En este hermoso estado de la República existe un
pequeño poblado llamado Cuitzeo, en donde podrán encontrar un convento; con un
desolado e inmenso atrio que estuviera guardado por tapias terminadas en arcos
invertidos, se levantaba la soberbia construcción. La enorme puerta del templo
descansa sobre una escalinata hecha de la misma piedra, coronada con una doble
cornisa que da soporte al amplio y hermoso ventanal, y encima de este podrás
ver un nicho con la estatua de piedra de la Magdalena; todos estos elementos se
encuentran rematados por la cornisa superior que cobija las insignias de la
orden de San Agustín y los escudos con el indio mexicano Metl (maguey). Ahora
caminaremos al lado norte de la fachada para ver un enorme estribo rematado en
una espadaña donde cuelgan el esquilón y la campana mayor; si nos dirigimos al
lado sur apreciaremos los ennegrecidos picos de sus almenas, las cuales
protegieron durante la época de la colonia a los arqueros y sirvieron de apoyo
para las culebrinas y arcabuces.
Para poder ingresar a este convento-fortaleza,
habrá que golpear con fuerza su puerta cubierta de grandes rosetones de hierro
y clavos forzados a martillo, puerta que fue profanada por primera y última vez
cuando los soldados del general Nicolás de Régules, emulando al Pípila, con
grandes piedras en la espalda destruyeron con hachas parte del postigo,
venciendo así la resistencia de los conservadores.
Detrás de la pesada puerta los grandes cerrojos
gravados a cincel y la gruesa cadena que a duras penas de abrir un poco el
postigo, rechinan quejumbrosamente para dejar el paso libre. Después de cruzar
la portería, ingresaremos a los claustros con sus grandes arcos y su patio de
anchas losas u un hermoso brocal en su centro; en la parte media de las
columnas se encuentran los canalones sostenidos por grifos, serpientes y
dragones de piedra, de estos canalones se sustenta una bóveda subterránea capaz
de abastecer de agua de lluvia a la gran parte de las casas del pueblo.
sus gruesos muros de más de 3 m de espesor fueron
construidos en el año de 1550; patios, torres y almenas necesarias en aquella época no para encerrar
monjes, sino para resistir los violentos levantamientos de los indios que
entraban en las nacientes poblaciones españolas; y además numerosos subterráneos
construidos estratégicamente, que conducían a las afueras del convento y cuya
existencia está nuestros días es todo un misterio; sus pasillos en medio de los
muros, que según cuentan algunos tenían la función de emparedado los religiosos
delincuentes. Todos estos elementos combinados hacen de este convento un lugar
atrayente y a la vez macabro.
En el interior del templo hallaremos una escalera
monumental que se retuerce cuatro veces sobre sí misma para conducir al piso
más alto; cuenta con tres descansos, una cruz de cantera en el remate de la
baranda, más arribo un ventanal por donde entra la luz y y si nos asomamos
veremos una huerta, y la bóveda de clavería con aristas que forman nudos en los
rincones de los muros. Al terminar de subir la escalinata, una puerta se abre
para dar acceso a los claustros superiores y junto a ella la reja de una
ventana, en donde pondremos encontrar a altas horas de la noche la espectral
figura de un religioso en pena, esto claro está, si somos lo suficientemente
valientes para comprobarlo con nuestros propios ojos. Por la descripción que
dan los testigos oculares del fantasma, la gente asegura que es fray Hilario
García, quien en vida fue prior de este convento, dotó a la parroquia del reloj
público que ostenta y fue millonario porque gobernó el convento en los tiempos
en que tenía grandes haciendas como Cuaracurío, La Labor, La Pasera, entre
otras. Son memorables las fiestas que este religioso hacía en honor de la
patrona de la Provincia de Agustinos: la Virgen del Socorro; en medio de esta
ostentación, el buen hombre falleció y se cree que por haber quebrantado el
voto de pobreza su alma está penando en el mundo terrenal. Se dice que en una
noche de festejo un sacerdote agustino tuvo la ocurrencia de bajar por la
amplia escalinata, pero más grande su asombro cuando vio que el espectro de
fray Hilario quería bajar con él; el horrorizado religiosos regresó a su celda,
muriendo a los pocos días en medio de constantes alucinaciones, en donde el
espectro le decía que había un tesoro oculto en los muros del templo.
en otra ocasión el fantasma tocó la puerta de la
celda del padre Álvarez, religioso muy querido por la comunidad, que vivió
muchos años solitario en el convento y nunca pudo cantar misa por ser
aficionado al alcohol; bajo la
influencia de éste se encontraba esta noche, rápidamente se levantó y alcanzó a
ver la figura de fray Hilario que se alejaba, agarró una escoba y lo siguió
hasta que llego a los excusados, entonces el espectro volteo y le hizo una
señal para llamarlo, por el borrachito al ver que aquel rostro estaba
descarnado, regresó corriendo a su celda curado de la embriaguez.
Otra razón por la que se cree que ande penando el
religioso es la siguiente: Entre la escalera antes mencionada y los muros del
templo, hay un salón grande llamado la Celda Provincial, en donde jugaban a la
pelota un religioso y un cuñado de fray Hilario; cierto día sucedió que con los
rebotes del juguete se desprendió una capa de estuco de la pared norte, dejando
a la vista un tapón de madera empotrado, el asombro de los jugadores fue
mayúsculo cuando se dieron cuenta de que por la abertura que dejaba libre el
tapón cabía todo el brazo. Ante tal descubrimiento, fueron a dar cuenta al
padre prior que era en aquel entonces fray Hilario, quien los regaño para que
no se volvieran a meter con lo que tenía ahí guardado. Al poco tiempo el
religioso cabo un boquete detrás del muro y extrajo seis barriles de dinero
cometiendo así la injusticia de no hacer partícipes a sus verdaderos
descubridores.
Muchos cuentan y refieren, que en el interior de
los muros de este convento abundan fabulosos tesoros enterrados o emparedados.
Se cuenta también que la Celda Provincial tiene una puerta en su lado oriente,
que da a una zote huela con un portal adosado al muro del templo; entre la
celda sorda y la celda por donde oían misa los enfermos, existe un pasillo que
ya queda dentro del muro del templo, en donde se puede encontrar una abertura,
que conduce exactamente atrás del altar de la Virgen de la Consolación, se cree
que está la verdadera entrada que conduce a otra subterránea, y este lugar es
donde se cree que está el famoso tesoro.
Cuando este relato comenzó en verdad a cobrar vida,
fue en el año de 1911, cuando se encontraba en la parroquia de cura o sacerdote
muy entusiasta, que mandó remodelar y reparar el convento; durante estos
trabajos descubrió un escondite e invitó a dos vecinos de la población para
ingresar al subterráneo. Con hachones en mano ingresaron al escondite, la
oscuridad era tan densa que éstos no les serán suficientes para iluminarse,
pero con la poca claridad que tenían pudieron ver los enormes sillares que forman
los cimientos del templo y en uno de ellos vieron con asombro la siguiente
inscripción en latín el sacerdote tradujo sus compañeros: «En el año del Señor
de mil quinientos setenta fueron
descargadas en ente lugar ochenta mulas con barras de oro y plata de la
conducta del virrey y que corresponden al Real Quinto de su majestad el
Emperador, que Dios guarde muchos años». En el preciso instante en que fue
terminada de leer la inscripción, los hachones apagaron súbitamente y fue
imposible hacerlos arder de nuevo, los ahí presentes llenos de horror salieron
en estampida del subterráneo, dejando su aventura para otra ocasión en que
estuvieran mejor provistos de luces.
Pocos días después el sacerdote recibió su cambio,
después llegó la revolución y ya para el
6 enero 1918 estaba por entrar a la
población el bandolero José Inés Chávez García, entonces el prior del convento
decide mandar tapiar la entrada del pasillo, quedando así cerrado el escondite
hasta el día de hoy.

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