En esta calle vivía una esclava negra, experta
cocinera que servía en una casa principal, la cual se desconoce su exacta
ubicación. Siempre se le ocurrían nuevas formas de aderezar los alimentos,
porque era experta en esos menesteres y por extremo limpia; en todo ponía el
cuidado más meticuloso, y con sus guisos y dulces dejaba satisfecho al paladar
más exigente. No había nadie como ella para dejar el exquisito guiso en el
punto exacto de sazón que era debido, y con sus especiales condimentos, matices
y sabores, las convertiría en imponderable delicia del paladar. Sus confituras,
mermeladas, conservas y demás postores, eran un regalo mandado del cielo, pues
tenía gran talento para lo dulce, que nadie se podía negar a deleitarse con su
sabor; todo aquel que probaba lo que salía de sus prodigiosas manos,
automáticamente se convertía en un seguidor suyo.
No sólo sabía darle gusto al paladar, sino que
cuando hablaba de ellos poseía la virtud de que le escucharon atentamente sus
descriptivas palabras; así también era dueña de muchas perfecciones, con las
que ponía suavidad y cariño en todos los seres que la rodeaban. Esta mujer era
silenciosa, apacible cordial, al más simple y fiel de la que emanaban
delicadezas insospechadas; manso el ademán, ternura en la voz, y la voluntad
obediente y sumisa; era ingenua, su perenne sonrisa mostraba la blancura de sus
dientes y lo blanco de su espíritu; tenían su alma profunda alegría y constante
sensación de placidez.
Esta buena mujer a todas horas andaba afanosa por
toda la casa, de un lado para otro, limpiando, atendiendo con alegría a los
menesteres domésticos; todo lo observaba, las cosas de la cocina, la ropa
blanca de los arcones y armarios, los muebles de todas las estancias y el piso
de todos los rincones de la casa; mientras hacia su labor cantaba unas tonadillas
de ritmo lento, llenas de apacible tristeza. Tenía ella un hijo, que trabajaba
de cargador en un obraje, se ganaba los corazones consumida, contaba con
alrededor 25 años de edad, y por su gallarda apostura, por sus dichos alegres y
por sus canciones, era muy querido de mujeres; pero su alma se le quedaba
quieta, sólo su mirada se iluminaba cuando el apuesto mancebo tenían enfrente a
una mozuela de Tacuba. Pero además de poseer el amor de esta alegre doncella,
también como es natural lo tenía hacia su madre.
Una mañana, la esclava preparaba los deliciosos
guisos que acostumbraba, porque en la bien aparejada mesa de sus señores amos
iban a sentarse el exigente y gentilhombre don Eulogio Gerónimo Saavedra del
Vado, y otras personas como él, de un exigente paladar, cuando de repente entró
en la cocina un hombre descolorido y anhelante. Venía bañado de palidez, teñido
como de horror; era flaco y acobardado; con voz suplicante y apresurada pidió a
la esclava que le escondiera pronto porque gente indignada lo seguía muy de
cerca para matarlo, pues acababa de quitar la vida un negro. La negra lo
envolvió, afable, en una amplia mirada de ternura, dolida por la desgracia de
verlo indefenso y perseguido, a pesar de que había dado muerte a un ser de su
misma raza; le dio leves golpecitos en el hombro, para infundirle confianza y
quitarle temor. Con suavidad maternal lo tomó de una mano y lo metió, en una
alacena; después continuó muy tranquila en el complicado aderezó desaguisado,
para el que se puso a picar cilantro, tomillo y hojas de laurel que van a poner
expresivos matices de sabor en ese plato.
Se escucho entonces en el patio un tupido vociferó
entremezclado con un largo rastrear de pasos, que llenó todo el vasto silencio
de la casa; pero la negra continuaba en su tranquilo disimulo, entregada por
entero a su sabrosa actividad, cuando por encima de ese alboroto pasó la voz
severa de su amo, después la de la señora. En ese momento la esclava escuchó
que la llamaban y pensó que sería sin duda, para qué satisficiera su
curiosidad, pero como no la tenía, ni tampoco le interesaba la causa de aquel
bullicio, continuó con su trabajo.
Hasta muy cerca de la cocina llegaron los pasos y
el murmullo; entonces oyó el llanto, seguido de largo alarido de dolor de otra
escalaba, y presintiendo lo peor salió la puerta y se quedó en el quicio
clavada por la terrible impresión de ver a su hijo muerto y ensangrentado. Se
encontraba cruelmente bañado en su sangre, desparramada hacia todos lados;
tenía una feroz puñalada en el corazón, y por la roja abertura se le fue la
vida entre espesas oleadas de sangre. La angustia penetró el alma de la mujer,
que la dejó en estado de shock, con la boca en los ojos abiertos, de sus ojos
brotaron fuentes de lágrimas, y llamó desconsolada a la Virgen. Pero no hubo en
ella ni una palabra, ni el más leve indicio que delatara al criminal que tenía
oculto, sabiendo ahora que él era el autor de la muerte de su hijo.
Entre sollozos pidió que lo llevaran a su
habitación, y cuando se fueron con el ensangrentado cadáver, se marchó hacia la
cocina arrastrando lentamente sus pasos por el peso de su angustia, abrió el
escondite del asesino, y viéndolo a través de sus lágrimas con ojos cargados de
tristeza, y sin decirle palabra alguna, con un ademán le indicó que se fuera;
el asesino arranco a correr a toda furia, desapareciendo de la calle. La
generosa mujer puso a salvo su vida sin hacerle un solo reproche, ni dar un
lamento, ni decir una querella. En una figura lastimera aquel humilde ser
desamparado y noble, que sufría sin quejarse; insensible sería el que no
tuviera pesar y dolor viendo así a la pobre esclava. Cayó al fin de rodillas y
dio más libertad al sentimiento, lloraba con un llanto manso y callado, copioso
toda doblada sobre sí misma.

No hay comentarios:
Publicar un comentario