domingo, 18 de mayo de 2014

Protección abnegada (Sucedió en la calle de las Escalerillas, hoy República de Guatemala)

En esta calle vivía una esclava negra, experta cocinera que servía en una casa principal, la cual se desconoce su exacta ubicación. Siempre se le ocurrían nuevas formas de aderezar los alimentos, porque era experta en esos menesteres y por extremo limpia; en todo ponía el cuidado más meticuloso, y con sus guisos y dulces dejaba satisfecho al paladar más exigente. No había nadie como ella para dejar el exquisito guiso en el punto exacto de sazón que era debido, y con sus especiales condimentos, matices y sabores, las convertiría en imponderable delicia del paladar. Sus confituras, mermeladas, conservas y demás postores, eran un regalo mandado del cielo, pues tenía gran talento para lo dulce, que nadie se podía negar a deleitarse con su sabor; todo aquel que probaba lo que salía de sus prodigiosas manos, automáticamente se convertía en un seguidor suyo.
No sólo sabía darle gusto al paladar, sino que cuando hablaba de ellos poseía la virtud de que le escucharon atentamente sus descriptivas palabras; así también era dueña de muchas perfecciones, con las que ponía suavidad y cariño en todos los seres que la rodeaban. Esta mujer era silenciosa, apacible cordial, al más simple y fiel de la que emanaban delicadezas insospechadas; manso el ademán, ternura en la voz, y la voluntad obediente y sumisa; era ingenua, su perenne sonrisa mostraba la blancura de sus dientes y lo blanco de su espíritu; tenían su alma profunda alegría y constante sensación de placidez.
Esta buena mujer a todas horas andaba afanosa por toda la casa, de un lado para otro, limpiando, atendiendo con alegría a los menesteres domésticos; todo lo observaba, las cosas de la cocina, la ropa blanca de los arcones y armarios, los muebles de todas las estancias y el piso de todos los rincones de la casa; mientras hacia su labor cantaba unas tonadillas de ritmo lento, llenas de apacible tristeza. Tenía ella un hijo, que trabajaba de cargador en un obraje, se ganaba los corazones consumida, contaba con alrededor 25 años de edad, y por su gallarda apostura, por sus dichos alegres y por sus canciones, era muy querido de mujeres; pero su alma se le quedaba quieta, sólo su mirada se iluminaba cuando el apuesto mancebo tenían enfrente a una mozuela de Tacuba. Pero además de poseer el amor de esta alegre doncella, también como es natural lo tenía hacia su madre.
Una mañana, la esclava preparaba los deliciosos guisos que acostumbraba, porque en la bien aparejada mesa de sus señores amos iban a sentarse el exigente y gentilhombre don Eulogio Gerónimo Saavedra del Vado, y otras personas como él, de un exigente paladar, cuando de repente entró en la cocina un hombre descolorido y anhelante. Venía bañado de palidez, teñido como de horror; era flaco y acobardado; con voz suplicante y apresurada pidió a la esclava que le escondiera pronto porque gente indignada lo seguía muy de cerca para matarlo, pues acababa de quitar la vida un negro. La negra lo envolvió, afable, en una amplia mirada de ternura, dolida por la desgracia de verlo indefenso y perseguido, a pesar de que había dado muerte a un ser de su misma raza; le dio leves golpecitos en el hombro, para infundirle confianza y quitarle temor. Con suavidad maternal lo tomó de una mano y lo metió, en una alacena; después continuó muy tranquila en el complicado aderezó desaguisado, para el que se puso a picar cilantro, tomillo y hojas de laurel que van a poner expresivos matices de sabor en ese plato.
Se escucho entonces en el patio un tupido vociferó entremezclado con un largo rastrear de pasos, que llenó todo el vasto silencio de la casa; pero la negra continuaba en su tranquilo disimulo, entregada por entero a su sabrosa actividad, cuando por encima de ese alboroto pasó la voz severa de su amo, después la de la señora. En ese momento la esclava escuchó que la llamaban y pensó que sería sin duda, para qué satisficiera su curiosidad, pero como no la tenía, ni tampoco le interesaba la causa de aquel bullicio, continuó con su trabajo.
Hasta muy cerca de la cocina llegaron los pasos y el murmullo; entonces oyó el llanto, seguido de largo alarido de dolor de otra escalaba, y presintiendo lo peor salió la puerta y se quedó en el quicio clavada por la terrible impresión de ver a su hijo muerto y ensangrentado. Se encontraba cruelmente bañado en su sangre, desparramada hacia todos lados; tenía una feroz puñalada en el corazón, y por la roja abertura se le fue la vida entre espesas oleadas de sangre. La angustia penetró el alma de la mujer, que la dejó en estado de shock, con la boca en los ojos abiertos, de sus ojos brotaron fuentes de lágrimas, y llamó desconsolada a la Virgen. Pero no hubo en ella ni una palabra, ni el más leve indicio que delatara al criminal que tenía oculto, sabiendo ahora que él era el autor de la muerte de su hijo.
Entre sollozos pidió que lo llevaran a su habitación, y cuando se fueron con el ensangrentado cadáver, se marchó hacia la cocina arrastrando lentamente sus pasos por el peso de su angustia, abrió el escondite del asesino, y viéndolo a través de sus lágrimas con ojos cargados de tristeza, y sin decirle palabra alguna, con un ademán le indicó que se fuera; el asesino arranco a correr a toda furia, desapareciendo de la calle. La generosa mujer puso a salvo su vida sin hacerle un solo reproche, ni dar un lamento, ni decir una querella. En una figura lastimera aquel humilde ser desamparado y noble, que sufría sin quejarse; insensible sería el que no tuviera pesar y dolor viendo así a la pobre esclava. Cayó al fin de rodillas y dio más libertad al sentimiento, lloraba con un llanto manso y callado, copioso toda doblada sobre sí misma.

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