domingo, 2 de febrero de 2014

Los Niños Dios

EL NIÑO HALLADO
Cuenta la leyenda que cuando unos niños estaban jugando, vieron a otro corriendo en las
cornisas que el Templo; como su tamaño pequeño pensaron que se trataría de un duende y empezaron a lanzarle piedras, hasta que lo perdieron de vista. Al día siguiente el niño se volvió a ser presente, pero en esta ocasión corría en las cornisas y en la azotea, y de igual forma le volvieron a lanzar piedras.
Al tercer día los niños esperaban con entusiasmo la aparición de lo que ellos creían que era un "duende", y no tuvieron que esperar mucho, pero esta vez se hizo presente en la puerta del zaguán de la casa de la marquesa del Villar de Águila, enfrente de la torre del templo. Los niños sin misericordia alguna se lanzaron sobre el "duende", obligándolo a pasar en medio del lodo, quedando la mitad de su cuerpo manchado; el pequeño cruzó la casa de don Ignacio Coronado, quien al darse cuenta de lo que ocurría, dio órdenes a  uno de sus esclavos de que salvaran a la criatura.
Pero al momento de tomar la mano, ante el asombro de todos, el pequeño quedó petrificado, ¡se convirtió en madera! Sorprendido don Ignacio, tomó rápidamente la imagen y la llevó al convento para narrar lo que había ocurrido, las religiosas recibieron la imagen del Niño y mientras lo observaban se percataron de que estaba manchado de lodo y con profundas heridas. Gran sorpresa se llevaron las hermanas cuando trataron de limpiarlo, pues por más que lo lavaban no pudieron quitarle las manchas, sin embargo, conforme pasaron los días las heridas se borraron. Debido a todos los hechos ocurridos, las religiosas decidieron bautizarlo como el "Santo Niño Hallado".
Anteriormente se le podía visitar en Tacubaya, pero fue trasladado junto con la imagen del niño de las Suertes hasta Xochimilco, por la cantidad de devotos que los visitaban superaba por mucho al espacio del convento.

Oración
¡Oh mi Jesús y Santo Niño Amado!
¿Hasta cuándo Señor se ha de esmerar vuestro amoroso
celo en cuidado de esta alma divertida de pecar?
¿Hasta cuando mi Dios ha de hacer vado ese río caudaloso
en el amar? Nunca jamás, que siempre más ardiente.
Nos Amáis y Amaréis Eternamente.
Amén.

NIÑO LIMOSNERITO

Cuando se encontraban realizando un viaje el Padre Troncoso y el Padre José María Violáceo a Roma en el siglo XIX, surgió la necesidad de tener la imagen de un niño Dios del templo de la Sagrada Familia, para que los feligreses tuvieran a quién irle a pedir ayuda. El trabajo fue encargado hasta Barcelona, quedando en las prodigiosas manos un artista que logró plasmar una actitud suplicante con una manita extendida y la otra cargando una bolsa de peregrino.
Ya en México, Padre comenzó su labor entre los colonos de Santa María la Ribera, llevando al Niño de casa en casa para obtener las limosnas suficientes; al cumplir su objetivo el Niño fue trasladado en dos ocasiones hasta que arribó a Tlatilco, en donde se le comenzaron a solicitar infinidad de favores que se cumplían. La devoción y la fe creció como la espuma, y en poco tiempo fue levantado un templo para qué aquel Niño por el patrono; de ahí se le empezó a conocer como el Niño Limosnerito.
Los vecinos de los fieles aseguran que cuando se ingresa en el templo o se cruza enfrente de la imagen, se extenderá la mano como solicitando limosna, para que el Niño colme de bendiciones y abundancia para todo aquel que se lo solicite.

Oración
Os adoro, amable Niño del pesebre, el más humilde y el más grande de los hijos de los hombres y el más pobre y el más rico, del más débil y el más poderoso.
Os bendigo, por qué os habéis dignado a descender hasta mí, para hacer mi modelo en la práctica de todas las virtudes, mi guía en las dificultades de la vida, y mi consuelo en los días de aflixión.
Os amo, porque venís a mí con amor infinito; con amor generoso, al que no cansan mis ingratitudes; con amor obsequioso, que se anticipa a los tardíos impulsos de mi corazón; con amor paciente, que espera mi conversión para amarme más tiernamente aún. Por eso, con el corazón lleno de agradecimiento, de rodillas al pie de este lecho de paja, os adoro, bendigo y amo, con todo el fervor de mi alma, y me atrevo a levantar mis ojos hasta mi Dios, que se digna mirarme.

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