Hace muchísimo, pero
muchísimo tiempo atrás, los habitantes del ejido de Jarretaderas trabajaban en
los chilares, a escasos metros de la orilla del río Ameca. Todos los días,
hombres, mujeres y niños se dirigían a esas tierras; y cuenta la leyenda que
por las tardes, cuando el sol se comenzaba ocultar, se pueden escuchar unas
campanitas por toda la orilla del río.
En cierta ocasión,
una persona se encontraba guardando su herramienta de trabajo cuando de repente
escuchó aquel sonido, y en el preciso momencargar energía to en que se disponía
retirarse a su hogar, aprecia a lo lejos una persona envuelta en una sábana
blanca que se deslizaba por la orilla del río sin tocar siquiera la tierra.
Aquel hombre salió despavorido, con el miedo reflejado en su rostro.
Movidos por la
curiosidad, tres aldeanos, que eran considerados de los más valientes del
pueblo, decidieron ir a investigar qué era aquello que se escuchaba y de dónde
provenía. En un día habitual, asistieron a trabajar como siempre solían
hacerlo, habiendo acordado con anterioridad quedarse hasta la noche para poder
darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Apenas dieron las seis de la tarde
empezaron escuchar las campanitas misteriosas, pero en esta ocasión acompañadas
de unos cánticos parecidos al de una estudiantina de niños que cantaran coros
eclesiásticos.
Asesorados, buscaron
el lugar de donde provenían aquellos cánticos, cuando de repente observaron a
lo lejos varios hombres, todos cubiertos con un manto blanco que los tapaba de
los pies a la cabeza, portando una enorme cruz de madera en el pecho. Uno de
los aliados comenzó a temblar de miedo, acto seguido dio marcha atrás y se
retiró a sus tardísimo a su casa; en cambio, los otros dos señores se fueron
tras los espectros por la orilla del río. Éstos se internaron en el mar, pues
no eran muchos metros los que distaban de lugar en donde desemboca el río.
Al día siguiente,
cuando los familiares de los dos aldeanos se dieron cuenta que en toda la noche
no habían regresado, puede madrugada fueron a buscarlos, encontrando los
muertos en la playa con expresión de terror dibujada en sus rostros. Así
pasaron los años hasta que en cierta ocasión, alguien comento que hacía mucho
tiempo había existido ahí una capilla de frailes, que fue arrastrada hacia el
mar por un maremoto, destruyendo todo y llevándose consigo a los ocupantes de
dicho templo. Esa era la razón por la que se podía ver a los frailes
internándose en el mar.
Se pidió por el
eterno descanso de esas almas que murieron tratando de rescatar su capilla, cerro
se agua bendita por toda la orilla del río y de la playa, y se rezaron algunas
oraciones en el lugar. De esta manera se terminó con las apariciones y con el
terror que está leyenda había causado a los moradores del ejido de Jarretaderas.

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