Real verídico e histórico, es este relato que los siglos han convertido en una
escabrosa y espantable leyenda; los hechos abarcan los siglos XVI y XVII, sus
datos fueron extraídos de libracos y antiguos documentos coloniales.
Allá por el primer cuarto del siglo XVI o sea en
1524, llegó a la capital de Nueva España un joven aventurero llamado Bernardino
Álvarez, hijo de cuna humilde no traía bienes ni fortuna, sino un deseo de
vivir y de aventura; era natural de Utrera España y tenía la edad de 20 años,
de regular apostura y agradable talante, súpose que allá en su tierra y en
Sevilla había dejado deudas de amores, dinero y otras cosillas con la justicia.
Así es que huido propiamente de España, venía a la capital en busca de amores,
aventuras y fortuna, Bernardino Álvarez parecía oler la aventura
y los fáciles amores, así es que entró confiado a una hostería de “El
oso y el cisne” en busca de placer algo nuevo; se le acercó una tabernera para
tomar su orden, después ésta se alejó
moviendo las caderas y con otros movimientos igualmente provocativos, el
joven consideró que aquella era su hembra, así que a su regreso con el vino comenzó
la faena que había premeditado con pedir hospedaje, la hostelera que era
conocida como la Bernarda, instaló al joven Bernardino en la mejor habitación
de la hostería.
El vivaz Bernardino no tardó en llamar a la fogosa
tabernera, el joven le ofrecía caricias mientras ella pagaba con besos, también con vinos y
alimentos; todo iba bien hasta que una noche el marido de la Bernarda los
sorprendió en el lecho, dejando embarcada con el problema a la hostelera, el
hombre huyó del “Oso y el cisne” para siempre. Poco después, huyendo de otros
amores y varias deudas que tenía, decidió conseguir plaza de soldado, y quiso
la suerte que fuera enviado lejos de la
capital a la región de Zacatecas, donde era necesaria la milicia, no apenaba
Bernardino la jornada, antes bien,
apresuraba el paso para alejarse lo más pronto de la capital. ¿Pero, que iba a
hacer de soldado en Zacatecas un joven loco, aventurero y desleal como él?
Afecto al juego de azar, Bernardino inducía a otros
soldados a jugar a los naipes y no
gustaba de perder, sino de ganar y para eso hacía trampa y pedía prestado, desencadenando las
pendencias y reyertas que a veces resultaban
trágicas, dolorosas y sangrientas. El castigo de Bernardino por todos sus problemas legales, amoríos,
riñas y deudas, era pasar largos periodos
en el calabozo. Pero si sus malos modos y trampas hicieron víctimas entre la milicia, lo mismo
o peor ocurrió entre los civiles, dejando a muchos heridos en alcobas conyugales y oscuros callejones.
Habían transcurrido varios meses y el
joven creyó que sus hazañas y engañifas estaban olvidadas, desertó del ejército
español y regresó a la capital, pero más tardó en arribar que en volver a las
andadas, aunque ahora con menos suerte, pues se le alcanzó a capturar por el
robo de joyas a una dama, al que Bernardino
dio su declaración de la manera más cínica y elocuente, argumentando que
el pago era justo ya que las caricias que le había dado eran jóvenes y fuertes,
considerando justo el pago.
Y ocurrió que la anciana madre de Bernardino, que
acababa de llegar de España siguiendo al hijo, lo encontró en prisión, él le
prometió a la pobre mujer que saliendo de su encierro se volvería un hombre de
bien y de trabajo, pero pese a los ruegos y lágrimas de su madre, el joven no
entendió y continuó en las andadas, sobre todo en aventuras de adulterio, pero
así como en sus fechorías otras no tuvo suerte, en el terreno amatorio tampoco,
pues cuando fue descubierto por el esposo junto con la mujer en el lecho, el
primero venía dispuesto a limpiar su honra, pero al fin tenso, joven y vigoroso
Bernardino logró desarmar al ofendido marido y herirlo con el puñal. Escapaba el
joven a toda velocidad, cuando a los gritos del amo acudieron los criados y
detuvieron al burlador y heridor, fue arrestado no solo bajo el cargo de lesiones, sino por el adulterio de que lo
acusó el marido ofendido; y Bernardino fue a dar de nueva cuenta a la cárcel,
esta vez según se pensó que por un largo tiempo, pero la prisión no contuvo por
muchos días al joven, pues inesperadamente fue puesto en libertad.
Y la mujer, su amante orgullosa de que el disputara
con el puñal su amor, le ayudó a salir de la prisión pagando la fianza y
gracias a las influencias que tenía en la corte, la mujer además de su libertad
le entregó dos talegos llenos de monedas de oro, para que su amado pudiera un
negocio o una hacienda para marcharse y vivir a
su lado, cosa que Bernardino estaba muy lejos de hacer.
Y así fue cuando por fin tuvo una fortuna en sus
manos, creyó que no era tiempo de echarse compromisos, con el oro en sus manos,
el joven hacía planes mientras se dirigía a la humilde casa de su madre. Una
vez en su casa, le dijo a su progenitora de sus intenciones de ¡marcharse al
Perú en busca de la fortuna que no logró
hacer en Nueva España!, la mujer conociendo las mañas de su hijito sabía que a
donde quiera que fuera iba a hacer exactamente lo mismo, preocupada trató de
persuadirlo para que se reformara y fuera hombre de bien, cosa que no pudo
lograr; pero antes de partir su señora madre le hizo cumplir el siguiente
juramento a su debido momento: el día que él hubiera cambiado, irían ambos a una procesión a dar gracias a Dios, la cuál
debería ser la más solemne, aquella en que se ofrece en sufragio de soldados y
conquistadores muertos. Tal vez ese juramento fue dicho con sinceridad, o sin
ganas de cumplirlo, nadie lo sabe, pero lo que si era un hecho es que debía de
cumplir su promesa estuviera donde estuviera.
Bernardino Álvarez se instaló en el Perú a todo
lujo, dándose una vida regalada y de gran señor; pronto vio que había oro en
abundancia en esas tierras, comprándole y cambiándole a los indios peruanos
muchos quintales de oro, de este modo enriquecido, comenzó a dilapidar en
orgías y ruidosas francachelas. Tenía criados y sirvientas, solía pasear por
Lima dentro de una de las carrozas más
lujosas del lugar, tuvo como amantes a las más bellas mujeres, a las que
regalaba con largueza oro y joyas; larga y dispendiosa fue su vida de crápula y
de vicios, hasta que un día le llegó una carta de su amada madre.
Bernardino creyendo que algo malo ocurría a su
anciana madre, abrió la carta y la leyó con avidez, y a medida que avanzaba en
su lectura, sus manos temblaban de emoción y sus ojos se llenaban de lágrimas,
era una carta conmovedora que lo hizo
estremecerse hasta lo más profundo de su alma, el joven oprimió con amor, con
dolo mezclados aquella carta conmovedora de su madre y sintió aborrecer a su
amante que se encontraba con él en ese momento, y acto seguido la hecho de su
alcoba de muy mal modo. Una vez que hubo salido la incrédula mujer, Bernardino
hundió la cara entre la almohada y comenzó a gemir y a llorar dolientemente,
arrepentido de la vida que había llevado, decidió por fin enderezar el camino y
volverse un hombre de bien.
Nadie supo en realidad el contenido de la carta
dela anciana, pero el hecho es que al día siguiente el joven era otra persona
completamente diferente; comenzó repartiendo limosnas a los mendigantes, gran
parte de su fortuna amasada con el robo y el engaño fue a dar a manos de
frailes y seglares, no hubo mejor ni más generoso protector de enfermos y hospitales para pobres.
Algunos meses debieron pasar antes de que
Bernardino repartiera entre los pobres, enfermos y religiosos su fortuna,
cuando terminó de hacerlo dejó Lima y se dirigió como humilde peregrino hacia el puerto de Callao, allí aguardó a que un navío español hiciera rumbo al
puerto de Acapulco, embarcándose con destino a la Nueva España, dispuesto a
demostrar a su anciana madre que había cambiado, que el milagro estaba hecho.
Cuando llegó, lo primero que hizo fue ir a la casa
en donde vivía su progenitora, pero se encontró con que estaba cerrada y sin la
anciana, abandonada y sin nadie en la capital
de Nueva España, entonces unos vecinos le informaron que hacía meses que su madre había muerto sola y
abandonada, con el alma lacerada de dolor, Bernardino se alejó por la calleja triste y sola.
Arrepentido de sus culpas y de su vida disipada y de no haber visto
morir a su madre, Bernardino se dedicó a curar enfermos ingresando como
curandero voluntario en el entonces Hospital de la Purísima Concepción de
Nuestra Señora (Hoy Hospital de Jesús); no hubo mano más cariñosa y dispuesta a calmar el dolor de los enfermos, que aquel ex
pecador, y fue tanta caridad y amor al prójimo, que las órdenes religiosas se
lo disputaron para que entrase a su convento.
Finalmente en 1566, cuando ya Bernardino tenía 62
años de edad, vio coronados anhelos con la protección de los linajudos don
Miguel Dueñas y Doña Isabel de Ojeda, obtuvo en compra un solar cerca de la
Ermita de Juan Garrido; esta ermita fue
levantada por Juan Garrido con la ayuda de
los conquistadores para honrar la muerte de los mártires hispanos, pues a los
soldados caídos se les tuvo con este concepto, debido a la aciaga noche de
derrota hispana conocida como “La Noche Triste”. Fundó allí Bernardino lo que llamó asilo para dementes, los
envidiosos los llamaron “El Hospital de
Locos de Bernardino”, porque este hombre
ya anciano daba albergue a los dementes en ese sitio; también admitía en ese asilo a hombres humildes y
aventureros llegados de España y a quien
llamaba “Polizontes”, paternalmente el anciano les buscaba trabajo o los
convencía para que regresaran a España, pues Nueva España ya no era tierra de
conquista.
Y un buen día el benefactor de locos, el
aventurero, el cínico, el arrepentido Bernardino Álvarez falleció, su alma se
elevó al cielo, perdonado por haberse hecho
bueno ya no alcanzó a ver su anciana madre; y cuenta la leyenda que
entre sus labios ya difuntos, adivinábase un juramento, una frase que no
escuchó a quien iba dirigida. Sin lujos
ni pompas, casi sin lloros fue sepultado aquel hombre fundador y creador del hospital para locos.
Los años pasaron, el hospital fue reedificado y la ermita pasó a ser Templo de San
Hipólito, que podemos ver hoy en día sobre la Avenida Hidalgo; entonces para
celebrar la conquista de la gran
Tenochtitlán, cada 13 de agosto se llevaba a cabo una solemne procesión
encabezada por el virrey, la cual partía desde las casas de Cabildo y concluía
en el Templo de San Hipólito donde se
celebraban los oficios religiosos, tocaba
a un distinguido caballero portar el pendón y aquel año de 1666 le tocó al corregidor,
pero este año sería diferente a todos. ¿Por qué? Sigue leyendo.
Un alguacil mirando
que una pareja no alzaba la vista ni cantaba ni rezaba en voz alta, osó
llamarles la atención, pero cuando estas personas levantaron el rostro, el
terror del alguacil fue mayúsculo al ver que se trataba de nada menos que de
¡muertos!; aterrorizado huyó del grupo lanzando horribles gritos. El bullicio
de rezos , gritos y rezos opacaron los gritos
del alguacil, y madre e hijo, que no eran nada menos que Bernardino y su progenitora, se dispusieron a entrar a
la templo.
Y como
había jurado, la madre y el arrepentido
transformado cumplieron su promesa. El anciano fray Tomás de Orantes fue el que escuchó de las
bocas descarnadas de los muertos su secreto, solo así se supo más tarde que esos horribles
penitentes de San Hipólito, habían sido Bernardino Álvarez y su madre. Muchos
vieron salir a las pareja de cabizbajos
penitentes, que después de confesar al fraile abandonaron el templo y se
perdieron en las sombras de la calle para siempre… su misión en este mundo
estaba terminada.
La construcción que aún podemos ver y que tiene el
número 107 de la hoy Avenida Hidalgo data del año 1739, con algunas reformas y
ampliaciones fue estrenada o inaugurada
oficialmente en 20 de enero de 1777; el edificio que antes fuera asilo para
locos, ha tenido muchos usos: fue alternativamente cuartel, se alquilaron
accesorias, hospital militar, sanatorio municipal, escuela de medicina,
tabacalera y actualmente existen locales comerciales.
Tal es la historia de un edificio hospitalario de
un hombre que se redimió como otros santos varones, y de un juramento arrancado
en un momento en que el lama de un pecador tal vez estaba dispuesto al
arrepentimiento y al perdón de Dios.
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