Don José Oviedo, un hombre muy conocido y estimado en
la ciudad de Celaya, quien falleció a la edad de 96 años en 1984, fue un
cuentista simpático que sabía todas las historias del lugar por lo que era muy
visitado por infinidad de amigos. Entre todas las fábulas que contaba,
platicaba una historia tenebrosa que a él personalmente le sucedió y que ahora
se cuenta como una leyenda graciosa de Celaya.
Toda la gente le decía “En Capi Oviedo”, y cuentan las
personas que lo conocieron que era un joven simpático y muy alegre. Siempre fue
el primero en todo, por eso le llamaban “Capitán”, y todos sus amigos lo
seguían. Desde chamaco se manifestaron en él sus inquietudes artísticas y
literarias al grado que en su madurez, fue nombrado mentor, apreciado por
varias generaciones a los que impartió sus conocimientos. A este joven inquieto
le gustaba el arte dramático pero como por aquel tiempo era mal visto que un
muchacho se inclinara por la carrera de actor, pensó dar funciones de títeres
para con toda tranquilidad dar representaciones de obras como Barba Azul, La
Llorona y otras piezas más.
Dicen personas que lo conocieron que dentro de sus
amenas charlas, el maestro José Oviedo relataba la experiencia que tuvo en su
juventud. En su casa de la calle de Hidalgo,
hizo instalar el teatrito y pensó dar funciones los sábados y domingos.
Ideó cómo realizar las decoraciones, las que obviamente deberían de cambiar
según la obra que presentara. Comenzó estudiar las piezas, los personajes y los
vestuarios de los polichinelas. Una vez que tuvo un elenco completo, mando
hacer con un artesano de Guanajuato los muñecos. Los títeres tenían un tamaño
regular y los trajes estaban hechos a conciencia por una viejita modista, la
que los hacía de brocados, encajes y terciopelos.
Cuando el Capi Oviedo tuvo todo listo, los amigos con
una corneta agujerada anunciaban en las esquinas que se estrenaría un teatro de
títeres con las mejores marionetas del mundo…
en las calles de Hidalgo. Los muchachos de sus casas habían llevado
sillas, las que acomodaron en el patio y el Capi había realizado el pequeño
foro con gran ingenio. Por fin llegó el día de la inauguración. Fue tal el
éxito, que muchas personas estuvieron paradas durante la función. El Capi y sus
amigos eran los que movían los títeres cambiando magistralmente sus voces según
el muñeco que actuaba. Sábados y domingos se llenaba el teatro. Oviedo iba
agrandando su colección de muñecos, aquello tenía muy buenos resultados.
El Capi no dormía preparando nuevas obras, ideando personajes
y sus vestuarios; también pensaba alquilar un local pues su casa era
insuficiente para tanta gente que asistía a su espectáculo. Estaba nervioso,
pero era tal su entusiasmo, que no le pesaba pasarse la noche en vela
estudiando las piezas teatrales.
Así pasó algún tiempo; y era famoso en la ciudad y él
se sentía feliz con su teatro. Pero un día don José estaba recostado leyendo,
serían como las 11 de la noche, cuando escuchó algo extraño; el tendedero donde
tenía colgados los muñecos se empezó a mover, oía cómo sonaba la madera al
pegarse unos con otros. Por un momento pensó que sería el viento, iba a
levantarse pero resolvió quedarse quieto, no quería ni respirar hasta comprobar
si lo que estaba pensando era cierto… seguía escuchando extraños movimientos,
pasos y como que los títeres bailaban en la tarima del foro. Se tallaba los
ojos, movía la cabeza; estaba bien despierto pero ¿sería posible que sus
marionetas fueran a moverse solas? Trató de dormir, cerraba fuertemente los
ojos, y así lograba conciliar el sueño. A la vez, sentía temor de levantarse,
le dio escalofrío y el miedo se apoderó de él y en ese estado pasó el resto de
la noche.
Al día siguiente, con lo fresco de la mañana, se
sintió otro, se dio valor y fue al lugar en donde tenía a sus muñecos, y cuál
sería su sorpresa que los muñecos que tenía separados en el tendedero, estaban
todos juntos y una pareja de títeres que tenía en una caja, estaba afuera.
Supuso que eran los mismos que habían bailado toda la noche. Aquello lo aterró,
le entró un sudor frío que le corría por todo el cuerpo y sintió que se iba a
desmayar, pero tomó fuerzas de flaqueza, se dio un baño con agua helada y se
serenó.
Con nadie comento lo que le había sucedido, pero tuvo
la idea de consultarlo con un sacerdote carmelita que era amigo suyo, el que le
dijo que seguramente habían sido figuraciones de él; posiblemente estaba muy
cansada y lo soñó dándolo por hecho. Que se fuera tranquilo y se olvidará del
asunto. El Capi seguía obsesionado con lo que le había ocurrido, sabía que no
era producto de su imaginación, que lo oyó y vio, fue real, pero trataba de
consolarse diciéndose para sí que había sido un mal sueño.
Continuó dando sus funciones que cada día tenían más
éxito, pero en una ocasión que presentaba en su teatrito una obra de un
tribunal, uno de los muñecos, el que hacía de juez, le clavó sus ojos con una
mirada tan penetrante, así como desafiante, que sintió “la muerte chiquita”. No
quería mirar a la cara al muñeco que parecía le quería decir algo. Acabo la
función de títeres y el pobre Capi, con la cara descompuesta, anunció a su
público que por algún tiempo no habría función por tener que salir a la Ciudad
de México para tratar un asunto urgente. Aquello llenó de pena a los asiduos
asistentes a las representaciones, que se habían aficionado al espectáculo,
pero él nervioso y preocupado, con su habitual simpatía les dijo que pronto
regresaría, que iba a traer más obras y conseguir otros títeres.
Lo cierto es que estaba tan asustado, que llegó a
pensar que era cosa del demonio, como si sus muñecos hubieran cobrado vida y
fueran seres humanos. Decidió dejar los títeres para siempre. Don José contaba
a sus oyentes que poco tiempo después de dejar su afición, tuvo un sofocón por
haber perdido en un juicio su casa de las calles de Hidalgo. Y estando una
tarde meditabundo, se acordó del muñeco juez, que al mirarlo fijamente a los
ojos le advertía que algo estaba pasando, lo que él no entendía hasta que en el
litigio perdió su residencia.
Poco tiempo después se corrió la voz por el pueblo que
en la casa de los Oviedo, en la calle de Hidalgo, espantaban, que todas las
noches se escuchaban zapateados de muñecos, así como cantos y aplausos, como si
los títeres del Capi hubieran cobrado vida y salieron a dar función noche a noche.
Mucho tiempo se habló de las cosas extrañas que sucedían las noches de los sábados
y domingos en la casa de los Oviedo. La conseja se extendió por Celaya y sus
alrededores, al grado que a la gente le daba miedo pasar frente a la
residencia, en la que el Capi daba sus funciones, a la que el pueblo llamaba
“La Casa de los Títeres”.
Y la historia que sucede a principios del siglo
pasado, se convirtió en una leyenda que todavía se platican en la ciudad de
Celaya, sobre todo a los jóvenes que descuidan sus estudios para jugar al
teatrito.

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