CIEN FUEGOS
CONTRA PANCHO VILLA
Digno de memoria es el ingenio que tuvo el general
Álvaro Obregón, quien lo cultivaba y sabía usar oportunamente, valiéndose
muchas veces de los significados de nombres y palabras para improvisar sus
humoradas, que brotan de sus labios aún en situaciones comprometedoras.
Antes de iniciarse lo combates en Celaya, en abril
de 1915, don Álvaro disponía la estrategia a seguir, cuando uno de sus
ayudantes se acercó a informarle preocupado.
-Mi general, la posición de Villa es privilegiada.
Se calcula que ha logrado más de veinte mil hombres. De un momento a otro nos
atacará, y para apoyar sus cargas de caballería ha desplegado en el frente
veintidós bocas de fuego.
-¿Nada más veintidós bocas de fuego? Pues entonces
nos hace los mandados. ¡Nosotros llevamos a Cienfuegos! – dijo Obregón,
señalando al jefe de su Estado Mayor, de ese apellido.
CINCO DEDOS
PARA EL HURTO
Con sentido del humor muy particular, el general
Obregón se burlaba en ocasiones de sí mismo, como punto de partida para
burlarse de los demás. Esta forma poco usual del ingenio no fue entendida, es
evidente, por el famoso novelista español Vicente Blasco Ibáñez, cuando vino a
México y entrevistó al caudillo para escribir un libro sobre el militarismo
revolucionario en nuestro país.
El escritor visitante se desconcertó ante las
declaraciones de general, ya para entonces presidente de México.
-A usted le habrán dicho que soy algo ladrón.
Blasco Ibáñez no supo que responder. Y Obregón
insistió.
-Sí, se lo habrán dicho. Y sé que aquí todos somos
un poco ladrones.
El escritor hizo un gesto de protesta.
-¡Oh, general! No debe hacerse caso de las
murmuraciones, de las calumnias.
Sin darse por enterado de las palabras de disculpa
del novelista, Obregón prosiguió:
-Soy ladrón, lo reconozco. Pero tome en cuenta que
yo no tengo sino una mano, mientras que mis adversarios tienen dos. Por eso es que la
gente me prefiere a mí, pues no puedo robar tanto como los otros.
LONGEVIDAD
POR DECRETO
En 1901, cuando tenía setenta y un años, don
Porfirio Díaz enfermó de gravedad, suscitándose las esperanzas de todos los que
estaban cansados del anciano dictador.
Pero Díaz parecía eterno. Y pronto volvió a
erguirse, altivo y férreo.
El escritor italiano Carlo de Fornaro, quien estuvo
en nuestro país allá en la primera década del siglo pasado, refería la singular
plática que tuvo con un mexicano.
-Ay, don Carlo, ya estamos de don Porfirio hasta la
coronilla.
-Lo entiendo, mi amigo. Pero deben ustedes tomar en
cuenta que, dado lo avanzado de su edad, no puede durarles mucho.
-No se crea. Este viejo es demasiado astuto y sabe
darse maña para que las cosas salgan siempre a su favor. El día que sienta la
llegada de la muerte, se las arreglará para lanzar un decreto que prolongue su
vida por veinte o treinta años más.
LA SUPURANTE
HERIDA DE OBREGÓN
En bien sabido que, en junio de 1915, el general
Obregón perdió en brazo derecho al serle cercenado por un fragmento de metralla
de la artillería villista, durante los combates de Celaya.
Después de la intervención quirúrgica de urgencia a
la que fue sometido, el general convalecía en Lagos de Moreno, Jalisco, hasta
donde llegó uno de sus oficiales,
procedente de la ciudad de México, para informarse del estado de salud de su
jefe. Obregón, a su vez, le pidió noticias acerca de los que se decía en la
capital del país.
-En México, mi general, se cuentan chismes sobre la
persona de usted.
Amoscado, don Álvaro inquirió:
-¿Qué clase de chismes?
-Bueno, se ha soltado el rumor de que ha quedado
muy mal de la herida del brazo, y hasta dicen que le supura.
Obregón permaneció caviloso unos momentos, y luego
dijo con ira creciente:
-Supura…supura… ¡Su pura ma…, hijos de la chin…!
¡Todavía hay Obregón para rato!
Y era verdad. Álvaro Obregón viviría aún trece años
de triunfos.
EL
CASAMIENTO DE PANCHO VILLA
A Pancho Villa el pueblo lo idealizó por valiente,
pero también por mujeriego.
En abril de 1914, el famoso revolucionario destrozó
a la flor y nata de las tropas huertistas en las afueras de San Pedro de las
Colonias, Coahuila, ocupando luego la población.
El día de su victoriosa entrada al lugar, vio en la
plaza de armas a una preciosa muchacha como de diecisiete años, acompañada de
una mujer madura, al parecer la madre de la chica.
A Villa le encantó la joven. Y dio instrucciones a
su asistente.
-Averíguate quien es y donde vive esa chulada de
potranca, y me buscas como de rayo.
La muchacha se llamaba Lolita y era hija menor de
una viuda de condición humilde. Esa misma noche, en Centauro la requirió de amores. Pero la chica tan juiciosa como
bella, puso algunas objeciones.
-Es para mí un honor, general Villa, que se haya
fijado en una muchacha humilde como yo, siendo usted un hombre famoso. Sin
embargo, debo decirle que no soy mujer fácil ni de aventuras, y que le prometía
a mi padre, que en gloria esté, que me casaría de blanco y en la iglesia.
Puntualizó Villa:
-¡Válgame mialma, usted no se me preocupe, se casa
conmigo de rojo, de blanco o de azul, del color que le guste! Aquí tiene este
dinero para que se compre el ajuar que más le cuadre. Y vaya escogiendo el
templo en el que será el casorio el domingo que viene.
Grande fue el júbilo de la linda y sensata Lolita
al contraer nupcias con el general Villa. Tan grande como su desencanto al
enterarse, no mucho tiempo después, que
era la novena esposa “legítima” de Pancho, quien estaba igualmente casado con
Luz Corral, Cristina Vázquez, Manuela Casas, Juana Torres, Austreberta Rentería
y tres señoras más.
Y es que Pancho Villa acostumbraba decir, más con
ingenuidad que con cinismo:
-Yo de amor soy muy respetuoso. Nada de amasiatos.
Por eso, tan luego me enamoro, me caso por la ley y por la iglesia, ¡no faltaba
más!
FUENTES: ANECDOTARIO MEXICANO. INGENIO Y PICARDÍA.
JORGE MEJÍA PRIETO.
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