Perteneciente a la orden Concepcionista, fue el
primero en ser fundado por las monjas del Convento de la Concepción en la
capital de Nueva España; su nombre significa “Reina del Cielo”.
El 4 de
octubre de 1573, salieron 10 monjas del
convento de la Concepción para fundar el monasterio de la Natividad de Regina
Coeli; se desconoce la fecha exacta en que fue levantado en convento, pero la
que más popular se hizo fue en el año de 1553. A este sitio podían ingresar
solamente las criollas y jóvenes españolas, que tuvieran realmente la vocación
para llevar una vida dedicada a la religión, debían tener de ser de 18 a 25
años de edad, gozar de cabal salud y buena voluntad. Para ser aceptadas también
debían pagar una dote de cuatro mil pesos.
Don Melchor de Terreros (pariente de don Pedro
Romero de Terreros) donó veinticinco mil pesos, con lo cual fue reconstruido el
convento y fue estrenada el 19 de marzo de 1656. En la primera mitad del siglo
XVIII, fue reconstruida con la ayuda del arzobispo fray José Lanciego y
Eguilaz. Por esos tiempos, don Buenaventura Medina Picazo mandó hacer la
capilla que después llevaría su nombre, dedicada a la Inmaculada Concepción,
anexa al templo y que tiene su estatua como una forma de agradecimiento.
La botica o farmacia de las monjitas era muy
conocida, pues preparaban un purgante muy efectivo que vendían al público, y la
receta era un total secreto y también hacían un agua para “el mal de ojo”, que
regalaban a quienes la solicitaran.
El convento tenía en 1861 treinta religiosas y
sesenta y un fincas, cuyo valor se calculaba en seiscientos setenta y ocho mil
pesos; las cuáles rentaban para obtener el sustento, que también los obtenían
de la caridad y obras pías. Con las leyes de Reforma las monjas fueron
exclaustradas en 1863.
El templo cuenta con dos portadas que no son
gemelas, en una de ellas se encuentra un relieve con escena del Nacimiento de
la Virgen María. El interior no se queda corto, pues todavía conserva
magníficos retablos y pinturas de estilo barroco de una gran calidad; del coro
solo queda el gran espacio adornado con pinturas al óleo; la Capilla de Medina
Picazo también es magnífica y para entrar en ella hay que pedir permiso en la
oficina por la calle de Bolívar. Esta capilla cuenta con su propio Coro Alto y
una bella cratícula en el lado del Evangelio, sobre el presbiterio.
En el templo se veneraba la imagen de Nuestra
Señora de la Fuente, que se decía era muy milagrosa y en la época era muy
popular. Una monja de convento llamada sor Micaela de los Dolores, le fue
regalada una estampa con aquella imagen, porque nueve meses atrás había perdido
la vista y padecía fuertes dolores. Se dice que le untaron en sus ojos el
aceite de la lámpara que estaba frente a la Señora y con fervor se encomendó a
ella, y milagrosamente recuperó la salud
y la vista.
Otra imagen que destaca por su belleza es la del
Ecce – Homo; pues cuenta la leyenda que
a un vecino de la capital se le apareció en sueños, y cuando despertó lo
primero que hizo fue llamar a un escultor para encargarle una igual a la de
aquella noche; por desgracia el artista no plasmó ni por asomo la imagen del
sueño. Todo parecía perdido para aquel hombre, hasta que un día llegaron unos
indígenas ataviados con unas tilmas blancas y se ofrecieron a elaborar la
escultura; pero lo curioso de estos personajes es que cuando terminaron su
trabajo, desaparecieron tan misteriosamente de la misma manera en que habían venido.
También se cuenta la versión de que los agustinos se trían su pleito legal con
motivo de la famosa imagen, que ya estaba lista para enviarse a España; y
después de un tiempo de discutir por la escultura finalmente se quedó en Regina
Coeli, en donde se decía también que había sido la dote de una religiosa que
murió joven, según se encuentra escrito en los archivos del convento y conforme
a la cuenta de la superiora Francisca de Jesús, nieta del virrey don Luis de Velasco.
Cabe mencionar que gracias a las buenas limosnas que generaba el Santo Ecce –
Homo, era posible hacer las principales
fiestas del convento como la Natividad
de la Virgen, las solemnidades del Domingo Ramos, Jueves Santo y los gastos estratosféricos
que conllevaba. La imagen tenía su cofradía, que fue de gran influencia y sobre
todo de riqueza; también en el recinto se rendía culto a Nuestra Señora de la
Fuente, plasmada en óleo por el gran pintor Ibarra.
Después de las leyes de Reforma, Juárez cedió el convento
al Ejército. Cuatro años más tarde sirvió como pago a Ramón Obregón, que
después fue alcalde de Valle de Santiago, Guanajuato en 1887; y gracias a estos
hechos el inmueble logró salvarse de la demolición. Los años pasaron y Consuelo
Béistegui, filántropa y última propietaria del convento, lo cedió para que
instalar un hospital, que fue inaugurado en 1886. En el templo se siguieron
oficiando misas, pero por desgracia los ladrones han acabado con pinturas, objetos
de plata y retablos.
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