Era
el señor don Juan Francisco Gemelli Carreri, jurisconsulto italiano, hizo y
escribió un Viaje alrededor del Mundo en el siglo XVII; viaje que comenzó el 13
de junio de 1693 y término al 3 de diciembre de 1699, cuando contaba con 48
años de edad. Vino a la Nueva España en 1697 y tuvo ocasión de asistir a las
ceremonias de la Semana Santa celebradas en ese año en México, que por haberlas
descripto con exactitud, son dignas de mencionarse:
El
Domingo de Ramos (31 de marzo) después de vísperas, asistió en el Arzobispado a
la ceremonia de la Seña: 13 canónigos vestidos de largos mantos negros con
capucha, fueron del Coro al Altar y a lo largo de la galería de fierro. Después
de hincarse, el Deán tomó un estandarte negro, con Cruz Roja en el centro, y a
continuación de haber entonado algunas oraciones y versículos en la Pasión,
comenzó a moverlo hacia la derecha para tocar con su extremidad al último de
los canónigos y al altar; enseguida hacia la izquierda hasta tocar al último de
los canónigos de este lado, permaneciendo él en medio.
Después
lo tremolo en el aire, se lo puso a la espalda y anduvo por el Presbiterio en
memoria de que Jesucristo había andado por el Pretorio de Pilatos. Pusiéronse a
la postre todos los canónigos en fila, y haciendo uno en pos de otros profunda
reverencia, al regresar al Coro arrastrando sus largas colas. Al fin iba el
Deán, entre los canónigos con el estandarte en la mano.
Gemelli
no hace referencia de lo que vio el Lunes ni el Martes Santo; pero el Miércoles
Santo (3 de abril) dice que asistió a la segunda Procesión de la Pasión que
hacían los indios. Salía del Hospital Real y estaba compuesta de muchos
cofrades que llevaban palos pintados en lugar de antorchas encendidas.
El
Jueves Santo (4 de abril) pasaban tres procesiones, una después de las otras
dos: la de los hermanos de la Cofradía de la Santísima Trinidad, vestidos de
rojo; la de los hermanos de San Gregorio, de la Compañía de Jesús; y la de los
hermanos de San Francisco, que llamaban la Procesión de los Chinos porque se
componía de indios de las Islas Filipinas. Cuando la procesión había llegado
frente al Real Palacio, los hermanos chinos y los de la Santísima Trinidad,
trabaron acaloradas disputas al encontrarse, de suerte que peleáronse, y
viéronse muchos golpes con los palos pintados y con las cruces.
Los
monumentos de las iglesias en México son hermosos, pero les faltan bastantes
luces y ponen los mismos todos los años: son estos monumentos elevados
tabernáculos con adornos de estuco dorado, que duran mucho cuando la madera es
buena.
Fue
temprano el Viernes Santo (5 de abril) a casa de don Felipe Rivas, el cual le
había invitado a ver pasar la Procesión del Calvario o de Jerusalém, que se lea
del Convento de San Francisco el Grande, con la enseña del Santo Sepulcro.
Cuatro horas antes de mediodía, sonaban tres trompetas sumamente tristes;
después veníanse muchos cofrades con cirios en las manos, entre los cuales
caminaban numerosos penitentes dándose disciplinazos; enseguida aparecía una
Compañía de soldados armados, varios a caballo, que llevaban la Sentencia, la
Enseña o Inri de la Cruz, la Túnica de los símbolos de la Pasión de Cristo.
Proseguían siguiendo los muchos individuos que representaban el Buen y el Mal
Ladrón, Nuestra Señora de Santísima Virgen, San Juan, la Santa Verónica, dos
sacerdotes judíos montados en mulas y muchos otros en muy buen orden.
Una
vez que la procesión había entrado de nuevo en San Francisco, se predicaba en
el centro del atrio, por la multitud de pueblo que se había reunido allí, con
objeto de ver las Tres Caídas de Nuestro Señor, los pasos de la Virgen, de San
Juan y de la Verónica, que debían de representarse al natural, para conmover a
todo el mundo. Después desfiló la Procesión de los Negros y de los Indios, de
las cofradías de Santo Domingo, con muchas personas que se disciplinaban y
hacían otras muchas penitencias; Iván imágenes de botas, otra compañía de
soldados y el Santo Entierro. La procesión de los españoles, que se nombraba de
los funerales del Señor, seguía inmediatamente a la anterior, la cual era todo
un espectáculo con buena cantidad de Cofrades, Caballeros de diversas órdenes,
hombres disfrazados de Ángeles, Penitentes, y enseguida una infinidad de gente
del pueblo le seguía con mucha devoción.
La
tercera Procesión de Indias, salía de la Parroquia de Santiago de los
zapateros, con los mismos Misterios; Ángeles, Penitentes, soldados, después de
los cuales caminaban algunas Indias de luto llorando, para representar a las
Hijas de Sión.
El
Sábado (de Gloria) en la mañana, el virrey y su esposa fueron a la Catedral de
los Oficios: él se sentó en su silla sobre un tablado y ella en una tribuna
cerrada con celosías; ambos del lado del Evangelio. El primer Limosnero, el
Capitán de la Guardia y el Escudero Mayor se sentaron en una banca detrás del
virrey. Del otro lado se encontraban los Regidores. Cuando los rituales y
ceremonias terminaron, se cantó la misa, y al Gloria in Exelsis, se descubrió
el rico tabernáculo de mármol, cuyo primer cuerpo sostenían 16 columnas, ocho
segundo, y entre ellas había hermosas estatuas doradas, y todo se elevaba hasta
tocar casi la bóveda de la Iglesia. El púlpito, también de mármol, era de un
trabajo exquisito.
La
Virreina tuvo un antojo de beber un poco de vino, y el monaguillo que se lo
llevaba, cayó de las gradas abajo, con la garrafa en la mano, lo que hizo reír
no poco a los muchachos que allí había. Así se celebró la Semana Santa del año
del Señor de 1697, descrita por el Caballero Gemelli, en su curioso libro
impreso en Nápoles por primera vez (1699-1700) con el título de Giro del Mondo.
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