domingo, 5 de enero de 2014

El tesoro del descuartizado (Sucedió en el hospital de San Hipólito)

Los conquistadores entraron en la gran Tenochtitlán la lluviosa tarde del 13 septiembre de 1521, todo lo arrasaban a su paso. Dueños de la ciudad, se entregaron al más desenfrenado saqueo, derribaron templos, rompieron ídolos, y no satisfechos con eso, exigieron más riquezas a don Hernán Cortés, quien accedió a darles tierras, indias y trabajadores en repartimiento como premio a su valor; con aquello hubieron de conformarse los soldados, dando origen al odioso sistema de encomiendas.
Era aquel uno de los más feroces conquistadores, a quien en el repartimiento se la había dado el palacio de uno de los caciques de la gran Tenochtitlán, sus órdenes eran obedecidas al punto; esto lo demuestra el caso de Huitzil, que fue príncipe en la corte de Cuauhtémoc, cuando fue llevado ante este hombre, no pidió misericordia para el destino que le esperaba, a lo que los ojos de don José María brillaron de disgusto, amenazándolo con mandarlo al infierno si no le revelaba el escondite de los tesoros; el azteca permaneció silencioso y el conquistador, fuera de sí, lo mandó al martirio. Éstos hechos tuvieron lugar en el año de 1530, año memorable por haber sido el de la llegada de la II audiencia que gobernó Nueva España, presidida por don Vasco de Quiroga y Ramírez de Fuenleal; desde su llegada, estos caballeros se dedicaron a poner coto a los desmanes de los encomenderos, dictando leyes justas y severas, en donde se exigía protección para los indígenas de los españoles.
Algo alivió en parte las tribulaciones de los indios esta segunda audiencia, pero hombres como Lozano y Quesada no hacían caso de sus leyes; a pesar de que la hacienda del encomendero presión más, se cuenta que en su lecho de muerte clamaba todavía por más riquezas, y antes de poder decir sus últimas palabras, don José María ya no podía contestar y su hijo salió del recinto en busca de un eclesiástico que viniera auxiliarlo; de repente los ojos del moribundo se clavaron de pronto en una esquina de la habitación, lanzando un espantoso alarido: era nada menos que el horrísono espectro del príncipe Huitzil, que parecía contemplarlo con los ojos llameantes y acusadores . Don José María lo vio acercarse, acercarse... la espectral y descarnada mano del indígena se alargó hasta tocar la garganta del moribundo, quien dando un horrible gemido expiró. Momentos después don Ventura (hijo) y el sacerdote entraron, llamando su atención el rostro aterrorizado del recién fallecido y la marca que tenían el cuello, el religioso sintió un escalofrío al ver aquellas huellas espectrales en el cadáver de don José María; en esos momentos don Venturas se santiguó y distraídamente miró hacia la esquina de la habitación, donde se le reveló una espantosa visión: ¡era el príncipe Huitzil nuevamente! Sin embargo el sacerdote bendijo la habitación y rezo todas las exequias que creyó pertinente cero sufragios del alma del difunto. Se hicieron al encomendero solemnes funerales y durante el novenario los cofrades pidieron oraciones por el descanso de su alma, en tanto su hijo entró poco después en posesión de los bienes de su difunto padre, sorprendiéndose el mismo de lo cuantiosos que eran.
Siguiendo los pasos de su progenitor, pero ahora corregido y aumentado, don Ventura fue más duro y cruel con sus peones, dejando éstos el purgatorio para entrar en el mismísimo infierno; y al igual que el difunto, también era demasiado codicioso, recordando con frecuencia las últimas palabras de don José María. Decidido a encontrar los tesoros, dio tormento a infinidad de indios, pero nada saco en claro. Lejos estaba de imaginar que entre sus actuales trabajadores se encontraba nada menos que el hijo del infortunado azteca, un mozalbete de escasos 18 años que ocultaban celosamente su identidad; pero la suerte quiso que se cruzara en su camino doña Mencía, una preciosa jovencita de 15 años hija del hacendado, que lo buscaba con frecuencia para que le platicara de las leyendas de su pueblo,  pasando largas horas escuchando aquellas historias, mirando con inadvertido apasionamiento los oscuros ojos del muchacho. Poco a poco, lo que fue entretenimiento de niños al principio, se convirtió en dulce romance, Mencía no podía apartar el pensamiento del joven Pablillo, quien a su vez correspondía su tierno amor.
Favorecía sus entrevistas con el indio, el hecho de que su padre estaba demasiado ocupada en sus negocios, poca atención prestaba a la educación de su hija, huérfana de madre desde muy pequeña; así aprovechaba la muchacha para verse con su amado escondidas, algunas veces erá por escasos momentos. Sucedió una ocasión en que don Ventura la buscaba, cuando en ese momento ella entró atinadamente en la casa, aquel día había llegado su primo don Domingo, quien la miraba de manera extraña y codiciosa; aquella era la primera vez que su padre la veía con desconfianza, ya que su repentina aparición y desaparición resultaron muy sospechosas. Desde aquel día suprimo prometió acompañarla  a cualquier parte que fuera, sin importar las ocupaciones que éste tuviera, situación que no le agradó nada a doña Mencía. La jovencita obedeció sintiendo el corazón oprimido por negros pensamientos.
Don domingo ganó de modo absoluto la confianza de su tío y en poco tiempo se hizo cargo de la administración de sus haberes, si don Ventura era cruel y despiadado, el sobrino lo era más. Sin hacer caso de las advertencias y sin tomar en cuenta que trataba con seres humanos y no con animales, aquel hombre redobló el mal trato a los esclavos de su tío; hasta que una recia mano detuvo al implacable fustigador, era Pablo que acudían auxilio de un hombre de avanzada edad, y lleno de ira castigó al joven con 50 azotes y al pobre anciano con el doble. El duro castigo se llegó a efecto bajo los regocijados ojos de don Domingo de Lozano, y ese mismo día le relató a su tío el incidente, en inconscientemente doña Mencía dejó escapar una exclamación y los dos hombres la miraron asombrados, entonces ella decidió retirarse a su aposento porque aquellos relatos le causaban malestar. La joven aparentó dirigirse a su alcoba, pero cuando sus parientes se preocuparon de ella salió al patio por una oculta puertecilla, encaminando sus pasos hacia el mísero pajar que servía de alcoba al desdichado indígena, al ver el castigo que había recibido su amado, la joven comenzó a llorar desconsolada. Y Pablo reveló a la jovencita su secreto tan celosamente guardado hasta entonces, sin imaginar que Domingo los escuchaba a pocos pasos, mientras Mencía sollozaba y abrazaba a su amado; en ese momento sale de su escondite el sobrino para llevarse de un jalón a la muchacha,  el indígena quiso intervenir pero el otro le asestó una estocada que le hirió el hombro, casi a rastras llevó después a la joven ante don Ventura, quien montó en cólera al saber lo ocurrido.
El coraje se les pasaría muy pronto al saber el origen noble del indígena, y poco les importó que Pablo estuviera herido y llagado de las espaladas por los latigazos, fue sometido a crueles tormentos; Domingo recurrió a todos los recursos habidos y por haber para hacerlo hablar, incluso a la mutilación, pero el joven soportó estoicamente el suplicio, por lo que el codicioso sobrino se salió de quicio, en su furor empezó a repartir estocadas haciendo volar los miembros de Pablo. Fue hasta que vio a sus pies la cabeza cercenada de su enemigo que volvió en él, después ordenó a los indígenas que tenía como esclavos, que echaran los despojos a los perros y acto seguido se retira del macabro lugar. Lo esperaba una desagradable sorpresa, un sacerdote se disponía a conducir a la joven a un convento por deseo de don Ventura, quien le dice a su hija que antes de irse puede reconocer su culpa para obtener su perdón, a lo que ella la admite plenamente y que ama a Pablo Huitzil; al oír aquellas palabras el rostro de su padre se congestionó, y levantando furioso  la siniestras para maldecir a su hija, trató de hablar, pero antes de pronunciar palabra, se desplomó sin sentido: un ataque al corazón había segado su vida en ese momento. 
Pasados los lutos, Doña Mencía acudió de nuevo al convento para pedir refugio, pues mucho temía al asedio de su primo, quien había pasado a ser poseedor de los bienes de su difunto tío, pero aún no estaba conforme, quería tener a la joven a su lado fuera como fuera, y mientras urdía la forma de sacarla del convento, un extraño ruido proveniente de fuera de la habitación llamó su atención en ese momento. Abrió decidido la puerta y se creyó víctima de una alucinación, al ver que un horrible y espectral pie avanzaba a saltos hacia él, quien presa de indescriptible pavor se encerró en su alcoba, pero el lúgubre sonar de aquel miembro contra el suelo lo siguió hasta su alcoba; don Domingo entonces se apartó instintivamente de la puerta y fue cuando  vio como el pie traspasaba la gruesa puerta de madera para penetrar en el recinto. El hombre retrocede espantado, y al alargar la mano en busca de su espada, tropezó con un objeto helado y viscoso que los hizo dar un grito de horror: ¡era una mano! En ese momento surge de una esquina de la habitación otra espantosa visión, el tronco mutilado del infortunado Pablo Huitzil. Poco a poco aquellos segmentos de cuerpo humano fueron juntándose hasta unirse por completo ante los aterrorizados ojos de don Domingo, enloquecido de horror salió corriendo de su casa, tropezando casi en la puerta con un grupo de cófrades, a quienes les pidió ayuda y les contó la macabra visión que había tenido, y que en ese momento se estaba manifestando, pero solo don Domingo la podía ver. Fue imposible que le creyeran y por lo mismo los condujeron hasta el hospital de San Hipólito, fundado recientemente, un fraile se ofreció a llevarlo hasta los largos pasillos del hospital mientras los cófrades se retiraban, pero antes de hacerlo pudieron ver al espectro del indígena descuartizado, a lo que salieron corriendo lo más rápido que pudieron.
A partir de aquella fecha los habitantes de la Colonia en el año de 1550, mismo en que el virrey Antonio de Mendoza  partió para el Perú, veían aparecer por el rumbo de Tlatelolco el espectro del descuartizado, se le veía abandonar la mansión que fuera de don Domingo de Lozano, y aventurarse calle abajo hasta la vieja calzada de Tlacopan (hoy Tacuba), hasta llegar a San Hipólito, a través de cuyas paredes pasaba ante los azorados ojos de los transeúntes. Don Domingo vivía confinado en una celda, donde con frecuencia era poseído de ataques de desesperada locura; los frailes no sabían que hacer para calmarlo, pues a determinada hora de la noche el espectro aparecía para provocar aquellos ataques, entonces el sacerdote empezaba a orar y la espantable visión del indio se desvanecía mientras el caballero se desplomaba sin sentido.
Noche tras noche se repetía aquella escalofriante escena en su celda, Domingo escuchaba el lúgubre sonar de un pie sobre las baldosas de los corredores del hospital, eran después acompasados aquellos pasos, como hechos por dos espectrales pies, y luego veía surgir por todos lados las partes mutiladas del infortunado indio azteca. Con el tiempo no solo él veía aquellas horribles apariciones, ya que en cierta ocasión un caballero que salía de visitar a los juaninos, pudo ver una mano que flotaba y seguía su camino hasta toparse con otra, mientras de la nada surgía el tronco del mutilado Pablo.
Las apariciones se sucedían con tanta regularidad, que la gente empezó a llamar aquel rumbo “El Camino del Descuartizado”, y cuenta la leyenda que hasta los frailes del hospital de San Hipólito llegaron a verlo una vez;  asustados decidieron buscar ayuda con el padre prior. El Superior los escuchó con atención, y provisto de su libro acudió a la celda de don Domingo, pero cuando los tres frailes irrumpieron en la celda del demente, se detuvieron en seco para ver con terror una macabro espectáculo: don Domingo yacía en el suelo con los ojos abiertos, fijos en un rincón del aposento, muerto de horror, y a través de la ventana se apreciaba el desfigurado rostro de un aparecido que se desvanecía paulatinamente. Los tres sacerdotes cayeron de rodillas elevando sus plegarias al cielo. La crónica consiga que esa noche se escucharon los lúgubres pasos del descuartizado en los corredores del convento de Santa Catarina, y que sor Mencía, una joven novicia hija del finado Ventura de Lozano, había sido testigo de un prodigio extraordinario, pues ante ella apareció el indígena para conducirla fuera de los muros del convento. Nadie supo cómo salieron, pero el hecho es que muchos testigos fueron los que la vieron después marchar en seguimiento del espectro del descuartizado rumbo al barrio de Tlatelolco.
El aparecido la condujo hasta el cobertizo que había sido testigo de su dulce romance y señaló el lugar donde se encontraba el tesoro que le costaría la vida a él y a su padre, acto seguido el espectro se desvaneció ante sus ojos y la dama quedó sola en aquel lugar de lo que había sido su casa, en esa actitud la sorprendió el día, al amanecer se dirigió en busca de su confesor para relatarle lo ocurrido.
Con la autorización del Cabildo se llevó a cabo la excavación, pero no hallaron únicamente los tesoros, sino algo más: los restos mortales de Pablo Huitzil. Al parecer los indios comisionados para echar a los perros los miembros mutilados del príncipe, decidieron darle sepultura donde sabían que existía el tesoro.
Por mucho tiempo se comentó en la Colonia aquel sucedido prodigioso; en cuanto a Doña Mencía regresó al convento, donde murió de avanzada edad. Entre los frailes del San Hipólito por algunos testigos de las apariciones del descuartizado y otras fuentes, se pudo consignar la historia en los archivos del hospital. Si alguno de ustedes vive en alguna colonia donde hubo quizá algún palacio azteca, tengan cuidado: es factible que en sus cimientos se encuentren riquezas que se ocultaron de los conquistadores.

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