domingo, 27 de octubre de 2013

El callejón de la Muertería (Hoy Tabaqueros)

El callejón de la Muertería, después llamado de Tabaqueros, fue el escenario de esta leyenda macabra, que parece mover los personajes con los hilos escalofriantes de ultratumba. Se llamaba a este callejón también de los Muerteros, porque en sus accesorías vivían fabricantes de ataúdes. Con frecuencia llevaban a esas funerarias cadáveres para que les hicieran su féretro a la medida; y cuando entregaban la caja con el muerto, podían observarse escenas macabras  en las que llevaban el féretro en una carretilla y pasar por la calle se escuchaba como la cabeza del difunto rebotaba en el interior de sus caja, dando una escena que les ponía los pelos de punta a los transeúntes. A estos espectáculos macabros se sumaba este otro: algunas gentes solían llevar a sus muertos hasta el fabricante de ataúdes, envueltos en sábanas y amarrados a una silla para poderlo cargar.
Espiridión Sepúlveda, notorio muertero de la colonia, era la representación física de la muerte, y todo aquel que iba quedaba sin ánimos de responderle a lo que dijera, pues aquel hombre complementaba su esquelética figura con una voz cavernosa y profunda. Así, ante los ojos sin vida del cadáver, el carpintero se daba a la tarea de fabricar el ataúd; y una vez que los terminaba, el mismo se encargaba de entregar el cuerpo con su ataúd. Hasta aquí las cosas parecían más o menos normales, este tétrica negocio del callejón de la  Muertería o de los Muerteros.
Pero la figura de Espiridión estaba rodeada de misterio, nadie sabía de donde había  llegado a la  Nueva España, nadie sabía cuántos años tenía; todos le habían conocido así de viejo, y siempre seguido por un perro flaco que parecía estar siempre mojado. La gente aseguraba que desde 1560 en que se levantaron las primeras casas del callejón, ya él vivía en aquella casa estilo mudéjar. De todos los muerteros, Espiridión era el que más trabajo tenía. ¿Acaso sería por su parecido extraordinario con la muerte? Más extrañas aún resultaban sus costumbres, pues cierto día cierto caballero le pidió a que fuera a su casa a tomarle medidas a un familiar muerto, y solo con una buena cantidad de oro aceptó, pues él tenía la firme costumbre de que le llevaran los cuerpos a su lugar de trabajo y llevarlos en el ataúd a casa de la familia. Pero antes de terminar aquel trato, la siniestra y profunda voz del muertero volvía a sonar para pedirle como condición al caballero de que mandara a uno de sus criados para que ocupara la caja en el trayecto, pues de su taller nunca había salido una caja vacía. Era así como la rara costumbre de aquel más raro personaje, era observada, y aunque no era cadáver lo que en su interior viajaba, no dejaba de escucharse aquel traqueteo siniestro. Así la caja era llevada al domicilio, y el muertero firme a sus costumbres del oficio, metió el cadáver en la caja y lo acomodó con cuidado.        
Después de ese trabajo, Espiridión Sepúlveda fabricó una ataúd que no podía ser más a la medida ¡porque era para él! Y esa misma noche, el caballero don Luis de Salamanca que había perdido a su madre, fue en busca del muertero; bajan del carruaje don Luis y su hermana Rústica, con el fin de mandar hacer el ataúd. Los dos personajes se acercan al taller, de donde escapaban raudales de luz rojiza, al entrar grande fue su sorpresa cuando encontraron un ataúd con cirios que le rodeaban; intrigados los hermanos fueron en busca de alguien y en el acto aparecieron los colegas de Espiridión. Tocó entonces a cuatro de estos hombres formar el cortejo fúnebre que llevó el ataúd hasta el cementerio de San Andrés, y como siempre, volvió a resonar hueca e impresionante la madera que guardaba el cuerpo alargado del muertero. Los enterradores cumplieron su triste cometido, mientras un coro grave de carpinteros rezaba algunas oraciones. Durante aquella época no se tomaban las precauciones de ahora, pues los cadáveres eran enterrados casi a flor de tierra.
Y de pronto se dejó escuchar un escalofriante crujir de madera y de repente al alumbrar al perro de Sepúlveda, aquel hombre vio como una esquelética mano salía del ataúd; el vigilante queda mudo de terror al ver como aquella figura emerge de la tumba, y sin poder resistir más cae desmayado.
El resucitado y fantasmal Espiridión se alejó por entre las tumbas a grandes zancadas, le seguía su perro, flaco y de pelaje hirsuto, que parecía eternamente mojado. ¡Par escalofriante que causaba miedo a cualquiera! Pasados algunos momentos, el vigilante se incorpora, pero ya no era el mismo, sus ojos extraviados parecía  no ver y su cerebro no entender en donde estaba. Se puso de pie y dando tropiezos por sobre las tumbas y cruces, buscó la salida de aquel recinto lúgubre. Instintivamente buscó el camino a su casucha, ante cuya puerta se detuvo para gesticular que había visto a la muerte; atraída por los gritos de su esposo, sale la mujer a averiguar, y Mateo el vigilante del cementerio, quedó ahí muerto de miedo a los pies de su esposa.
Al día siguiente, Espiridión estaba como de costumbre trabajando en su oficio de muertero, y dos mujeres que lo vieron salieron espantadas de ahí diciendo que era un fantasma; atraídos por los gritos salieron los carpinteros incrédulos de lo que decían, y presas de la curiosidad prefirieron ir a comprobarlo con sus propios ojos. El taller estaba abierto y escuchan el golpear del mazo sobre la madera, y al llegar advirtieron mudos de terror, que en efecto, allí estaba el muertero entregado a su labor, y si antes de “morir” era un hombre de pocas palabras, ahora parecía mudo. No habló, a sus colegas una sola palabra, se concretó a mirarles. Después, como si no hubiese visto a nadie, volvió a entregarse a su trabajo y los muerteros volvieron a sus negocios temblando de miedo.
Horas después llegaron dos caballeros que querían mandar hacer un ataúd para un amigo muerto en duelo, acto seguido Espiridión les mostró una caja recién terminada, y el muertero a toda pregunta que le hicieron solo movía la cabeza en sentido negativo y extendió la mano huesuda y sarmentosa para recibir la paga.
El regreso de Espiridión y su actitud extraña, provocó la consiguiente curiosidad y miedo de sus colegas y vecinos.  Así, entre hipótesis y asombro de los habitantes del callejón de la Muertería, se llegó el domingo;  las gentes salían de oír misa en el cercano templo, entre ellas iba don Gaspar de Oriandi, conocido prestamista, y un amigo que le acompañaba. Los dos caballeros con el fin de evitar un encuentro repulsivo con Espiridión, desvían  su camino, pero éste les acorta el paso. Silencioso, con un atrevimiento que propició la sorpresa, el muertero saca su cordón de medir y lo extiende de arriba abajo del amigo de don Gaspar. Aquella actitud extraña pensaron que se trataba solamente de una desagradable broma, más no fue así, pues esa misma noche, víctima de un “dolor de costado”, estaba muerto don Hernán en su casa en las calles de Balvanera.
Y fue el mismo don Gaspar, y la viuda quienes llegaron al taller de Espiridión a encargar el ataúd. Silencioso, como si fuese mudo, les señaló un ataúd terminado y para las preguntas no hubo respuestas, el muertero solo extendió su huesuda mano para recibir la paga ¡y nada más! Noches después Espiridión se encontraba frente a la casa de don Antonio de Aguilar, pues tenía un ataúd sobre su carretón, y no pasó mucho tiempo para que se dejaran escuchar en el interior de la casa, ayes y llantos de familiares y sirvientes.
En ese rostro agudo, anguloso y mortal, de quien ya vaticinaba muertes aparece una sonrisa de satisfacción; pasan los meses y su fama de ave de mal agüero, de cómplice de la muerte, crece. Por ese tiempo se habían instalado en el callejón de la Muertería algunas mujeres torcedoras de tabaco, que fueron quienes más festejaron, que fueron quienes más festejaron “el sentido mortal” de Espiridión.  Silencioso, espantable, sin parpadear siquiera el muertero se acerca a las mujeres con su cordón de medir, y presa del terror, una de las tabaqueras echa a correr tratando de huir de aquel hombre, pero pierde el paso y su cabeza choca contra las aristas de los escalones que daban acceso al canal y queda ahí.
Ante sucesos tan increíbles como inexplicables, tres caballeros van en busca de consejo con el padre Ramón, quien les dice que deben de ir a inspeccionar la tumba donde fue enterrado el muertero. Se dedican a investigar, preguntar y repreguntar, y tienen el testimonio de la esposa del vigilante que murió  de miedo. El padre Ramón, del templo de Jesús, fue entonces al ver al  muertero para preguntarle cómo había clavado su propio ataúd, y por primera vez desde que regresara de ultratumba, aquel siniestro personaje le responde que igual como clavará la suya. Acto seguido lo empuja a una caja y la clava. Momentos antes de amanecer, el barrio de la muertería, volvió a escuchar aquel macabro rebotar del cadáver sobre el empedrado de la calle. Era Espiridión que llevaba el cadáver del cura Ramón a entregarlo a su anciana hermana Hilaria ¿cómo había muerto el cura?  Nadie se preocupó por averiguarlo. Todos creían a pies juntillas que el muertero adivinaba, presentía quien iba a morir y nada más.
Todos le evitaban por temor a ser “medidos”, pero él siempre tenía el ataúd adecuado a quien moría; y así su casa y su taller fueron centro de atracción, temor y de consejas. Y un buen día desapareció Espiridión ¿Qué fue de él? Nadie logró saberlo. Simplemente se esfumó.
Y junto con el desapareció su siniestro perro, y su no menos tétrico carricoche. Años después se instalaron en ese callejón de la Muertería los tabaqueros, y luego árabes y judíos fabricantes de babuchas.
Pasados los años la casa estilo mudéjar de Espiridión se hizo más notoria, pues en ella habitó una nieta del cura Hidalgo, llamada doña Guadalupe. El callejón ya se llamaba por entonces de Tabaqueros, y la casa del macabro personaje estaba marcada con el número diez. 

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