Guadalupe Azcárate era hija única del abogado don Alejandro del mismo apellido. Era muy adinerado y pomposo este señor don Alejandro. A Guadalupe –Guadalupita, como le decía de cariño-, le satisfacía todos sus deseos, ¿qué cosa le podía negar?, Y con esto poseía don Alejandro toda la felicidad y contento. Con una palabra que ella dijera, ya tenía el buen caballero dentro de sí todo un tesoro de alegría. El padre se desbarataba de amor por su hija, la quería con todo el extremo del mundo. No le hablaba sino con palabras llenas de dulzura y agrado, y constantemente le hacia todas las caricias que podía. Su gusto era darle gusto. Y así Guadalupe era dueña de todo cuanto quería y aun lo que no quería se lo daba su padre como prenda de amor y benevolencia, y por esto vivía sumida con encanto entre regalos.Gustaba la doncella de vestidos blandos y delicados. Siempre vestía ricas ropas. Toda ella se arreglaba con minuciosa curiosidad; desde el cabello con un peinado impecable, hasta el cuidado de su cara, manos y afeitado. Se perfumaba de arriba abajo y, al caminar, soltaba una suave fragancia. Todos los días siempre vestía de gala, pues le gustaba cuidar su apariencia, ornato de limpieza; nadie se ataviado en México con tanta galanura, hacia gloria de los trajes.¿Y qué decir de la preciosidad y riqueza de sus joyas? Se las colocaba con elegante sobriedad y así lucían más, echaban rayos de hermosura, y no las usaba en abundancia ostentosa. Ninguna señora tenía perlas como las de Guadalupe, en largos aretes temblorosos, en collares de muchas vueltas y gran caída con sus colgantes calabacines, en pulseras y en broches. Su pasión eran las perlas, las poseía de todos los tamaños imaginables y de todos los colores y de redondez perfecta, blancas, negras, rosadas, aceradas, etcétera.Guadalupe tenía un novio a cuyo poder y albedrío se hallaba gustosamente entregada. Su voluntad era la de su amado. Su nombre era José Ramón Mendieta, y entre ambos había correspondencia de amor. Don Alejandro Azcárate quería a José Ramón por yerno, pues éste era hombre muy de bien, con mucha fortuna inmobiliaria que no tiene una sola carga, sino muy saneada. Además, tenía título de médico, con excelente parroquia que cada día la aumentaba más y más por su saber, dedicación y lo escrupuloso de su conciencia.En razón de que tenía lo más excelente y de añadidura era apuesto, de buen porte, airoso en el manejo de su persona, y buen vestir, con aseo, compostura; era José Ramón el mejor partido de la ciudad entre todos los galanes que en ella florecían. ¿Cuál otro mejor valía? En su vida no se encontraba más que orden, pulcritud, elegancia, distinción muy señoril.Los enamorados se dieron la mano teórica al prometerse y luego la práctica al contraer esponsales y celebrar el matrimonio. Con solemnidad y fausto fue la boda en la iglesia del convento de las Bernardas; para la celebración fueron colgados terciopelos y colocadas flores de mil aromas. Después se festejó el enlace con gran banquete y un baile suntuoso al que acudió lo más principal y encumbrado de la ciudad, con sus vistosas y mejores galas en emulación refinada de lujo.Guadalupe portaba un vestido de damasco nácar, muy pesado por los múltiples hilos de oro que tenía entretejidos y con los que daba visos. Lucía sutiles encajes, adornos en mangas y escote, el suelo era rozado por un ancho y plegado olán entre blondas y lazos, y por doquier había cintas de raso con bordados áureos y minuciosos. Era un traje sobresaliente y lucido, lo más esmerado y exquisito que en México se había visto y sobre la seda caía un collar de perlas gruesas.Nos extinguían aún en los estrados elegantes de la ciudad las alabanzas y comentarios de la suntuosa boda, que tuvo agradable derroche de magnificencia, cuando se supo que Guadalupe su marido don José habían muerto de mala manera. Fueron en viaje de novios a una de las haciendas que poseía hacia Toluca el acaudalado señor, y salieron una tarde a merendar bajo los pinos de la sierra para recordarse su amor, y ambos se acercaron al borde de un abismo temeroso de mucha altura para ver el valle envuelto entre los oros del crepúsculo. Guadalupe dio un peligroso resbalón y quiso detenerse instintivamente, y se abrazó desesperada de una de las piernas de su amado, y con su peso se lo llevó y los dos cuerpos empezaron a rodar por aquellos riscos y espantosos despeñaderos hasta no parar en la sima hechos andrajos.La ciudad se hallaba consternada con este triste suceso que preparo el Destino tras de tanta pompa. Don Alejandro se deshacía en lágrimas, no cabía en sí de dolor; hizo unos funerales suntuosos. Guadalupe y su marido fueron sepultados en la viejísima parroquia de la Santa Veracruz. El paso del tiempo, se fue llevando poco a poco el recuerdo de Guadalupe, la vida trajo otras cosas y el pasado se fue de la memoria. El único que no puede olvidar era don Alejandro, siempre tenía a su hija delante de sí. A todas horas estaba el caballero deshaciéndose en lágrimas, no podían los ojos de manifestar con llanto su pena.
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Gran entusiasmo y curiosidad corría por todo México porque anunciaron por todas partes que pronto iba a llegar al Coliseo una compañía de competentes danzarines galos que sólo bailando hacían a la perfección frívolas comedias y hasta representación de espantables tragedias. Las principales bailarinas serán cuatro damas: Ivonne Duperrier, Gabrielle Monval, Zenaïde Bouchard y Cosette Panetier; sobresalían entre los mimos Abelard Bribiers, Philibert Paturot, Emmanuel Leplongeon; decían que Roland Nanteuil no tenía comparación. Figuraban otros artistas más en el elenco, anunciándose en los carteles con nombres y apellidos, aparte de un lucido cuerpo de baile de figurantes de ambos sexos, llenos de habilidades y gracias.Algo señor muy principal en la ciudad había visto actuar a estos buenos artistas en un teatro de La Habana, se puso a pregonar las maravillas que hacían y pronto andaba en boca de todo mundo la noticia, incrementando la fama de la farándula francesa y por eso era que había gran deseo en toda la ciudad de verla en el tablado del Coliseo.La noche de la ansiada representación de los bailarines, el teatro estaba a reventar de gente de toda condición. La farsa que se iba a representar se titulaba: Nubes que cubren el sol o el caporal y la dama. La escena representaba un parque bien poblado de árboles y al son de la música andaban los artistas de un lado para otro, simulando que paseaban por aquellos viales floridos; ellos con trajes de soldados llenos de armoniosos colores, ellas con gran escote y vestidos de gasa muy flotantes y vaporosos. Apareció en el tablado un mancebo, Philibert Paturot, portando un traje azul celeste con galones de plata, que representaba al caporal o cabo de escuadra que daba título a la pieza, y bailando con ligereza y gracia y haciendo continuos movimientos quería significar que andaba afanoso en busca de su dama.En esto entró en la escena con una pirueta extraordinaria mademoiselle Ivonne Duperrier, la dama que daba título a la obra, dió enseguida dos aladas vueltas en el aire y luego giró con gallardía por todo el tablado, y se detuvo de pronto, quedándose sonriendo, parada sólo en la punta de un pie y con la otra pierna extendida, en espera de que el Coliseo resonará de aplausos y de gloriosas aclamaciones, ya que a todos sus compañeros, con hacer menos que ella, les había otorgado el numeroso público grandes y repetidas ovaciones.Pero en vez de los aplausos que esperaba, lo que escucho fueron largos gritos de espanto que salieron por todos lados de entre la ruidosa agitación de la concurrencia. Todo mundo estaba de pie con gran murmullo, el teatro entero se movía en una confusión espantosa. Madmoiselle Ivonne miraba azorada hacia todos lados sin saber a qué se debía tanto alboroto, cuando ella era ni más ni menos, la causa que lo motivaba por la razón de que traía el suntuoso traje con que Guadalupe Azcárate fue su boda y con el que después bajo a la sepultura.Ya corrida la cortina se vio toda confusa la mujer, rodeada de gente de la policía que le interrogaba de mil maneras para sacarle la verdad de donde como se había hecho con aquel vestido. Cuando supo la pobre danzarina que era el de una difunta, le entró un miedo tan helado que daba diente con diente como si estuviese sin abrigo entre una recia ventisca. Hablo al fin toda temblorosa y muy descolorida, dijo con voz entrecortada que ella no había profanado ningún sepulcro, sino que una modista se la ofreció y la pago a su paisana por un crecido precio.La justicia fue en el acto a la casa de una tal Madame Adelaide Laboulaye, y al enterarse del negocio que traían con ella los de la policía, soltó el grito y hasta le quiso dar una pataleta de lo agitada que se puso, ni a media voz, pues tenía todo el corazón atravesado en la garganta, contó que un desconocido se lo trajo a vender y como se lo ofreció barato no tuvo ningún inconveniente en comprárselo sin averiguar la procedencia de la preciosa prenda. Las señas que dio la Madame del maldito vendedor que la puso en aquel aprieto, fueron que era regordete, chaparro, lleno de lunares, ojos anchos de pestañas largas, lucía un rizado copete, era paz y corto, y tenía voz aflautada.La autoridad hizo exquisitas y largas diligencias para dar con el sujeto, investigación que pagó muy bien don Alejandro Azcárate. Pronto se supo que el malvado profanador de tumbas fue ni más ni menos que Leovigildo Vega, el meloso sacristán de la Iglesia de San Sebastián. Gildito o Veguita, como le decían las beatas, hablaba con voz tan dulce que iba muy de acuerdo con la movediza suavidad de sus ademanes. A pesar de sus melosidades, andaba este hombre por el templo sin recato ni reverencia, trataba con desenvuelta profanidad las cosas sagradas y hacia desafueros contra los santos de los altares, como si se tratase de trastos inútiles o cachivaches de desperdicio y no de respetables representaciones, sin tener para ellos ni miramientos ni cortesía.Se llevaron a la cárcel a Leovigildo, quien apretando las manos puestos los codos en alto y moviendo la cabeza de un lado para otro, juraba y perjuraba su inocencia, pero apenas con un somero tormento de arrimarle una plancha caliente a las espaldas, confesó su robo con todo detalle. Leovigildo pasó varios meses encarcelado en un calabozo y dizque allí se mató con sus propias manos dejándose caer sobre un cuchillo.De este robo se originó la costumbre que se tuvo en México durante mucho tiempo para evitar la codicia de los sacristanes, de ataviar primero con suntuoso lujo el cadáver de las señoras pudientes, adornándolas, además con las mejores joyas que tuvieron en vida, y después ya para ponerlas en el ataúd, les quitaban todas las ricas alhajas y el vestido pomposo y se los trocaban por uno más modesto, ya que aquella vistosa ostentación de sedas muy adornadas y de pedrería, no era necesaria en la estrechez de la caja mortuoria y en la verdad del sepulcro, la única e incontrastable verdad.
domingo, 31 de agosto de 2014
Del sepulcro al escenario
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