En tiempos de nuestros tatarabuelos había lugares
en los que se podía comer muy bien, y otros para el buen beber; lugares cómodos
y elegantes para personas ricas, y para bohemios que gustaban de un vino caro,
otros más modestos ofrecían bebidas para aquellos que no tenía mucho dinero.
Los bares o cantinas más al estilo americano, que se caracterizan por ser
pulcros y sobrios, comenzaron su apogeo en México durante el gobierno del
general don Porfirio Díaz. En tiempos más antiguos esta clase de establecimientos
no eran conocidos.
Las típicas vinaterías que existían años más atrás,
procedían del viejo tiempo de la Colonia. Al ingresar al lugar se podían ver
mesitas corrientes llenas de mugre con quemaduras de cigarros olvidados en los
bordes, taburete con duros asientos de palo blanco sin pintar, un humoso
quinqué colgado en el centro del cuarto cuya pantalla estaba opacada por los
punteos de las moscas, candelero de barro o de hojalata todo chorreado de velas
de sebo, toscos vasos de vidrio, copas rotas, botellones grasosos, el piso
sucio que era barrido una vez al día, y por lo tanto estaba lleno de colillas
apestosas, papeles despedazados, gargajos, y por demás inmundicias. Por si esto
fuera poco, habría viejas litografías decoloradas colgadas en las telarañas las
paredes; y para cerrar con broche de
oro, en todas partes podían "disfrutar" de los fétidos aromas de la
letrina. El dueño que atendía aquel tugurio, o era un grosero y rudo español,
gachupín de muy mala reputación y una pechera llena de capas de mugre; o en el
otro caso se trataba de un mexicano chamagoso con una cabellera que parecía
zacate viejo, que se apaciguaba de vez en cuando con las uñas que le servían de
peine.
Todos estos asquerosos lugares fueron a parar a los
barrios y al poco tiempo fueron desplazados por la moderna innovación yanqui.
En las calles céntricas se encontraban los limpios salones con el cantinero bien afectado y peinado,
vestimenta blanca y siempre recibía a la clientela con una agradable sonrisa,
la amabilidad ante todo; los mostradores con su barra de metal pulido, las
mesillas cubiertas de mármol, las sillas de bejuco, los camareros que atendían
siempre de buen modo y muy aseados.
Comenzaron entonces a ponerse de moda las bebidas
compuestas de diferentes ingredientes, resultando en una mezcla de sabores que
resultaban exquisitos; fue también cuando se conocieron los cock-tailes, los
high-balls, los dracks y los olorosos mint-jules. Para incitar todavía más las
ganas de beber, en una mesa separada se servía el free-lunch, que era
abundante, suculento y caliente; había de todo lo que los clientes se pudieran
imaginar: pavo al horno y pescado huachinango al horno también, con sus rodajas
de limón y cebolla; bacalao a la vizcaína, con su espesa salsa y los rojos
pimientos morrones; milanesas rodeadas de frescas hojas de lechuga; carne de
puerco en picosito chile verde; frijolitos refritos; exquisita barbacoa de
carne tan tierna que se desbarataba en la boca; rajas con queso fresco;
abundante pan rebanado y tortillas que tenían un hornillo junto para
calentarlas. Con cualquier consumo que en la persona hiciera de bebida, tenía
derecho a servirse cualquier platillo que se la antojara y en la cantidad que
deseara.
Sobre estas mesas ya nos circulaban las barajas,
llenas de disimuladas marcas con las que se hacían trampas; fueron reemplazadas
por las fichas de dominó y por los dados que agitaban los jugadores de los
cubiletes de cuero. Aquellos lugares se veían inundados por la luz eléctrica,
ya sea para saborear una copa de buen vino acompañada de una entretenida
plática, o para saborear un rico platillo.
En la esquina que así el Portal de Mercaderes con
el de los Agustinos, estuvo el famoso
Salón Peter Gay, que después fue derribado para levantar el Centro Mercantil;
pero dicho negocio se cambió a la esquina de la calle de los Plateros con el
mismo Portal de Mercaderes. Aquel lugar fue muy conocido, pues la fama de sus
bebidas le hizo ganarse mucho prestigio a Peter Gay, republicano exaltado y
pacífico francmasón, colgó en uno de los muros de su cantina el nombramiento de
soldado que le expidió Garibaldi, del que también había un retrato en otra de
las paredes. La especialidad de la casa harán los vinos de Italia. Peter Gray
se le ocurrió la brillante idea de traspasar el negocio de su ayudante Julio
Adriati; y fue entonces cuando este
último sacó de su fértil imaginación una
bebida, hecha de varios pinos y múltiples ingredientes, a la que llamó
"aperitivo Peter Gray", en honor a su antiguo amo, a quien debía
muchos y especiales favores. Adriati vendió después su establecimiento, y
muchas personas se fueron entonces a la famosa cantina del Moro.
Al finalizar la calle del Espíritu Santo y enfrente
del Hotel de la Gran Sociedad, se encontraba el Salón Wondracheck, cuyo dueño
se decía que era húngaro o austriaco, llegando entre el ejército invasor, le
gustó el país y se quedó a vivir aquí. En su bodega almacenaba dignos de
Francia, Australia y de Hungría, que tuvo almacenados en la suya el emperador
Maximiliano, y al caer de su trono en brazos de la muerte, los sacó a remate el
gobierno republicano presidido por don Benito Juárez. Don Carlos Sánchez
Navarro, llevaba minuciosas cuentas y libros especiales en donde se anotaba
meticulosamente la cantidad de botellas de su Majestad. Para sacar una sola,
era necesario realizar una infinidad de trámites tediosos y complicados.
Extraño fue que se pusieran en subasta pública aquellos vinos y licores
finísimos, y que no se los robaran ningún republicano o un imperialista.
Cuando en el Salón Wondracheck se agotaron las
existencias de los vinos imperiales, los clientes comenzaron a disminuir y fue
traspasado local por un tal Estanislao Knote, que era mejot conocido como
Tanis. Durante aquella época vivió un borrachito llamado don Ciro B. Ceballos,
y un escritor lo definía como el hombre más obeso de la metrópoli, haciéndole
burla y escarnio a más no poder, de sus abundantes carnes (como si hubiera sido
el que critica un apuesto doncel).
En el restaurante Sylvain había una magnífica
cantina con vinos, en especial de los más añejos, procedentes de los mejores
viñedos de Francia; eran asiduos clientes los ricos elegantes y los juerguistas
de los tiempos del porfiriato, cuya única preocupación era la de acicalarse,
perfumarse y andar todo el día buscando galanteos.
En las cuatro esquinas formadas por lo que hoy es
la calle de Bolívar con la Avenida 16 Septiembre, existía en cada una de ellas
un bar al que sólo iba a clientela muy exclusiva. En la casa número siete del
Coliseo estaba el de la Nueva Reforma, negocio que ya lleva muchos años
funcionando; por el lado de la calle de 16 de Septiembre, estaba una tequilería
siempre llena de holgazanes y gente sin oficio ni beneficio, y también acudían
frecuentemente los anticuarios, quienes eran expertos en hacer falsificaciones
de antigüedades. Enfrente de este local se encontraba otro llamado La Noche
Buena, donde acudían los toreros o los cómicos del Teatro Principal, que
pasaban las horas platicando largo y tendido de sus respectivas profesiones; no
podía pasar por ahí una mujer porque la llenaban de piropos de todos los
estilos y colores, que cuando eran un poquito subidos de tono la dama hasta se
sonrojaba.
En la parte suroeste de la avenida de 16
Septiembre, se encontraba La Alhambra, que contaba con una tienda de abarrotes;
acudía gente de todas clases sociales, pues él se despachaba desde lo más caro,
hasta lo más barato. Para tener más clientela el dueño decoró el local al
estilo morisco, que dándole bastante charrote, pero mientras el cliente le
gustara todo estaba bien. En la esquina contraria se encontraba en el Salón
Monte Carlo, en donde se vendían copa de todas calidades y precios, en un lugar
que estuviera la vista de todos, se podía ver el siguiente letrero:
"Vayan pasando.
Vayan pidiendo.
Vayan bebiendo.
Vayan pagando.
Vayan saliendo."
En el lado contrario, se pone la siguiente
advertencia: “hoy no se fía, mañana si”.
En 16 de Septiembre esquina con Eje Central, Los
Tranvías era una cantina donde acudían más bien el populacho.

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