domingo, 16 de febrero de 2014

La leyenda de los volcanes


Muchísimas son las leyendas y poesías que se han escrito, inspiradas por el Popocatépetl y el Iztaccihuatl; entre las más importantes se encuentran los versos del poeta peruano José Santos Chocano:

El Iztaccihuatl traza la figura yacente de una mujer dormida, bajo el sol.
El Popocatépetl flamea en los siglos como una apocalíptica visión;
y estos dos volcanes solemnes tienen una historia de amor,
digna de ser cantada en las complicaciones de una extraordinaria canción.

Iztaccihuatl - hace ya miles de años - fue la princesa más parecida a una flor,
que de la tribu de los viejos caciques del más gentil capital se enamoro.

El padre augustamente abrió los labios y díjole al capitán seductor
que si tornaba un día con la cabeza del cacique enemigo clavada en un lanzón,
encontraría preparados, a un tiempo mismo, el festín de su triunfo y el lecho de su amor.

Y Popocatépetl fue a la guerra con esta esperanza en el corazón:
domó la rebeldía de las selvas obstinadas, el motín de los riscos contra su paso vencedor,
la osadía despeñada de los torrentes, la asechanza de los pantanos en traición;
y contra cientos y cientos de soldados, por años de años gallardamente combatió.

Al fin tomó a la tribu, y la cabeza del cacique enemigo sangraban su lanzón.

Halló el festín del triunfo preparado, pero no así el lecho de su amor:
en vez de el lecho encontró el túmulo en que su novia, dormida bajo el sol,
esperaba en su frente el beso póstumo de la boca que nunca en vida la besó.

Y Popocatépetl quebró en sus rodillas el haz de flechas; y en una sorda voz,
conjuró las sombras de sus antepasados contra las crueldades de su impasible dios.

Era la vida suya, muy suya, porque contra la muerte de la ganó:
tenía la riqueza, el poderío; pero no tenía el amor...

Entonces, hizo que veinte mil esclavos alzaran un gran túmulo ante el sol;
amontonó diez cumbres en una escalinata como de alucinación;
tomó en sus brazos a la mujer amada, y él mismo sobre el túmulo la colocó;
luego, encendió una antorcha, y para siempre,
quedose en pie alumbrando en el sarcófago de su dolor.

Duerme en paz, Iztaccihuatl; nunca los tiempos borrarán los perfiles de tu casta expresión.


Vela en paz, Popocatépetl; nunca los huracanes apagarán tu antorcha eterna con amor

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