Este edificio fue una ermita, luego un hospicio y, por último, monasterio y templo de clarisas hubo, donde hoy se levanta la iglesia de Buen Tono. Este convento de la orden franciscana no fue construido con el dinero de un acaudalado patrono español, sino de la buena voluntad de los indios del antiguo barrio de Moyotla.
Desde principios del siglo XVI, ya existía en ese sitio una ermita, erguida por fray Pedro de Gante y fue lo que los indígenas transformaron del monasterio. Comenzaron en 1591 y después de varias remodelaciones fue terminado en 1649.
Un problema era que no podían solventar los gastos del convento, pero los indios se comprometieron a recolectar limosnas para lo que necesitaran las monjas y a cambio pidieron la gracia de ser sepultados todos los vecinos del barrio en el templo.
Al poco tiempo llegarían cuatro religiosas de Santa Clara a fundar la nueva congregación, las cuales fueron recibidas con mucho júbilo y alegría. Hasta el día de su exclaustración nunca tuvieron ningún patrono. Pero a pesar de eso, sus penurias siempre fueron mitigadas por la bondad de la población, en especial doña Juana de Villaseñor Lomelí viuda y a punto de profesar con las Capuchinas de San Felipe de Jesús, se enteró de la situación de San Juan de la Penitencia y ella, por su nueva vida debía renunciar a sus bienes (que sumaban 60 mil pesos) y el 16 de septiembre de 1694, cedió todo gustosa sin perder el patronato.
La iglesia se pudo conservar hasta principios del siglo pasado, fue la segunda que en el XVII hubo en ese sitio. En la iglesia de principios del siglo XVII (la del hospicio), trabajó Juan Salcedo de Espinosa. En 1695 fue puesta la primera piedra de ésta construcción, que fue estrenada en 1711. Los retablos fueron hechos por artistas muy reconocidos en aquella época, como Jacinto Nadal y Lluvet, orador y dorador catalán, que fue socio de Antonio Maldonado y retablista en Atlixco a finales del siglo XVII.
La iglesia fue remodelada en 1862. Resulta extraño que en aquella época de exclaustración, las monjas liquidaran los retablos y las decoraciones barrocas; queda claro que lo que no hizo la Reforma, lo hizo el clero. La reja, fue una notable y bella obra de fundición en 1862. Cuando la iglesia fue demolida, para levantar la del Buen Tono, el doctor Aurelio Urrutia a recogió y la puso en un hospital de Coyoacán; luego se trasladó al Castillo de Chapultepec, donde puede ser admirada desde el paseo de la Reforma, entre dos leones de bronce que fueron recatados del Palacio Legislativo, cuya construcción interrumpió el estallido de la revolución.
Ente las monjas más destacadas están sor Sor Leonor de la Ascensión, de quien se dice rezaba tanto y ofrecía obras de misericordia en honor de las ánimas del purgatorio, que le servía y la ayudaban cuando lo necesitaba. Una historia curiosa que ocurrió un día fue que la mandadera murió y no había nadie que trajera el maíz a las monjas, entonces sor Leonor se acercó al cadáver y le susurró “levántate a servir a las religiosas”. Nadie vio nada, pero un poco más tarde, apareció el maíz el maíz en el horno.
El templo tuvo muchas imágenes destacadas como la de un Santo Ecce Homo, que al permanecer durante varios días sumergido en el agua debido a una inundación, fue encontrado intacto. Y aquel Niño Jesús colocado en la parte más alta de un retablo colateral que detuvo con su dedito la clave del arco para evitar que la iglesia se derrumbara durante un sismo. Hubo muchos sucesos notables en este convento, pero hoy solo quedan los recuerdos.
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