Una de las leyendas coloniales de más fuerza y
belleza conceptiva de los santos arrodillados; la dosis que tiene de
sobrenatural, es en verdad escalofriante, y puede compararse en su estructura a
la mejor relación de la mitología griega. Según se relata en los documentos
antiguos, los extraños hechos sucedieron en la vieja iglesia de Santa Catarina
Mártir, que hoy existe a un lado de Santo Domingo, sobre la calle de Brasil.
Los devotos acudían diariamente a ese santuario, donde oficiaba el cura don
Gabriel Denia, entre los asistentes se encontraba la familia del regidor de la
ciudad, don Félix Salcedo de Villalba, acompañado por el Licenciado don Martín
Zimbrón.
Aunque se rumoraban muchas cosas sobre el
sacerdote, ya que era un hombre muy misterioso en las cosas que hacía, era muy
querido por toda la comunidad por su implacable fe y devoción.
El templo de Santa Catarina estaba lleno de fieles,
como era costumbre, oficiando la misa el padre Denia, muy querido por todos por
su gran devoción y tenía la gran cualidad de que sus palabras dulces llegaran a
lo más profundo de los corazones; al terminar las misas aquel día, el sacerdote
se dispuso a irse a su casa con paso lento, y en cualquier sitio los devotos le
demostraba su cariño. Horas después las tinieblas envolvieron la ciudad, eran
las 12 de la noche, la hora en que se dice de los muertos suelen abandonar sus
tumbas, y una sombría silueta se desliza lentamente, en dirección al templo de
Santa Catarina; de pronto, ruido de voces y carreras hicieron que el misterioso
personaje se replegara contra la pared, quien resultó ser nada menos que el
padre Denia, ¡qué sorpresa se llevaron los de la ronda!, pues ellos creían que
ya habían atrapado al criminal que andaban buscando, el jefe de ronda al darse
cuenta de la distracción de ver al santo varón, montó en cólera al ver que sus
hombres olvidaban al prófugo.
El padre se dispuso a entrar al templo rezar,
cerrando tras de sí la puerta con un lóbrego chirrido, y se dedicó a quién sabe
qué extrañas prácticas dentro del templo; mientras tanto don Fernando de Rojas,
alcalde de la cárcel fue informado de la fuga del criminal que andaban
persiguiendo, y también del encuentro con el cura de Santa Catarina a tan
avanzadas horas de la noche.
Lleno de curiosidad, el alcalde ordenó que Denia
fuera vigilado, y cuenta la conseja, que las incursiones nocturnas del padre se
hicieron cada vez más frecuentes; en las horchaterías, que eran el centro de
reunión en aquella época, no se hablaba de otra cosa: unos decían que el buen
hombre hacía ritos espantosos, otros más que se flagelaba ante el altar mayor,
y muchas otras cosas más.
Las suposiciones de lo que hacía el cura de Santa Catarina
en el desolado templo, se volvían cada vez más escalofriantes, lo cierto era
que estaba cada día más pálido, y sus carnes apenas alcanzaban para cubrir sus
huesos, lo curioso del caso era que casi no dormía y su comida era muy austera,
pues decía que su alimento era el espíritu del señor; la gente al verlo con tal
vigor en su Santo Oficio ser que aquel hombrecillo enclenque, hubiera pasado
toda la noche en vela.
Entretanto en la residencia del regidor don Félix,
se hacían preparativos para una fiesta, a la cual asistirían las personas más
importantes de la sociedad, y se llevaría a cabo esa misma noche. Llegó la hora
del evento, y don Félix con sus amigos platicaban en un rincón, mientras los
invitados comenzaron a bailar; entre las múltiples cosas de las que hablaron
fue el padre Denia y sus costumbres. Para desentrañar aquel misterio de una vez
por todas, los caballeros planeaban esconderse en algún sitio del templo y aguardar
hasta que llegan a las 12 de la noche; en tanto, la fiesta continuaba de lo más
amena, prolongándose hasta las primeras horas de la madrugada.
Serían las cinco de la tarde del día siguiente
cuando el licenciado Zimbrón llegó en busca de don
Félix, para llevar a cabo el plan que habían ideado la noche anterior; los dos
amigos se dispusieron a ir a misa a las seis de la tarde, pero ya se encontraba
la mitad cuando tomaron asiento cerca de los confesionarios; poco a poco la
Iglesia se fue quedando desierta y a los pocos momentos escucharon que la
puerta de la sacristía también era cerrada. Por fin los caballeros se
encontraban solos en el templo, ahora sólo les quedaba esperar, ambos estaban
sobrecogidos de expectación, de vez en cuando se sobresaltaban por el
chisporroteo de alguna lámpara.
Por fin dieron las 12 de la noche, y casi
simultáneamente las puertas crujieron en el interior de la iglesia, abriéndose
de pronto la de la sacristía, el padre Denia se hincó fervorosamente ante el
altar mayor, después silenciosamente prendió las velas del altar, luego
arrodillosé nuevamente frente a éste, mirando con misericordia infinita a la
virgen María y a Cristo sangrando en la cruz; entonces entonó con fervor el
primer padre nuestro. Los dos caballeros miraban expectantes desde su
escondite, y contemplaron a los santos inmóviles en sus altares; de pronto
sintieron que la sangre se les helaba en las venas, porque sin que se diera
alma viviente alguna, millares de voces contestaron al resto del padre Denia.
Sobrecogidos de terror buscaron con la mirada la procedencia de aquellas voces,
las preces fueron tornándose más y más claras; los susurros poblaron el templo,
alternando con los restos del cura.
Conforme avanza el aterrador rosario, las ánimas
del purgatorio que eran las que pronunciaban aquellas voces, tomaron forma
impalpable y los santos y vírgenes empezaron a bajar de sus altares; acto
seguido se arrodillaron detrás del padre Denia, uniendo sus oraciones a las de
las ánimas del purgatorio. Los dos hombres no daban crédito a sus ojos ante
semejante visión.
De las bocas de madera de los santos, brotaban los
rezos, dibujando sus caras esculpidas, rictus de dolor y de piedad, el murmullo
se hacía cada vez más imponente, las voces desgarradoras por maman un espectáculo
único, escalofriante e increíble. Don Félix no pudo soportar más tiempo, y
presa de espanto terror, rodó por el suelo sin sentido, su amigo no tardó mucho
en hacerle compañía.
El mar de voces que llenaban el santuario cesó al
escucharse en la nave el terrible grito del regidor, el padre fue a ver qué
pasaba, y cuál no fue su sorpresa cuando al encontrar a los dos caballeros
tirados en el suelo; el buen cura trató de reanimarlos con dulces palabras,
pero fue vano, estaban como petrificados por efecto de la insólita visión del
Rosario de las ánimas. El padre se asomó a la calle y para su buena suerte la
ronda se acercaba la iglesia de Santa Catarina; acto seguido fue a solicitarles
ayuda para que llevaran a los dos amigos a sus respectivos hogares, aquellos
temerarios fueron cargados varias calles antes de recobrar la lucidez.
Pasaron varios días a partir de aquella tremenda
aventura, y el regidor se puso cada vez más enfermo, el médico no se equivocó
con su diagnóstico, porque aquel pobre hombre era presa de la locura, hasta que
la muerte piadosa terminó con las alucinaciones que sufría. Su esposa doña
Teresa y su hija permanecieron muchas horas rezando ante su tumba.
En cuanto a la suerte del licenciado Zimbrón,
cuenta la leyenda que tomó los hábitos en el convento de San Francisco, pero su
salud fue decayendo poco a poco, y por las noches, casi siempre al sonar las 12
de la noche escuchaba las voces de las ánimas, nunca lo dejaban en paz;
entonces solía levantarse para hacer un extraño suplicar al Cristo de su
cabecera: que le concediera la gracia de morir para acabar con su sufrimiento,
tiempo después sus ruegos fueron escuchados por el cielo.
Aquellos sucesos hiciéronse famosos en todo México,
y el padre Denia siguió oficiando en Santa Catarina por muchos años.
¿Espantable? Ciertamente, y triste fin de los dos
osados caballeros. ¿Qué no es posible? ¿Y por qué no? Y si alguna vez llegas a
pasar cerca de la iglesia de Santa Catarina y escuchas a un grupo de personas
rezando, ¡no se te ocurre entrar!, si no quieres tener el mismo destino que don
Félix y su amigo. Recuerden amigos lectores que la próxima semana tenemos una
cita en este mismo lugar y a esta misma ahora.

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