De esta
singular y curiosa historia, algunos han dicho que si sucedió en realidad, y
otros más dicen que es puro cuento, pero lo sí es seguro, es que es una de las
leyendas más importantes y emblemáticas de nuestro Centro Histórico. ¿Me
acompañas en este viaje?
Durante la
época de la Colonia vivió cierto
caballero llamado Don Martín Arellano, quien era muy afecto a comer abundantes
banquetes que disfrutaba con singular alegría; pero llegó un día en que hizo un
enorme disgusto por cierto negocio, lo que le provocó una embolia cerebral que
lo dejó para el resto de sus días postrado en una silla y sin casi poder
hablar, el pobre hombre apenas podía comer y medio hablar; lo peor del caso fue
que los médicos le prohibieron comer todos aquellos suculentos manjares de los
que tanto disfrutó en algún tiempo, esto por temor de que fuera a repetirse la
enfermedad. El infeliz señor no encontraba consuelo y paz en su alma, todo lo
deseaba y anhelaba, y
finalmente comprendió que aquella salud de hierro de la que tanto gozó jamás
volvería a su cuerpo.
Don Martín nunca
contrajo nupcias, pero siempre llevó una vida recatada y limpia, lejos de cosas
ilícitas, ocupándose solo de sus negocios mercantiles, siendo todo su tráfico y
trato el de la seda, dándose muy buena vida con las ganancias que obtenía, pues
con el paso de los años llegó a amasar una fortuna bastante cuantiosa, también
se convirtió en dueño de varias casas en las mejores calles y fincas rústicas,
con las que obtenía grandes utilidades.
Todo lo que
Don Martín tenía de ser un exitoso hombre de negocios, su hermano en cambio
siempre fue torpe, inútil y acomplejado; argumentado siempre que la suerte
estaba en su contra, pues cosa que el emprendía siempre le salía mal,
llevándolo su mala estrella siempre hacia el fracaso. Sucedió entonces que se
le muere la esposa de la
epidemia de cocolixtle, quedando el pobre hombre sepultado en la tristeza de su
ausencia, dolor que lo consumió poco a poco llevándolo a entregar su alma por
unas recísimas calenturas; pero aquí no acaba la historia, pues dejó a su hija
Trinidad huérfana, a quien don Martín acogió con mucho cariño en su casa,
llegando a ser con un segundo padre para ella.
Pero esta
muchacha era altiva, dura, cruel, siempre empedernida y obstinada en su
orgullo, los regalos y caricias de su tío no ablandaban su cruel corazón. De
los criados se hacía temer con malos modos. A todo mundo trataba con altiva
descortesía, pero con don Martín se ensañaba más que con nadie, siempre lo veía
con gesto torcido airado, le hablaba solo con desprecio y alejamiento; el buen
hombre le hablaba y ella solo respondía dándole la espalda, jamás le daba
contestación a sus preguntas y si alguna vez llegaba a hacerlo, le respondía
con palabras cortantes.
La gente al
ver este comportamiento, comentaba que don Martín no era quien le daba cariñoso
amparo, sino que ella era “la que favorecía al don Martín”.
El dinero
que despilfarraba en lujos doña Trinidad salían de la generosa bolsa de su tío,
quien jamás le puso límites a sus gastos, todo lo contrario, pues le complacía
verla crujir sedas, arrastrar brocados y resplandecer joyas, andando siempre
llena de adornos y ropa muy costosa, parecía arbolito de Navidad. La arrogante
damita quería vestirse con la mayor suntuosidad que las elegantes de México,
lucir y ser admirada, saliendo cada día con nuevas y vistosas galas
desvaneciéndose en un rico vestido, lleno de esplendor y lustre. Cuidaba hasta
el más mínimo detalle de su arreglo personal: maquillaje perfecto, los rizos
bien acomodados, perfilarse las cejas, pulirse el lunar, curarse las manos con
cebillos olorosos para aumentar si deliciosa tersura; dando como resultado a la
vanidad en su estado más puro.
Doña
Trinidad solo vivía para darle rienda suelta a su vanidad y para molestar en
todo momento a su pobre tío, quien generosamente le tendió la mano para sacarla
de la miseria en que había vivido con su padre. Y por si esto fuera poco, a la
altiva damita disfrutaba que la llenaran de halagos y alabanzas, que con el
dinero que tenía nunca le faltaban; llegando a quedar embriagada de presunción,
ya quería casi competir con las estrellas.
Y los
habitantes de la Capital se preguntaban ¿Qué iba a pasar con los bienes de Don
Martín?, ya que el buen hombre no tenía más herederos que si soberbia sobrina,
y por esa razón a la dama no le faltaban pretendientes que le cantaran
melosamente al oído, pero a todos los despedía por igual haciéndoles crueles
burlas; así todos los que aspiraban a enamorarla salían con el rabo entre las
patas, pues su orgullo no toleraba esta clase de cortejos, viéndolos como algo insignificante,
valiendo lo que una pelusa o un comino, y los tenía por tontos y mentecatos.
Por donde
quiera que esta muchacha pusiera sus pies, sembraba malas voluntades; tal
parecía que el hecho de ganarse el odio de la gente le causara cierto placer, en
especial le gustaba manifestar este sentimiento hacia su pobre tío, el simple
hecho de verlo hacía que le
hirviera la sangre, y cualquier pretexto era bueno para decirle frases cargadas
de crueldad y abominables groserías; siendo que don Martín lo único que recibía
era bondad, cariño, bienes y ternura constante.
El buen
hombre se iba consumiendo poco a poco en aquella tristeza, pues sin razón
alguna la frívola y tonta de su sobrina lo único que hacía era despreciarlo, le
dolían como terribles heridas aquellas palabras cargadas ponzoña y maldad. En
el corazón de doña Trinidad no existían los sentimientos de la caridad, la
prudencia y el agradecimiento.
Entre la
tristeza que tenía embargada el alma de don Martín, un día salió de sus
pensamientos melancólicos y esbozó una amplia sonrisa, se quedó meditando
durante un rato y soltó una estridente carcajada; con esta alegre risa solicitó
que lo colocaran frente a una mesa para hacer su testamento, y estuvo
batallando durante bastante tiempo porque se le dificultaba escribir. Una vez
terminado, enrolló el pergamino cuidadosamente, lo lacró por varias partes, le
puso un sin número de firmas, rúbricas y sellos con estampilla; al hacer todas
estas operaciones, lo único que hacía el señor era sonreír. ¿Qué maquiavélica
idea se le habrá ocurrido?
Mandó llamar a un escribano y
le entregó su última voluntad. Durante todo el día continuó riéndose,
argumentando que solo era gozo venido del cielo.
Doña
Trinidad continuó tratando a su tío como a un trapo viejo, despidiendo
pretendientes y ostentando sus lujos a toda hora del día; el corazón le daba
vuelcos de emoción con solo pensar que la fortuna de su enfermo tío iba a pasar
a sus manos, y lo mejor de todo es que no iba a tardar mucho en morirse, debido
al mal que había venido de súbito y los malos tratos que recibía de ella.
Y como no
hay día que no llegue ni plazo que no se cumpla, por fin llegó el día en que don
Martín de Arellano entregó su alma al creador. ¡Por fin doña Trinidad era la
dueña absoluta de todo!
Días después
fue abierto el testamento, y al escuchar lo que decía, la dama sintió que se
moría del berrinche, gritó y pataleó hasta que se cansó. Don Martín la dejaba
como dueña absoluta de la fortuna, pero la condición para tomar los bienes en
posesión, era que con el más lujoso de sus tajes y las más esplendorosas joyas,
fuera a la Plaza de Santo Domingo, en donde se alzaría un tablado para que ahí
hiciera una voltereta en el
aire o mejor conocida en México como manchincuepa. A doña Trinidad casi le da
un soponcio al oír que tendría que hacer semejante cosa, y más cuando el
notario le dijo que si se negaba a hacer la maroma, perdería toda su herencia y
pasaría a manos de conventos de monjas y frailes. Con la mayor rabia del mundo
le echó feroces maldiciones a su tío, vertía ponzoña por la boca, prefería
morir antes de soportar semejante humillación en público.
Días
después, cuando se le hubo pasado un poco el coraje, comenzó a analizar la
situación con la cabeza fría, poniéndolo todo en una balanza: Si hacía la
voltereta, iba a tener que soportar la humillación y las burlas, pero por el
otro lado iba a tener las riquezas para toda la vida; y si se negaba tendría
que volver a ser pobre y de paso todos se burlarían grandemente de ella. Su
temor a la miseria pudo más que todo y tragándose su ego y su orgullo aceptó a
dar aquel espectáculo, claro que sin olvidar echarle de maldiciones a su tío a
todas horas. Se mordía las manos de despecho y lloraba de puro coraje.
El tablado
se alzó en el lugar antes mencionado, y la noticia corrió como pólvora por toda
la ciudad. La gente comenzó a llegar metiéndose por las casas y dando muerta de
risa, la Plaza de Santo Domingo se llenó en su totalidad, no cabía ni un grano
de arroz; desde ventanas, balcones y azoteas se arracimaba la gente, curiosa de
presenciar la humillación de aquella mujer que se creía superior a todos. De
repente aparece Doña Trinidad con un gran traje de capichola verde – mar
bordado con flores de oro,
lleno de trepas de encajes y brilladoras ondeas de galones; de su pecho muy
levantado salían las luces de las joyas, las había también en su cuello,
orejas, pulsos y dedos.
Subió al
tablado con pasos firmes y decididos, derramando desprecio en su mirada;
procedió a inclinarse hasta no poner en el tarimón la cabeza llena de rizos,
plumas y lazos con pedrería, y echando rápidamente los pies hacia arriba dio
con mucha soltura una voltereta envidiable. Después de trazar sus piernas ese
semicírculo, cayó de espaldas con ruidoso batacazo entre un confuso rumor de
sedas estrujadas. Se levantó roja de rabia, escuchando las carcajadas de la
multitud que parecían interminables, y no hubo una sola persona que no hiciera
burla, escarnio y mofa por un largo tiempo.
Se cuenta
que doña Trinidad estuvo ensayando días antes la susodicha voltereta para darle
ligereza en el cadalso para acabar rápido la oprobiosa humillación, y todo por
no enfrentarse a la miseria. Mostrando una braveza grande y mordiendo sus
joyas, se subió a su carruaje echando fuego por los ojos y abanicándose sin
cesar. Se encerró en su casa ciega de enojo, no podía ni hablar, no volvió a
salir jamás. Al verse sola y despreciada, decidió vender todo lo que tenía y se
fue sin que se supiera cuando, unos decían que se había marchado a la Tierra
Firme y otros más que a Castilla del Oro. La altiva y desdeñosa dama se marchó,
pero la calle en que estuvo su mansión se le llamó a partir de entonces como la
Manchincuepa, la que echó interesadamente ante todo México para retener una
suculenta fortuna.
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