Se llamaba calle de la Buena Muerte, a la que hoy conocemos como quinta de San Jerónimo; y a esta calle daba la espalda del convento de San Camilo, mirando hacia el sur, y cuya fachada todavía podemos apreciar, ya que ocupa buena parte de la acera. Salta a la vista de entre las demás construcciones por su inconfundible estilo colonial, su estructura de tezontle con ventanas de altas jambas de cantera y balcones de hierro forjado, probablemente en Toledo.
Ahora vamos a utilizar la máquina del tiempo para retroceder unos cuantos siglos, y ubicarnos en la época colonial, tiempo en que los padres caminos habitaban el convento, suceso acontecido el 1 de mayo de 1746 y hasta han 1861, cuando le fue confiscado por el Gobierno Liberal de don Benito Juárez. Además de la puerta principal que conducía la calle del Sagrado Corazón de Jesús, había otra posterior en la calle de San jerónimo, por donde entraban y salían los religiosos cuando eran llamados para ejercer su benéfica y caritativa labor de auxiliar a los enfermos agonizantes.
Allí no sólo acudían los vecinos de la ciudad, sino también los pueblos aledaños para pedir auxilio a los caritativos religiosos, que se prestaban con gusto a cualquier hora del día, para dirigirse a las casas de los moribundos e impartirles sus auxilios, no sólo espirituales, sino también materiales a los indigentes que carecían de recursos para curarse. En el cubo de la portería los caminos diariamente repartían alimentos a los pobres, y a las familias que les daba pena acudir, se les llevaba a su domicilio.
A las personas necesitadas se les proporcionaba habitación en alguna vivienda de las casas que pertenecían a la Comunidad; y sólo era necesaria la firma de alguno de los religiosos en una receta médica, para que en cualquier farmacia botica se le surtieran gratuitamente los medicamentos, pero por cuenta de la Comunidad, sólo aquellos enfermos que carecen de recursos para comprarlas, tenían derecho a este beneficio. A los estudiantes pobres se les ofrecen el convento de San Camilo habitación y alimentos, y en ciertos días del año se repartían limosnas en efectivo.
Al mencionar las cosas tan buenas hicieron los camilos por nuestros antepasados, no sería justo que estos buenos religiosos quedaran en el olvido; son dignos de veneración y gratitud porque siempre hicieron el bien en la Ciudad de México. Por desgracia, ni su bondad y buen corazón los pudo librar de las leyes de reforma, extinguiendo su benemérita Comunidad, incautándose su casa, y expulsando sus miembros del país; el Gobierno Liberal fraccionó las propiedades en lotes y las vendió al mejor postor, y no sustituyó de ninguna manera la obra caritativa de los religiosos por una opción igual o mejor.
La principal misión de los caminos en su vida era la de auxiliar a los enfermos, obligándose ellos mismos a un voto perpetuo, que eran los de obediencia, pobreza y castigar, agregando en su confesión religiosa lo siguiente: «y como principal ministerio que es de nuestro instituto, me obligó con voto a servir perpetuamente a los pobres enfermos, aunque sean apestados, según la forma de vivir en las letras apostólicas de nuestra Religión de Ministros de los Enfermos y en las constituciones ya hechas, y que en adelante se hicieren».
Para cumplir esa promesa, los religiosos de verdad se lo tomaban muy en serio; salían de día y de noche de su convento, y cuando la distancia que debían de recorrer en la larga montaban en una mula, que siempre era de color negro, y si era de noche siempre salían acompañados. Nunca aceptaba limosnas de los enfermos, ni de sus familias y los alimentos siempre los tomaban en su convento; y debido a que su principal oficio era auxiliar a los agonizantes para ayudarles a bien morir, la gente los bautizó como los «Padres de la Buena Muerte», y la calle de San jerónimo en donde se encontraba la portería trasera del convento de San Camilo, se le empezó a llamar como de la Buena Muerte.
Todos estuvieron de acuerdo, y cómo todos estaban muy dispuestos a ir, acordando que fueran de uno por uno; y para comprobar que había llegado hasta el sitio, debían fijar un clavo en el muro del convento. El más aguerrido salió primero, se envolvió en su amplia capa, se acomodó su sombrero y llevando consigo un clavo y el martillo, emprendió la marcha. Sus compañeros hicieron intentos por espantarlo pero el no desistió; sin dar la menor señal de miedo, se alejó con paso firme hasta perderse en las sombras de la noche.
Al llegar al convento de San Camilo, con un poco de nervios, empuñó el clavo, asió el martillo y decidid clavó en el muro, pero al realizar dicha operación no se fijó que su capa se había quedado clavada en la pared. Así, que cuando dio la media vuelta parar emprender el camino de regreso, sintió como una potente mano le jalaba la capa y no lo dejaba caminar... Fue tan grande su susto, que cayó instantáneamente muerto en el suelo. Sus compañeros en vano lo estuvieron esperando la noche entera en la taberna.
Al día siguiente, cuando los primeros rayos del sol comenzaban a salir, los muchachos fueron a los muros de San Camilo para ver que había pasado con su camarada; y gran fue su sorpresa al encontrarlo sin vida tendido en el suelo, y exclamaron diciendo: «Tuvo una buena muerte», puesto que nadie se la había ocasionado, no tuvo sufrimiento alguno como alguna enfermedad o tortura; pasó de este mundo al otro sin darse cuenta. Entonces comenzó a llamársele a esta calle como de la Buena Muerte.
Ahora solo te queda a ti escoger amigo lector, cuál explicación te agrada más, a cerca del nombre de esta misteriosa calle.
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