Allá por el año de 1860 se cantaban en las calles y
plazuela de Celaya unos versos o tonadas, algunas veces incluso se hacía
reparto de azucarillos; entre aquellos versos hechos canción, podemos encontrar
uno que nos relata sobre una terrible enfermedad que sacudió a la gente de
aquella época:
« Del Cólera
Grande el año
Por toditos
muy mentado
Y con horror
recordado,
Por su mucho
y grave daño;
En una triste
calleja
Del seminario
nombrada,
De una alma
atribulada
Se levantó
esta queja:
¡Virgen
hermosa del Carmen,
Has que en
este mismo día
Vuelva
conmigo mi madre!
Por la pena
acongojada
Así una niña
decía,
Y la Virgen
le volvía
¡Su madre
resucitada!...
Sí, Señor,
resucitada
En el mismito
panteón,
Donde la
hecho el carretón
¡Ya muerta y
engarrotada!»
La peste del «cólera grande» azotaba la región de
El Bajío, en la ciudad de Celaya a mediados de julio de 1833, la situación era
terrible, sobre todo entre la gente de menores recursos que moría por
centenares diariamente, sin que sus familiares pudieran comprar al menos un
miserable cajón para enterrar a sus muertos, ya que los pocos carpinteros que
quedaban vivos no podían dar abasto a la alta demanda de ataúdes que se
necesitaban.
Por si esto fuera poco, las autoridades implementaron como medida
de seguridad, que excede sepultarán inmediatamente los cadáveres para evitar en
la medida de lo posible que la peste se propagara, a cuyo efecto en las calles
eran recorridas constantemente por
carretones que recogían a los fallecidos casa por casa; sin dar más tiempo para
otra cosa, los cuerpos serán semienvueltos en un petate o cobija, después la
fúnebre carga era llevada al panteón de San Antonio, en donde eran arrojados a
una fosa común, que era segada con tierra en cuanto se llenaba totalmente,
llevando acto seguido a la parroquia una lista de todos los difuntos para que
fueran asentadas las «partidas de entierro».
Debido a la elevadísima tasa de mortandad que
generaba la peste, era prácticamente imposible que un médico declarara
legalmente muerto al infectado, lo que dio lugar a que más de una persona fuera
enterrada viva. El caso que vamos a conocer, es un ejemplo típico, pero resultó
distinto a los demás por que la población atribuyó tal milagro a mera
intervención divina.
En la calle del Seminario vivía una humilde familia
compuesta por don Alfonso Patiño, empleado de la fábrica de hilados y tejidos
de Zempoala, su esposa doña Elisa Ochoa de Patiño y seis niños, de los
cuales Rebeca era la mayor, llegando apenas a tener nueve años de edad. La
peste se encontraba en todo su apogeo, cobrando centenares de vidas, entre las
que se encontraron después los esposos Patiño, que murieron ambos el mismo día,
con diferencia de dos o tres horas; el llanto y los gritos de sus hijos eran
desgarradores, quedando el orfandad y el más triste desamparo, aquellos
lamentos Hicieron que los vecinos enterarán de lo sucedido, y cumpliendo con su
deber mandaron llamar a los encargados de recoger los cadáveres. La oscuridad
ya casi se hacía presente, cuando se dejó ir por la calle del Seminario el
taller de la campana que anunciaba la presencia del carretón de la muerte,
deteniéndose frente a la casa de los Patiño; el carretones ayudante recogieron
los cuerpos y los arrojaron en su carro, aquel espantoso cuadro era presenciado
por los niños que no paraban de llorar. Las ruedas chirriaron con un aire
siniestro, el carretón se puso en marcha lentamente, llevándose a los padres de
aquellas inocentes criaturas.
Cuando el carro hubo llegado al panteón de San
Antonio y había anochecido, por lo que los hombres se concentraron en arrojar a
la fosa los cadáveres, sin tomarse la
molestia de cubrirlos con tierra, pues ese trabajo le correspondía a los
sepultureros que ya parece ahora se habían retirado; al terminar se treparon a
su vehículo y se alejaron del tétrico lugar.
Las horas pasaron y un helado viento otoñal invadió
la gran fosa, haciendo que los árboles circundantes se inclinaran, en ese
momento uno de los cuerpos que yacía en el cementerio se movió, después trató
de salir, lográndolo con éxito: ¡era la señora Patiño que había vuelto a la
vida! ¡Qué horrible impresión debió haber pasado aquella pobre mujer al verse
rodeada de cadáveres! Impidiendo a toda costa que el terror invadiera su alma,
pensó en sus hijos que ahora estaban solos y abandonados.
Solo el instinto maternal le dio la fuerza
necesitaba en esos crítico momentos; apoyándose sobre las fríos y rígidos
cadáveres, logró ponerse de pie e tambaleando, logra acercarse a los bordes de
la fosa, que por fortuna no era muy profunda y con gran esfuerzo logra salir.
Ya afuera trata de cargarse de energías, apoyándose en la cruz de piedra de un sepulcro y,
abrazando el símbolo de la redención, permaneció por un largo tiempo en un
estado de inconsciencia, pues a diferencia de una mujer normal, ¡ella no mostraba el menor signo de miedo! Con trabajos
comenzó a moverse; casi arrastrándose logró hacer el recorrido desde el panteón
de San Antonio hasta la calle del Seminario, frente a la fábrica de hilados
Zempoala, llegando a la puerta de su casa casi al amanecer…
Mientras la mujer iba rastras hasta su casa, los
niños más pequeños cansados de llorar se habían quedado dormidos; los más
grandes, Rebeca y Pedrito de nueve y ocho años respectivamente, lloraban en
silencio, pensando que sería de ellos y de sus hermanitos al llegar el nuevo
día. En arranque de desesperación y dolor, la niña implora: “¡Oh, Madre mía,
Virgen Santísima del Carmen, devuélveme a mis padres!” En aquel momento se
escucha que tocan a la puerta. Los niños presintiendo algo inesperado corren en
el acto a abrir, recibiendo la mejor sorpresa de su vida: ¡era su madre ¡El
milagro había ocurrido!
La señora tardó varios días en recuperarse totalmente,
no tanto de la enfermedad, sino del choque nervioso que había sufrido. La
noticia de aquel milagro corrió como la pólvora por la ciudad entera, después no
faltaron almas de buen corazón que ofrecieran ayuda a la Viuda Resucitada,
apodo que el vulgo le diera por su repentino y milagroso regresos a la vida;
sucesos de los cuáles nació el siguiente poema:
Y la Virgen
le volvía
La Viuda
Resucitada…
Sí, Señor, resucitada
En el mismito
panteón,
Donde la echó
el carretón
¡Ya muerta y
engarrotada!

No hay comentarios:
Publicar un comentario