- ¿Qué haces ahí, amor mío, con ese libro en la mano? Y ¿Dónde se ha metido el ama y te deja sola?
La voz de la madre le hizo levantar la cabeza a Juanita, que estaba sentada en el suelo, sosteniendo laboriosamente su volumen abierto.
- Vaya, no te muevas – añade la madre, acercándose –, que estás tan graciosa así, con el libro abierto en tus manecitas. Cualquiera diría que estuvieras leyendo. Déjame ver, que quizá tenga el libro cabeza abajo… Pero, no; lo tienes bien, por casualidad… Algún día, cuando seas mayor, aprenderás a leer. Te gustará, seguramente. Fíjate, están son las letras; esa redondita es una O, y ese palito que está al lado…
- E s una l – dijo la niña.
- ¡Dios Santo! – exclamó la madre, estupefacta –. ¿Cómo puedes tu saber eso?
- Y la letra que está al lado es una v – prosigue la pequeña –, y toda la palabra dice olvido… Y lo que vienes después se lee…
Y ante el asombro de la madre, a quien la emoción ha hecho enmudecer, lee todo un párrafo, con pronunciación clara y correcta-
- Puedo también escribir lo que dice – añade la niña, al acabar la lectura.

Y, en efecto, se levanta y va en busca de lo necesario para escribir. Entre tanto, su madre, en un arrebato de satisfacción, fue a llamar a su esposo y otros deudos para que comprobasen el milagro. Y el milagro es real. La niña, a los tres años, ha aprendido a leer y escribir sin que se enterasen sus padres. Otro día hablan en presencia de Juanita de las Universidades y Escuelas donde se enseñan ciencias y una cosa que ella no entiende y que ellos llaman Humanidades, pero que le parece buena, porque es preciso estudiar para aprenderla. Y ante el asombro de los mayores, la niña, que ya tenía seis años, exclamó de pronto:
- Yo iré a aprender a una de esas Universidades.
- ¡Lástima! – le contestó su padre, fingiendo gravedad –. Tú eres mujer, Juana, y en las Universidades solo pueden estudiar los hombres.
Juanita acusó una honda contrariedad; pero al cabo de uno momentos su semblante se animó y dijo:
- Entonces iré vestida de hombre.
Esta vez costó más trabajo persuadirla, y durante varios meses importunó a su madre pidiendo que le encargase un traje varonil y la enviase a alguna de aquellas Universidades.
Rendidos al fin por tanta tenacidad, sus padres le dieron un profesor de latín, y aunque solo tomó de él veinte lecciones, o sea, el número que necesitáis para aprender mediante las principales declinaciones, su esfuerzo y asiduidad le permitieron dominarlo perfectamente en tan poco tiempo. Posteriormente, posteriormente su madre advirtió cierto cambio en el tocado y para comprender lo que había le pidió que se volviera de espaldas.
- Si, mamá – dijo Juana con visible contrariedad –, me he cortado yo misma el pelo unos cinco o seis dedos, como ves. Quiero aprender una cosa antes de que me vuelva a crecer, y si al tenerlo otra vez largo no hubiera conseguido aprenderla, me lo volveré a cortar… Es un buen método de disciplina, ¿no te parece? ¿Para qué he de tener tanto cabello en la cabeza, si me falta conocimiento?
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