domingo, 19 de enero de 2014

Los antiguos calendarios

Al igual que en la época actual, se acostumbraba publicar cada fin de año para el siguiente; muchos calendarios adquirieron gran popularidad, pero con títulos tan extravagantes como: Astrolabios, Pronósticos, Lunarios, Efemérides, Uranías, entre otros más.
Los autores eran personas distinguidas, astrónomos médicos, arquitectos, agrónomos, matemáticos, individuos instruidos como los bachilleres y doctores de la Real y Pontificia Universidad de México.
Fueron publicados en el siglo XVI, el Pronóstico por el Licenciado Brambila; en el siglo XVII el reconocido autor de las obras del desagüe, Enrico Martínez, un Lunario para el año de 1606; el famoso anticuario, don Carlos de Sigüenza y Góngora, una serie de Pronósticos, desde 1671 hasta 1690; y el doctor Juan de Saucedo otro Pronóstico para el año de 1677.
A principios del siglo XVIII, el doctor Manuel Alcibia arregló los Pronósticos, de 1707 a 1711, y las Efemérides mexicanas le tocaron don Pedro Alarcón, quien era médico, astrólogo, matemático  y a veces poeta. Para que alguien pudiera hacer un calendario tenía que cubrir una serie de requisitos, se requería entonces ser matemático para los cálculos, astrólogo para predecir el fututo, doctor en medicina para anunciar las enfermedades y prevenirlas, agrónomo para guiar a los agricultores, y poeta para dedicarle hermosas palabras a la Virgen de Guadalupe.
En esta misma centuria surgieron otros autores; el Dr. don José Escobar  y Morales (1714-1721),  el Dr. Miguel Mussientes y Aragón (1716-1735), don José Villaseñor (1738), don Miguel Francisco de Illarregui (1750), don Domingo Lasso (1776), con muy mala suerte este último, pues al parecer nunca le dieron la licencia para poder publicar su calendario; y el Lic. Ignacio Vargas, abogado de la Real Audiencia e individuo del Ilustre Colegio de esta Corte, que en 1791, dio a la prensas un Calendario Curioso  o Verdaderas Efemérides de Nueva España, dedicado al célebre conde de Revilla Gidedo, llamándolo “Padre de la Patria, benefactor, conservador y protector de cuanto es útil y glorioso.”   
Otro personaje importante es don Juan Antonio Mendoza y González, contador de la Santa Catedral de Puebla y profesor de ciencias matemáticas, que desde 1708 y hasta 1728, se dedicó a elaborar un meridiano de México, que era un Lunario con el nombre de “Uranía Americana Septentrional”, para el acierto de las ramas de la medicina, la navegación  y de la agricultura. Cada año este personaje imploraba al Santo Tribunal, la licencia para añadir un eslabón más a la cadena de favores que le otorgaban los Señores del Santo Oficio, a quienes siempre estuvo muy agradecido.
Los calendaristas más famosos del siglo XVIII, gracias a sus amplios conocimientos y por la utilidad de sus publicaciones, fueron don Felipe de Zúñiga y Ontiveros, quien era filo-matemático y Agricultor titulado de Tierras, Aguas y Minas de todo el Reino, y su hijo Marino de Zúñiga y Ontiveros, quien compartía con su padre la misma afición. Don Felipe estuvo trabajando desde 1752 hasta 1794; al morir el padre, don Mariano continuó con el trabajo desde 1795 hasta muchos años después de consumada la Independencia. Arreglaron los meridianos de México y Puebla, así como sus publicaciones que salieron a la luz en diferentes fechas: Calendario Manual, pequeño (bolsillo); Ephémeris (agricultores y enfermos); Calendario Manual y Guía de Forasteros (iglesia, ejército y políticos).
Ahora que ya tenemos una idea de cómo eran los calendarios que circulaban en la Nueva España, cabe destacar que estos autores incluían predicciones agrícolas, náuticas y médicas; además de futuros contingentes y casos que se ya dejaban a libre criterio (guerras, paces, motines). El Pronóstico que se preparaba en 1648 para el año de 1649, aseguraba que habría fiestas a morir, músicas y danza, que introducirían nuevas modas, que si el planeta Venus auguraba muchos casamientos, los mercados obtendrían buenas ganancias, que los negros e indios se entregarían a más borracheras, que si se harían peregrinaciones y romerías a los templos, etc.
Durante muchos tiempo dejaron pasar una serie de vulgaridades astrológicas, como el indicar las horas del día en que se podía tomar purga, tragar píldoras, bañarse, evacuar flemas, sangrarse cualquier parte de cuerpo, lavarse la cabeza, etc.; porque según ellos los planetas iban a influir de manera positiva o negativa. Pero también había Manuales de Medicina Doméstica, en que se indicaban las predicciones de cada mes:
  • Enero: dolores de pecho, costado y pulmones
  • Febrero: Fiebres, anginas, apoplejías y llagas en parte ocultas
  • Marzo: Irritaciones, sangre, laringitis y viruelas
  • Abril: Pulmonías y dolores de costado
  • Mayo: Mismas dolencias
  • Junio: Fiebres, dolores de cerebro y algunas viruelas
  • Julio: Convulsiones, dolores de costado y pecho
  • Agosto: Dolores de huesos
  • Septiembre: Fiebres y dolores de costado
  • Octubre: Mismas dolencias
  • Noviembre: Gripas y abortos
  • Diciembre: Mismas dolencias
¿Y porque todos estos horrendos augurios? Porque Mercurio  y la Luna andaban fríos, Saturno destemplado, Júpiter colérico, Marte displicente, Venus amorosa y el Sol andaba confabulándose con los signos de Zodiaco; para descargar sobre la pobre gente vientos, huracanes, granizos, neblinas, nevadas, relámpagos, y más desgracias.

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