HUERTA
SOMETIDO A INHUMANAS TORTURAS
A veces guarda el destino refinados sarcasmos para
los brutales y los soberbios, a los que de pronto exhibe en toda su ridícula
debilidad. Buen ejemplo de ello es el caso de Victoriano Huerta que aquí se
relata.
Obligado por las circunstancias, el usurpador
renunció al poder a mediados de julio de 1914. El mensaje de dimisión que
dirigió a los mexicanos -obra maestra de la hipocresía-finalizaba así: “Que
Dios los bendiga ustedes y a mí”.
El ex dictador marchó a Europa junto con su
familia. Estuvo en Londres y luego en Barcelona, ciudad esta última en la que
se hizo asiduo de un restorán en el que el mesero, tan pronto le veía parecer,
descorchar una botella de coñac que el dipsómano agotaba sumido en tétrico
silencio.
Poco después, Victoriano entró en contacto con
agentes del gobierno alemán, que le ofrecieron armas y dinero para retomar la
Presidencia de México y declarar la guerra a los Estados Unidos, que en esa
forma -pensaban-se abstendrían de intervenir en la conflagración europea a
favor de los aliados.
Aceptado el compromiso, el general embarcó hacia
Nueva York, a donde arribó a mediados de abril de 1915.
El contraespionaje norteamericano descubrió la
conjura. Y Huerta fue aprehendido el 25 de junio de ese año en la estación
ferrocarrilera de Newman, Nuevo México, junto con Pascual Orozco, que se le
había unido para sacar adelante los planes de reconquista del poder. Conducidos
a El Paso, se les dejó libres bajo fianza, a condición de residir en esa
ciudad. Mas como a los pocos días huyó Orozco de la urbe, Huerta fue detenido
una vez más y encerrado en el presidio militar de Fort Bliss, en el cual
permaneció de julio a noviembre.
Y fue en Fort Bliss en donde se produjo el episodio
grotesco, divertido y delirante que protagonizó El Chacal.
Algunos periodistas norteamericanos fueron enviados
por sus respectivos diarios a entrevistar al militar mexicano prisionero. Y
entonces Victoriano -el soldadote brutal que no vaciló en traicionar a Madero y
asesinarlo, el hombre despiadado y sin escrúpulos que ensangrentó a su
desdichada patria y pudo sustentar su dictadura en el crimen sistemático, la
inhumanidad de los horrores-, convertido en un guiñapo desconsuelo, exclamó
ante los sorprendidos reporteros:
-¡Señores, es terrible lo que me sucede! ¡Con una
falta absoluta de sentido humanitario se me ha negado el coñac! ¡Véanme! ¡Tengo
12 días sin probar una copa y me siento morir! ¡Por caridad, hagan algo, no me
dejen sufrir así!
Y la fiera, vencida y acobardada por la forzosa
abstinencia, rompió el llanto siniestro.
Al verlo agravarse por la falta de alcohol y la
angustia, las autoridades norteamericanas le permitieron salir del presidio y
reunirse con su familia, que había llegado de España. Y Huerta pudo al fin
escanciar, con temblorosa mano, el coñac profundamente anhelado.
Murió en su cama, de cirrosis hepática, el 14 de
enero de 1916.
CARRANCISTAS
DESHONESTOS
En agosto de 1918, dos hombres de negocios
coahuilenses radicados en la Ciudad de México, y amigos personales de Carranza,
fueron a verlo al Palacio Nacional para informarle, indignadísimos, que cuatro
de sus generales se estaban enriqueciendo en forma ilícita e inmoderada.
Dijo uno de ellos:
-Le traemos documentos que prueban la rapacidad
esos malos elementos de su ejército, así como testimonios de personas honestas
a las que han despojado.
Agregó el otro:
-El nombre de nuestra antigua amistad, le pedimos
que intervenga para castigar a esos militares indignos que manchan el nombre de
usted y el de su régimen.
Carranza les escucho con atención. Después, mesando
sus barbas blancas con la estudiada lentitud que le era característica, les
dijo:
-Señores, ustedes son mis viejos y muy queridos
amigos, y seguramente no desean mi mal. Por eso les ruego que traten de
comprenderme. Yo sé, sin necesidad de examinar los papeles que me han traído,
que mis generales -los cuatro que mencionan y todos los restantes- son una
punta de bandidos. Pero si me pusiera a exigirles responsabilidades se alzarían
contra mí, y en menos de una semana me quedaría sin ejército.
UN PERFUME
DE GLORIA
El 2 de mayo de 1913 tuvo lugar en la capital del
país una manifestación de apoyo a Victoriano Huerta, el asesino de Madero.
Daba principio el gobierno de la usurpación. Y
aceptaron colaborar con él diversos intelectuales, entre ellos Carlos Pereyra,
Nemesio García Naranjo, Toribio Esquivel Obregón y Federico Gamboa.
Se dio también el caso de que el gran poeta
Salvador Díaz Mirón aceptara ser diputado huertista y director de El Imparcial,
periódico subvencionado por la dictadura.
Alguna vez, durante aquella temporada de oprobio,
el general Huerta hizo una visita al local del diario mencionado. Y al
siguiente día, el poeta publicó un artículo ditirámbico en el que aseguraba que
Huerta se había retirado “dejando a su paso un perfume de gloria”.
El chiste que entonces se hizo fue este:
- De creerlo a Díaz Mirón, la gloria tiene un olor
del carajo, porque a lo que apesta Huerta es a coñac trasudado.
ADOLFO EL
PURITANO
Considerándolo un elemento de lealtad comprobada,
Obregón, al asumir la presidencia de la República, llamó a Adolfo de la Huerta
a colaborar en su gabinete, nombrándole secretario de Hacienda.
Por cierto que De la Huerta se hacía insoportable
como persona, pues siendo abstemio puritano (purito ano, decían sus
malquerientes) acostumbraba soltar prédicas moralizantes a todo mundo. Y tenía
fastidiados a los demás colaboradores presidenciales, que echaban pestes del
sermoneador ministro.
Pero Obregón y Calles lo defendían. “Fito es un
hombre bien intencionado, y sólo quiere hacerlos a ustedes menos parranderos y
borrachotes”.
El 25 de septiembre de 1923, De la Huerta renunció
al ministerio de Hacienda para aceptar su postulación como candidato
presidencial. Y en vista de que Obregón lo menospreció, dando todo su apoyo a
Plutarco Elías Calles, partió hacia el puerto de Veracruz y allí se levantó en
armas, desconociendo al régimen del 7 de diciembre de ese año.
Furioso, Calles comentó Obregón:
- ¡Qué te parece! Fito, a quien suponíamos un alma
de Dios, se rebela contra tu gobierno.
Obregón estalló:
- ¡Hijo de su putísima madre! A su virtud pendejada
de no tragar alcohol agrega ahora la infamia de traicionar a sus amigos.
HERMANOS
IDÉNTICOS
En 1915, Venustiano Carranza creó la Fuerza Aérea
Mexicana. Dos años más tarde, se estableció en nuestro país la primera escuela
militar de aviación, cuyo director fue Alberto Salinas. De esa escuela
surgieron dos magníficos pilotos: los hermanos jaliscienses Guillermo y Rafael
Ponce de León, quienes después de alcanzar varios ascensos en su carrera de
aviadores militares, participaron en la política como diputados por su entidad,
en el año de 1925.
Cierto día, un general que necesitaba hablar con
uno de los referidos hermanos, llamó por teléfono a la casa donde ambos vivían.
La llamada fue recibida por un asistente, con el que el general sostuvo este
diálogo:
- Bueno, ¿a dónde hablo?
- A la casa de los hermanos Ponce de León.
- Deseo hablar con uno de ellos, pero no recuerdo
cómo se llama. Es un gordito él.
- Los dos son gorditos, señor.
- No la joda. Ya sé, con el que se aviador militar.
- Lo siento, señor, pero los dos son aviadores
militares.
Ya alterado, el general dijo entonces:
- ¡Me lleva el carajo! Comuníqueme entonces con el
que sea más hijo de la chingada de los dos.
- Lamento no poder servirle, pues los dos son igual
de hijos de la chingada -dijo el asistente y
colgó la bocina.
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