domingo, 7 de diciembre de 2014

El Milagro de la Virgen

En aquella sosegada tertulia de pueblo tranquilo, que se hacía tarde con tarde en la botica de don Florestán Henestrosa, escucho referir muchas veces Venancio Riquelme, de las grandes riquezas de México y el Perú, reinos en los cuales las piedras de plata y oro estaban regadas a manos llenas por todos los montes, diciendo que había minas de esos metales preciosos y que con sólo remover un poco la tierra, surgían relucientes para dar bonanza perpetua, se hacía poderoso con muy poco trabajo el feliz descubridor. Estas historias fantásticas, eran contadas por el inca Garcilaso de la Vega, y el famoso capitán Bernal Díaz del Castillo.
Venancio Riquelme era un personaje muy activo en la botica del licenciado don Florestán Henestrosa, y frecuentemente dejaba de moler en el mortero, de revolver los ingredientes que le decía su patrón y de redondear pastillas, para oír con atención la conversación de aquellos señores de lento hablar y ademanes parsimoniosos.
Decían que Roque Pedraza dejó el arado y la azada, se fue a México y fue señor de varias tierras, con un suntuoso palacio y muchos criados para servirle; que Teobaldo Carmona, era dueño de vastas riquezas, se le trataba con gran respeto y todos le pedían consejo; que Torcuato Antúnez en cierta ciudad mexicana, era dueño de tienda de paños y sedas, que iba en creciente bonanza su dicha, cuando apenas hace menos de un año, andaba por las calles de Osuna pregonando ropa vieja; que Domitilo Alderete poseía todo bien y felicidad; que ahora era todo un caballero acaudalado Melchor Dorantes…
Venancio se la pasaba todas las noches sin dormir, imaginando que iba a México y pronto encontraba una mina de oro, que vivía lleno de opulencia entre terciopelos en un palacio imponente, las mejores telas, vajillas de oro, los mejores muebles; debido a su crecida fortuna y a su espíritu dadivoso, tenía el apodo de Fúcar Oxoniense.
Con estas continuas y deslumbrantes fantasías ante sus ojos, dejó Venancio Riquelme la apacible ciudad de Osuna, sin más capital que el día y la noche y el testamento en las uñas. A pie, bajo el quemante sol andaluz de los días de agosto, llegó a Cádiz para buscar trazas para ir al fabuloso México de sus sueños de pobre. Uno de los galones iba a zarpar y en uno de ellos se acomodó como paje de escoba, además de ser vigilante del reloj. Venancio querría ir de polizón y encontró trabajo remunerado.
La flota corrió con viento prosperó. Después de tocar diferentes tierras se pusieron las proas hacia Veracruz y ya navegaron sin variar el rumbo; por fin tocaron el puerto y la deseada ribera. El corazón de Venancio se llenó de un gran gozo cuando sus pies se posaron sobre la tierra de la Nueva España; llegó falto y miserable, sin tener casa en que abrigarse y sólo el suelo duro por cama, pero ya embarcaría, se dijo, unos años después con ostentosa riqueza, porque tendría muy prósperos sucesos, cada vez con nuevos y grandes acrecentamientos.
Iba a estar cargado de muchas honras y haberes. En la calle principal de Osuna construiría un palacio al que le iban a llamar todos los osunenses “el de plata”, porque todo en el sería de este metal labrado con el mayor primor, y Su Majestad el rey por lo mucho que le iba a dar para sus reales cajas y cámara, le echaría gustoso sobre los hombros un hábito de Santiago, o de Montesa o de Calatrava y hasta lo haría conde o marqués. Viendo sus paisanos toda aquel fausto el poderío, la envidia les iba a corroer las entrañas.
Venancio se puso en marcha hacia la ciudad de México en larga conducta, acompañado de varias mercancías que los buques traían en su seno con destino a los comerciantes de todo el reino: sedas granadinas, paños de Segovia y de Béjar, cántaros con aceite, barriles con buenos vinos de los mejores viñedos, hierro de Vizcaya, cueros de Córdoba, muebles de maderas preciosas, jabones, tapices, alfombras, vajillas, variedad infinita de cristales, y muchas cosas más para el adorno de las casas.
Venancio iba con los ojos fijos en el suelo, agrandados para ver mejor, y a cada rato se bajaba del bamboleante carro para recoger con ansiosa avidez un pedrusco que brillaba orillas del camino, y anhelante el observaba para ver si era oro o plata, lo cual despertaba las risas entre los concheros. Durante toda la marcha lo repetía una y otra vez, y también era sin fin las burlas que le hacían, mezcladas con carcajadas. Toda esta faramalla duró hasta que la conducta entró por las calles de la ciudad y llegó al mesón de “Las cinco estrellas”, donde terminó el viaje.
En esta posada, cercana al convento de la Merced, Venancio tomó un descanso en su estrecha alcoba y salió, pero no a conocer la ciudad, ni las calles, ni los templos, ni los palacios, ni sus anchas plazas, ni los portales, ni los canales, ¡nada! El inocente hombre iba a lo suyo, y se dirigió lo más pronto que pudo al campo en busca de riquezas. Pensaba encontrar en el acto gruesas bolas de oro o grandes trozos de plata rodando por los caminos.
Venancio anduvo buscando y rebuscando por aquí y por allá, por todas las montañas del Ajusco, por el cerro del Chiquihuite y todos los demás de la Villa de Guadalupe y hasta se fue a trepar a las sierras nevadas del Popocatépetl y el Iztaccihuatl, sin miedo alguno de caer al vacío. Todas sus expediciones resultaban en vano; pero a pesar de todo, siguió buscando aquellas fantasías: su palacio, sus carruajes relucientes, sus hermosos caballos, sus vajillas, sus incontables criados y su fastuoso casamiento.
Cuando le hubo contado a los huéspedes el motivo por el que había venido a la Nueva España, Venancio fue el hazme reír de todos ellos, no lo bajaban de idiota y estúpido. Para divertirse todavía más a sus costillas, le inventaron que en este reino existían unos árboles con hojas de perpetuo tintineo, en un repique continuo y claro, eran árboles musicales. Venancio se lo creyó todo, dedicándose a tener el oído alerta para escuchar el campanilleo del árbol música, el cual nunca llegó.
Aunque permanecía atento al  sonido de los árboles, sus ojos seguían afanosamente buscando por los suelos, aquellos pedazos rodantes de oro y plata. Vino en pos de esas riquezas fáciles y no alcanzó nada, todo su trabajo y tiempo fueron malgastados. Ya Venancio había caído en calamidad y miseria, no había pagado el alojamiento y asistencia en el mesón y varios huéspedes le cobraban los préstamos. Para poder vivir y saldar sus deudas, se metió trabajar en la  botica “Buen Suceso” de don Bruno Otea, en la calle de las Damas.
En los días de descanso, se dirigía el tontuelo a los campos en busca de oro y plata o aquellos árboles que campanilleaban dulcemente. En la botica Venancio conoció a una anciana que compraba ungüentos para calmar sus achaques, quien con dulce tono maternal le dijo que, todo aquello que buscaba con tanto afán eran puras patrañas, y que el mejor método para enriquecerse de la noche a la mañana era acudir al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y pedirle con fervor lo que quisiera, pues ella se lo iba a dar.
Venancio echo cuentas, llegando a la conclusión de que sólo necesitaría ochocientos cincuenta mil pesos para levantar un suntuoso palacio y darse la gran vida durante dos años, después le pediría más a la dadivosa Virgen mexicana. Acudió varias veces al Santuario para implorarle le diera pronto aquella suma, pero los meses pasaron y el dinero no le cayó del cielo.
Entonces un día pensó: ¡tonto de mí!, Dándose un sonoro manotazo en la frente, ¿cómo me va a escuchar la Guadalupana, si cuando le pido ese favorcito, hay una multitud de gente rogándole les haga distintas mercedes? El trabajo se le carga a la divina Señora. La idea ver cuando esté más desocupada, para que sólo a mí me preste atención.
Venancio acudía a verla a eso de las dos de la tarde, cuando no había nadie en el santuario, se arrodilló ante la imagen y le volvió a pedir la nada despreciable suma de dinero que necesitaba para cumplir sus fantasías.
En esos momentos escucho una voz angustiada, la cual entre lágrimas le suplicaba a la Virgen, que lo socorriera con dos pesos que necesitaba para pagar al médico y comprar las medicinas, que salvarían a su esposa María Antonieta de la pulmonía que la aquejaba. Venancio levantó la voz y repitió su ardiente imploración, después el afligido sujeto volvió a repetir su súplica.
Entonces Venancio, cansado de que el sujeto distrajera a la Virgen con sus simplezas, le da dos pesos para que de una vez se calle la boca. ¡Tanto pedir y pedir por dos pesos! El angustiado hombre le abrió tamaños ojos y con gesto de sorpresa, ya con los dos pesos en la mano y lleno de llanto le dio gracias a la Virgen.
Venancio se quedó sólo en el santuario, gozoso y frotándose las manos; entonces le volvió a pedir encarecidamente de su infinita piedad, para que le mandará los ochocientos cincuenta mil pesos que tanto necesitaba. Verdaderamente este pobre diablo, tenía en los desvanes del cerebro cinco libras de burro.

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