Al igual que en la época actual, se acostumbraba
publicar cada fin de año para el siguiente; muchos calendarios adquirieron gran
popularidad, pero con títulos tan extravagantes como: Astrolabios, Pronósticos,
Lunarios, Efemérides, Uranías, entre otros más.
Los autores eran personas distinguidas, astrónomos
médicos, arquitectos, agrónomos, matemáticos, individuos instruidos como los
bachilleres y doctores de la Real y Pontificia Universidad de México.
Fueron publicados en el siglo XVI, el Pronóstico
por el Licenciado Brambila; en el siglo XVII el reconocido autor de las obras
del desagüe, Enrico Martínez, un Lunario para el año de 1606; el famoso
anticuario, don Carlos de Sigüenza y Góngora, una serie de Pronósticos, desde
1671 hasta 1690; y el doctor Juan de Saucedo otro Pronóstico para el año de
1677.
A principios del siglo XVIII, el doctor Manuel
Alcibia arregló los Pronósticos, de 1707 a 1711, y las Efemérides mexicanas le
tocaron don Pedro Alarcón, quien era médico, astrólogo, matemático y a veces poeta. Para que alguien pudiera
hacer un calendario tenía que cubrir una serie de requisitos, se requería
entonces ser matemático para los cálculos, astrólogo para predecir el fututo,
doctor en medicina para anunciar las enfermedades y prevenirlas, agrónomo para
guiar a los agricultores, y poeta para dedicarle hermosas palabras a la Virgen
de Guadalupe.
En esta misma centuria surgieron otros autores; el
Dr. don José Escobar y Morales
(1714-1721), el Dr. Miguel Mussientes y
Aragón (1716-1735), don José Villaseñor (1738), don Miguel Francisco de
Illarregui (1750), don Domingo Lasso (1776), con muy mala suerte este último,
pues al parecer nunca le dieron la licencia para poder publicar su calendario;
y el Lic. Ignacio Vargas, abogado de la Real Audiencia e individuo del Ilustre
Colegio de esta Corte, que en 1791, dio a la prensas un Calendario Curioso o Verdaderas Efemérides de Nueva España,
dedicado al célebre conde de Revilla Gidedo, llamándolo “Padre de la Patria,
benefactor, conservador y protector de cuanto es útil y glorioso.”
Otro personaje importante es don Juan Antonio
Mendoza y González, contador de la Santa Catedral de Puebla y profesor de
ciencias matemáticas, que desde 1708 y hasta 1728, se dedicó a elaborar un
meridiano de México, que era un Lunario con el nombre de “Uranía Americana
Septentrional”, para el acierto de las ramas de la medicina, la navegación y de la agricultura. Cada año este personaje
imploraba al Santo Tribunal, la licencia para añadir un eslabón más a la cadena
de favores que le otorgaban los Señores del Santo Oficio, a quienes siempre
estuvo muy agradecido.
Los calendaristas más famosos del siglo XVIII,
gracias a sus amplios conocimientos y por la utilidad de sus publicaciones,
fueron don Felipe de Zúñiga y Ontiveros, quien era filo-matemático y Agricultor
titulado de Tierras, Aguas y Minas de todo el Reino, y su hijo Marino de Zúñiga
y Ontiveros, quien compartía con su padre la misma afición. Don Felipe estuvo
trabajando desde 1752 hasta 1794; al morir el padre, don Mariano continuó con
el trabajo desde 1795 hasta muchos años después de consumada la Independencia.
Arreglaron los meridianos de México y Puebla, así como sus publicaciones que
salieron a la luz en diferentes fechas: Calendario Manual, pequeño (bolsillo);
Ephémeris (agricultores y enfermos); Calendario Manual y Guía de Forasteros
(iglesia, ejército y políticos).
Ahora que ya tenemos una idea de cómo eran los
calendarios que circulaban en la Nueva España, cabe destacar que estos autores
incluían predicciones agrícolas, náuticas y médicas; además de futuros
contingentes y casos que se ya dejaban a libre criterio (guerras, paces,
motines). El Pronóstico que se preparaba en 1648 para el año de 1649, aseguraba
que habría fiestas a morir, músicas y danza, que introducirían nuevas modas,
que si el planeta Venus auguraba muchos casamientos, los mercados obtendrían
buenas ganancias, que los negros e indios se entregarían a más borracheras, que
si se harían peregrinaciones y romerías a los templos, etc.
Durante muchos tiempo dejaron pasar una serie de
vulgaridades astrológicas, como el indicar las horas del día en que se podía
tomar purga, tragar píldoras, bañarse, evacuar flemas, sangrarse cualquier
parte de cuerpo, lavarse la cabeza, etc.; porque según ellos los planetas iban
a influir de manera positiva o negativa. Pero también había Manuales de
Medicina Doméstica, en que se indicaban las predicciones de cada mes:
- Enero: dolores de pecho, costado y pulmones
- Febrero: Fiebres, anginas, apoplejías y llagas en parte ocultas
- Marzo: Irritaciones, sangre, laringitis y viruelas
- Abril: Pulmonías y dolores de costado
- Mayo: Mismas dolencias
- Junio: Fiebres, dolores de cerebro y algunas viruelas
- Julio: Convulsiones, dolores de costado y pecho
- Agosto: Dolores de huesos
- Septiembre: Fiebres y dolores de costado
- Octubre: Mismas dolencias
- Noviembre: Gripas y abortos
- Diciembre: Mismas dolencias
¿Y porque todos estos horrendos augurios? Porque
Mercurio y la Luna andaban fríos,
Saturno destemplado, Júpiter colérico, Marte displicente, Venus amorosa y el
Sol andaba confabulándose con los signos de Zodiaco; para descargar sobre la pobre
gente vientos, huracanes, granizos, neblinas, nevadas, relámpagos, y más
desgracias.

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