El callejón de la Muertería, después llamado de
Tabaqueros, fue el escenario de esta leyenda macabra, que parece mover los
personajes con los hilos escalofriantes de ultratumba. Se llamaba a este
callejón también de los Muerteros, porque en sus accesorías vivían fabricantes
de ataúdes. Con frecuencia llevaban a esas funerarias cadáveres para que les
hicieran su féretro a la medida; y cuando entregaban la caja con el muerto,
podían observarse escenas macabras en
las que llevaban el féretro en una carretilla y pasar por la calle se escuchaba
como la cabeza del difunto rebotaba en el interior de sus caja, dando una
escena que les ponía los pelos de punta a los transeúntes. A estos espectáculos
macabros se sumaba este otro: algunas gentes solían llevar a sus muertos hasta
el fabricante de ataúdes, envueltos en sábanas y amarrados a una silla para
poderlo cargar.
Espiridión Sepúlveda, notorio muertero de la
colonia, era la representación física de la muerte, y todo aquel que iba
quedaba sin ánimos de responderle a lo que dijera, pues aquel hombre
complementaba su esquelética figura con una voz cavernosa y profunda. Así, ante
los ojos sin vida del cadáver, el carpintero se daba a la tarea de fabricar el
ataúd; y una vez que los terminaba, el mismo se encargaba de entregar el cuerpo
con su ataúd. Hasta aquí las cosas parecían más o menos normales, este tétrica
negocio del callejón de la Muertería o
de los Muerteros.
Pero la figura de Espiridión estaba rodeada de
misterio, nadie sabía de donde había
llegado a la Nueva España, nadie
sabía cuántos años tenía; todos le habían conocido así de viejo, y siempre
seguido por un perro flaco que parecía estar siempre mojado. La gente aseguraba
que desde 1560 en que se levantaron las primeras casas del callejón, ya él
vivía en aquella casa estilo mudéjar. De todos los muerteros, Espiridión era el
que más trabajo tenía. ¿Acaso sería por su parecido extraordinario con la
muerte? Más extrañas aún resultaban sus costumbres, pues cierto día cierto
caballero le pidió a que fuera a su casa a tomarle medidas a un familiar
muerto, y solo con una buena cantidad de oro aceptó, pues él tenía la firme
costumbre de que le llevaran los cuerpos a su lugar de trabajo y llevarlos en
el ataúd a casa de la familia. Pero antes de terminar aquel trato, la siniestra
y profunda voz del muertero volvía a sonar para pedirle como condición al
caballero de que mandara a uno de sus criados para que ocupara la caja en el trayecto,
pues de su taller nunca había salido una caja vacía. Era así como la rara
costumbre de aquel más raro personaje, era observada, y aunque no era cadáver
lo que en su interior viajaba, no dejaba de escucharse aquel traqueteo
siniestro. Así la caja era llevada al domicilio, y el muertero firme a sus
costumbres del oficio, metió el cadáver en la caja y lo acomodó con cuidado.
Después de ese trabajo, Espiridión Sepúlveda
fabricó una ataúd que no podía ser más a la medida ¡porque era para él! Y esa
misma noche, el caballero don Luis de Salamanca que había perdido a su madre,
fue en busca del muertero; bajan del carruaje don Luis y su hermana Rústica,
con el fin de mandar hacer el ataúd. Los dos personajes se acercan al taller,
de donde escapaban raudales de luz rojiza, al entrar grande fue su sorpresa
cuando encontraron un ataúd con cirios que le rodeaban; intrigados los hermanos
fueron en busca de alguien y en el acto aparecieron los colegas de Espiridión.
Tocó entonces a cuatro de estos hombres formar el cortejo fúnebre que llevó el
ataúd hasta el cementerio de San Andrés, y como siempre, volvió a resonar hueca
e impresionante la madera que guardaba el cuerpo alargado del muertero. Los
enterradores cumplieron su triste cometido, mientras un coro grave de
carpinteros rezaba algunas oraciones. Durante aquella época no se tomaban las
precauciones de ahora, pues los cadáveres eran enterrados casi a flor de
tierra.
Y de pronto se dejó escuchar un escalofriante
crujir de madera y de repente al alumbrar al perro de Sepúlveda, aquel hombre
vio como una esquelética mano salía del ataúd; el vigilante queda mudo de
terror al ver como aquella figura emerge de la tumba, y sin poder resistir más
cae desmayado.
El resucitado y fantasmal Espiridión se alejó por
entre las tumbas a grandes zancadas, le seguía su perro, flaco y de pelaje
hirsuto, que parecía eternamente mojado. ¡Par escalofriante que causaba miedo a
cualquiera! Pasados algunos momentos, el vigilante se incorpora, pero ya no era
el mismo, sus ojos extraviados parecía
no ver y su cerebro no entender en donde estaba. Se puso de pie y dando
tropiezos por sobre las tumbas y cruces, buscó la salida de aquel recinto
lúgubre. Instintivamente buscó el camino a su casucha, ante cuya puerta se
detuvo para gesticular que había visto a la muerte; atraída por los gritos de
su esposo, sale la mujer a averiguar, y Mateo el vigilante del cementerio,
quedó ahí muerto de miedo a los pies de su esposa.
Al día siguiente, Espiridión estaba como de
costumbre trabajando en su oficio de muertero, y dos mujeres que lo vieron
salieron espantadas de ahí diciendo que era un fantasma; atraídos por los
gritos salieron los carpinteros incrédulos de lo que decían, y presas de la
curiosidad prefirieron ir a comprobarlo con sus propios ojos. El taller estaba
abierto y escuchan el golpear del mazo sobre la madera, y al llegar advirtieron
mudos de terror, que en efecto, allí estaba el muertero entregado a su labor, y
si antes de “morir” era un hombre de pocas palabras, ahora parecía mudo. No
habló, a sus colegas una sola palabra, se concretó a mirarles. Después, como si
no hubiese visto a nadie, volvió a entregarse a su trabajo y los muerteros
volvieron a sus negocios temblando de miedo.
Horas después llegaron dos caballeros que querían
mandar hacer un ataúd para un amigo muerto en duelo, acto seguido Espiridión
les mostró una caja recién terminada, y el muertero a toda pregunta que le
hicieron solo movía la cabeza en sentido negativo y extendió la mano huesuda y
sarmentosa para recibir la paga.
El regreso de Espiridión y su actitud extraña,
provocó la consiguiente curiosidad y miedo de sus colegas y vecinos. Así, entre hipótesis y asombro de los
habitantes del callejón de la Muertería, se llegó el domingo; las gentes salían de oír misa en el cercano
templo, entre ellas iba don Gaspar de Oriandi, conocido prestamista, y un amigo
que le acompañaba. Los dos caballeros con el fin de evitar un encuentro
repulsivo con Espiridión, desvían su
camino, pero éste les acorta el paso. Silencioso, con un atrevimiento que
propició la sorpresa, el muertero saca su cordón de medir y lo extiende de
arriba abajo del amigo de don Gaspar. Aquella actitud extraña pensaron que se
trataba solamente de una desagradable broma, más no fue así, pues esa misma
noche, víctima de un “dolor de costado”, estaba muerto don Hernán en su casa en
las calles de Balvanera.
Y fue el mismo don Gaspar, y la viuda quienes
llegaron al taller de Espiridión a encargar el ataúd. Silencioso, como si fuese
mudo, les señaló un ataúd terminado y para las preguntas no hubo respuestas, el
muertero solo extendió su huesuda mano para recibir la paga ¡y nada más! Noches
después Espiridión se encontraba frente a la casa de don Antonio de Aguilar,
pues tenía un ataúd sobre su carretón, y no pasó mucho tiempo para que se
dejaran escuchar en el interior de la casa, ayes y llantos de familiares y
sirvientes.
En ese rostro agudo, anguloso y mortal, de quien ya
vaticinaba muertes aparece una sonrisa de satisfacción; pasan los meses y su
fama de ave de mal agüero, de cómplice de la muerte, crece. Por ese tiempo se
habían instalado en el callejón de la Muertería algunas mujeres torcedoras de
tabaco, que fueron quienes más festejaron, que fueron quienes más festejaron
“el sentido mortal” de Espiridión. Silencioso,
espantable, sin parpadear siquiera el muertero se acerca a las mujeres con su
cordón de medir, y presa del terror, una de las tabaqueras echa a correr
tratando de huir de aquel hombre, pero pierde el paso y su cabeza choca contra
las aristas de los escalones que daban acceso al canal y queda ahí.
Ante sucesos tan increíbles como inexplicables,
tres caballeros van en busca de consejo con el padre Ramón, quien les dice que
deben de ir a inspeccionar la tumba donde fue enterrado el muertero. Se dedican
a investigar, preguntar y repreguntar, y tienen el testimonio de la esposa del
vigilante que murió de miedo. El padre
Ramón, del templo de Jesús, fue entonces al ver al muertero para preguntarle cómo había clavado
su propio ataúd, y por primera vez desde que regresara de ultratumba, aquel
siniestro personaje le responde que igual como clavará la suya. Acto seguido lo
empuja a una caja y la clava. Momentos antes de amanecer, el barrio de la
muertería, volvió a escuchar aquel macabro rebotar del cadáver sobre el
empedrado de la calle. Era Espiridión que llevaba el cadáver del cura Ramón a
entregarlo a su anciana hermana Hilaria ¿cómo había muerto el cura? Nadie se preocupó por averiguarlo. Todos
creían a pies juntillas que el muertero adivinaba, presentía quien iba a morir
y nada más.
Todos le evitaban por temor a ser “medidos”, pero
él siempre tenía el ataúd adecuado a quien moría; y así su casa y su taller
fueron centro de atracción, temor y de consejas. Y un buen día desapareció
Espiridión ¿Qué fue de él? Nadie logró saberlo. Simplemente se esfumó.
Y junto con el desapareció su siniestro perro, y su
no menos tétrico carricoche. Años después se instalaron en ese callejón de la
Muertería los tabaqueros, y luego árabes y judíos fabricantes de babuchas.
Pasados los años la casa estilo mudéjar de
Espiridión se hizo más notoria, pues en ella habitó una nieta del cura Hidalgo,
llamada doña Guadalupe. El callejón ya se llamaba por entonces de Tabaqueros, y
la casa del macabro personaje estaba marcada con el número diez.
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