domingo, 16 de septiembre de 2012

La viuda resucitada (Leyenda de Guanajuato)


Allá por el año de 1860 se cantaban en las calles y plazuela de Celaya unos versos o tonadas, algunas veces incluso se hacía reparto de azucarillos; entre aquellos versos hechos canción, podemos encontrar uno que nos relata sobre una terrible enfermedad que sacudió a la gente de aquella época:

« Del Cólera Grande el año
Por toditos muy mentado
Y con horror recordado,
Por su mucho y grave daño;
En una triste calleja
Del seminario nombrada,
De una alma atribulada
Se levantó esta queja:
¡Virgen hermosa del Carmen,
Has que en este mismo día
Vuelva conmigo mi madre!
Por la pena acongojada
Así una niña decía,
Y la Virgen le volvía
¡Su madre resucitada!...
Sí, Señor, resucitada
En el mismito panteón,
Donde la hecho el carretón
¡Ya muerta y engarrotada!»

La peste del «cólera grande» azotaba la región de El Bajío, en la ciudad de Celaya a mediados de julio de 1833, la situación era terrible, sobre todo entre la gente de menores recursos que moría por centenares diariamente, sin que sus familiares pudieran comprar al menos un miserable cajón para enterrar a sus muertos, ya que los pocos carpinteros que quedaban vivos no podían dar abasto a la alta demanda de ataúdes que se necesitaban. 
Por si esto fuera poco, las autoridades implementaron como medida de seguridad, que excede sepultarán inmediatamente los cadáveres para evitar en la medida de lo posible que la peste se propagara, a cuyo efecto en las calles eran  recorridas constantemente por carretones que recogían a los fallecidos casa por casa; sin dar más tiempo para otra cosa, los cuerpos serán semienvueltos en un petate o cobija, después la fúnebre carga era llevada al panteón de San Antonio, en donde eran arrojados a una fosa común, que era segada con tierra en cuanto se llenaba totalmente, llevando acto seguido a la parroquia una lista de todos los difuntos para que fueran asentadas las «partidas de entierro».
Debido a la elevadísima tasa de mortandad que generaba la peste, era prácticamente imposible que un médico declarara legalmente muerto al infectado, lo que dio lugar a que más de una persona fuera enterrada viva. El caso que vamos a conocer, es un ejemplo típico, pero resultó distinto a los demás por que la población atribuyó tal milagro a mera intervención divina.
En la calle del Seminario vivía una humilde familia compuesta por don Alfonso Patiño, empleado de la fábrica de hilados y tejidos de Zempoala,  su esposa doña  Elisa Ochoa de Patiño y seis niños, de los cuales Rebeca era la mayor, llegando apenas a tener nueve años de edad. La peste se encontraba en todo su apogeo, cobrando centenares de vidas, entre las que se encontraron después los esposos Patiño, que murieron ambos el mismo día, con diferencia de dos o tres horas; el llanto y los gritos de sus hijos eran desgarradores, quedando el orfandad y el más triste desamparo, aquellos lamentos Hicieron que los vecinos enterarán de lo sucedido, y cumpliendo con su deber mandaron llamar a los encargados de recoger los cadáveres. La oscuridad ya casi se hacía presente, cuando se dejó ir por la calle del Seminario el taller de la campana que anunciaba la presencia del carretón de la muerte, deteniéndose frente a la casa de los Patiño; el carretones ayudante recogieron los cuerpos y los arrojaron en su carro, aquel espantoso cuadro era presenciado por los niños que no paraban de llorar. Las ruedas chirriaron con un aire siniestro, el carretón se puso en marcha lentamente, llevándose a los padres de aquellas inocentes criaturas.
Cuando el carro hubo llegado al panteón de San Antonio y había anochecido, por lo que los hombres se concentraron en arrojar a la fosa los cadáveres,  sin tomarse la molestia de cubrirlos con tierra, pues ese trabajo le correspondía a los sepultureros que ya parece ahora se habían retirado; al terminar se treparon a su vehículo y se alejaron del tétrico lugar.
Las horas pasaron y un helado viento otoñal invadió la gran fosa, haciendo que los árboles circundantes se inclinaran, en ese momento uno de los cuerpos que yacía en el cementerio se movió, después trató de salir, lográndolo con éxito: ¡era la señora Patiño que había vuelto a la vida! ¡Qué horrible impresión debió haber pasado aquella pobre mujer al verse rodeada de cadáveres! Impidiendo a toda costa que el terror invadiera su alma, pensó en sus hijos que ahora estaban solos y abandonados.
Solo el instinto maternal le dio la fuerza necesitaba en esos crítico momentos; apoyándose sobre las fríos y rígidos cadáveres, logró ponerse de pie e tambaleando, logra acercarse a los bordes de la fosa, que por fortuna no era muy profunda y con gran esfuerzo logra salir. Ya afuera trata de cargarse de energías, apoyándose  en la cruz de piedra de un sepulcro y, abrazando el símbolo de la redención, permaneció por un largo tiempo en un estado de inconsciencia, pues a diferencia de una mujer normal, ¡ella  no mostraba el menor signo de miedo! Con trabajos comenzó a moverse; casi arrastrándose logró hacer el recorrido desde el panteón de San Antonio hasta la calle del Seminario, frente a la fábrica de hilados Zempoala, llegando a la puerta de su casa casi al amanecer…
Mientras la mujer iba rastras hasta su casa, los niños más pequeños cansados de llorar se habían quedado dormidos; los más grandes, Rebeca y Pedrito de nueve y ocho años respectivamente, lloraban en silencio, pensando que sería de ellos y de sus hermanitos al llegar el nuevo día. En arranque de desesperación y dolor, la niña implora: “¡Oh, Madre mía, Virgen Santísima del Carmen, devuélveme a mis padres!” En aquel momento se escucha que tocan a la puerta. Los niños presintiendo algo inesperado corren en el acto a abrir, recibiendo la mejor sorpresa de su vida: ¡era su madre ¡El milagro había ocurrido!
La señora tardó varios días en recuperarse totalmente, no tanto de la enfermedad, sino del choque nervioso que había sufrido. La noticia de aquel milagro corrió como la pólvora por la ciudad entera, después no faltaron almas de buen corazón que ofrecieran ayuda a la Viuda Resucitada, apodo que el vulgo le diera por su repentino y milagroso regresos a la vida; sucesos de los cuáles nació el siguiente poema:

Y la Virgen le volvía
La Viuda Resucitada…
Sí, Señor, resucitada
En el mismito panteón,
Donde la echó el carretón
¡Ya muerta y engarrotada!

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