sábado, 26 de marzo de 2011

La calle de Olmedo (Hoy Sexta de Correo Mayor)

Durante el mandato del señor Virrey don Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, segundo conde de Revilla Gigedo, se lograron avances muy notables en los rubros de la administración pública reformando y poniendo orden a aquellos asuntos que no sea ya van por muy buen camino; es muy importante mencionar que donde se logró un gran progreso fue la organización de la policía, la cual empezó a estar mejor que nunca a lo largo de su historia.
Las patrullas nocturnas que recorrían las calles, para mejorar la seguridad durante este periodo fueron añadidos vigilantes en cada esquina, al cual se le llamaba guarda-farol, el cual tenía la función de encender el alumbrado y de cumplir las funciones de policía cuando la ocasión lo ameritara, como cuando un vecino sufre un asalto, un asesinato o cualquier otro acontecimiento desdichado.
Uno de aquellos sucesos acontecidos la noche del 15 septiembre 1791, fue muy notorio causando verdadero escándalo en la Capital de Nueva España. ¿Qué fue lo que ocurrió?
Cuentan las crónicas que en la mañana del 16 septiembre nos guarda faroles que llevaban el número 23 y 67 reportaron un extraño caso, en el cual hasta el mismísimo Virrey intervino poniendo a trabajar a los alcaldes de Corte, Mayores y Ordinarios, que tenían a su cargo los cuarteles de la ciudad, donde en teoría estaba aquella misteriosa escena del crimen.
El señor Virrey moviera toda la policía para que le proporcionaran información de los nombres de las plazas, calles y callejones que cada Alcalde tenía a su cargo, casas de altos vacías, mesones y posadas públicas o privadas y las personas que habían estado en aquellos lugares, también mando solicitar información a los señores curas de las parroquias de la Soledad y de Salto de Agua acerca de aquellos que hubiesen fallecido recientemente y el lugar donde se les dio la sepultura. Toda investigación mandada hacer fue poca para desentrañar aquel misterioso y perturbador delito; pero a pesar de todos los intentos que se hicieron los resultados fueron infructuosos.
Como es en estos casos, nunca faltaba algún curioso que estuviera mirando, aunque en este caso fueron varios los que dieron su testimonio, pero como cada uno contaba su versión los sucesos se fueron distorsionando sin llegar a obtener una historia coherente, que les indicara a las autoridades hacia qué rumbo debían de llevar la investigación; incluso llegó a creerse que los acontecimientos ocurridos había sido fruto de una broma de muy mal gusto.
Ahora comenzaremos contando quién fue el que originó todo este escándalo. Las crónicas nos cuentan de un Presbítero llamado don Juan Antonio Nuño Vázquez, capellán del Marqués de Guardiola caminaba frente a las puertas del Coliseo la noche del 15 septiembre, y aproximadamente como a las ocho de la noche, de entre las sombras apareció un hombre que se le acercó cubierto con un sombrero y una capa; acto seguido le pidió al religioso le hiciera la caridad de hacer una confesión, a lo que no podía negarse y aceptó subirse al carruaje de aquel desconocido, que lo tenía estacionado en la calle de la Acequia, que antes era conocida como Coliseo Viejo y que actualmente la conocemos con el nombre de 16 septiembre.
Cuando iban rumbo al carruaje se les acercaron dos hombres con quienes se introdujo en el coche, el cual tenía cortinas; una vez cerradas las puertas del vehículo uno de los dos hombres le puso un cuchillo en el pecho al santo varón, haciéndole advertencias de muerte y acto seguido el otro le cubrió la cara con la montera negra que llevaba puesta, bajándosela hasta la boca, y encima de los ojos una fuerte ligadura. El coche avanzó por un largo rato hasta que llegó a su destino, procedieron a bajar al sacerdote y lo condujeron a una casa donde tuvo que subir escaleras y lo introdujeron en una habitación, donde se encontraba a la persona a la que tenía que confesar, y para poder realizar su ministerio le quitaron la venda de los ojos dejándole sólo la montera encima y amenazándolo con que se hace el menor intento de reconocer el lugar le darían muerte. Después de hacer la primer confesión, lo pasaron rápidamente a otro aposento donde realizó exactamente lo mismo; una vez concluido su ministerio lo volvieron a actuar pero ahora con más fuerza y lo bajaron, pero antes de salir amarraron las manos a la espalda, pendiente del lazo con que lactaron del cuello, donde también le echaron nudos, de modo que si tiraba del lazo que aflojarse las muñecas y bajar los brazos, que se lo suspendieron muy altos se, ahorcaba, en esta posición tan incómoda lo subieron nuevamente al coche, sin faltar los ruegos del religioso de que lo liberasen de esa atadura tan tortuosa y cruel de la que era víctima, prometiendo que esto jamás se sabría y que de su boca no saldré una sola palabra, a lo cual los hombres hicieron caso omiso.
El coche estuvo avanzando un largo rato, hasta que se detuvieron y bajaron al sacerdote, caminaron durante un largo rato y lo dejaron sentado en la puerta de la casa de una calle, advirtiéndole de no hablar y no pedir ayuda hasta que viesen las 12 de la noche, porque si no lo pagaría con su vida. El pobre hombre estuvo en ese lugar durante un tiempo muy largo y a pesar de que escuchaba a gente que pasaba, lo único que hacía era quejarse pero como el miedo lo invadía no se atrevía a hablar; así estuvo durante un largo rato hasta que desesperado y acongojado de sentirse ahogado se quejó a voz en cuello y llamo a quien oyó pasar para qué lo desatarse, en atreviendo ser transeúnte a hacerlo, y su segundo intento en el que sí le quitaron esas horribles ataduras y de inmediato lo condujeron a la Casa de Moneda y después fue conducido a la calle de Vergara, que era donde vivía.
Las autoridades queriendo desentrañar aquel crimen, que sin duda fue cometido por las dos personas confesadas por el sacerdote, viendo que las investigaciones habían sido un fracaso, decidieron intentar de la manera más prudente que el religioso revelarse lo que había oído en el sigilo de las confesiones, pero el santo varón que había ido sin temor alguno a cumplir su ministerio, al amenazado de muerte decidió sellar sus labios ante las instancias de la justicia, prefiriendo pasar como víctima de una broma de mal gusto antes de desvelar a que el crimen, ya que tampoco podía faltar a violar el secreto de confesión.
Con el paso del tiempo y el sinfín de versiones que fueron creadas a partir de estos acontecimientos, nació la leyenda de la calle de Olmedo, la cual se conserva todavía hasta nuestros días; incluso se decía que el buen clérigo había perdido el juicio por haber confesado una muerta que hizo de dos víctimas una sola. El misterio de este crimen nunca fue aclarado por la única persona que lo sabía, pues decidió guardar silencio y llevarse aquel secreto a la tumba.

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