Las calaveras literarias tienen su
origen durante el siglo XIX, pocos años después de consumada la Independencia.
Surge cuando artistas y literatos del grabado se burlaban de los versos
funerarios heredados del virreinato, pues esto se enaltecía nada los muertos
con pocas o falsas virtudes; aquellos versos de banal ilustración llegaban en
el ridículo.
Aquellos hechos y anécdotas fueron
las bases para que surgieran las calaveras literarias como versos lacerantes en
la pluma de los nuevos escritores mexicanos, quienes utilizaban su creatividad
como un arma para cuestionar los excesos del poder y la lambisconería
aristocrática. Las calaveras literarias nos hablan de la descomposición de los
grupos en el poder, siendo el descaro de los políticos es tan sucio y bajo, que
es mejor plasmarlo en una divertida calavera literaria. Se podría decir que la
calavera es una venganza del pueblo, encabezada por los ilustradores y
literatos, contra aquellos que dicen servir a la nación y forman parte de la
mafia política.
Sin embargo, también existen
aquellas calaveras dirigidas cariñosamente a personalidades del mundo artístico
y de la farándula. Los versos dedicados a estas personas se basan en la vida
privada y en su trayectoria; dedicar calaveras a un artista es un motivo de
festejo.
En lo que se refiere a la
iconografía de la Muerte que vemos junto al texto, viene acompañada de un
pensamiento moral en Europa llamado la Danza Macabra, allá por el siglo XIV. En
dicha danza, la Muerte con su guadaña en mano, se presenta ante los mortales
para anunciarles que muy pronto morirán y que deben arrepentirse de todos sus
pecados y tienen que dejar arreglado sus asuntos pendientes; al más allá se va
ligero, sin bultos y sin carne que aquí se queda para corromperse. Esta es la
imagen de la muerte que le damos de Europa, a la cual le agregamos el rostro de
mi Mictlantecuhtli, Señor del Mictlán y el tzompantli; dichas imágenes son muy
parecidas a las de un ábaco, con la diferencia de que las cuentas eran cráneos
de los guerreros vencidos.
Pero será durante el siglo XIX, en
la corriente literaria del romanticismo cuando las calaveras literarias
comienzan a emerger. Uno de sus mayores representantes fue José Guadalupe
Posada (1852-1913), quien creó la mayor cantidad y variedad de calaveras, como
la famosa Catarina. Gracias a su fértil imaginación consolidó la tradición de
las calaveras. Las impresiones se vendían muy bien en la Ciudad de México, en
especial en el Día de Muertos.
José Guadalupe Posada cambió la
imagen de la muerte, dejando a un lado su aire misterioso y macabro, para
convertirla en personajes variados. La disfrazó de humor, a los personajes
cotidianos les quitó la piel para dejar al descubierto todos sus vicios y
miserias, dejándolos sólo con su osamenta.
Desde entonces el mexicano hace
actos de reverencia e irreverencia hacia la Muerte que nos acompaña desde el
momento en que nacemos. Y no nos queda más que saborear las deliciosas calavera
y tras de azúcar, amaranto o chocolate; y también reírnos un buen rato a
expensas de los políticos y sus visajes.

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