domingo, 25 de mayo de 2014

La Tétrica cárcel de la Acordada

La cárcel de la Acordada y el Tribunal de la Acordada, nombre derivado del calificativo que cedió a la primera resolución de la Audiencia, fueron una misma cosa, y obedecieron a un mismo hecho: durante el siglo XVIII, el país estaba infestado de salteadores y ladrones de caminos en los pueblos, por lo que sea "acordó" por el virrey Duque de Linares y por la Audiencia de México, reducir el crimen por medios enérgicos y adecuados, declarándose una tenaz persecución contra los malhechores, distribuyéndose para guardar el orden hasta 2000 hombres por poblados y campos.
La cárcel de la Acordada en un edificio tétrico y sombrío, lleno de recuerdos de castigos de criminales, que estuvo situado en la antigua calle de el Calvario, que hoy forma parte de la avenida Juárez, con su fachada hacia el norte de la manzana, limitada al oriente por la calle de la Acordada, hoy Balderas, y al occidente por un terreno en que se formó la primera calle de Humbolt. Las primeras cárceles de este Tribunal fueron unos galerones ubicados en Chapultepec, hasta que fue levantado un edificio más apropiado, el cual se derrumbó con el temblor de 1788, siendo reconstruida en un solar cercano que medía 66 varas de frente y 70 de fondo, inaugurándose en febrero de 1781. En el extenso terreno conocido con el nombre de Ejido de la Concha", en recuerdo de uno de los más famosos perseguidores de bandidos, se alzaba la horca sobre un gran tablado forrado de plomo, y las crónicas de aquella época arrojan un saldo terrible de castigos: 1729 reos azotados, 19.410 remitidos a presidio, 888 asaetados, 263 destinados a oficios y obrajes, 777 desterrados a los pueblos, 68 entregados a la Inquisición, 1280 muertos en la prisión, 249 trasladados a hospitales y 35.058 dejados en libertad.
Con la Constitución Española de 1812, elaborada por la Corte de Cádiz, quedó abolida la institución de la Acordada, demoliéndose definitivamente de aquella siniestra horca, con gran alegría para el pueblo; cabe destacar que ahí fue ejecutado el insurgente don Ignacio Bravo en septiembre de 1812. Con el paso del tiempo aquella cárcel quedó destinada a prisión ordinaria, hasta que los reos fueron trasladados a la Cárcel de Belem, y cuando ésta fue demolida, los presos pasaron a la penitenciaría.
Como se mencionó en párrafos anteriores, el Tribunal de la Acordada estuvo primero en Chapultepec; después se trasladó al lugar en que se fundó en Colegio y Convento de San Fernando; luego paso a un antiguo obraje, lugar ocupado más tarde por el Hospicio de los Pobres; y en 1757 quedó establecido en su lugar definitivo frente al Calvario.
El edificio arruinado por el temblor, fue reconstruido.
Aquel lugar estaba construido de piedra roja basáltica, con molduras, pilastras y cornisas de recinto y cantería; sobre su portada se ostenta un escudo de algún tiempo con las armas de España, y en épocas posteriores con las del México independiente, también contaba con balcones para las habitaciones de empleados, entre las que destacaban las del Alcalde, los Juzgados, el cuartel de Policía y la sal en que se exponían los cadáveres. Algunos escritores atribuyeron al Padre Licenciado don José Rincón, las siguientes palabras que se veían en el edificio, sobre la puerta principal, y dos en cada extremo de la fachada:

La primera decía:
Yace aquí la maldad aprisionada,
Mientras la humanidad es atendida,
Una por la justicia castigada
Y otra por la piedad es socorrida.
Pasajero que vez esta morada,
Endereza los pasos de tu vida,
Pues la piedad que adentro hace favores
No pide a la justicia sus rigores.

Sobre el primer extremo decía:
Aquí en duras prisiones yace el vicio,
Victima a los suplicios destinada,
Ya que a pesar del fraude y artificio,
Resulta la verdad averiguara,
¡Pasajero!... respeta este edificio
Y procure evitar su triste entrada;
Por cerrada una vez su dura puerta,
Sólo para el suplicio se halla abierta.

Sobre el segundo extremo decía:
Aquesta excelsa fábrica suntuosa,
Defensa es de las vidas y caudales;
Y su muralla fuerte y espaciosa,
Al público le impide muchos males.
¡Oh, tú que miras su fachada hermosa,
Cuidado como pisas los umbrales!...
Aquí vive severa la justicia
Y aquí muere oprimida la malicia.

Las cuadrillas eran muy comunes durante aquella época,  y fueron atacadas por él célebre personaje llamado don Miguel de Velázquez, que por sus servicios en contra del bandidaje se hizo merecedor de muchos honores. Existió una cuadrilla en Morelia que radicaba en una hacienda junto al lugar de Taretan, en donde salían a saltear y robar; enterado el virrey mandó a Velázquez para que los persiguiera, pero este último lo haría con la condición de que se le dieran amplias facultades y los tribunales se inhibían en lo que fuera juzgarlos o castigarlos. Concedido cuanto deseaba, se dirigió hacia donde radicaban los criminales, los hizo prisioneros y en la horca pagaron con su vida todas sus fechorías, con lo que su Excelencia quedó más que contento.
Tiempo después, arribó al puerto de Acapulco en 1720 el Príncipe de Santobono que había sido virrey en Lima; Velázquez le dio seguridad hasta que llegó a México sano y salvo, quedando el ilustre personaje muy agradecido. El Príncipe no paró de hablar maravillas en la Corte de Madrid sobre lo ocurrido con Velázquez, y esto unido a los informes enviados por el virrey arzobispo don Juan José de Veyta, motivó la real cédula honorífica en la que se daba acción de gracias a don Miguel por su celo e integridad en perseguir y exterminar a los facinerosos, y en otras cédula se le nombraba capitán de estos ejércitos, y mandando también que viviera en el alcázar de Chapultepec, donde continuó ejerciendo su cargo y enviando a la horca a multitud de criminales. Velásquez continuó cumpliendo misiones encargadas por el virrey, todas de manera exitosa, lo que le hizo merecedor de nuevas cédulas, con la que se le concebían más facultades.
Junto al Tribunal de la Acordada, fue construido en 1764 el Hospicio de Pobres, fundado por el doctor Fernando Ortiz; el lugar fue dedicado el 19 marzo 1774, y después comenzaron a entrar pobres y mendigos de los que iban por las calles implorando la caridad pública. El Hospicio fue bendecido por el Arzobispo doctor Núñez de Haro y Peralta. La casa de pobres fue ampliada con la herencia del capitán don Francisco de Zúñiga; también fue inaugurada la capilla, y después se introdujeron a sus amplias salas a los niños que se habrían de educar bajo la dirección de la Junta de Caridad, formada por los señores principales de México.

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