La ira,
la avaricia y la soberbia son tres de los pecados capitales que han orillado a
los más aterradores crímenes de la sociedad. También son tres motivos para que
sus hijos le dieran muerte. Esta es la leyenda de Victoriana Hurtado.
El
matrimonio Hurtado, después de años de casados y sus múltiples intentos por
tener hijos, vieron culminado su anhelo al tener una niña a la que bautizaron
con el nombre de Victoriana. Sus padres por ser personas mayores, tenían la
gran preocupación de dejarla sola y desamparada. Así que su padre, hombre rico,
decidió seguir la tradición del siglo XIX, comprometiéndola en matrimonio a
escasos días de nacida con un hombre también de familia acomodada de 23 años.
Victoriana
creció en un hogar lleno de armonía y sus padres la complacían en todo. A sus
12 años, y convertida en un adolescente, su padre lo obligó a cumplir con la
promesa de matrimonio, siendo desposada con su prometido de 35 años. A los 15
años Victoriana ya era madre de tres varones, su esposo se dedicaba a su
trabajo y a otros placeres de la vida, pero nunca presta atención a los
problemas de su esposa.
Con una
vida triste y sola, al poco tiempo de nacer su tercer hijo, queda totalmente
sola debido a la muerte de sus padres. Toda su fortuna pasa a sus manos como
única heredera. Su esposo lleno de ambición y egoísmo dejó de trabajar para
dedicarse a derrochar el dinero de sus suegros en mujeres y alcohol. Sin
embargo, el gusto le duró muy poco, pues a escasos meses de recibir la
cuantiosa herencia, muere también, convirtiendo a Victoriana en una de las
mujeres más ricas del Estado de Jalisco.
Una mujer
joven, rica y sola eran las características de Victoriana, pero tenía además la
desgracia de que en sus hijos creció una ambición desmedida. Un día Victoriana
enfermó y sus hijos la creyeron muerta, pues al paso de las horas no volvía en
sí. Con su madre tendida en cama, los tres hermanos festejaban su muerte,
cuando de pronto… Victoriana despertó. Sus hijos molestos no podían creer la
mala jugada de la vida al hacer que su madre reviviera. Los años siguientes
fueron una agonía, comentarios hirientes que si no la habían matado
físicamente, si la habían herido de una forma sutil. Moral y emocionalmente
Victoriana estaba muerta.
La sola
idea de morir en manos de sus hijos por dinero le causaba una profunda
decepción que la derrumbó moralmente. Se cuidaba de lo que bebía o comía y no
confiaba en nada ni en nadie. Tal desilusión la llevó a sufrir nuevamente la rara
enfermedad: ataques de catalepsia. En agosto de 1894 sufrió otro ataque de esta
enfermedad, pero sus hijos, temerosos de que despertara nuevamente, no hicieron
un funeral, la llevaron esa misma noche al panteón y, desesperadamente, con sus
propias manos cavaron un profundo hoyo donde sepultaron a su madre.
Al día
siguiente, ansiosos, con voz temblorosa, pero felices, se pusieron en contacto
con el abogado para exigir la herencia que había causado tanto dolor y
sufrimiento a su madre. Pero los trámites legales retrasaron unos días la
lectura del testamento.
La Luna
estaba resplandeciente, el viento soplaba con gran fuerza prediciendo una
desgracia y el silencio conforme pasaban las horas se volvía profundo,
desolador. La fría noche era testigo de un grito aterrador, y el cuidador salió
despavorido para dar auxilio, y cuando se dio cuenta que provenía de una tumba,
desesperadamente trató de cavar pero ya era tarde, sólo alcanzo a ver una mano
ensangrentada.
Esta vez
Victoriana estaba muerta, víctima de la asfixia, la avaricia, la ira y la
soberbia de sus tres hijos. Al dar lectura a su testamento, los hijos descubren
que su madre los desheredaba por tratar de matarla o enterrarla viva. Pidió que
toda su fortuna, que tanto daño le causó en vida, fuera repartida entre los
pobres, los enfermos y, también como última petición, rogaba a Dios que el
corazón de sus hijos se convirtiera en piedra.
Cuenta la
leyenda que cada uno de sus hijos murió por problemas del corazón, y el día que
falleció el último de ellos, nuevamente apareció en la tumba de Victoriana la
mano ensangrentada, como señal de que Dios escuchó su petición. En la
actualidad se dice que la gente que se acerca a su tumba y le ora buscando
solucionar sus problemas familiares, Victoriana intercede por ellos para que
logren la armonía familiar.

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