domingo, 1 de noviembre de 2015

La amante macabra

Se cuenta que durante la época de la Colonia las historias relacionadas con el vampirismo eran de lo más comunes, pero fueron conocidas muy poco porque la Santa inquisición ocultó con mucho celo esos oscuros acontecimientos. Esta leyenda particular fue resguardada con el más absoluto de los secretos, debido a que su protagonista fue nada menos que un sacerdote.
Nos vamos a remontar aún 23 marzo, pero de 1632, en la calle de la Esmeralda. Ese día las campanas repicaban con singular alegría, pues estaban anunciando un acontecimiento especial: lo ordenación del joven sacerdote Luis de Olmedo y Villasana.
Ante el altar, el joven religioso estaba atento presenciando la solemne ceremonia dirigida por el obispo, el olor de incienso, las flores y los cánticos que se entonaban creaban un ambiente muy especial dentro de la Iglesia.
Lidia Romero al agradecía a Dios por haberle permitido concluir su carrera como sacerdote,  pues uno de los deseos más grandes de su existencia era dedicar su vida entera al Altísimo; el entusiasmo y el fervor que emanaba el joven se podía sentir por toda la iglesia, y todos aquellos asistentes tenían mucha fe en el que este nuevo sacerdote llegaría a las almas por el buen camino, pero una mujer de ojos negros y profundos observaba la figura esbelta y varonil que se distinguía debajo de la sotana.
La bella dama se quedó hasta el final de la ceremonia, pendiente de cada gesto y movimiento que hacía el guapo religioso, y cuando al fin recibió la bendición, las lágrimas inundaron sus ojos, pero no porque estuviera conmovida por este acontecimiento, sino porque al ver el rostro del joven sintió como una profunda pasión le inundaba el cuerpo.
Con la cabeza baja y en silencio, el padre Luis agradecía tímidamente las felicitaciones de la gente que lo abordaba por todos lados, pero al pasar junto a la misteriosa mujer, sintió un impulso extraño que lo hizo voltear hacia donde estaba, y al encontrarse con los ojos de ella sintió el amor, la pasión, la promesa de una absoluta entrega; todo esto le ofrecía aquella desconocida que despertara tales sentimientos en el joven religioso. Extasiado en su contemplación no pudo disimular la pasión extraña y repentina que en él había surgido y sin saber cómo,  logró salir de la iglesia esquivando a la gente  que se arrodillaba o de pie le quería besar la mano; el joven se sentía tremendamente avergonzado porque apenas estaba recién ordenado, su dolor era aún más profundo porque comprendió que acababa de perder su alma.
A partir de aquel día no lograría conseguir la tranquilidad, para purgar su pecado se encerraba semidesnudo en su celda para infringirse terribles penitencias, ayunos, rezos, azotes que lo dejaban con la espalda ensangrentada; pero por  más castigos que se imponía, no lograba sacar de su mente la imagen de aquella mujer, sus pensamientos solo estaban en torno a ella preguntándose quien era ella y como podría verla de otra vez.
Días más tarde una misteriosa manita deslizó un papel bajo la puerta de su celda, acto seguido el religioso intrigado abrió la carta y leyó lo que decía: “Clara Monteagudo. Casa de las Arsinas. Calle de las Doncellas”. A leer el texto, estrujó el papel y lo aventó al piso, pues esa mujer era nada menos que la pecadora más famosa de la corte.
Dos días después como respuesta a sus plegarias, el padre superior le dio un sermón prologado sobre sus obligaciones como sacerdote y le indicó que se había asignado una pobre parroquia en una ciudad muy alejada, la cuál debía de dirigir de manera inmediata, a lo que el padre Luis aceptó muy contento, deseando con toda su alma que el recuerdo de aquella mujer se alejara de su mente, que ya se había convertido en una obsesión. El padre superior creyó que el joven tenía la intención de servir a Dios de un modo humilde y desinteresado, pero muy lejos estaba de imaginarse los verdaderos motivos del otro.
Al día siguiente, muy temprano el padre Luis abandonó el convento n compañía de un novicio, su parroquia se hallaba bastante lejos, al norte de la ciudad, en lo que hoy conocemos como Garita de Peralvillo. Atravesaron la cuidad caminando, pues se acostumbraba que los religiosos hicieran de este modo sus diligencias, pero en una noche fría y silenciosa pasaron en frente de una casona de dos pisos, cuyos balcones destacaban grandes y tenuemente iluminados, el padre se detuvo con el corazón anhelante de que pudiera ver en ese lugar a la mujer que le robaba el pensamiento, cosa que no sucedió.
Dos semanas después llegaron a la parroquia, donde los trabajos eran interminables, mucha gente necesitaba  de sus auxilios materiales y espirituales, entregándose afanoso a esta tarea. Pero al caer la noche, en la soledad de su celda  a la hora del rezo le resultaba inútil concentrarse, pues la imagen  de ella aparecía con aquellos ojos profundos mirándolo fijamente, llamándolo imperiosa y suplicante; atormentado se ponía a llorar y pedía perdón al Cristo que lo miraba en el crucifijo, suplicándole lo librara de aquel terrible maleficio, más luego sentía como daba un beso en la mano de la mujer.  
El religioso se la pasaba reflexionando sobre si realmente servir a Dios sería su vocación, estos pensamientos le asustaban terriblemente, pues tenía miedo de un castigo divino, pero los deseos de volver a ver a aquella mujer eran más fuertes que su voluntad y su devoción. Afuera en el manto de la noche, denso y negro soltó su furia y su deseo mientras los rayos iluminaban el cielo  con grietas luminosas  al tiempo una fuerte tormenta se dejó venir. El padre Luis se puso su sayal y su sombrero, al tiempo que abandonaba la parroquia al amparo de las sombras.
Caminó durante un largo rato, hasta que llegó a los límites de la cuidad y escuchó como una voz ronca y sombría le hablaba por su nombre; el padre volteó a ver al hombre que se hallaba a unos pasos de él, era un mulato de aspecto humilde pero de carácter orgulloso y decidido que traía consigo dos caballos. El religioso molesto le preguntó qué era lo que quería, a lo que el mulato le contestó angustiado que necesitaba auxilio para un moribundo, el padre se negó, y después de tantas insistencias aceptó finalmente, incluso la condición de que debía ir con los ojos vendados. Extrañado, pero tranquilo se dispuso a cumplir lo que creía un acto obligatorio de su investidura; estuvieron cabalgando por un tiempo bajo la incesante lluvia y el silencio de la noche, hasta que aquel misterioso hombre  le ordenó detenerse ayudándolo a desmontar.
El mulato lo guió rápidamente a través de una callejuela hasta que llegaron a un casona, ingresaron y al llegar al aposento le fue retirada la venda, lo que vio fue una estancia de un lujo sorprendente y se preguntó a quién pertenecería, pero ya no tuvo tiempo de hacerlo porque de inmediato fue pasado al interior de la habitación donde se encontraba la persona que entregaría su alma al creador. Por desgracia al entrar ya era demasiado tarde, pues la persona en cuestión ya había fallecido, ahí se encontraba recostada en su lecho y amortajada entre cuatro cirios; el padre Luis no podía creer lo que veía, no sabía qué hacer, pero el sirviente lo sacó de su ensimismamiento diciéndole que debía velar los restos de aquella mujer, el religioso obedeció y sacó su rosario  y comenzó a orar, pero le costaba trabajo concentrarse en terminar las frases y las repetía una y otra vez de manera inconsciente.
Cuando los sirvientes de retiraron de la habitación se atrevió a mirar debajo delas telas que cubrían al cadáver, y su sorpresa fu mayúscula cuando vio que se trataba de nada menos que de aquella mujer que le había robado el pensamiento, ahí yacía su hermoso cuerpo joven que la muerte no parecía haber profanado, pero al tocar una de sus manos sintió aquel frío y rigidez que solo el sueño eterno puede dar.
Así transcurrió la noche el padre velando cuidadosamente a la muerta, sin pensar ni preocuparse ya por el pecado, por el mismo y su futuro, pues solo atendía a su dolor, su amor frustrado y al momento privilegiado que le parecía vivir al estar con su amada aunque fuera de este modo. El amanecer ya se aproximaba y con este la separación definitiva, así al ver su cuerpo inerte recordó aquella pasión prometida y al mismo tiempo sintió el profundo vacío con el que ahora tendría que vivir, y con un impulso irreprimible  se inclinó y beso los labios fríos de su amada; de pronto su beso se detuvo cuando sintió que una leve respiración se unía a la suya junto con la devolución de la caricia, la muerta lo abrazó, su rostro había cobrado vida, y entre susurros les dijo: “¡Te he esperado tanto, que he muerto! ¡Pero volveré a ti todas las noches porque soy tuya!”
EL religioso la soltó aterrorizado y confundido, a la vez que el cuerpo volvía a quedar rígido; entonces en ese momento se dejó venir una ráfaga de aire que entró a la habitación y apagó los cirios, y los documentos de la Santa Inquisición nos dicen que el padre Luis se desmayó sobre el cadáver, a lo que el creyó haber tenido una alucinación o haber sido objeto de un hechizo.
Cuando por fin recobró el sentido se encontraba con el padre superior que lo observaba angustiado, y al levantarse de su cama se dio cuenta de que estaba en la celda de su presbiterio, quiso saber que había pasado, pero el superior lo hizo acostarse de nuevo, trató de calmarlo al observar su fatiga y debilidad, le pidió callar y le contó todo los sucedido, agregando al último que el sirviente lo había traído dos días atrás. El joven religioso entonces recordó que su amada estaba muerta y que ya no la volvería a ver, pero debido a la mala fama que tuvo no demostró en ningún momento la tristeza que embargaba su alma.
El religioso se volvió a recostar y cerró los ojos, el superior pensó que ya se había dormido y se retiró, pero el joven estaba muy lejos de lograrlo, pues pensaba en lo ocurrido y dudaba de su veracidad, tal vez había sido un mal sueño, pero en lo que estaba seguro era que la mujer no estaba muerta, no sabía porque pero tenía ese fuerte presentimiento,  también sentía miedo y deseo a la vez volver a ver a su amada.
Cuando la campana de la parroquia terminó de dar los doce tañidos, tocaron a la puerta del recinto, medio dormido se levantó y fue a abrir, para su sorpresa se encontraba ante el aquel mulato que con voz cavernosa lo apuró para que fuera a ver a su ama; el religioso montó el corcel  que corrió libremente y seguro entre el paisaje nocturno, cabalgaron durante un largo rato hasta que llegaron a la casona. El sirviente lo condujo hacia una lujosa habitación, en cuyo lecho se encontraban dispuestos ropajes de las más finas telas para él, se cambió rápidamente su sotana por aquel traje de terciopelo que le quedaba perfectamente a la medida, se miró al espejo y parecía uno de los más gallardos caballeros de la corte.
En ese momento escuchó detrás de él la dulce voz de Clara Monteagudo, no volteó porque quería verla a través del espejo, pero su imagen nunca se reflejó, más al volverse se encontró con ella y sin importarle aquel hecho y su misterioso retorno a la vida, acto seguido vino un beso apasionado, luego el roce, después el deseo de cumplir aquel anhelo que albergaba su alma reprimida.
Ya entrada la noche, el padre Luis se encontraba en el lecho  con su amada, observó su palidez, su expresión desencajada, como la de una moribunda; por un momento llegó a creer que percibía una olor a tierra mojada, o más específicamente a tierra de sepulcro, pero en ese momento sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando ella le pidió una fruta. El religioso le dio una manzana, pero al cortarla se hirió el dedo y la mujer lo que hizo fue beber anhelante las pequeñas gotas de sangre que salían de la herida.
Durante tres semanas el idilio continuó, hasta que una tarde el religioso se encontró en su celda, despertado por el prior, quien se encontraba preocupado porque quería saber la razón del agotamiento del joven, pues se había desmayado durante dos ocasiones mientras oficiaba una misa, se comportaba como un sonámbulo, y lo peor de todo era que sabía que se flagelaba todos los días al terminar el maitines, cosa que le parecía muy extraña debido a sus cualidades de santo varón.  Entonces el padre Luis ya cansado de callar aquello, decidió contarle al padre superior sobre la pesadilla que le aquejaba todas las noches, donde la mujer le daba un copa de vino que lo hacía caer inconsciente; el superior meditó durante un rato y le dijo que fingiera que tomaba la copa y que dormía para que así pudiera averiguar lo que realmente hacía aquella mujer.
Esa misma noche, el padre Luis siguió las instrucciones del superior al pie de la letra, Clara creyendo que el religioso se encontraba profundamente dormido, al principio le acarició el cabello suavemente al tiempo que le decía frases amorosas, pero de pronto comenzó a llorar abrazándolo porque necesitaba tomar de su sangre para poder seguir con vida; después hizo una incisión con una aguja en el brazo derecho y bebió apurada unos cuantos sorbos de sangre, luego le colocó un pequeño emplasto en el lugar de la herida, se sentó a su lado y lo miró con ternura.
El abrió los ojos lentamente, la miró rozagante, llena de vida, en su mirada estaba otra vez el fulgor y en sus pupilas se podía apreciar un brillante color rojizo;  quería decirle que su sangre era toda para ella, también quería amarla como nunca antes, entregarse en cuerpo y alma, pero no pudo hablar, se sentía muy débil, mareado y unas terribles náuseas; de pronto todo se oscureció ante su vista y de muy lejos escuchó la voz angustiada de Clara pidiéndole perdón.
Al día siguiente el padre Luis se encontraba con el prior, no quería contarle lo sucedido porque aún albergaba la esperanza de que todo fuera un sueño, pero el otro religioso lo presionó de ir a cumplir sus obligaciones con Dios y acto seguido levantó la manga de su sotana y se percató del emplasto que cubría la herida, de tal modo que no le quedó otra opción más que confesar que la mujer era un vampiro y que tenía pactos con el maligno, y que ahora podía explicar las otras vidas que se habían esfumado en los últimos tiempos gracias a ella.
El prior decidido a terminar con esto, quedó con el padre Luis de ir a la colina ese mismo día a las cinco de la tarde. Llevando un grueso cordel, una pala y agua bendita, se dispusieron a ascender la cuesta, el prior se encontraba con ánimo enérgico y el otro serio y pensativo; al llegar a la cumbre caminaron hasta detenerse en un llano donde se encontraba un árbol y a su lado una sencilla tumba, en cuyo frente se alzaba una estela de madera con una inscripción que decía: C. M.
El joven religioso se estremeció, caminó hacia atrás pero el superior lo detuvo tajante, acto seguido comenzaron a cavar y al poco tiempo sacaron el pesado ataúd con la ayuda de una cuerda, después abrieron la caja; en su interior se encontraba Clara con su rostro y cuerpo lozanos, como cuando vivía, de sus labios que esbozaban una pequeña sonrisa emanaba una gota de sangre. Al verla así el padre Luis se conmovió, deseaba con toda su alma huir con ella en brazos, de alejarla del prior, quien con la mano temblorosa sostenía una estaca puntiaguda, a lejos se escuchaban los siete repiques del anochecer provenientes del campanario de su parroquia; en ese momento el prior se irguió y justo en el momento en que asestaría el golpe certero, el joven le detuvo el brazo. Después de luchar y discutir, el padre cedió y acto seguido, el prior atravesó el corazón de la mujer con el certero golpe de una estaca, al tiempo que un grito de dolor resonó en la colina.
El rostro de la muerta se volvió rígido, una expresión dura y colérica la cubrió, enseguida el prior roció el cadáver con agua bendita y se convirtió en polvo. La pesadilla había terminado.
En la noche postrado ante el altar murmuraba el padre una súplica de muerte, cuando de pronto percibió un aroma a tierra de sepulcro, al tiempo que un aire frío inundaba la estancia, y al levantar la cabeza vio a Clara pero ahora pálida y demacrada con un gesto duro y sombrío, el religioso le pidió que lo llevara con ella, pero esta desapareció perdiéndose en la penumbra.
Al día siguiente el prior y el sacerdote fueron llamados ante el Santo Oficio para que declararan los acontecimientos que habían presenciado, pues se estableció que muchas muertes acontecidas en ese tiempo, incluso de personas notables, había sido a causa de los vampiros, asegurando que Clara Monteagudo pertenecía a este grupo. El Santo Tribunal determinó que la relación delos hechos fuera guardada muy celosamente para evitar el escándalo, nada debía darse a conocer, sobre todo acerca del destino del sacerdote, cuya exaltación y visos de locura, sellaron el tono de su relato.

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