Floro Renovales agarraba sendas borracheras, toda
su felicidad era estar ebrio y así andaba a diario, se podría decir que era su
estado natural. Su estado etílico no era de ponerse a llorar, ni de golpear al
que se le topar en su camino; más bien era de estar alegre a más no poder,
tenía con el cascabeles en la cabeza. Decía pícaros cuentecillos, cantaba y se
ponía a bailar; a los hombres les soltaba frases picantes y maliciosas que
sacaban muchas carcajadas, pero las mujeres las galanteaba.
Eran graciosos también los piropos que les decía,
pero eran puramente platónicos, sólo para divertirse un rato.
Su mujer, Salomé Iturralde, o Salomenita, como le
decían todos en diminutivo, creía firmemente que la cualidad amatoria de su
Floro solamente se había extinto para ella, pues convencida estaba de que su
mustia belleza ya no era capaz de contener los entusiasmos de su marido fuera
de casa; pero no era verdad lo que ella pensaba, puros celos de su fértil
cabecita que imaginaba lo que no. Presa de los mismos, salían a cada rato los
reproches, los llantos, los insultos, quedándose igual que al principio. Cuando
los ánimos estaban muy sulfurados, a veces si llegaba a las bofetadas; después
de descargar su coraje, Salomenita se quedaba sola en su casa y su marido corre
entregarse al paraíso de Baco.
Una horrenda
hechicera que vivía por Necatitlán, de edad avanzada, con nariz corva y
goteante, barba salida con pelos enroscados, boca sumida y desdentada, ojos
chiquitos y legañosos, un cabello que parecía zacate viejo, y las uñas largas y
anchas como peinetas; esta mujer le decía a las celosa Salomenita que su marido
la engañaba; esto lo afirmaba después de realizar maniobras largas y
complicadas que hacía según ella, para descubrirlo escondido y lo obscuro,
conocer lo que está por venir y leer lo que está en el corazón. Astillas y
ramas rotas, cortadas la tercera noche en que la luna y su cuarto menguante en
el mes de noviembre, era sumergidas en una olla llena de agua bendita, en donde
había echado dos medallas de cobre de la Virgen de la Soledad, la otra de plata
con la imagen de San Protasio, y la última con la imagen de San Atilano; por la
mañana se cubría recipiente con una Biblia abierta y encima de ésta se coloca
una calavera de un chivo.
Para que sus predicciones fueran lo más exactas,
quemaba las astillas y ramitas en una madrugada del viernes que fuera 17, y
mientras ardía les echaba unos polvos verdes y otros amarillos, acompañado de
estrafalarias oraciones. Así pasaba mucho tiempo la hechicera haciendo más
rituales de adivinación, hasta que por fin se dibujaban ante sus ojos lo que la
persona en cuestión quería saber. En este caso, según las predicciones, Floro
Renovales andaba tras una hermosa morena de grandes trenzas y de ojos negros,
adornados con unas enormes pestañas; o bien con una rubia ojiverde de
tentadoras curvas; también que andaba tras los huesitos de una opulenta mulata
hermosa cabellera. Salomenita ardía de celos, jurando que su enamorado marido
se las iba a pagar todas juntas.
La rabiosa esposa se retiró de ahí, pagando sin
regateos los servicios ofrecidos por la hechicera; pero cuando llegaba a su
casa le armaba a su marido tremendo zafarrancho, jalándole las barbas como un
gran ímpetu, le jalaba los pelos, lo pellizca abajo, cachetadas, gritos y
reproches a morir; como era de esperarse, Floro negaba a todas las amantes que
la había enjaretado su esposa. La negativa de su esposo provoca un estallido de
celos, que terminaba en más golpes y gritos; para librarse de su loca
mujercita, la apartaba con un empujón y salía corriendo a su recámara, dejando
a Salomenita tirada en el suelo montada en cólera. Otros métodos que tenía
Floro para alejar a su esposa eran: agarrarla a
bofetadas, enredar su cabello en la mano y darle de tirones, le
estrellaba una botella en la cabeza; con estos efectivos métodos lograba
"convencerla" de su inocencia. Floro se retiraba a su cama tarareando
una romántica canción y al poco tiempo ya estaba durmiendo como un bebé.
Pasaron los meses y siguieron aquellas sangrientas
escenas, pues Salomenita quería a su marido sólo para ella, con todo y su
afición al alcohol; esto no tardaría
mucho llegar a su fin. Cierto día Floro venía cargado de su característica
embriaguez tambaleándose para todos lados y aferrándose las paredes, pero al
llegar a la esquina se le acabó el muro y tuvo la mala suerte de que allí
estuviera abierto un ancho y profundo agujero; tremendo golpe se dio cuando su
cabeza golpeó contra una piedra picuda, arrojándole el cráneo en el acto y por
la ancha abertura le salió gran parte de los sesos acompañados de mucha sangre.
Salomé lloró a su marido con dolor sincero, se enlutó de la cabeza a los pies,
pero en el fondo se sentía contenta, porque así ninguna resbalosa volvería a
coquetearle al difunto.
La viuda se encontraba tranquila, hasta que un
pensamiento asaltó su mente, le brinco en el cerebro la terrible idea de que
tal vez su marido no estaba en el purgatorio, sino achicharrándose en el
infierno, en donde sí había lujuriosas diablas y mujeres voluptuosas.
Atormentada por esta idea, salió corriendo a consultar a la bruja; después de
que la vieja hizo sus largas y complicadas faramallas, le dijo que su querido
Floro no se encontraba en el infierno, ni tampoco en el purgatorio, sino que
había reencarnado al cuerpo de un toro, y que el animal se encontraba en un
corral de Toluca entre muchas vacas jóvenes. ¡Jesús, María y José! Salomé
estallo en santa a ira escuchar tal cosa. Daba largos alaridos, como se le
estuvieran torturando, se puso patalear e hizo tal coraje, que fue escuchado
hasta Ixtapalapa. Con frenesí rabioso los celos se hicieron presentes ¿¡su marido
toro boyante entre vacas bonitas!? El maldito estaría sus anchas, feliz y
contento de la vida, ¡no podía ser!
Sin pensarlo dos veces, Salomé tomo un coche y se
fue a Toluca; preguntando y preguntando por todas partes, por fin logró dar con
el dichoso corral. Ahí vio a un enorme toro; decidida y rabiosa entró para
aporrear aquellas vacas bonitas, resbalosas y coquetas, pero antes comenzaría
con su disoluto marido, la mujer parece estar poseída por un espíritu malvado.
El animal estaba echado posiblemente en un rincón, separado de su harén; y
Salomé injertada de pantera enarboló el garrote, y en medio de las astas dio un
grandioso porrazo al libidinoso toro, sacándolo en el acto de sus pensamientos.
La bestia lanzó un temeroso bufido y se fue encima de su agresora, echándola
bolar por los aires, tardando un buen rato en bajar; cuando regresó a tierra la
mandó a volar otra vez, y una tercera vez más repitió la operación; el animal
ya aburrido de aventarla, se dedicó con mayor empeño a cornearla por todos lados,
escuchándose solamente como se quebraban los huesos y el cuerpo con cada vez
más sangre. Estando ya a punto de morir dijo lo siguiente:
-Sí, es él, es mi Floro, mi Florito querido. ¡El
mismísimo! No me cabe la menor duda. Tiene el idéntico genio fosfórico de
cuando era hombre, al mudar de cuerpo no se le ha extinto. Es igual ¡ay! de
Floro que de Toro.

1 comentario:
Antes que nada quiero felicitarte, eres única en las leyendas de México y es de admirar tu trabajo y un ejemplo a seguir que pases un excelente día. Haber si en esta semana te paso una leyenda de Veracruz para enriquecer más tu historial. Saludos Dios te bendiga
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