domingo, 13 de noviembre de 2011

Los penitentes de San Hipólito (Sucedió en la hoy Avenida Hidalgo y Alameda Central)


Real verídico e histórico, es este relato  que los siglos han convertido en una escabrosa y espantable leyenda; los hechos abarcan los siglos XVI y XVII, sus datos fueron extraídos de libracos y antiguos documentos coloniales.
Allá por el primer cuarto del siglo XVI o sea en 1524, llegó a la capital de Nueva España un joven aventurero llamado Bernardino Álvarez, hijo de cuna humilde no traía bienes ni fortuna, sino un deseo de vivir y de aventura; era natural de Utrera España y tenía la edad de 20 años, de regular apostura y agradable talante, súpose que allá en su tierra y en Sevilla había dejado deudas de amores, dinero y otras cosillas con la justicia. Así es que huido propiamente de España, venía a la capital en busca de amores, aventuras y fortuna, Bernardino Álvarez parecía oler  la aventura  y los fáciles amores, así es que entró confiado a una hostería de “El oso y el cisne” en busca de placer algo nuevo; se le acercó una tabernera para tomar su orden, después ésta se alejó  moviendo las caderas y con otros movimientos igualmente provocativos, el joven consideró que aquella era su hembra, así que a su regreso con el vino comenzó la faena que había premeditado con pedir hospedaje, la hostelera que era conocida como la Bernarda, instaló al joven Bernardino en la mejor habitación de la hostería.
El vivaz Bernardino no tardó en llamar a la fogosa tabernera, el  joven  le ofrecía caricias mientras ella  pagaba con besos, también con vinos y alimentos; todo iba bien hasta que una noche el marido de la Bernarda los sorprendió en el lecho, dejando embarcada con el problema a la hostelera, el hombre huyó del “Oso y el cisne” para siempre. Poco después, huyendo de otros amores y varias deudas que tenía, decidió conseguir plaza de soldado, y quiso la suerte que fuera enviado lejos  de la capital a la región de Zacatecas, donde era necesaria la milicia, no apenaba Bernardino  la jornada, antes bien, apresuraba el paso para alejarse lo más pronto de la capital. ¿Pero, que iba a hacer de soldado en Zacatecas un joven loco, aventurero y desleal como él? 
Afecto al juego de azar, Bernardino inducía a otros soldados  a jugar a los naipes y no gustaba de perder, sino de ganar y para eso hacía trampa  y pedía prestado, desencadenando las pendencias y reyertas que a veces resultaban  trágicas, dolorosas y sangrientas. El castigo de Bernardino  por todos sus problemas legales, amoríos, riñas y deudas, era pasar largos periodos  en el calabozo. Pero si sus malos modos y trampas  hicieron víctimas entre la milicia, lo mismo o peor ocurrió entre los civiles, dejando a muchos heridos  en alcobas conyugales y oscuros callejones. Habían transcurrido  varios meses y el joven creyó que sus hazañas y engañifas estaban olvidadas, desertó del ejército español y regresó a la capital, pero más tardó en arribar que en volver a las andadas, aunque ahora con menos suerte, pues se le alcanzó a capturar por el robo de joyas a una dama, al que Bernardino  dio su declaración de la manera más cínica y elocuente, argumentando que el pago era justo ya que las caricias que le había dado eran jóvenes y fuertes, considerando justo el pago.
Y ocurrió que la anciana madre de Bernardino, que acababa de llegar de España siguiendo al hijo, lo encontró en prisión, él le prometió a la pobre mujer que saliendo de su encierro se volvería un hombre de bien y de trabajo, pero pese a los ruegos y lágrimas de su madre, el joven no entendió y continuó en las andadas, sobre todo en aventuras de adulterio, pero así como en sus fechorías otras no tuvo suerte, en el terreno amatorio tampoco, pues cuando fue descubierto por el esposo junto con la mujer en el lecho, el primero venía dispuesto a limpiar su honra, pero al fin tenso, joven y vigoroso Bernardino logró desarmar al ofendido marido y herirlo con el puñal. Escapaba el joven a toda velocidad, cuando a los gritos del amo acudieron los criados y detuvieron al burlador y heridor, fue arrestado no solo bajo el cargo  de lesiones, sino por el adulterio de que lo acusó el marido ofendido; y Bernardino fue a dar de nueva cuenta a la cárcel, esta vez según se pensó que por un largo tiempo, pero la prisión no contuvo por muchos días al joven, pues inesperadamente fue puesto en libertad.
Y la mujer, su amante orgullosa de que el disputara con el puñal su amor, le ayudó a salir de la prisión pagando la fianza y gracias a las influencias que tenía en la corte, la mujer además de su libertad le entregó dos talegos llenos de monedas de oro, para que su amado pudiera un negocio o una hacienda para marcharse y vivir a  su lado, cosa que Bernardino estaba muy lejos de hacer.
Y así fue cuando por fin tuvo una fortuna en sus manos, creyó que no era tiempo de echarse compromisos, con el oro en sus manos, el joven hacía planes mientras se dirigía a la humilde casa de su madre. Una vez en su casa, le dijo a su progenitora de sus intenciones de ¡marcharse al Perú  en busca de la fortuna que no logró hacer en Nueva España!, la mujer conociendo las mañas de su hijito sabía que a donde quiera que fuera iba a hacer exactamente lo mismo, preocupada trató de persuadirlo para que se reformara y fuera hombre de bien, cosa que no pudo lograr; pero antes de partir su señora madre le hizo cumplir el siguiente juramento a su debido momento: el día que él hubiera cambiado, irían ambos  a una procesión a dar gracias a Dios, la cuál debería ser la más solemne, aquella en que se ofrece en sufragio de soldados y conquistadores muertos. Tal vez ese juramento fue dicho con sinceridad, o sin ganas de cumplirlo, nadie lo sabe, pero lo que si era un hecho es que debía de cumplir su promesa estuviera donde estuviera.
Bernardino Álvarez se instaló en el Perú a todo lujo, dándose una vida regalada y de gran señor; pronto vio que había oro en abundancia en esas tierras, comprándole y cambiándole a los indios peruanos muchos quintales de oro, de este modo enriquecido, comenzó a dilapidar en orgías y ruidosas francachelas. Tenía criados y sirvientas, solía pasear por Lima  dentro de una de las carrozas más lujosas del lugar, tuvo como amantes a las más bellas mujeres, a las que regalaba con largueza oro y joyas; larga y dispendiosa fue su vida de crápula y de vicios, hasta que un día le llegó una carta de su amada madre.
Bernardino creyendo que algo malo ocurría a su anciana madre, abrió la carta y la leyó con avidez, y a medida que avanzaba en su lectura, sus manos temblaban de emoción y sus ojos se llenaban de lágrimas, era una carta conmovedora  que lo hizo estremecerse hasta lo más profundo de su alma, el joven oprimió con amor, con dolo mezclados aquella carta conmovedora de su madre y sintió aborrecer a su amante que se encontraba con él en ese momento, y acto seguido la hecho de su alcoba de muy mal modo. Una vez que hubo salido la incrédula mujer, Bernardino hundió la cara entre la almohada y comenzó a gemir y a llorar dolientemente, arrepentido de la vida que había llevado, decidió por fin enderezar el camino y volverse un hombre de bien.
Nadie supo en realidad el contenido de la carta dela anciana, pero el hecho es que al día siguiente el joven era otra persona completamente diferente; comenzó repartiendo limosnas a los mendigantes, gran parte de su fortuna amasada con el robo y el engaño fue a dar a manos de frailes y seglares, no hubo mejor ni más generoso protector  de enfermos y hospitales para pobres.
Algunos meses debieron pasar antes de que Bernardino repartiera entre los pobres, enfermos y religiosos su fortuna, cuando terminó de hacerlo dejó Lima y se dirigió como humilde peregrino  hacia el puerto de Callao, allí aguardó  a que un navío español hiciera rumbo al puerto de Acapulco, embarcándose con destino a la Nueva España, dispuesto a demostrar a su anciana madre que había cambiado, que el milagro estaba hecho.
Cuando llegó, lo primero que hizo fue ir a la casa en donde vivía su progenitora, pero se encontró con que estaba cerrada y sin la anciana, abandonada y sin nadie en la capital  de Nueva España, entonces unos vecinos le informaron que hacía  meses que su madre había muerto sola y abandonada, con el alma lacerada de dolor, Bernardino  se alejó por la calleja triste y sola.
Arrepentido de sus culpas  y de su vida disipada y de no haber visto morir a su madre, Bernardino se dedicó a curar enfermos ingresando como curandero voluntario en el entonces Hospital de la Purísima Concepción de Nuestra Señora (Hoy Hospital de Jesús); no hubo mano más cariñosa  y dispuesta a calmar  el dolor de los enfermos, que aquel ex pecador, y fue tanta caridad y amor al prójimo, que las órdenes religiosas se lo disputaron para que entrase a su convento.
Finalmente en 1566, cuando ya Bernardino tenía 62 años de edad, vio coronados anhelos con la protección de los linajudos don Miguel Dueñas y Doña Isabel de Ojeda, obtuvo en compra un solar cerca de la Ermita de Juan Garrido; esta ermita  fue levantada por Juan Garrido  con la ayuda de los conquistadores para honrar la muerte de los mártires hispanos, pues a los soldados caídos se les tuvo con este concepto, debido a la aciaga noche de derrota hispana conocida como “La Noche Triste”. Fundó allí Bernardino  lo que llamó asilo para dementes, los envidiosos los llamaron “El Hospital  de Locos de Bernardino”, porque este hombre  ya anciano daba albergue a los dementes en ese sitio; también admitía  en ese asilo a hombres humildes y aventureros  llegados de España y a quien llamaba “Polizontes”, paternalmente el anciano les buscaba trabajo o los convencía para que regresaran a España, pues Nueva España ya no era tierra de conquista.
Y un buen día el benefactor de locos, el aventurero, el cínico, el arrepentido Bernardino Álvarez falleció, su alma se elevó al cielo, perdonado por haberse hecho  bueno ya no alcanzó a ver su anciana madre; y cuenta la leyenda que entre sus labios ya difuntos, adivinábase un juramento, una frase que no escuchó a quien iba dirigida. Sin  lujos ni pompas, casi sin lloros fue sepultado aquel hombre fundador  y creador del hospital para  locos.
Los años pasaron, el hospital fue reedificado  y la ermita pasó a ser Templo de San Hipólito, que podemos ver hoy en día sobre la Avenida Hidalgo; entonces para celebrar la conquista  de la gran Tenochtitlán, cada 13 de agosto se llevaba a cabo una solemne procesión encabezada por el virrey, la cual partía desde las casas de Cabildo y concluía en  el Templo de San Hipólito donde se celebraban los oficios religiosos, tocaba  a un distinguido caballero portar el pendón  y aquel año de 1666 le tocó al corregidor, pero este año sería diferente a todos. ¿Por qué? Sigue leyendo.
Un alguacil mirando  que una pareja no alzaba la vista ni cantaba ni rezaba en voz alta, osó llamarles la atención, pero cuando estas personas levantaron el rostro, el terror del alguacil fue mayúsculo al ver que se trataba de nada menos que de ¡muertos!; aterrorizado huyó del grupo lanzando horribles gritos. El bullicio de rezos , gritos y rezos  opacaron los gritos del alguacil, y madre e hijo, que no eran nada menos que Bernardino  y su progenitora, se dispusieron a entrar a la templo.
Y  como había  jurado, la madre y el arrepentido transformado cumplieron su promesa. El anciano fray  Tomás de Orantes fue el que escuchó de las bocas descarnadas de los muertos su secreto, solo así  se supo más tarde que esos horribles penitentes de San Hipólito, habían sido Bernardino Álvarez y su madre. Muchos vieron salir a las pareja de cabizbajos  penitentes, que después de confesar al fraile abandonaron el templo y se perdieron en las sombras de la calle para siempre… su misión en este mundo estaba terminada.
La construcción que aún podemos ver y que tiene el número 107 de la hoy Avenida Hidalgo data del año 1739, con algunas reformas y ampliaciones fue estrenada  o inaugurada oficialmente en 20 de enero de 1777; el edificio que antes fuera asilo para locos, ha tenido muchos usos: fue alternativamente cuartel, se alquilaron accesorias, hospital militar, sanatorio municipal, escuela de medicina, tabacalera y actualmente existen locales comerciales.
Tal es la historia de un edificio hospitalario de un hombre que se redimió como otros santos varones, y de un juramento arrancado en un momento en que el lama de un pecador tal vez estaba dispuesto al arrepentimiento y al perdón de Dios. 

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