cárcel interrogada sobre la conspiración que se le atribuía y que revelara los nombres de sus cómplices, pero ella contestó con toda entereza que no los tenía, y aunque lo supiera jamás los denunciaría. El comandante le insistió repetidas veces, varios días, ofreciéndole la libertad a ella y sus hijas que también habían sido detenidas; además le ofreció la devolución del dinero y alhajas, siendo todo inútil. La señora Bocanegra sostuvo su argumento hasta el final.
Despechado el comandante, leyó la prisionera el bando del virrey, en virtud del cual deberían ser fusilados y colgados los que tomarán parte en la insurrección, o de cualquier manera la ayudaran y favorecieran, o bien conspiraban para procurar su triunfo, advirtiéndole que es apenas se le aplicaría ella, se continuaba negando los hechos que se le imputaban. El jefe realista ante una respuesta tan terminante, pues él quería averiguar a toda costa quiénes serán los comprometidos con aquella heroica mujer, para sublevar las tropas de su mando. Mas la señora Bocanegra, firme como en el primer momento, vuelve a repetir que no tenía cómplices y que aunque los tuviera jamás diría sus nombres. Con esta última contestación, el comandante no tuvo otra salida que condenar a muerte a la heroína para ser fusilada al día siguiente.
Fue nombrado para auxiliar en sus últimos momentos a la señora Bocanegra a un sacerdote franciscano, el cual, lo mismo que toda la comunidad le tenía gran afecto, por haber recibido de ella incontables beneficios. Recibió todos los auxilios de la religión con ánimo entero y abnegación sublime, y así marcho al cadalso, con toda la energía de su gran carácter se arrancó la venda que cubría sus ojos, y arengo al pueblo para que no desmayar en la lucha y siguiera trabajando para conseguir su independencia. La señora Bocanegra siguió con paso firme por su triste y doloroso camino. De trecho en trecho deteníase para exhortar a la multitud a que no se desanimara y a que trabajara por su independencia, anunciándole que Dios lo premiaría, concediéndole su libertad. Llegó por fin a lugar del suplicio. Allí la señora se quitó una peineta de oro que sujetaba sus cabellos y le entregó al sacerdote, suplicándole la llevase a su hija mayor, como recuerdo maternal. Su reloj lo destinó a otra de sus hijas, y por ultimo recomendó al sacerdote que el chal de seda que la cubría, le fuese entregado a su hija menor. Todos lloraban conmovidos.
Pocos momentos antes de la descarga que había de acabar con aquella preciosa existencia, la señora Bocanegra volvió a arengar al pueblo, tratando de quitarse la venda por última vez. No pudo conseguir la causa de tenerla atada con mucha fuerza, y resignada al fin, se preparó para recibir las balas que habían de taladrar su cuerpo. Éstas no tardaron en ser disparadas por los fusiles realistas, cortando en un instante la vida de aquella admirable mujer, que supo sacrificarse por la patria.

Escrito por Victoriano Agüeros

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