domingo, 2 de marzo de 2014

El Dios de la Sombra (Leyenda de Centroamérica)

Comenzaba la segunda mitad del siglo XIX, cuando en cierta región de Centroamérica causó sensación la mestiza Elvira Liebre, quien provenía de una región en donde las personas del pueblo usaban como apellido el del primer animal que se presentaba después de su nacimiento, y de esa misma región era José Caimán, que seguía a la joven por todas partes; al igual que él, docenas de hombres miraban con pasión a la bella mujer. Elvira además de hermosa y muy rica, no aceptaba a nadie como novio.  Cuando llegó a su casa, la nodriza le contó sobre la leyenda del Dios de las Sombras:
Entre los montes y los lagos de aquella región había un lugar escondido en la sierra, al cual le llamaban la Cueva del Tesoro; según la leyenda un pirata atraco en las playas cercanas en el siglo XVIII, luego desembarcó, llevando a tierra firme un valioso botín a la gruta de la provincia de León, y así fue también cómo se llamo al lugar la Cueva del Tesoro. Cuando los piratas habían internado profundamente, un extraño sonido de tambores llegó hasta ellos, luego vieron con terror la proyección de el Dios de la Sombra, mientras aumentaba el ruido de los tambores; pero aquello era un laberinto del que era muy difícil salir, así algunos piratas perecieron por no poder encontrar la salida, y otros pasaron el resto de su vida sin nunca poder encontrar el tesoro, que permaneció en la cueva sin que nadie se atrevía entrar por temor al Dios de la Sombra.
Cuando la bella Elvira terminó de escuchar el relato, se le ocurrió algo con lo que podría obtener aquel fabuloso tesoro sin arriesgarse. Con una expresión maliciosa en su rostro, corre a las márgenes del río en donde sabe que muchos galanes se asoman en busca de muchachas, así que pacientemente se dispone a esperar. De pronto un jinete se detuvo al oír el canto de la sirena, o sea la canción que estaba tarareando la joven; como ya lo esperaba pronto aparece el primer galán, un oficial de la artillería, que cayó rendido ante la belleza de la mujer. Ante tan ardientes piropos, ella le pide una prueba de amor: él  debía acudir a la cueva del tesoro, para traerle un brazalete o una prenda de oro; pero conociendo los peligros que había en la cueva, el hombre se negó y se fue.
Al día siguiente a buscar suerte a la entrada de la iglesia, dejando caer un pañuelo a los pies del primer galán que se cruzara en su camino; al instante el hombre en cuestión lo recogió. Más tarde fueron a dar un paseo y el enamorado le confesó sus sentimientos a Elvira, a lo que ella le pidió aquella prueba de amor, pero una vez más obtuvo la misma respuesta.
Ésa tarde, José Caimán acecho el paso de la joven, por quien su amor no tenía límites, entonces decidió seguirla y por fin hablarle para decirle que estaba dispuesto a llevar a cabo aquella prueba, y si conseguía salir victorioso, se casaría con Elvira. Si no oír una sola palabra más, José se dirigió decididamente a la cueva del tesoro, penetró en ella, alumbrándose con una antorcha y sin más arma que un cuchillo en el cinto; cegado por su amor entró sin reflexionar. Aquel hombre se estremecía ante aquellas cámaras de piedra, que a la luz de la antorcha presentaban un paisaje fantasmagórico, era como introducirse en la región de los sueños o de la vida ultraterrestre; de pronto se escuchó el tam-tam de una extraña percusión y al mismo tiempo encontró el cofre del tesoro, un mal presagio perturbó la alegría del hallazgo. Tomó un puñado de joyas apresuradamente, dispuesto a salir huyendo, pero una sombra proyectada en las paredes parecía cerrarle el paso, despavorido salió corriendo. José tenía toda su voluntad dispuesta a cumplir su promesa, y antes de que perdiera las esperanzas vio la boca abierta de la salida.
Al llegar nuevamente al aire libre, un gran grito se extendió entre los montes, luego desfalleciente alcanzó a llegar ante Elvira, que esperaba en la plaza principal, acto seguido le entregó las joyas. Cuando ya sentía conquistada la belleza de la joven, José empezó a llenarse de asombro, algo le sucedió a la doncella, algo que llenó de horror al galán: mientras ella apretaba codicioso el insólito trofeo, en pocos minutos su belleza se transformó en horror, ¡de diosa exquisita se convirtió en bruja espantosa! Los curiosos también se horrorizaron y salieron huyendo como alma que lleva el diablo. Elvira corrió su casa y se apresuró a entrar en su cuarto para verse en el espejo, sufriendo un vértigo de espanto al ver en lo que se había convertido su hermoso rostro. ¡El Dios de las sombras la había castigado con la destrucción de su belleza! Pero la historia ahí no acaba, faltaba que José Caimán cumpliera su promesa de casarse con ella.
La joven se entrevistó con su abogado para emprender acciones legales en contra de su prometido, pues por obvias razones se negaba a casarse. Poco después José fue detenido por la justicia y llevado ante un tribunal, donde declaró que ya no aceptaba casarse con la doncella por no ser la misma y por haberle impuesto una prueba llena de crueldad. Finalmente se le obligó a cumplir su promesa de matrimonio, pero logró librarse violentamente de sus custodios y se lanzó a la calle, perseguido por los alguaciles.
Como buscando un desenlace más violento aún, José se echó a un abismo, y cuentan las crónicas que entonces su cabeza se atoró en unas ramas, desprendiéndose al instante; el cuerpo descabezado robo al fondo del barranco. También se cuenta que los alguaciles bajaron en busca del cadáver, pero nunca le encontraron.
Las mismas crónicas señalan que la cabeza, en el tajo de la barranca adoptó la forma de un fruto extraño recubierto de hojas, y que Elvira humillada y dolida, fue rechazada por todos y se refugió sus habitaciones para siempre. Años después, cuando quisieron explorar nuevamente la cueva del tesoro, sucedió algo espeluznante: muy pocos mortales lograron llegar hasta la cámara del cofre; pero los pocos que lo lograron tuvieron la horrible visión de "el descabezado de la cueva". Todos salieron huyendo aterrorizados, y fue entonces que se fue extendiendo la fama de que nadie debía atreverse a entrar, si no querían encontrarse con aquella espantosa visión. Porque todo  ello fue dispuesto por el Dios de las Sombra.

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