domingo, 12 de enero de 2014

La novia fantasma (Sucedió en la hoy calle de Uruguay)

La siguiente historia, que los siglos han convertido ya en leyenda, figura en los anales antiguos y misteriosos de la Nueva España, tuvo lugar durante el siglo XVII…
Ahora vamos a tomar nuestra máquina del tiempo y nos vamos a trasladar a la Capital de la Nueva España al año en gracia de 1664. La gente comentaba con acres palabras la actitud escandalosa del virrey don Juan de Leyva y de la Cerda, Marqués de Leyva y Ladrada, conde Baños; desde la virreina, los hijos y las hijas, eran causantes de escándalos, así en la calle como en el Palacio.
En la casa de don Miguel Pérez de Valdivia se discutía un delicado asunto de bodas, pues la familia deseaba que el virrey apadrinara al joven matrimonio, pero su escandalosa vida hacia que el acontecimiento se tuviera que aplazar a cada rato, por lo que mejor se decidió esperar al próximo virrey que ya no tardaría mucho en llegar a tierras mexicanas.
El 15 de octubre de 1664, hizo su entrada solemne a la capital el nuevo virrey don Antonio Sebastián de Toledo, Marqués de Mancera, quien representó una esperanza para los ciudadanos, cansados de pleitos entre la Audiencia, Virreyes y Arzobispos. La llegada del virrey vino  a salvar el compromiso a don Miguel, ya que su hija doña Juliana, casó con el joven caballero don Juan Antonio Orduña y Gómez; como regalo de bodas, don Miguel les regaló la casa número 12 de la entonces calle segunda de San Agustín, hoy Uruguay.
Transcurrieron ochos días, sin que ningún incidente malo perturbara la iniciada felicidad del matrimonio, pero a la novena noche, don Juan Antonio se hallaba en la biblioteca, cuando creyó escuchar un gemido, y pensó que su mujer se hallaba enferma, entonces salió al corredor para distinguir cerca de la escalera una sombra; creyendo que era su esposa, decidió seguirla, pero al llegar al pie de la escalera, la sombra de mujer se había esfumado. Preocupado y deseoso de averiguar si había visto a su esposa, o más de la cuenta, se dirigió a la alcoba, y fue grande su sorpresa al encontrarla profundamente dormida.
La segunda experiencia tuvo lugar tres noches después, y toco la suerte a doña Juliana, cuando al filo de la media noche, creyó escuchar unos gemidos; y como si alguien la llamara por su nombre, vio hacia donde estaba su vestido de novia y descubrió una sombra a la cuál le preguntó quién era,  a lo que la mortal aparición respondió lanzado un profundo suspiro y se abrazó al blanco vestido de novia. Al darse cuenta la muchacha de que se trataba de una muerta, pegó un espantoso grito y en el acto se desmayó; al escucharla su marido despertó  y le habló de inmediato, doña Juliana despertó alterada y le contó todos sucedido con la sombra que había visto.
Durante tres noches no volvieron a oír no ver nada los esposos, pero a la cuarta noche don Juan leía y su esposa lo aguardaba dormitando, ya que por obvias razones tenía miedo de dormir sola. Al ver el joven que su mujer se estaba quedando dormida, decide dejar su lectura para el día siguiente, para después subir juntos las escaleras rumbo a su alcoba. Apenas trataba de conciliar el sueño, cuando oyeron ambos un gemido, y la esposa que ya sabía el sitio de la aparición, señalo hacia su vestido de novia, quedando ambos horrorizados al ver como la muerta abrazaba la prenda. Con la garganta anudada por el miedo, don Juan se dirigió a la muerta para preguntarle quien era, pero al no recibir respuesta le pide que en nombre de Dios se marche, al igual que doña Juliana, quien temerosa busca la protección de su marido mientras habla. Al invocar el nombre de Dios, la horrible aparición se desvaneció en las sombras.
Desesperados y angustiados por esta situación, al día siguiente doña Juliana se va a confesar, y mientras tanto don Juan va a hablar con fray Tereso de Santiago, quien  tenía fama de ser experto en cosas de ultratumba. El religioso lo escuchó con atención, y la terminar su relato, le contó que aquella casa fue de las hermanas de Solís y Covarrubias, la cual estaba en vuelta en un gran misterio, pues solo se sabía que algo espantoso había ocurrido en su interior, pero era difícil saber que fue porque la protagonista de la historia había muerto años atrás en un asilo de locos. 
Como lo prometió fray Tereso, se presentó tres noches después en la casa de los esposos para aguardar pacientemente a que el espectro hiciera acto de presencia en la alcoba; sin faltar a su cita, la aparición se manifestó al paso de la medianoche con un sepulcral gemido. Allí estaba la fantasmal mujer y el fraile se apresuró para hacerle frente para preguntarle quien era y el motivo de su penar. Por la horrible boca fétida de la muerta comenzó a salir una triste historia:

“Sabed que fui en vida doña Pilar de Solís y Convarrubias, y que está fue mi casa. Sabed que próxima estaba a desposarme con mi joven y apuesto galán, don Fernando de Peñalva, y yo no supe cuándo ni porque mi hermana mayor, Anunciación, comenzó a odiarme, y al parecer se enamoró de mi prometido que nada sabía de aquella pasión. Ajenos a todo cuanto de maldad había en el alma de mi hermana, cierto día pedimos su venia para casarnos, pero ella nos aconsejó que debíamos aguardar un año. Así dando vueltas y rodeos, fueron pasando los meses, hasta que un día mi prometido le hizo saber que ya no podía aguardar más para casarse. Grande fue su sorpresa cuando Anunciación le confesó que ardía de pasión por él, a lo que este le contestó que era algo monstruoso.  Pero lo más monstruoso iba a ocurrir noches después, cuando el alma perversa de mi hermana la impulsó al crimen: sorprendiendo mi sueño plácido, sin temores, me apuñaló sin piedad. Contenta por lo que me había hecho, abrió una oscura fosa  en el patio de esta casa y en ella me dio sepultura, cubriendo mi huesa con la losa, y después la disimuló sembrando hermosas flores que regaba con deleite.
Cuando días después se presentó mi enamorado, Anunciación le dijo que desconocía  mi paradero y que me había escapado con un galán criollo. El pobre y engañado Fernando salió acongojado y triste, y se fue a su casa en la calle de Vergara (hoy Bolívar), después de mucho llorar su desventura se ahorcó de una cuerda. Al día siguiente sus padres lo encontraron muerto, y maldijeron su mal amor”.

Así terminó la historia aquella muerta, que tenía llenos de pavor suspenso al fraile y a los esposos; entonces le preguntaron por qué perturbaba a los esposos y porque deseaba el vestido de novia. Volvieron a salir las voces tenebrosas de aquella boca amarillenta: el espectro le pidió a Dios no morir ni descansar su alma, sin antes vestir traje de desposada. Doña Juliana dijo entonces, que en nombre de Dios, ella le regalaba su vestido nupcial, si eso la quitaba de penar. La pesadilla ya había terminado para los esposos…
Ya estaba alto el Sol cuando el matrimonio despertó de una extraña suerte de sueño profundo, al principio creyeron que lo ocurrido a noche había sido solo una pesadilla, pero al darse cuenta de que el vestido no estaba ya en el perchero, vieron que todo había sido real. Es esos momentos una de las sirvientas llegó a confirmarles la realidad, avisándoles que la Justicia los buscaba; alarmado por aquel aviso, don Juan bajó para hallarse ante los representantes de la Alcaldía de Crimen, quienes traían una orden para excavar en el patio de la casa para exhumar un cadáver.
Una vez que explicaron a los esposos el motivo de su presencia, se dirigieron al sitio indicado, en donde fueron arrancadas las bellas flores sembradas años antes, para descubrir la fosa. Tras horas de excavar, pusieron el descubierto unos maderos, los hicieron a un lado y la mirar al interior, todos quedaron mudos de miedo… de asombro. ¡Sí! Porque en el fondo de aquella fosa, estaba el esqueleto de doña Pilar de Solís y Covarrubias, ataviado con el vestido de novia de doña Juliana.
Nadie podía explicar el misterio de una mujer que llevaba ya muchos años de muerta y enterrada, portara un vestido nuevo. Nadie explica las cosas sobrenaturales, cuyo origen se remonta a muchos siglos...           

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