Durante el siglo XVI muchos españoles navegaban al continente
americano en busca de fortuna; entre los viajeros estaba don Rodrigo de Villanueva y su familia, que llegaron al
Nuevo Mundo sin mucho dinero, para tomar posesión de una casa que habían
heredado.
Cuando llegaron, el lugar señalado, su sorpresa fue grande al ver
que la casa se encontraba en ruinas, y a pesar de ser muy grande, las tierras
ubicadas en el frente estaban abandonadas. La esposa e hijo de don Rodrigo se
negaban a quedarse en ese lugar, pero no
tenían otra opción, debido a que no tenían el suficiente dinero para regresar a
España. A pesar de los intentos del padre de familia para darles ánimo con sus
palabras, su hijo presentía que había una extraña energía, la cual se fue
intensificando conforme recorrían las áridas tierras.
Mientras caminaban escucharon como retumbaban unas siniestras
carcajadas, todos miraron a su alrededor y no encontraron a nadie cerca, pero
cuando don Rodrigo preguntó quién andaba por ahí, desaparecieron de inmediato;
el silencio se apodero del lugar y una ligara corriente de viento se dejó
sentir. Entonces de la casa salió un anciano con un aspecto desagradable; tenía
la piel opaca, los ojos hundidos y amarillentos y sonreía con una boca carente
de dientes. Aquel hombre camino hacia donde estaban los españoles, diciéndoles
que aquel viento venía del mismísimo infierno y que no iba a descansar hasta
que la casa fuera destruida. Nadie se había atrevido nunca a enfrentarlo…
Don Rodrigo se volteó molesto hacia el anciano para reclamarle,
pero al voltear, este ya había desaparecido de manera extraña, ¿A dónde se
había ido? Su esposa se acercó para
calmarlo, haciéndole entender que era más importante buscar un lugar seguro
para pasar la noche.
Al día siguiente salieron
muy temprano para buscar trabajadores dispuestos a labrar las tierras,
pero éstos al ver el lugar del que trataba, salían corriendo como alma que lleva
el Diablo. Don Rodrigo pensaba que estaban obsesiones, pero si hijo les daba la
razón, pues sentía que aquella casa estaba maldita, aunque su papá no le creía.
En ese momento se volvieron a escuchar las mismas siniestras carcajadas, y al
volver sus miradas vieron como aquel anciano salía de una de las habitaciones
en ruinas, pero ahora tenía un tic nervioso que lo obligaba a cerrar el ojo, y
entonces les advirtió que por más que se esforzaran en levantar la casa, el
viento del Diablo vendría a acabar con todo. Molesto don Rodrigo desenvainó su
espada para correrlo, pero cuando volteó ya había desaparecido.
Los días siguientes fueron de trabajos pesados, pues al no
encontrar gente que quisiera labrar las tierras, ellos solos tuvieron que
levantar aquella casa en ruinas y sembrar las áridas tierras. Pocos meses
después los meses después, los maizales crecieron en un hermoso color verde,
que le daba un toque distinto a todo el lugar, todo se veía totalmente
diferente.
Todo marchaba viento en popa, la familia iba a juntar suficiente
dinero, sin embargo, cierta noche, cuando se disponían a dormir, una fuerte
viento comenzó a soplar en los campos, que se volvió más violento a los pocos
minutos. Así como llegó el viento, se detuvo de repente, dejándose escuchar después
unos aterradores gritos, los cuáles parecían de alguien que estaba a punto de
morir. Don Rodrigo despertó con sobresalto, y al mismo tiempo la puerta de la
habitación se abrió violentamente; por la ventana se podía ver como el fuerte
viento arrastraba la tierra.
Don Rodrigo quería encontrar alguna explicación a tal fenómeno,
pero sus pensamientos se vieron interrumpidos, cuando hijo entró a la
habitación con un miedo que le helaba la sangre, él sabía que esto solo podía
ser obra del Demonio; su padre no le hizo caso a los temores de su hijo. Entre
los dos intentaron cerrar la ventana, pero el viento soplaba tan fuerte, que se
los impidió; a los lejos se dejó escuchar otro desgarrador lamento, como si
fuera el augurio de que algo terrible iba a suceder. Después se dejó venir un
silencio sepulcral, seguido de un viento todavía más fuerte que arrancó el
tejado de la casa, los corrales de los animales y el sembradío. De nada sirvió
los fervorosos rezos de la familia, pues el viento sopló toda la noche.
Al día siguiente, todo estaba en ruinas como cuando llegaron, la
esposa de don Rodrigo lloraba desconsolada, mientras su hijo trataba de
convencer a su padre de que el anciano les había advertido claramente del
peligro que ahí corrían, pero don Rodrigo molesto le dijo que por nada del
mundo abandonaría la casa, de ser necesario lucharía contra el Demonio. La
familia no intentó contradecirlo porque el señor era muy necio, y sabían que
nada lo haría cambiar de opinión; así que con el rostro lleno de tristeza, ingresaron
a la casa en ruinas.
Pasaron los meses y don Rodrigo con su familia volvieron a
levantar la casa, construyendo los corrales y sembrando; las tierras pronto
volvieron a reverdecer, todo volvía a ser como antes. Todos estaban
inmensamente felices, hasta que escucharon aquella infernal voz que les dijo:
“De nada os servirá tanto esfuerzo, porque esta noche el viento del infierno
volverá”. Cuando la oscuridad llegó, los vientos violentos volvieron a soplar y
los desgarradores lamentos se volvieron a escuchar; y como en caso anterior, un silencio sepulcral invadió
el ambiente, seguido de un viento todavía más fuerte. El techo comenzó a
desprenderse, pero la señora trataba de luchar con rezos. El muchacho angustiado y desesperado salió de
casa, para tratar de detener a los animales que se escapaban, al ver que los
corrales ya no estaban; como pudo tomó a uno de los caballos de las riendas, el
cual lo arrastró hacia una colina. Los angustiados padres no sabían dónde
estaba su hijo, pero aquella siniestra voz sí: “Busquen a su hijo en la Boca
del Diablo”.
Los padres salieron en busca del muchacho, pero al parecer nadie
sabía en donde estaba dicho lugar, entonces se dedicaron a recorrer cada rincón
de los alrededores durante varias horas. Cuando encontraron a su hijo nada ya
pidieron hacer por él, ya estaba sin vida, presentaba señales de tortura y al
parecer su muerte había sido lenta y dolorosa.
Finalmente don Rodrigo comprendió que la propiedad estaba maldita.
En ese instante aparece el anciano para
decirles que el espíritu de su hijo vagaría por aquellas tierras, hasta que el
mal fuera expulsado. Don Rodrigo estaba molesto, ya había pensado irse
inmediatamente a España, pero las palabras del anciano lo hicieron desistir.
Los días siguientes fueron pasando lentamente, hasta que una
semana después se dejaron escuchar uno tristes lamentos de su hijo, pidiéndoles
ayuda a sus padres. Al abrir la ventana
vieron con horror al espectro, que lloraba y se lamentaba por andar penando. El
muchacho les advirtió que se tenían que ir porque cosas peores se venían;
apenas hubo terminado de decir aquellas palabras despareció.
Al día siguiente esperaban con ansias que la noche cayera para
poder ver a su hijo nuevamente y averiguar la forma de poderlo ayudar. La
visión que se les hizo presente era mucho pero, pues ahora ya tenía sus carnes
a medio consumir y se desprendía de él olor fétido; aun así su madre lo abrazó.
El fantasma les dijo lo mismo de la noche anterior e igual volvió a desparecer. La siguiente noche se volvió a aparecer para
hacerles saber que la maldición del lugar desaparecería cuando alguien tomara
una cruz y se parara en el centro de la casa, la tierra desvía tapar todo; era
la única manera en el que muchacho podría obtener el descanso eterno. Era la última vez que los padres verían a su hijo.
Al día siguiente fueron en busca de un sacerdote, pero ninguno se
ofreció a ayudarlos. Cuando creyeron que
todo estaba perdido, encontraron en su camino a un fraile que sólo iba de paso,
el cual traía un caballo que se comenzó a alocar y salió corriendo hasta la
propiedad de los españoles; don Rodrigo trató de calmar al caballo, pero éste
lo atacó causándoles severas heridas. Al fraile se le caía la cara de vergüenza
por lo que había pasado, pero ya ni llorar era bueno por qué el hombre ya
estaba muerto; su esposa lloraba destrozada.
Desesperada la mujer, le relató al fraile todo lo que había
acontecido en torno a la casa maldita, y le pidió encarecidamente su ayuda;
lleno de curiosidad el religioso se trasladó hasta la ciudad para informarse de
lo que había pasado en ese lugar. Pregúntale preguntando, se enteró que unos
brujos habían lanzado una maldición y está no puede romperse hasta que alguien
fuera sepultado con una cruz por la tierra que volaba el viento, por lo que
todos los ahí presentes creyeron que era el momento de que esta maldición
llegará a su fin. Las personas que se ofrecieron ayudar, enterraron a don
Rodrigo en forma vertical sin una cruz en su ataúd y rociado con agua bendita;
al caer la noche todos estaban ansiosos por saber qué iba a ocurrir.
Cerca de la medianoche el viento comenzó a soplar, acto seguido el
fraile colocó una cruz en el ataúd y el resto de los ahí presentes se
refugiaron en las ruinas de la casa; todos empezaron a rezar, al mismo tiempo
que el religioso buscaba refugio. Cuenta la leyenda que el espíritu de don
Rodrigo salió de su tumba y empezó a luchar contra los vientos, después le
pidió a su esposa que se fuera de aquel lugar, pues ahí se debió edificar una
iglesia para terminar con la maldición de una vez por todas.
La última voluntad de don Rodrigo fue cumplida al pie de la letra,
ya que al día siguiente su esposa se embarcó rumbo a España y la vieja Casa del
Diablo, fue demolida y sobre estos terrenos fue levantada una pequeña iglesia,
que con el paso del tiempo tuvo que ser reubicada.

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