La cárcel de la Acordada y el Tribunal de la
Acordada, nombre derivado del calificativo que cedió a la primera resolución de
la Audiencia, fueron una misma cosa, y obedecieron a un mismo hecho: durante el
siglo XVIII, el país estaba infestado de salteadores y ladrones de caminos en
los pueblos, por lo que sea "acordó" por el virrey Duque de Linares y
por la Audiencia de México, reducir el crimen por medios enérgicos y adecuados,
declarándose una tenaz persecución contra los malhechores, distribuyéndose para
guardar el orden hasta 2000 hombres por poblados y campos.
La cárcel de la Acordada en un edificio tétrico y
sombrío, lleno de recuerdos de castigos de criminales, que estuvo situado en la
antigua calle de el Calvario, que hoy forma parte de la avenida Juárez, con su
fachada hacia el norte de la manzana, limitada al oriente por la calle de la
Acordada, hoy Balderas, y al occidente por un terreno en que se formó la
primera calle de Humbolt. Las primeras cárceles de este Tribunal fueron unos
galerones ubicados en Chapultepec, hasta que fue levantado un edificio más
apropiado, el cual se derrumbó con el temblor de 1788, siendo reconstruida en
un solar cercano que medía 66 varas de frente y 70 de fondo, inaugurándose en
febrero de 1781. En el extenso terreno conocido con el nombre de Ejido de la
Concha", en recuerdo de uno de los más famosos perseguidores de bandidos,
se alzaba la horca sobre un gran tablado forrado de plomo, y las crónicas de
aquella época arrojan un saldo terrible de castigos: 1729 reos azotados, 19.410
remitidos a presidio, 888 asaetados, 263 destinados a oficios y obrajes, 777
desterrados a los pueblos, 68 entregados a la Inquisición, 1280 muertos en la
prisión, 249 trasladados a hospitales y 35.058 dejados en libertad.
Con la Constitución Española de 1812, elaborada por
la Corte de Cádiz, quedó abolida la institución de la Acordada, demoliéndose
definitivamente de aquella siniestra horca, con gran alegría para el pueblo;
cabe destacar que ahí fue ejecutado el insurgente don Ignacio Bravo en
septiembre de 1812. Con el paso del tiempo aquella cárcel quedó destinada a
prisión ordinaria, hasta que los reos fueron trasladados a la Cárcel de Belem,
y cuando ésta fue demolida, los presos pasaron a la penitenciaría.
Como se mencionó en párrafos anteriores, el
Tribunal de la Acordada estuvo primero en Chapultepec; después se trasladó al
lugar en que se fundó en Colegio y Convento de San Fernando; luego paso a un
antiguo obraje, lugar ocupado más tarde por el Hospicio de los Pobres; y en
1757 quedó establecido en su lugar definitivo frente al Calvario.
El edificio arruinado por el temblor, fue reconstruido.
Aquel lugar estaba construido de piedra roja
basáltica, con molduras, pilastras y cornisas de recinto y cantería; sobre su
portada se ostenta un escudo de algún tiempo con las armas de España, y en
épocas posteriores con las del México independiente, también contaba con
balcones para las habitaciones de empleados, entre las que destacaban las del
Alcalde, los Juzgados, el cuartel de Policía y la sal en que se exponían los
cadáveres. Algunos escritores atribuyeron al Padre Licenciado don José Rincón,
las siguientes palabras que se veían en el edificio, sobre la puerta principal,
y dos en cada extremo de la fachada:
La primera decía:
Yace
aquí la maldad aprisionada,
Mientras
la humanidad es atendida,
Una
por la justicia castigada
Y
otra por la piedad es socorrida.
Pasajero
que vez esta morada,
Endereza
los pasos de tu vida,
Pues
la piedad que adentro hace favores
No
pide a la justicia sus rigores.
Sobre el primer extremo decía:
Aquí
en duras prisiones yace el vicio,
Victima
a los suplicios destinada,
Ya
que a pesar del fraude y artificio,
Resulta
la verdad averiguara,
¡Pasajero!...
respeta este edificio
Y
procure evitar su triste entrada;
Por
cerrada una vez su dura puerta,
Sólo
para el suplicio se halla abierta.
Sobre el segundo extremo decía:
Aquesta
excelsa fábrica suntuosa,
Defensa
es de las vidas y caudales;
Y
su muralla fuerte y espaciosa,
Al
público le impide muchos males.
¡Oh,
tú que miras su fachada hermosa,
Cuidado
como pisas los umbrales!...
Aquí
vive severa la justicia
Y
aquí muere oprimida la malicia.
Las cuadrillas eran muy comunes durante aquella
época, y fueron atacadas por él célebre
personaje llamado don Miguel de Velázquez, que por sus servicios en contra del
bandidaje se hizo merecedor de muchos honores. Existió una cuadrilla en Morelia
que radicaba en una hacienda junto al lugar de Taretan, en donde salían a
saltear y robar; enterado el virrey mandó a Velázquez para que los persiguiera,
pero este último lo haría con la condición de que se le dieran amplias
facultades y los tribunales se inhibían en lo que fuera juzgarlos o
castigarlos. Concedido cuanto deseaba, se dirigió hacia donde radicaban los
criminales, los hizo prisioneros y en la horca pagaron con su vida todas sus
fechorías, con lo que su Excelencia quedó más que contento.
Tiempo después, arribó al puerto de Acapulco en
1720 el Príncipe de Santobono que había sido virrey en Lima; Velázquez le dio
seguridad hasta que llegó a México sano y salvo, quedando el ilustre personaje
muy agradecido. El Príncipe no paró de hablar maravillas en la Corte de Madrid
sobre lo ocurrido con Velázquez, y esto unido a los informes enviados por el
virrey arzobispo don Juan José de Veyta, motivó la real cédula honorífica en la
que se daba acción de gracias a don Miguel por su celo e integridad en
perseguir y exterminar a los facinerosos, y en otras cédula se le nombraba
capitán de estos ejércitos, y mandando también que viviera en el alcázar de
Chapultepec, donde continuó ejerciendo su cargo y enviando a la horca a
multitud de criminales. Velásquez continuó cumpliendo misiones encargadas por
el virrey, todas de manera exitosa, lo que le hizo merecedor de nuevas cédulas,
con la que se le concebían más facultades.
Junto al Tribunal de la Acordada, fue construido en
1764 el Hospicio de Pobres, fundado por el doctor Fernando Ortiz; el lugar fue
dedicado el 19 marzo 1774, y después comenzaron a entrar pobres y mendigos de
los que iban por las calles implorando la caridad pública. El Hospicio fue
bendecido por el Arzobispo doctor Núñez de Haro y Peralta. La casa de pobres
fue ampliada con la herencia del capitán don Francisco de Zúñiga; también fue
inaugurada la capilla, y después se introdujeron a sus amplias salas a los
niños que se habrían de educar bajo la dirección de la Junta de Caridad, formada
por los señores principales de México.

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