domingo, 27 de noviembre de 2011

Los Santos Arrodillados


Una de las leyendas coloniales de más fuerza y belleza conceptiva de los santos arrodillados; la dosis que tiene de sobrenatural, es en verdad escalofriante, y puede compararse en su estructura a la mejor relación de la mitología griega. Según se relata en los documentos antiguos, los extraños hechos sucedieron en la vieja iglesia de Santa Catarina Mártir, que hoy existe a un lado de Santo Domingo, sobre la calle de Brasil. Los devotos acudían diariamente a ese santuario, donde oficiaba el cura don Gabriel Denia, entre los asistentes se encontraba la familia del regidor de la ciudad, don Félix Salcedo de Villalba, acompañado por el Licenciado don Martín Zimbrón.
Aunque se rumoraban muchas cosas sobre el sacerdote, ya que era un hombre muy misterioso en las cosas que hacía, era muy querido por toda la comunidad por su implacable fe y devoción.
El templo de Santa Catarina estaba lleno de fieles, como era costumbre, oficiando la misa el padre Denia, muy querido por todos por su gran devoción y tenía la gran cualidad de que sus palabras dulces llegaran a lo más profundo de los corazones; al terminar las misas aquel día, el sacerdote se dispuso a irse a su casa con paso lento, y en cualquier sitio los devotos le demostraba su cariño. Horas después las tinieblas envolvieron la ciudad, eran las 12 de la noche, la hora en que se dice de los muertos suelen abandonar sus tumbas, y una sombría silueta se desliza lentamente, en dirección al templo de Santa Catarina; de pronto, ruido de voces y carreras hicieron que el misterioso personaje se replegara contra la pared, quien resultó ser nada menos que el padre Denia, ¡qué sorpresa se llevaron los de la ronda!, pues ellos creían que ya habían atrapado al criminal que andaban buscando, el jefe de ronda al darse cuenta de la distracción de ver al santo varón, montó en cólera al ver que sus hombres olvidaban al prófugo.
El padre se dispuso a entrar al templo rezar, cerrando tras de sí la puerta con un lóbrego chirrido, y se dedicó a quién sabe qué extrañas prácticas dentro del templo; mientras tanto don Fernando de Rojas, alcalde de la cárcel fue informado de la fuga del criminal que andaban persiguiendo, y también del encuentro con el cura de Santa Catarina a tan avanzadas horas de la noche.
Lleno de curiosidad, el alcalde ordenó que Denia fuera vigilado, y cuenta la conseja, que las incursiones nocturnas del padre se hicieron cada vez más frecuentes; en las horchaterías, que eran el centro de reunión en aquella época, no se hablaba de otra cosa: unos decían que el buen hombre hacía ritos espantosos, otros más que se flagelaba ante el altar mayor, y muchas otras cosas más.
Las suposiciones de lo que hacía el cura de Santa Catarina en el desolado templo, se volvían cada vez más escalofriantes, lo cierto era que estaba cada día más pálido, y sus carnes apenas alcanzaban para cubrir sus huesos, lo curioso del caso era que casi no dormía y su comida era muy austera, pues decía que su alimento era el espíritu del señor; la gente al verlo con tal vigor en su Santo Oficio ser que aquel hombrecillo enclenque, hubiera pasado toda la noche en vela.
Entretanto en la residencia del regidor don Félix, se hacían preparativos para una fiesta, a la cual asistirían las personas más importantes de la sociedad, y se llevaría a cabo esa misma noche. Llegó la hora del evento, y don Félix con sus amigos platicaban en un rincón, mientras los invitados comenzaron a bailar; entre las múltiples cosas de las que hablaron fue el padre Denia y sus costumbres. Para desentrañar aquel misterio de una vez por todas, los caballeros planeaban esconderse en algún sitio del templo y aguardar hasta que llegan a las 12 de la noche; en tanto, la fiesta continuaba de lo más amena, prolongándose hasta las primeras horas de la madrugada.
Serían las cinco de la tarde del día siguiente cuando  el  licenciado Zimbrón llegó en busca de don Félix, para llevar a cabo el plan que habían ideado la noche anterior; los dos amigos se dispusieron a ir a misa a las seis de la tarde, pero ya se encontraba la mitad cuando tomaron asiento cerca de los confesionarios; poco a poco la Iglesia se fue quedando desierta y a los pocos momentos escucharon que la puerta de la sacristía también era cerrada. Por fin los caballeros se encontraban solos en el templo, ahora sólo les quedaba esperar, ambos estaban sobrecogidos de expectación, de vez en cuando se sobresaltaban por el chisporroteo de alguna lámpara.
Por fin dieron las 12 de la noche, y casi simultáneamente las puertas crujieron en el interior de la iglesia, abriéndose de pronto la de la sacristía, el padre Denia se hincó fervorosamente ante el altar mayor, después silenciosamente prendió las velas del altar, luego arrodillosé nuevamente frente a éste, mirando con misericordia infinita a la virgen María y a Cristo sangrando en la cruz; entonces entonó con fervor el primer padre nuestro. Los dos caballeros miraban expectantes desde su escondite, y contemplaron a los santos inmóviles en sus altares; de pronto sintieron que la sangre se les helaba en las venas, porque sin que se diera alma viviente alguna, millares de voces contestaron al resto del padre Denia. Sobrecogidos de terror buscaron con la mirada la procedencia de aquellas voces, las preces fueron tornándose más y más claras; los susurros poblaron el templo, alternando con los restos del cura.
Conforme avanza el aterrador rosario, las ánimas del purgatorio que eran las que pronunciaban aquellas voces, tomaron forma impalpable y los santos y vírgenes empezaron a bajar de sus altares; acto seguido se arrodillaron detrás del padre Denia, uniendo sus oraciones a las de las ánimas del purgatorio. Los dos hombres no daban crédito a sus ojos ante semejante visión.
De las bocas de madera de los santos, brotaban los rezos, dibujando sus caras esculpidas, rictus de dolor y de piedad, el murmullo se hacía cada vez más imponente, las voces desgarradoras por maman un espectáculo único, escalofriante e increíble. Don Félix no pudo soportar más tiempo, y presa de espanto terror, rodó por el suelo sin sentido, su amigo no tardó mucho en hacerle compañía.
El mar de voces que llenaban el santuario cesó al escucharse en la nave el terrible grito del regidor, el padre fue a ver qué pasaba, y cuál no fue su sorpresa cuando al encontrar a los dos caballeros tirados en el suelo; el buen cura trató de reanimarlos con dulces palabras, pero fue vano, estaban como petrificados por efecto de la insólita visión del Rosario de las ánimas. El padre se asomó a la calle y para su buena suerte la ronda se acercaba la iglesia de Santa Catarina; acto seguido fue a solicitarles ayuda para que llevaran a los dos amigos a sus respectivos hogares, aquellos temerarios fueron cargados varias calles antes de recobrar la lucidez.

Pasaron varios días a partir de aquella tremenda aventura, y el regidor se puso cada vez más enfermo, el médico no se equivocó con su diagnóstico, porque aquel pobre hombre era presa de la locura, hasta que la muerte piadosa terminó con las alucinaciones que sufría. Su esposa doña Teresa y su hija permanecieron muchas horas rezando ante su tumba.
En cuanto a la suerte del licenciado Zimbrón, cuenta la leyenda que tomó los hábitos en el convento de San Francisco, pero su salud fue decayendo poco a poco, y por las noches, casi siempre al sonar las 12 de la noche escuchaba las voces de las ánimas, nunca lo dejaban en paz; entonces solía levantarse para hacer un extraño suplicar al Cristo de su cabecera: que le concediera la gracia de morir para acabar con su sufrimiento, tiempo después sus ruegos fueron escuchados por el cielo.
Aquellos sucesos hiciéronse famosos en todo México, y el padre Denia siguió oficiando en Santa Catarina por muchos años.
¿Espantable? Ciertamente, y triste fin de los dos osados caballeros. ¿Qué no es posible? ¿Y por qué no? Y si alguna vez llegas a pasar cerca de la iglesia de Santa Catarina y escuchas a un grupo de personas rezando, ¡no se te ocurre entrar!, si no quieres tener el mismo destino que don Félix y su amigo. Recuerden amigos lectores que la próxima semana tenemos una cita en este mismo lugar y a esta misma ahora.


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