Henry
Charles Lea, en su libro La Inquisición en la Edad Media, nos dice que la
persecución que se llevó a cabo entre los siglos XIII y XV no fue más que un
preludio a las ciegas y disparatadas orgías de destrucción que inflamaron el
siglo medio siguiente. Parecía como si la cristiandad hubiera echado raíces en
el delirio.
El
Papa Inocencio VIII daría el paso definitivo, al publicar la bula Summis
desiderantes affectibus en 1484, para abrir la caja de Pandora de la brujería.
Dos años más tarde, 1486, el Papa asigna a dos inquisidores dominicos, Heinrich
Krämer y Jacob Sprenger, la persecución de la brujería en Alemania, y para ello
escriben el tristemente famoso libro Malleus Maleficarum, conocido como el
Martillo de las Brujas.
Krämer
y Sprenger presentan este libro a la facultad de Teología de la Universidad de
Colonia en espera de que fuese aprobado; pero fue declarado ilegal y antiético,
ya que su demonología no estaba acorde con la doctrina católica. Krämer insertó
una falsa nota de apoyo de la Universidad de Colonia en las posteriores
ediciones. Fue un auténtico best seller y durante tres siglos lectura obligada
de inquisidores y jueces.
Actualmente,
es un libro de cabecera para informarse acerca de las penalidades impuestas a
las brujas. Contiene un corpus teológico completo sobre hechicería, que resulta
insuperable por las insensateces presentadas como análisis científicos. Durante
tres siglos se halló en el estrado de todo juez, sobre la mesa de todo
magistrado. El prefacio de las numerosas ediciones esta obra repleta de
perdición era la bula de Inocencio VIII.
El
intrincado mundo de lo mágico, y de conexiones diabólicas, dejó una profunda
huella en los cristianos del medioevo, proclives a cualquier clase de
creencias, más creíbles cuanto más disparatadas; por ejemplo, las largas y
frías noches que dan pie a toda clase de imaginativas representaciones, hasta
concebir al demonio copulando y pactando con mujeres tildadas de brujas que, en
virtud de dicho pacto satánico, tenían poder para hacer daño, causar grave
enfermedad o producir la muerte, arruinar las cosechas, entre otras infinitas
desgracias y prodigios, como poder volar y asistir a reuniones que se
celebraban a mucha distancia, los famosos aquelarres.
El
libro Malleus Maleficarum gira en torno a los maleficios que se atribuían a las
brujas. Apoyada la frase bíblica “A los hechiceros no los dejaréis con vida”
(Éxodo 22,18), en otros textos de las Sagradas Escrituras, en Agustín de
Hipona, en Tomás de Aquino y en otros relevantes teólogos elabora su doctrina
sobre la brujería con una concepción llena de prejuicios y sexista de la mujer.
En
la primera parte del libro, parten del supuesto evidente de que la brujería y
la hechicería existen. Creen que las brujas y los hechiceros realizan una
extensa gama de males “con el permiso de Dios todopoderoso” para que el Diablo
no gane un ilimitado poder y con él pueda destruir el mundo.
La
segunda parte del libro describe las formas de brujería, como lanzan hechizos y
como sus acciones pueden ser prevenidas o remediadas. Sprenger y Krämer en sus
juicios inquisitoriales, con la ayuda de la tortura, obtuvieron mucha
información sobre hechizos, pactos diabólicos, sacrificios y copula con el
Diablo.
La
tercera parte detalla los métodos para descubrir, destruir, enjuiciar y
sentenciar a las brujas. La tortura, como en todo proceso inquisitorial, es
práctica habitual. Ante un obstinado reticente, la medicina de la tortura le
hace decir todo y aún más de lo que el inquisidor quisiera escuchar
En
el fragmento del Malleus Malefucarum presentado por Agustín Celis, al contestar
a la pregunta que los autores asimismos se hacen de porque la superstición es
eminentemente femenina, presentan una verdadera sarta de lindezas misóginas:
“¡La mujer es un mal necesario, una
tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable
detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores!
Por lo tanto, si es un pecado
divorciarse de ella cuando debería mantenérsela, es en verdad una tortura
necesaria. Pues o bien cometemos adulterio al divorciarnos, o debemos soportar
una lucha cotidiana.”
En
el segundo libro de La retórica, Cicerón dice:
“Los muchos apetitos de los hombre los
llevan a un pecado, pero el único apetito de las mujeres las conduce a todos los
pecados, pues la raíz de todos los vicios femeninos es la avaricia.”
Detrás
de todo esto, están los prejuicios maniqueos contra el sexo, que se disfrazan
de lascivia, apetito carnal. Y en su apoyo están muchos mitos que el
patriarcado, con perversa intención fabricó. A esto se le añade la ignorancia
de la psicología femenina, que brillaba por su ausencia. También desde el
matriarcado, con sus mitos, prejuicios y estereotipos, se podría escribir algo
parecido, o peor de los hombres; prejuicios culturales sexistas.
Los
inquisidores actuaban en virtud de unos prejuicios religiosos y dogmáticos,
provenientes de religiones ancestrales, que afectaban sus vidas, sus valores y
su visión del mundo. Ellos mismos serán víctimas del adoctrinamiento recibido
en su proceso de educación en los conventos y las instituciones religiosas, que
no estaba exento, más bien impregnado de maniqueísmos y otros errores sobre la
concepción de la vida, lo que les hacía mucho daño, como los complejos de culpa
y las angustias por su salvación. Llevados por esos prejuicios, actuaban
proyectándolos sobre los demás seres humanos, a los que perjudicaban
sobremanera, pensando que con ello hacen el bien. Los prejuicios religiosos
contra la mujer la hicieron víctima de infinitos oprobios, vejaciones,
sufrimientos y angustias, al ser marginada y al asignarle roles de
subordinación y sumisión, como terminamos de comprobar. Todos dirigidos por el
Papa Inocencio VIII último responsable de los asesinatos que produjo la caza de
brujas.
FUENTE:
La Inquisición. El lado oscuro de la Iglesia. Primitivo Martínez Fernández.

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