Sor Javiera de la Asunción era monja concepcionista, profesa en el Real Monasterio de Santa Inés; la mujer llevó el nombre de Casilda Ibarra antes de entrar de lleno en la religión. Este sor se caracterizó desde su niñez, por ser en extremo golosa; no existía en su casa un escondite o alguna llave de alta seguridad que valiera, para tener a buen recaudo las jaleas, conservas, mermeladas, jericallas, cajetas y todo género de cosas apetitosas para la muchacha. Todo lo encontraba en el acto y sin aguardar un segundo sus dientes hacían su trabajo.
Moza muy donosa,
almendra, dulce y pan,
aunque las guarde el ángel
¡me lo descubrirán!
No había otra cosa que Casilda disfrutará hacer en esta vida que darle gusto a la lengua, por lo que aplicó todas sus energías en aprender a hacer dulces; se dedicó en cuerpo y alma a estudiar en los viejos y sapientísimos recetarios de la abuela, en los magníficos conventuales y en otros de autores famosos, ya fueran sacados de estampa en oficinas mexicanas o en buena imprentas de España. Fueron tantos los libros que consultó y el empeño que puso en aprender, que con el tiempo la autodidacta se volvió toda una experta en el arte de la repostería fina, nadie le ganaba en sus habilidades. Todo su ingenio lo ponía en los almíbares de sus confituras; en los puntos adecuados de sus cocadas y yemates; en que durase solidificada de la leve espuma de las claras batidas, para poner con ellas airosos copetes blancos a las copas de amarilla boca de dama, o con nítidos turrones de almendra o con sonrosados de fresas, que podían conservar por un largo tiempo su textura blanda; como pasar por alto las peras y duraznos cristalizados, que más bien parecían unas hermosas joyas: duros por fuera y por dentro una exquisita suavidad. Casilda llegó a perfeccionar su arte a tal grado, que todo mundo la llenaba de halagos, pues saborear todo lo que ella preparaba era casi como tocar el cielo; al aquellas delicias casi se podían oír sones arpas, de liras, de flavioletes, la laúdes tañidos por celestiales manos de ángeles y serafines.
Casilda desde niña fue mandada a estudiar en el convento de Nuestra Señora del Pilar de Religiosas de la Enseñanza, escuela de María, larguísimo nombre que le diera su fundadora coahuilense, doña María Azlor y Echéverez, pero por obvias razones la gente solo le decía “La Enseñanza”, pues era prácticamente imposible aprenderse ese nombre de memoria.
Con la diestra dirección de las monjas, la muchacha aprendió a leer, contar, rezar, labores caseras y saber dirigir con habilidad un hogar; supo también labrar de aguja ropas blancas, confeccionar vestidos, bordados matizados con lindos colores, arácnidos deshilados, sutiles draperías, hermoso tejidos de gancho, donde la perfección y el gusto eran más que evidentes. Las religiosas de dicho convento tenían fama de ser muy buenas en el arte culinario, pero en caso de Casilda, ella se las llevaba de frente a todas; mientras se la pasaba metida en la cocina preparando delicias, entre las probaditas que daba y lo que quedaba ya terminado, se dedicaba a comer y comer hasta saciarse, aunque para su gran apetito no había golosina que le bastara. En el convento amplió su menú: alfajores, huevitos de faltriquera, peteretes del piña y coco, almendrones de azúcar, palanquetas, panochitas de leche, gajorros, alfeñiques, cabellos de ángel, rosquetes y gusanillos de almendra y frutillas de los mismo, picones de todas frutas y de sabores insignes. Desde que Dios amanecía, y hasta que anochecía, la glotona de Casilda también le entraba bonito a los jamoncillos, pirulíes, almendras garapiñadas, piñones cubiertos, pepitorias, calabazates, nogada, acitrones, correosas, cabezonas charamuscas.
Con esos atracones que se daba, no era raro verla con frecuencia con males estomacales, los cuáles curaba con tecitos de manzanilla, de cedrón, de muicle, de suelda, de estafiate, del amargosísimo hojasén y de otras hierbas astringentes y purgantes, que le ayudaban a barrer todas las golosinas que se empaquetaba alegremente.
Finalmente la gula en dos pies salió de La Enseñanza con toda la buena maestría. Como sus señores padres eran gente muy importante en la ciudad, con frecuencia tenían en su lujosa casa saraos muy lucidos; convidaban también a meriendas en su residencia en San Cosme y a días de campo en San Ángel o bajo las frescas arboledas de Tacubaya, en los que había bailes y deliciosas comidas.
En una de esas fiestas Casilda conoció a un guapo y rico mancebo, de nombre Florián Rey de Alarcón, del cual quedó enamorada perdidamente; y el caballero logró ganarse el corazón de la joven gracias a los poemas de sus platillos favoritos:
Eres miel con requesón,
cocada y calabazete,
el más suculento uvate
que llena mi corazón.
Meses después el par de tórtolos fijaron la fecha de la boda, con el consentimiento de los padres de por medio, pero el destino le tenía otra cosa preparada a la joven pareja, pues sucede que a pocos días del matrimonio, la muerte tocó las puertas de Florián al caerse de un caballo que se encabritó al tronar unos fuegos artificiales en el atrio de San Sebastián. El pobre hombre falleció al instante al golpearse la cabeza contra unas piedras. Al enterarse Casilda de la terrible noticia, se encerró en su habitación y lloró por varias semanas, hasta que después decide ir al convento de Santa Inés, donde sostenía largas conversaciones con las religiosas; palabras iban y palabras venían, por lo que decide entrar de monja en ese santo reclusorio de paz.
Pasó Casilda su noviciado y profesó en la religión concepcionistas, siendo ahora su nombre el de Sor Xaviera de la Asunción, desposándose llena de dicha con el creador y en consecuencia, con el paso del tiempo logró encontrar la paz que tanto necesitabas si alma. Llegó a ser muy querida por todas las monjas, gracias a su dulzura y por las maravillas que sus lindas manos hacían en la cocina; las asombraba aquel ingenio y capacidad de crear nuevas recetas, las cuales llegaron a ser muy famosas fuera del convento.
No había sarao, celebración en convento de frailes o festejo en Palacio, en que no figuraran las exquisiteces que salían del convento de Santa Inés. Sor Asunción, como buena glotona que se preciara, no solo dedicaba su tiempo a lamer los peroles hasta dejarlos rechinando de limpio, ya ni era necesario lavarlos, pues el cobre quedaba sin rastros de lo que ahí se había cocinado; también en su ardua labor de limpieza guardaba una “pequeña” porción, que en un dos por tres se la empacaba con singular alegría. Su fase célebre de la monjita era: “de lo bueno mucho y si es muy bueno, comerlo más de dos veces por lo menos”, pero el detallito era que ella repetía hasta cuatro veces. Después de atascarse venían los inevitables retortijones de panza, en donde ya la religiosa sentía arrepentimiento y lo tomaba como una manera de pagar su terrible pecado; poco le duraba su remordimiento, pues una vez que se aliviaba volvía a las andadas. No tardaría mucho en que la golosa monja pagara muy caro su insaciable vicio por las golosinas.
En cierta ocasión se les encargó a las religiosas la elaboración de jamoncillo de pepita, como era de esperarse, salió de las manos de sor Javiera uno de gran tamaño que lucía su franja escarlata de vino, después fue colocado en un plato enorme de talavera y sobre unos papeles de china que picaron pacientemente las monjas. Sor Xaviera elaboró un jamoncillo igual para ella sola, el cual se comió en menos de lo que canta un gallo, después se bebió un vaso de agua nevada de piña, y acto seguido se zampó un dulce de cacahuate y un platazo de hermoso postre de mamey y almendra. No era ni media tarde, cuando ya sufría uno grandísimos dolores en el vientre, que la despedazaban y traspasaban.
¡Ahora si la monjita sabía lo que era amar a Dios! Tal parecía que la Llorona estaba metida en el convento, con los contantes y largos quejidos de la enfermita. Le empezó a correr sudor frío por todo el cuerpo, mientras los tormentosos dolores iban en aumento, no paraba de invocar a toda la corte celestial, sentía que sus horas en este mundo estaban contadas. Mil y un hierbas curativas se le administraron, se le untaron pomadas, imágenes milagrosas de Santos eran sobadas en su vientre, las religiosas hacían ofrecimientos de promesas, ayunos, penitencias rigurosas; pero todo cuanto hacían era inútil. Al ver la madre superiora que todos sus esfuerzos habían sido en vano, mando a alguien para que fuera en el acto por el médico don Antolín Antúnez, que trabajaba en el Hospital de Amor de Dios, y quedaba a contra esquina de la iglesia de Santa Inés.
Llegó al convento para ver a la enferma que se retorcía de dolor, entonces procedió con toda paciencia a auscultar el elevado y duro vientre. Don Antolín va rápido al Hospital para traer el remedio a los males de sor Xaviera; al poco tiempo traía unos envoltorios con polvos curativos y unos frascos con un líquido oloroso a acre que vaporizaba. También traía una jeringa de latón, de la que destellaba un brillo siniestro, a la que le cabían más de tres cuartillos de líquido. Las religiosas le administraron la medicina milagrosa que don Antolín les proporcionara, y claro que con previas instrucciones.

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