domingo, 20 de octubre de 2013

Los cementerios: el sitio del sueño eterno



Durante los días de muertos, siempre leemos u oímos hablar sobre las tradicionales ofrendas, sus elementos y significado, sobre todo de la prehispánica, pero ¿y los panteones dónde quedan? Acompáñame a conocer más sobre este tema.
Durante la época de la colonia fue por mucho tiempo costumbre sepultar en el interior de los templos, en las capillas, en los conventos y en el atrio de las iglesias; algunas instituciones más tenían un lugar especial para los entierros, como los hospitales, así podemos ver que un lugar especial para el descanso eterno del cuerpo no existía.
En 1779 hubo una terrible epidemia de viruela y para atender a tantos enfermos se recurrió a la ayuda de los particulares: se dividió la cuidad en dos zonas y para atender a cada una se nombró una comisión, una de esta zonas abarcaba desde la esquina del callejón del Ave María a la Plazuela del Rastro y de allí a la Guarda de San Antonio Abad , donde sirviendo de zanja y yendo hacia el Poniente, hasta la calle de Necatitlán y por esta misma acera hacia el Norte, hasta la Pila de la esquina del Ave María; esta zona estuvo a cargo de Don José de las Torres, Don Pedro Camdereche, Don Francisco de la Cotera y Don Juan Manuel González de Cossío, y según los datos que registran los cronistas, en la semana del 26 de noviembre al 2 de diciembre, hubo el movimiento siguiente:

Enfermos socorridos -------------------  403
Muertos --------------------------61
Convalecientes ------------------ 280
Existentes ------------------------ 62
SUMA -----------------------------403

Debido a esta epidemia, el señor Arzobispo Haro y Peralta improvisó  un hospital en el edificio de San Andrés, y como el campo que tenía era muy pequeño para enterrar, se decidió hacer un cementerio en un lugar cercano a la iglesia de Santa María la Redonda, llamado Santa Paula; fue bendecido por el mismo señor Arzobispo y lo entregó al hospital para su servicio.
En la víspera de la ceremonia de la bendición de los cementerios, se acostumbraba colocar   cruces de madera, siendo la mayor la del centro, y en cada una eran colocadas tres velas; durante la ceremonia el obispo se arrodillaba frente a la cruz principal, rezaba las letanías de los santos, esparce agua bendita en el cementerio y recita los salmos penitenciales, que consistía en elevar delante de la cruz oraciones que manifestaran la esperanza de la remisión de los pecados y de la resurrección de los muertos  y concluía con la bendición episcopal. Cuando el obispo delegaba sus facultades en algún presbítero, este hacía la bendición  pero con una ceremonia  menos solemne. Así, Santa Paula fue el primer lugar que existió en aquella época, destinado  para enterrar a los muertos.
Durante aquellos tiempo los testadores se preocupaban mucho de sus funerales y de su alma, esto podemos apreciar en los testamentos, por ejemplo en el de Juana de Sosa, esposa de Don Luis de Castilla, hombre prominente de la época cercana a la Conquista, en 1557 manda los siguiente: “Que le digan misa cantada de réquiem y que la entierren en la capilla que contiene el monasterio de Santo Domingo, que la acompañen  en el entierro cuatro curas de la Santa Iglesia. Ordena que se le digan cien misas en Santo Domingo, cincuenta en San Francisco, cincuenta en San Agustín y cien por las almas de sus deudos difuntos, en las iglesias que elijan sus albaceas”.
Los entierros eran hechos con mucha solemnidad; al morir una persona doblaban las campanas, dando tres toques para los hombres y dos para las mujeres, cinco por los sacerdotes y por los religiosos y más por los papas, cardenales, entre otras autoridades más.
El párroco iba a la casa del difunto acompañado de otras personas, con la cruz y el agua bendita, ordenándose la procesión al salir de la siguiente manera: Al frente iban las cofradías de los legos, después la cruz, luego el clero regular y detrás el secular, todos acomodados de dos en dos y cantando los salmos, en seguida de este acompañamiento iba el párroco, después el féretro llevado en hombros y por último los dolientes particulares, llevando todos velas encendidas.
Al salir el cadáver de la casa comenzaba a doblar las campanas hasta que la comitiva llegaba a la iglesia en donde se celebraban las diferentes ceremonias, según fuera la hora, y terminadas estas, el difunto era llevado  al sepulcro, acompañado de los clérigos que cantaban la antífona. Al llegar se bendecía la sepultura y se procedía al entierro, y con las velas apagadas se regresaba en el mismo orden a la iglesia.

No hay comentarios: