En aquella sosegada
tertulia de pueblo tranquilo, que se hacía tarde con tarde en la botica de don
Florestán Henestrosa, escucho referir muchas veces Venancio Riquelme, de las
grandes riquezas de México y el Perú, reinos en los cuales las piedras de plata
y oro estaban regadas a manos llenas por todos los montes, diciendo que había
minas de esos metales preciosos y que con sólo remover un poco la tierra,
surgían relucientes para dar bonanza perpetua, se hacía poderoso con muy poco
trabajo el feliz descubridor. Estas historias fantásticas, eran contadas por el
inca Garcilaso de la Vega, y el famoso capitán Bernal Díaz del Castillo.
Venancio Riquelme
era un personaje muy activo en la botica del licenciado don Florestán
Henestrosa, y frecuentemente dejaba de moler en el mortero, de revolver los
ingredientes que le decía su patrón y de redondear pastillas, para oír con
atención la conversación de aquellos señores de lento hablar y ademanes
parsimoniosos.
Decían que Roque
Pedraza dejó el arado y la azada, se fue a México y fue señor de varias
tierras, con un suntuoso palacio y muchos criados para servirle; que Teobaldo
Carmona, era dueño de vastas riquezas, se le trataba con gran respeto y todos
le pedían consejo; que Torcuato Antúnez en cierta ciudad mexicana, era dueño de
tienda de paños y sedas, que iba en creciente bonanza su dicha, cuando apenas
hace menos de un año, andaba por las calles de Osuna pregonando ropa vieja; que
Domitilo Alderete poseía todo bien y felicidad; que ahora era todo un caballero
acaudalado Melchor Dorantes…
Venancio se la
pasaba todas las noches sin dormir, imaginando que iba a México y pronto
encontraba una mina de oro, que vivía lleno de opulencia entre terciopelos en
un palacio imponente, las mejores telas, vajillas de oro, los mejores muebles;
debido a su crecida fortuna y a su espíritu dadivoso, tenía el apodo de Fúcar
Oxoniense.
Con estas continuas
y deslumbrantes fantasías ante sus ojos, dejó Venancio Riquelme la apacible
ciudad de Osuna, sin más capital que el día y la noche y el testamento en las
uñas. A pie, bajo el quemante sol andaluz de los días de agosto, llegó a Cádiz
para buscar trazas para ir al fabuloso México de sus sueños de pobre. Uno de
los galones iba a zarpar y en uno de ellos se acomodó como paje de escoba, además
de ser vigilante del reloj. Venancio querría ir de polizón y encontró trabajo
remunerado.
La flota corrió con
viento prosperó. Después de tocar diferentes tierras se pusieron las proas
hacia Veracruz y ya navegaron sin variar el rumbo; por fin tocaron el puerto y
la deseada ribera. El corazón de Venancio se llenó de un gran gozo cuando sus
pies se posaron sobre la tierra de la Nueva España; llegó falto y miserable,
sin tener casa en que abrigarse y sólo el suelo duro por cama, pero ya
embarcaría, se dijo, unos años después con ostentosa riqueza, porque tendría
muy prósperos sucesos, cada vez con nuevos y grandes acrecentamientos.
Iba a estar cargado
de muchas honras y haberes. En la calle principal de Osuna construiría un
palacio al que le iban a llamar todos los osunenses “el de plata”, porque todo
en el sería de este metal labrado con el mayor primor, y Su Majestad el rey por
lo mucho que le iba a dar para sus reales cajas y cámara, le echaría gustoso
sobre los hombros un hábito de Santiago, o de Montesa o de Calatrava y hasta lo
haría conde o marqués. Viendo sus paisanos toda aquel fausto el poderío, la
envidia les iba a corroer las entrañas.
Venancio se puso en
marcha hacia la ciudad de México en larga conducta, acompañado de varias
mercancías que los buques traían en su seno con destino a los comerciantes de
todo el reino: sedas granadinas, paños de Segovia y de Béjar, cántaros con
aceite, barriles con buenos vinos de los mejores viñedos, hierro de Vizcaya,
cueros de Córdoba, muebles de maderas preciosas, jabones, tapices, alfombras,
vajillas, variedad infinita de cristales, y muchas cosas más para el adorno de
las casas.
Venancio iba con
los ojos fijos en el suelo, agrandados para ver mejor, y a cada rato se bajaba
del bamboleante carro para recoger con ansiosa avidez un pedrusco que brillaba
orillas del camino, y anhelante el observaba para ver si era oro o plata, lo
cual despertaba las risas entre los concheros. Durante toda la marcha lo
repetía una y otra vez, y también era sin fin las burlas que le hacían,
mezcladas con carcajadas. Toda esta faramalla duró hasta que la conducta entró
por las calles de la ciudad y llegó al mesón de “Las cinco estrellas”, donde
terminó el viaje.
En esta posada,
cercana al convento de la Merced, Venancio tomó un descanso en su estrecha
alcoba y salió, pero no a conocer la ciudad, ni las calles, ni los templos, ni
los palacios, ni sus anchas plazas, ni los portales, ni los canales, ¡nada! El
inocente hombre iba a lo suyo, y se dirigió lo más pronto que pudo al campo en
busca de riquezas. Pensaba encontrar en el acto gruesas bolas de oro o grandes
trozos de plata rodando por los caminos.
Venancio anduvo
buscando y rebuscando por aquí y por allá, por todas las montañas del Ajusco,
por el cerro del Chiquihuite y todos los demás de la Villa de Guadalupe y hasta
se fue a trepar a las sierras nevadas del Popocatépetl y el Iztaccihuatl, sin
miedo alguno de caer al vacío. Todas sus expediciones resultaban en vano; pero
a pesar de todo, siguió buscando aquellas fantasías: su palacio, sus carruajes
relucientes, sus hermosos caballos, sus vajillas, sus incontables criados y su
fastuoso casamiento.
Cuando le hubo
contado a los huéspedes el motivo por el que había venido a la Nueva España,
Venancio fue el hazme reír de todos ellos, no lo bajaban de idiota y estúpido.
Para divertirse todavía más a sus costillas, le inventaron que en este reino
existían unos árboles con hojas de perpetuo tintineo, en un repique continuo y
claro, eran árboles musicales. Venancio se lo creyó todo, dedicándose a tener
el oído alerta para escuchar el campanilleo del árbol música, el cual nunca
llegó.
Aunque permanecía
atento al sonido de los árboles, sus
ojos seguían afanosamente buscando por los suelos, aquellos pedazos rodantes de
oro y plata. Vino en pos de esas riquezas fáciles y no alcanzó nada, todo su
trabajo y tiempo fueron malgastados. Ya Venancio había caído en calamidad y
miseria, no había pagado el alojamiento y asistencia en el mesón y varios
huéspedes le cobraban los préstamos. Para poder vivir y saldar sus deudas, se
metió trabajar en la botica “Buen
Suceso” de don Bruno Otea, en la calle de las Damas.
En los días de
descanso, se dirigía el tontuelo a los campos en busca de oro y plata o
aquellos árboles que campanilleaban dulcemente. En la botica Venancio conoció a
una anciana que compraba ungüentos para calmar sus achaques, quien con dulce
tono maternal le dijo que, todo aquello que buscaba con tanto afán eran puras
patrañas, y que el mejor método para enriquecerse de la noche a la mañana era
acudir al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y pedirle con fervor lo que
quisiera, pues ella se lo iba a dar.
Venancio echo
cuentas, llegando a la conclusión de que sólo necesitaría ochocientos cincuenta
mil pesos para levantar un suntuoso palacio y darse la gran vida durante dos
años, después le pediría más a la dadivosa Virgen mexicana. Acudió varias veces
al Santuario para implorarle le diera pronto aquella suma, pero los meses
pasaron y el dinero no le cayó del cielo.
Entonces un día
pensó: ¡tonto de mí!, Dándose un sonoro manotazo en la frente, ¿cómo me va a
escuchar la Guadalupana, si cuando le pido ese favorcito, hay una multitud de
gente rogándole les haga distintas mercedes? El trabajo se le carga a la divina
Señora. La idea ver cuando esté más desocupada, para que sólo a mí me preste
atención.
Venancio acudía a
verla a eso de las dos de la tarde, cuando no había nadie en el santuario, se
arrodilló ante la imagen y le volvió a pedir la nada despreciable suma de
dinero que necesitaba para cumplir sus fantasías.
En esos momentos
escucho una voz angustiada, la cual entre lágrimas le suplicaba a la Virgen,
que lo socorriera con dos pesos que necesitaba para pagar al médico y comprar
las medicinas, que salvarían a su esposa María Antonieta de la pulmonía que la
aquejaba. Venancio levantó la voz y repitió su ardiente imploración, después el
afligido sujeto volvió a repetir su súplica.
Entonces Venancio,
cansado de que el sujeto distrajera a la Virgen con sus simplezas, le da dos
pesos para que de una vez se calle la boca. ¡Tanto pedir y pedir por dos pesos!
El angustiado hombre le abrió tamaños ojos y con gesto de sorpresa, ya con los
dos pesos en la mano y lleno de llanto le dio gracias a la Virgen.
Venancio se quedó
sólo en el santuario, gozoso y frotándose las manos; entonces le volvió a pedir
encarecidamente de su infinita piedad, para que le mandará los ochocientos
cincuenta mil pesos que tanto necesitaba. Verdaderamente este pobre diablo,
tenía en los desvanes del cerebro cinco libras de burro.

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