En las calles de “La Aduana Vieja”, hubo una casa que perteneció a la marquesa de Villamayor, descendiente de los primeros conquistadores, la vendió al gobierno que la destinó para Aduana, hasta que se pasó a donde sería su destino final.
El actual edificio perteneció al Consulado, que estableció ahí las oficinas cuando cobraba las alcabalas; el tribunal dio inicio a la construcción de la Aduana en el sitio donde podemos ver el edificio actualmente, en 1729, concluyéndola seis años más tarde, después de arreglar las dificultades surgidas por el convento de la Encarnación que se oponía a que les fuera quitada la luz, ya que por las azoteas del nuevo edificio podían ingresar los ladrones. Las religiosas había querido comprar la casa que servía de Aduana y que tenía un gran corral en 1731; en dicho año ya se había reunido allí el juzgado, la antigua Oficina de Alcabalas y la Dirección General de Aduanas. En el patio ya no cabía el cada vez más grande número de recuas que conducían la carga, situación que causaba mucha confusión.
Al concluir el año de 1753, terminaba ya el noveno arrendamiento de las alcabalas, que había tenido a su cargo el Consulado desde enero de 1639 en México y sus alrededores, y aunque el tribunal y el comercio de México habían dirigido cartas al Rey para que continuara el sistema de arredrar las alcabalas; en un acto desesperado hasta llegaron a ofertar por el triple de lo que pagaba el Consulado, que tuvo a su cargo este cobro por ciento quince años, durante los cuáles subieron de manera considerable para el erario los productos de los demás ramos. Las peticiones al Rey no lograron nada, ya que las alcabalas le pertenecía a la Corona de Castilla y León; por el contrario, se mandó al Consulado que entregara el edificio destinado para la Aduana.
Resuelto el problema, el Rey estableció los sueldos y las reglas más convenientes para el fin buscado, entre las cuáles estaba la siguiente: “que desocupe y desembarace desde luego el Real tribunal del Consulado, la casa de la Aduana, para que en ella se establezcan los ministros que por cuenta de Su Majestad, hubieren de correr con ésta administración”. Al Consulado también se le exigió que entregara las garitas.
Fueron acondicionadas las habitaciones para las viviendas de los empleados y señaladas aquellas en que se habían de establecer la contaduría, tesorería y demás oficinas, procurando que el edificio no perdiera su estructura original; las bodegas, almacenes y todos estos espacios quedaron libres para depositar y cuidar las mercancías. En una de las habitaciones que quedaba junto a la puerta principal, se dispuso el alojamiento de ocho soldados y un acabo para cuidar de todo lo que se encontraba resguardado en el edificio.
Por el aumento de la población, el Rey dispuso en el año de 1777 que se ampliara la Aduana de México para que se pudiera hacer el reconocimiento de los costales, barriles y demás mercancías transportadas por la multitud de recuas que contantemente arribaban a la Capital; para tal proyecto, fueron adquiridas las casas contiguas: por el frente hacia la Inquisición, unos edificios que pertenecieron al convento de la Encarnación, levantados en el año de 1692, en que fueron compradas a la familia de doña Francisca Belvis de Belvis, marquesa de Venabitis y condesa de Villamonte; antes habían pertenecido al mayorazgo que fundó don Francisco Pacheco y Bocanegra.
Hemos mencionado el cobro de las alcabalas, pero ¿de dónde surgió? El derecho de alcabala cobrado en la Aduana por lo que se vende o cambia, tuvo su origen en España por acuerdo y concesión espontánea de los vasallos en la Corte; en el año de 1342, bajo el reinado de don Alonso XI y se confirmó en 1349, quedando agregado de manera permanente al fondo del Real Patrimonio. El valor de la alcabala fue variando, hasta que se estableció en el diezmo.
Las zonas de América que estaban incorporadas a la corona de Castilla por derecho de conquista, fueron libertados en 1522 de la alcabala; pero quedaron sujetos a los mismos estatus que la Metrópoli, y en una junta de ministros que formó Felipe II en el año de 1558 para tratar los asuntos de Indias, se acordó que se cobrara en estos dominios el real derecho de alcabalas, encargando a los virreyes ésta tarea. Se expidió entonces una real orden a los diez años y otra a los tres, en que hacía referencia a la falta de fondos en el Real Patrimonio, debido a que las batallas lo habían consumido; por lo que se mandó establecer el derecho de dos por ciento de alcabalas sobre las primeras ventas o cambios de todo género de mercancías. El virrey don Martín Enríquez publicó el 17 de octubre de 1574, que quedaban exentos de pagar la alcabala los indios, las iglesias y personas eclesiásticas en todo lo que fuere vendido o cambiado por vía de negociación.
Ahora vamos a dar un tremendo salto en el tiempo y nos vamos a ubicar en el año de 1922, cuando José Vasconcelos era el Secretario de Educación, quien consideró que era necesario que dicha institución contara con su propio edificio, para así poder tener en un solo lugar los distintos departamentos que la conformaban: Departamento Escolar, Departamento de Bibliotecas y Departamento de Bellas Artes, así como también el personal que ahí desempeñaría sus funciones.
El entonces presidente la República, el general Álvaro Obregón, aceptó encantado la propuesta del Secretario. El edificio elegido para tal fin, fue el que había sido por mucho tiempo la Aduana; una vez arreglados los trámites correspondientes, en el inmueble se llevaron a cabo los trabajos de acondicionamiento y remodelación, tratando de conservar su arquitectura original. Después del arduo trabajo, la nueva sede de la Secretaría de Educación Pública fue inaugurada con bombo y platillo el 9 de julio de 1922.
Sin embargo, Vasconcelos no estaba contento con los resultados, sentía que el edificio no reflejaba la esencia de la Cultura Nacional; después de mucho pensar, decide invitar a Diego Rivera para que en sus muros plasmara el mensaje que quería proyectar a todos los ciudadanos de esta gran ciudad.
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