Dicen que el amor es más fuerte que la muerte,
clara evidencia de tal aseveración la podemos encontrar en esta leyenda
aterradora, ocurrida en el siglo XVII, donde se unen ambas características,
para tener como resultado este verídico relato.
Durante aquella época vivió en la calle que era a
espaldas de la Santa Veracruz y después callejón de los Gallos, el violento capitán Juan de
Ortega y Padilla, quien fijara aquí su domicilio para estar cerca de los cuarteles;
se decía allá por 1667, siendo virrey don Antonio Sebastián de Toledo, marqués
de Mancera, que era un guerrero muy temido y sanguinario. Estaba casado con
Juana de Pedroza, cuyo carácter se había endurecido con el trato del férreo
militar, ambos solían tener constantes y fuertes disputas, pues cualquier
incidente, cualquier cosa pie a que se siguieran como punto de media, llegando
a subir tanto de tono, que la mayor parte de los casos terminaba en golpes,
pero la mujer también le sabía devolver los maltratos a su fiero marido, quien
después salía hecho una fiera de su casa para refugiarse en una taberna o en su
cuartel, en donde decía estar mucho mejor que en su casa; y no bien salía su
esposo, entraba Gonzalo de Padilla, apuesto y joven hombre sobrino del capitán,
parecía que aquel caballero, que vivía cerca, en la calle de San Diego,
escuchaba los gritos de la tía política, pues siempre tenía el tino de hacer su
aparición después de una felpa. Al momento que llegaba Gonzalo, las facciones
de doña Juana se suavizaban, y se acercaba más al sobrino buscando su calor y
apoyo.
Los extremos a que iba a llegar el capitán se manifestaron
a la semana siguiente, cuando en el cuartel le hicieron entrega de un
instrumento para “domar” a su esposa: una correa de vaqueta. Dispuesto a
estrenarla en doña Juana, apenas llegó a su casa comenzó a buscar una disputa,
y agarrado del pretexto le metió una buena zurra a la pobre mujer, ya que según
el cómo animal que era, así la debía de tratar, le dio y le dio, hasta que la
dejó tirada en el piso. Cuando Gonzalo acudió ésta vez, la encontró llorando,
descompuesta y adolorida por los golpes que le propinara su esposo, y con gran
amor, con sumo cuidado, el joven sobrino comenzó a curar con vinagre la blanca
espalda de doña Juana.
Las frecuentes visitas y consuelos que hacía el
mancebo a su tía pronto dieron lugar a habladurías, las que decían que ambos
sostenían ilícitos amores a espaldas del temible tío, el cuál no tardó mucho en
enterarse de un modo vergonzoso cuando se encontró con dos tipos en calle, que
le decían comentarios cargados de veneno. Con la cabeza bien caliente, entró a
su casa como una tromba, encontrando a su esposa y su sobrino en actitud más
que comprometedora, entonces como si de una fiera herida profundamente se tratase,
el capitán se echó sobre doña Juana y comenzó a golpearla despiadadamente; al
principio Gonzalo no supo qué hacer ante tamaña felpa, permaneciendo indeciso y
petrificado, después lo único que pudo hacer es gritar para que dejara de
golpear a su amada, entonces el capitán sacó su espada y estuvo a punto de
matar a su sobrino, pero algo lo detuvo. Furioso el capitán llenó de baquetazos
la anatomía del infeliz Gonzalo, que nada hizo por defenderse, ahora fue doña
Juana quien le vio inmóvil. Golpe tras golpe caía sobre el pellejo del joven,
que al fin vencido se desplomo en el piso bajo el furor del engañado.
Durante toda una semana no se escucharon las
disputas entre doña Juana y don Juan, pues la mujer se encontraba postrada en
cama, varios días permaneció inmóvil a causa de la golpiza que le propinara su
violento marido. Al fin un día el capitán halló a su mujer vestida, levantada y
repuesta, acto seguido le pide que le traiga una botella de vino, a lo que
Juana ceremoniosa y atenta, sirve la bebida en el vaso de su marido, quién
ansiosamente toma tres rondas, hasta casi vaciar el contenido de la botella, su
esposa lo ve con profundo odio.
No había transcurrido un par de horas, cuando el
capitán comenzó a experimentar agudos dolores de estómago, se revolcó y gritó
como un condenado, mientras su frente se bañaba en sudor no dejaba de echarle
maldiciones a su esposa por haberlo envenenado. Al amanecer del siguiente día, el
marido había fallecido finalmente, y el médico que lo revisó dijo que había
muerto del corazón.
Después del entierro del difuntito, el joven
Gonzalo llegaba a la casa con toda confianza para consolar a su amada, y a
partir de entonces vivieron tía y sobrino una borrascosa pasión que alarmó a
toda la Colonia, pues su idilio trascendió a toda Nueva España, asunto que
llegó a conocimiento de los padres del joven, quienes trataron llamarlo al
orden y a la razón inútilmente, pues él estaba decido a casarse con doña Juana;
los progenitores pegaron el grito en el cielo y decidieron mandarlo recluir en
el convento franciscano.
Por varias horas Gonzalo estuvo pensando en su
situación, pero sujeto al mandato y obediencia de todo buen hijo, aceptó
marcharse de religioso, pero antes quería ir a ver a su amada; al saber la
decisión de su señor padre, doña Juana creyó enloquecer de angustia y pasión,
quien después le dio a beber una copa de vino, mientras contemplaba al joven
con los ojos anegados de lágrimas.
Gonzalo no bien hubo llegado a su casa, cayó frente
a su padre quejándose de agudos dolores de vientre; después postrado en su cama
y sintiéndose morir, le escribió a su amada una desesperada carta de amor y de
promesas. Doña Juana leyó con avidez la carta del joven, y al terminar de
leerla la arrojó lejos de si y pegó un grito de angustia, había
envenenado a Gonzalo como lo hizo con su violento marido, pero también sabía
preparar el antídoto.
En alas de la ansiedad corrió hasta la casa del
amado, llevando en sus manos temblorosas la cura, al llegar llamó a la
puerta de la casa, pero no la dejaron
entrar porque el joven ya había muerto.
Corrió de inmediato por toda la Colonia la versión
de que doña Juana había envenenado a Gonzalo, así como también diera muerte al
capitán y se ordena su captura, pero la mujer astuta obra con rapidez, toma
joyas y dinero para ir a pedir asilo al convento de Jesús María; y al amparo
del sitio religioso, sabe la mujer que no ha de alcanzarla la justicia, pidió
entonces a la superiora que la aceptara
como religiosa, y finalmente después de una larga insistencia, logró quedarse
solo como penitente.
Nueve días soportó Juana de Pedroza en el oscuro recinto conventual, causándose
dolores y ayunos agobiantes, hasta que un día dos religiosas la descubrieron
muerta, ahorcada en su misma celda, y dejando una nota escrita diciendo que su
amor no la dejaba en paz.
Transcurrieron varios meses y ya este drama de amor
parecía irse olvidando, cuando una noche apareció aterrador espectro por las
calles de la capital de la Nueva España, y se dedicó a detener a los hombres
que caminaban por las oscuras calles de la ciudad, los pobres infelices
presintiendo un aventurilla, se dejaban alcanzar por la mujer y entonces
veían aquella horrenda aparición a la
que muchos sucumbieron. Muchos fueron los que se toparon con la espectral mujer
frente a frente.
Ese mismo año de 1667, el virrey se dedicó por
segunda vez a la Catedral dela capital, y de regreso a Palacio trató varios
asuntos, entre ellos, lo relativo al espanto que causaba en la Colonia la
aparición de una espectral mujer que había ya causado muertes y desmayos;
entonces sin querer, el virrey dio la solución a este misterio: exhumar sus
restos y llevarlos al mismo cementerio donde yacía su amado. El cuerpo de la
mujer fue llevado en macabra procesión, conduciéndola al cementerio de la Santa
Veracruz, en donde estaba enterrado Gonzalo de Padilla. No con toda la voluntad
de clero quedaron enterrados los amantes muy cerca uno del otro. Y quien iba a
creerlo, con la reinhumación de doña Juana, la capital vio transcurrir
tranquilas sus noches, ya no se escuchaban los ayes lastimeros del fantasma, ni
los hombres eran detenidos para llamarles Gonzalo y causarles espanto y muerte.
Transcurrió casi medio siglo, ahora nos encontramos
en 1711, que fue un año inolvidable en el que regía como virrey Fernando de
Alencastre, duque de Linares; y el 6 de agosto se dejó sentir una fortísimo
temblor de tierra, que causó pánico en la Colonia, algunas casas se cuartearon
y otras se vinieron abajo, causando muerte y desolación entre los moradores.
Fue tan intenso, que hasta las campanas se tocaban solas, aumentando todavía
más el terror entre la gente.
En ese trágico año se continuó la construcción del
acueducto y arquería, que hoy conocemos como Arcos de Belén, sobre ésta corrió
el agua que trajo a la capital sedienta el remedio a su sed.
Aquel años sin duda alguna fue de desdichas, pues
ocurrió un hecho insólito: cayó nieve abundante en toda la cuidad, y los
españoles acostumbrados al invierno hispano nada se alarmaron, pero quienes
nunca la habían visto, lo tomaron como castigo celestial. Fue en ese mismo mes
y año, cuando por urgencias de ampliación de la ciudad, se ordenó exhumar todo
resto sepultado en el cementerio de la Santa Veracruz, y llegó el turno de
abrir la fosa de Gonzalo para extraer la vieja osamenta, pero menuda sorpresa
se llevaron los trabajadores al encontrar vacío el ataúd; sin dar mucha
importancia al descubrimiento continuaron con el trabajo, y finalmente llegaron
a la tumba de doña Juana de Pedroza. Cayeron las azadas sobre el féretro
apolillado y cedieron las maderas y el polvo de medio siglo, entonces quienes
exhumaron los despojos se hallaron ante un segundo y más impenetrable misterio:
¡la fosa de Juana contenía dos esqueletos! Estos despojos mortales, horribles y
macabros, estaban unidos en un estrecho abrazo, sus descarnadas bocas vacías,
mirándose con sus ojos huecos.
Los trabajadores sacaron las osamentas, pero fue
inútil tratar de separar aquellos esqueletos que parecían estar sólidamente
unidos por algo que fuera más poderoso que muerte, entonces los encargados del
proyecto, determinaron que debían devolver los dos cuerpos a donde los habían
encontrado, y así los cubrieron con tierra y disimularon aquella fosa que
contenía dos esqueletos, sin que nadie pudiera explicarse tal misterio.
Nadie recordó los extraños acontecimientos
ocurridos casi medio siglo atrás, entre quienes yacían allí abrazados: Juana de
Pedroza y Gonzalo de Padilla, pocos supieron también en que el origen del
nombre que se le dio a la calleja: Calle de la Venenosa, debido a este drama
hecho leyenda. Durante muchos años y siglos, eruditos investigadores e
historiadores trataron de saber cómo fue posible esa unión de los dos esqueletos. ¿Los enterraron juntos
algunos amigos y familiares? ¿El clero, el Santo Oficio?
No hay comentarios:
Publicar un comentario