domingo, 1 de diciembre de 2013

El caporal Ardilla (Aguascalientes)

El marqués de Guadalupe fue uno de los hombres más acaudalados de la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes, durante el siglo XVII; este hombre se caracterizaba por ser bondadoso injusto, virtudes que no le quitaban rectitud y energía para con sus sirvientes. Durante el recorrido por uno de sus ranchos, se encontró a un hombre hábil e inteligente de apellido Resendes, a quien decidió encargar del cuidado de administración del lugar; este hombre tenía amplios conocimientos de ganado y se caracterizaba por ser un trabajador incansable a quien por su agilidad en los ejercicios ecuestres, fue apodado "El Caporal Ardilla".
Resendes era una persona agradable, que le gustaba trabajar pero también la diversión en exceso; era fanfarrón, dicharachero, le gustaban mucho los fandangos, coleaderos y rodeos, y claro que era muy mujeriego. Los maridos y los padres tenían que cuidar mucho a sus mujeres, pues a Resendes no se le escapaba ninguna. Derrochaba el dinero a manos llenas, del que decía: "se hizo redondo para que ruede..." y era tan dispendioso, que las bailarinas y cantante se peleaban por estar cerca de él, así como también los músicos que las acompañaban, por les daba muy buenas propinas. No había celebración o evento que se le pareciera, en que no estuviera presente; pero las grandes cantidades de dinero que gastaba los coincidían con lo que ganaba por su trabajo de caporal, estas inconsistencias llamaron la atención de la gente que lo conocía, pues no hayaban explicación de dónde sacaba tanto para derrocharlo en una sola noche. Cuando los curiosos le preguntaban al respecto, el hombre les contestaba con cierto orgullo que todo se lo debía a su trabajo, pues lo hacían tan bien, que el marqués lo recompensaba ampliamente debido a que siempre hacía crecer el número de ganado, y esto lo había convertido en su mejor trabajador.
Al poco tiempo la gente dejó de creer en esa versión, cuando empezó a correr el rumor de que el caporal había hecho pactos con el Diablo, entregándole su alma a cambio de riqueza infinita; también se comentaba que el Maligno le proporcionaba todo el dinero que quisiera para costear sus juergas hasta que Resendes le entregara su alma. Esta escalofriante historia no era un rumor, pues resulta que el plazo fijado por el ser demoniaco corría y estaba a punto de vencerse, por lo que el caporal "vivía al máximo" los siete días de la semana; pero ahí no acaba la cosa, pues también fue favorecido en cuestiones laborales, ya que habían acordado que los esqueletos de todas las veces que él vendiera, cobrarían vida por arte de magia y se reunirían en los potreros, pasando así a propiedad de su acaudalado patrón con sólo sonar un cuerno como trompeta apocalíptica.
Durante la temporada de los herraderos, el marqués visito sus haciendas para ponerse al tanto de cómo iban las cosechas, el número de ganado y las noticias referentes a sus propiedades; el caporal Ardilla siempre le entregaba resultados fantásticos: enormes partidas de ganado vacuno y caballar e inmensos rebaños de cabras y carneros; nadie podía dar explicación alguna de dónde salían tantos animales, y de cómo el caporal siempre entregaba las cuentas en tiempo y forma, si toda la vida se la pasaba de juerga. El tiempo pasó y Resendes fue dejando de ser un hombre alegre y fiestero, apenas en un par de meses. Las culpas y los remordimientos habían comenzado a invadirle su alma, en su rostro comenzaba a reflejarse una tremenda preocupación, pues sabía que tarde o temprano tendrá que entregarle cuentas al Diablo; y después de hacer profundas reflexiones, pudo al fin tener conciencia de cada una de sus acciones y sabía que no lo podría reparar con nada. Desesperado por su situación, lloraba día y noche, sabía que su fin se encontraba cerca, pero en vez de resignarse a su funesto fin, decidió trazar un plan para salir de aquel problemón. Llegó a la conclusión de que debía pedirle un plazo al Maligno con el pretexto de tener un importante compromiso de honor con su patrón, el cual era construir una barda alrededor de todas sus tierras.
Llegó aquel día tan temido por el caporal en que explicó con lujo de detalle al Señor de las Tinieblas lo que debía hacer, le enfatizó que se sentía con la necesidad de cumplir con ese encargo del marqués, pues hacía sido muy buena persona con él y no podía faltarle; Resendes le indicó que le podía ayudar para que todo se realizará en un tiempo más corto y así consumaran lo más pronto posible su pacto. Satanás sin sospechar aceptó la prórroga pero con una condición: si la barba era concluir antes de que cantaran los primeros gallos, inmediatamente se lo llevaría en cuerpo y alma, y lo llevaría a lo más profundo de los infiernos; y en el caso contrario el caporal estaría libre de cualquier compromiso. No le quedó otra opción más que aceptar el reto; e inmediatamente montó en su caballo se dirigió al gallinero, en donde se dio a la tarea de elegir al mejor gallo y lo escondió debajo de su brazo, emprendiendo después el camino de regreso.
Mientras el Maligno estaba muy entretenido construyendo la valla según las indicaciones de Resendes, cuando sólo faltaba un pequeño tramo y todavía varias horas para que amaneciera, el caporal apretó al gallo, el cual fue seguido por todos los demás gallos de la región. Esta situación molestó enormemente al Señor de las Tinieblas, quien se fue echando espuma por la boca por el coraje que había hecho, pensando que había perdido esta batalla, quedándole como consuelo que el caporal no tardaría en caer en la tentación y podría finalmente cobrar la venganza.
Cuenta la leyenda, que Resendes estaba profundamente arrepentido de sus actos pasados, llegando incluso a pedirle perdón a Dios, ofreciéndole su vida. Acongojado fue a buscar al marqués hasta Aguascalientes, en donde pide audiencia para hablar con él, situación que le extrañó al noble caballero, pensando que una situación muy grave debía ocurrirle para abandonar así el rancho. El arrepentido le confesó a su patrón sobre sus pactos con Satanás, de las condiciones, del miedo que sintió cuando la fecha estaba muy próxima, la prórroga y de cómo había logrado engañarlo.
Al marqués se le heló la sangre al escuchar cómo el caporal le narraba aquella escalofriante historia con tanta serenidad; al concluir su relato le pidió que lo acompañara a conocer la valla que Satanás había construido en escasos minutos, y al ver la quedó sorprendido. El noble caballero al ver aquella evidencia decidió perdonar a su caporal, lamentando nada más que en tan mala hora se le ocurriera hacer cantar al gallo, pues de otra forma habría tenido totalmente cercadas sus propiedades sin costo alguno.

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