domingo, 18 de enero de 2015

El Malleus Malefucarum (El Martillo de las Brujas)

Henry Charles Lea, en su libro La Inquisición en la Edad Media, nos dice que la persecución que se llevó a cabo entre los siglos XIII y XV no fue más que un preludio a las ciegas y disparatadas orgías de destrucción que inflamaron el siglo medio siguiente. Parecía como si la cristiandad hubiera echado raíces en el delirio.
El Papa Inocencio VIII daría el paso definitivo, al publicar la bula Summis desiderantes affectibus en 1484, para abrir la caja de Pandora de la brujería. Dos años más tarde, 1486, el Papa asigna a dos inquisidores dominicos, Heinrich Krämer y Jacob Sprenger, la persecución de la brujería en Alemania, y para ello escriben el tristemente famoso libro Malleus Maleficarum, conocido como el Martillo de las Brujas.
Krämer y Sprenger presentan este libro a la facultad de Teología de la Universidad de Colonia en espera de que fuese aprobado; pero fue declarado ilegal y antiético, ya que su demonología no estaba acorde con la doctrina católica. Krämer insertó una falsa nota de apoyo de la Universidad de Colonia en las posteriores ediciones. Fue un auténtico best seller y durante tres siglos lectura obligada de inquisidores y jueces.
Actualmente, es un libro de cabecera para informarse acerca de las penalidades impuestas a las brujas. Contiene un corpus teológico completo sobre hechicería, que resulta insuperable por las insensateces presentadas como análisis científicos. Durante tres siglos se halló en el estrado de todo juez, sobre la mesa de todo magistrado. El prefacio de las numerosas ediciones esta obra repleta de perdición era la bula de Inocencio VIII.
El intrincado mundo de lo mágico, y de conexiones diabólicas, dejó una profunda huella en los cristianos del medioevo, proclives a cualquier clase de creencias, más creíbles cuanto más disparatadas; por ejemplo, las largas y frías noches que dan pie a toda clase de imaginativas representaciones, hasta concebir al demonio copulando y pactando con mujeres tildadas de brujas que, en virtud de dicho pacto satánico, tenían poder para hacer daño, causar grave enfermedad o producir la muerte, arruinar las cosechas, entre otras infinitas desgracias y prodigios, como poder volar y asistir a reuniones que se celebraban a mucha distancia, los famosos aquelarres.
El libro Malleus Maleficarum gira en torno a los maleficios que se atribuían a las brujas. Apoyada la frase bíblica “A los hechiceros no los dejaréis con vida” (Éxodo 22,18), en otros textos de las Sagradas Escrituras, en Agustín de Hipona, en Tomás de Aquino y en otros relevantes teólogos elabora su doctrina sobre la brujería con una concepción llena de prejuicios y sexista de la mujer.
En la primera parte del libro, parten del supuesto evidente de que la brujería y la hechicería existen. Creen que las brujas y los hechiceros realizan una extensa gama de males “con el permiso de Dios todopoderoso” para que el Diablo no gane un ilimitado poder y con él pueda destruir el mundo.
La segunda parte del libro describe las formas de brujería, como lanzan hechizos y como sus acciones pueden ser prevenidas o remediadas. Sprenger y Krämer en sus juicios inquisitoriales, con la ayuda de la tortura, obtuvieron mucha información sobre hechizos, pactos diabólicos, sacrificios y copula con el Diablo.
La tercera parte detalla los métodos para descubrir, destruir, enjuiciar y sentenciar a las brujas. La tortura, como en todo proceso inquisitorial, es práctica habitual. Ante un obstinado reticente, la medicina de la tortura le hace decir todo y aún más de lo que el inquisidor quisiera escuchar
En el fragmento del Malleus Malefucarum presentado por Agustín Celis, al contestar a la pregunta que los autores asimismos se hacen de porque la superstición es eminentemente femenina, presentan una verdadera sarta de lindezas misóginas:
“¡La mujer es un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores!
Por lo tanto, si es un pecado divorciarse de ella cuando debería mantenérsela, es en verdad una tortura necesaria. Pues o bien cometemos adulterio al divorciarnos, o debemos soportar una lucha cotidiana.”
En el segundo libro de La retórica, Cicerón dice:
“Los muchos apetitos de los hombre los llevan a un pecado, pero el único apetito de las mujeres las conduce a todos los pecados, pues la raíz de todos los vicios femeninos es la avaricia.”
Detrás de todo esto, están los prejuicios maniqueos contra el sexo, que se disfrazan de lascivia, apetito carnal. Y en su apoyo están muchos mitos que el patriarcado, con perversa intención fabricó. A esto se le añade la ignorancia de la psicología femenina, que brillaba por su ausencia. También desde el matriarcado, con sus mitos, prejuicios y estereotipos, se podría escribir algo parecido, o peor de los hombres; prejuicios culturales sexistas.
Los inquisidores actuaban en virtud de unos prejuicios religiosos y dogmáticos, provenientes de religiones ancestrales, que afectaban sus vidas, sus valores y su visión del mundo. Ellos mismos serán víctimas del adoctrinamiento recibido en su proceso de educación en los conventos y las instituciones religiosas, que no estaba exento, más bien impregnado de maniqueísmos y otros errores sobre la concepción de la vida, lo que les hacía mucho daño, como los complejos de culpa y las angustias por su salvación. Llevados por esos prejuicios, actuaban proyectándolos sobre los demás seres humanos, a los que perjudicaban sobremanera, pensando que con ello hacen el bien. Los prejuicios religiosos contra la mujer la hicieron víctima de infinitos oprobios, vejaciones, sufrimientos y angustias, al ser marginada y al asignarle roles de subordinación y sumisión, como terminamos de comprobar. Todos dirigidos por el Papa Inocencio VIII último responsable de los asesinatos que produjo la caza de brujas.

FUENTE: La Inquisición. El lado oscuro de la Iglesia. Primitivo Martínez Fernández. 

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