domingo, 25 de octubre de 2015

El hombre que vio a los difuntos (Leyenda de Quintana Roo)

Cuando se aproximan los días de los fieles difuntos, es necesario realizar una labor fuera de la rutina, que consiste en adornar las viviendas, limpiar los espacios que rodean los hogares, sin olvidar los caminos; un altar es preparado con la Santa Cruz, se le coloca al santo una ropa de xookbichuy (bordado de punto de cruz), el altar es cubierto con mantel nuevo, se alistan los lakes (trastes de barro), las jícaras, los chuyuboob (bases de junco para las jícaras). Las velas de colores han de estar preparadas para los pequeños y las de cera para los mayores.
Se tiene la certeza que el 31 de octubre por la noche comienzan a llegar las ánimas de nuestros seres queridos para visitar lo que en vida fue sus hogares y recorrer los sitios conocidos. Hace algunos años, en vísperas de los finados, Francisco Chan había elaborado, muy cuidadosamente, un plan para tener el privilegio de ver a las ánimas o pixanoob.
Es creencia popular que cuando los perros aúllan por la noche, lo hacen porque ven a los seres de ultratumba que vagan en las inmediaciones de los jacales. La estrategia urdida por aquel señor consistía en impregnar un algodón con la secreción lacrimal de Boxní, su perro, y untarse en las pupilas la fibra humedecida, a fin de adquirir la agudeza visual y el don que se atribuye a los canes.
Al fin llegó la noche del 31 de octubre, negra como pocas; tan silenciosa y solemne que ni el canto del chochlem (la cigarra) ni el lúgubre mensaje del xoch (Tecolote) interrumpían la completa quietud del ambiente.
En el jacal del septuagenario Francisco dormían profunda y pesadamente sus hijos, nueras y nietos, mientras un delgado hilillo de humo esparcía discretamente en la estancia el aroma de un leño resinoso. Solamente él estaba despierto, dispuesto a correr el velo del misterio. Acarició a su perro como lo hacía por costumbre y luego procedió ejecutar el plan largamente meditado y madurado: con el líquido que manaba de los ojos del animal impregnó un algodón que de inmediato se frotó en las pupilas. Varias veces repitió a conciencia la operación y luego se retiró hasta un rincón de la casa, en el lugar estratégico donde, a través de los kolojcheoob (paredes de bajareque), podía mirar hacia el exterior.
La espera se inicia con la inquietud y la incertidumbre de atisbar en el arcano del más allá. A la respiración poco trabajosa acompañan los ronquidos de variada intensidad y ritmos y sonidos distintos, haciendo más tensa y nervios a la espera. Repentinamente, en la negra bóveda celeste aparecieron unos diminutos puntos luminosos, semejantes a cocuyos formados en columna; algunos segundos de avance permitieron distinguirlos como velas de una peregrinación que momentáneamente se detuvo para recibir las siguientes instrucciones: “Vayan a sus casas, vayan a ver a sus familiares; sin embargo, no olviden que deben regresar aquí mañana).
Un sudor helado, intensamente frío, bajaba de la frente a la garganta del intrépido Francisco, quien se sentía paralizado, totalmente petrificado como antiguo ídolo, mientras miraba avanzar en dirección suya, parsimoniosamente, un ser del más allá envuelto en alto ropaje, que sostenía la mano un si encendido. La figura fantasmal se detuvo junto a la batea y exclamó: “Voy a lavar mi ropa con esta agua”, asentó la vela y se despojó de su mortaja; acto seguido comenzó a escucharse el ruido característico del agua y de la ropa que se lava. Una ropa blanca, con fragancia de limpieza y de misterio quedó tendida en la soga, moviéndose lentamente, impulsada por los vientos de la medianoche.
Tras un momento de expectación, nuevamente el escalofrío recorrió la columna vertebral del anciano; la vela se desplazaba ahora como si fuera dueña de su voluntad y poseedora de movimiento, en dirección a la choza; crujió la puerta, leve pero claramente, y pasos de pie de descalzo llegaron hasta la mesa de la Santa Cruz. Una voz femenina muy familiar dijo: “Voy a beber el chocolate que está en la jícara con su pan”. Alguien sorbía chocolate de una jícara y comía pan dulce. La vela se había pagado y la oscuridad era total. Francisco se estremecía violentamente de pies a cabeza, su corazón golpeaba con vigor creciente el tórax como queriendo romper el pecho del anciano. Inesperadamente escucho muy de cerca la voz de su difunta esposa que le dijo: “Con que vives en el mundo, esposo; vine a verte porque deseaste mirar a las santas ánimas”. Un círculo blanco tomó las acciones de una cabeza con la mitad descarnada enseñando la cavidad ocular, una cavidad nasal y parcialmente las mandíbulas.
¡Fue demasiado fuerte impacto! Nuestro personaje sintió que el suelo se hundía bajo sus plantas, le fue imposible seguir respirando y, mientras todo giraba vertiginosamente en torno suyo, perdió el conocimiento, al mismo tiempo que escucho una voz remota que decía: “Tienes que pagar tu pecado; te espero en el purgatorio donde paga el hombre sus pecados”.
El canto de las aves mañaneras, el aroma del bosque la luz del sol que hacían huir, presurosas a las tinieblas, para refugiarse en las grutas y cavernas del inframundo, anunciaban un nuevo día. En la humilde habitación escenario del drama todo era agitación y enigma. Todos hablaban atropelladamente, aumentando el desconcierto. Miraban y señalaban, desde prudente distancia, el fémur que se encontraba sobre la mesa del Santo. Otros lloraban alrededor del tatich (anciano), quien hervía en fiebre con las mandíbulas herméticamente cerradas, sin poder emitir sonido alguno. Muchos curiosos miraban atónitos la mano impresa, como con molde al rojo vivo, en la puerta de aquella sencilla morada que de la noche a la mañana cobraba gran notoriedad.
Inútiles fueron los rezos del jmen (chaman), las atenciones de la yerbatera dzak yah. Don Francisco no salió de su mutismo y, cuando se realizaban los preparativos para el bix (ceremonia ocho días después), falleció. Kuch kib les dicen a los que mueren en el día de muertos.
Han pasado muchos años; sin embargo, los días 31 de octubre se escucha a los perros del poblado aullar nerviosamente en las cercanías de la casa donde se protagonizó la tragedia. Tal vez estén mirando dos figuras de ultratumba, con sus cirios encendidos, encaminarse hacia el hogar de sus descendientes: han de ser Francisco y su esposa. ¿Alguien lo quiere comprobar?

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