En
la Edad Media, las mujeres europeas vivían en familia. Aquellas que no llegaban
a contraer matrimonio, permanecían al lado de sus padres y se dedicaban a
cuidar a sus sobrinos. Una de aquellas solteras, era una mujer portuguesa
llamada Lucila, quien estaba enamorada de un hombre que la despreció, y por tal
motivo, no quiso casarse con ninguno de sus pretendientes. Cuando la mujer hubo
pasado la edad de casamiento, sus padres y hermanos comenzaron a presionarla,
diciéndole que se olvidara de aquel hombre, ya que al ser bonita pretendientes
le sobraban.
Ella
no contestaba a las réplicas, pues no tenía caso alguno explicarles lo que no
entenderían; a pesar de muchas insistencias, todo permanecía en un nivel
tolerable, hasta que un día el padre le dijo que no estaba dispuesto a tener
una hija solterona, y que si no se casaba la recluiría en un convento.
Como
en cualquier otra casa, las órdenes del padre se acataban sin discusión, pero
Lucila tuvo la osadía de replicarle, que no estaba de acuerdo con ninguna de
las dos opciones, y que solamente se casaría con su único amor; pero tampoco
quería ser monja.
El
valor y la firmeza que demostró al expresar su decisión, dejó atónitos a todos
los de su familia, siendo su padre el más impresionado; una réplica de uno de
sus hijos habría sido una osadía inaceptable, pero viniendo de una de sus hijas
¡era algo terrible! ¡Qué mujer se atreve a desobedecer a su padre! ¡Con qué
derecho toma sus propias decisiones! El padre se la quedó viendo como si fuera
el mismísimo demonio y le dijo: ¡Pareces una bruja peligrosa! ¡Ojalá te quemen
viva!
El
hombre no discutió más con la muchacha y arregló su matrimonio con el hijo de
uno de sus amigos. A Lucila se le informó de la fecha en que se celebraría la
boda, y estando su madre presente, recibió varias visitas de su futuro marido.
Siempre fue grosera y fría con él, pero cuando el joven se marchaba, ella se
encerraba en su cuarto a llorar.
Su
madre la veía con los ojos enrojecidos, sintiendo una enorme pena por ella y
trataba de consolarla, diciéndole que era un buen muchacho y que sabría hacerla
feliz. Días antes de la boda, Lucila empacó sus cosas, escribió varias cartas
de despedida y se fue para siempre en medio de la noche.
En
un pueblo lejano de su ciudad natal encontró trabajo como cocinera de una
fonda, en cuya parte trasera había un cuarto que el dueño le rento. Mientras
vivió en aquel lugar, se ganó el respeto de todos porque casi formaba parte de
la familia del dueño de la fonda. Pero Lucila se comportaba como una mujer muy
adelantada a su época, pues tenía la loca idea de independizarse, por lo que
decidió irse a vivir a una cabañita situada en las afueras del pueblo, que le
rento una viuda.
Desde
el momento en que se instaló en su nuevo hogar, comenzó a despertar sospechas.
Durante aquellos tiempos se creía que sólo las brujas vivían solas, porque
necesitaban la soledad para planear sus fechorías y entrevistarse con Satanás;
otro punto en contra, era que la casa estaba completamente aislada. La gente
comenzó a murmurar y a mal pensar las peores cosas de la muchacha.
Para
aquella sociedad ignorante y prejuiciosa, cualquier mujer que se comportara de
un modo diferente a lo que establecían los roles de su sexo, tenía que ser
bruja. Lucila perdió su empleo porque su patrón no podía arriesgarse a que lo
acusaran de su cómplice. A todos los sitios donde fue a pedir trabajo, le
cerraron las puertas. Los amigos que había logrado hacer, le dejaron de hablar,
quedándose completamente sola y sin dinero.
A
su casa no podía volver, porque aunque su madre la recibiría con los brazos
abiertos, estaba segura que su padre ya la había dado por muerta y nunca le
perdonaría su desobediencia. Tenía un miedo horrible, pero no al hambre ni a la
pobreza ni al rechazo de la gente, si no a la terrible Santa Inquisición. Debía
de huir lo antes posible, a un sitio lejano donde nadie la conociera, antes de
que la acusaran de bruja ante el Tribunal del Santo Oficio.
Una
noche hizo sus maletas y se acostó temprano para escapar a primera hora del
día; pero antes de la media noche, sonaron unos fuertes golpes en la puerta,
despertó sobresaltada y aterrada. Estaba segura de que detrás de la puerta se
encontraban los alguaciles de la temida institución. Aliviada suspiró cuando
vio que su casera venía en compañía de unos hombres; la mujer le pidió que
abandonara inmediatamente la casa, pues no quería tener una bruja como
inquilina. Salió inmediatamente de la vivienda, pues ya estaba preparada y
solamente tuvo que tomar sus cosas.
Al
pueblo no podía dirigirse, era muy peligroso, tal vez ya la habían denunciado o
la gente podría lincharla y hacer justicia por su propia mano. Entonces decidió
cruzar el bosque para llegar al pueblo más cercano; entre la vegetación podía
haber animales feroces o ponzoñosos, pero era preferible enfrentarse a esas
criaturas que a los humanos.
Caminó
durante varias horas bajo la más completa oscuridad y sintiendo mucho miedo por
los sonidos que la rodeaban. Tuvo la mala suerte de tropezar con una roca, y al
caer se dio un fuerte golpe en la mejilla. Cuando eran ya las siete de la
mañana, llegó sana y salva a la entrada del pueblo; pero minutos antes, una
serpiente había mordido a una niña, su madre había arrojado una piedra al
animal, mientras éste huía, y alcanzó a darle un golpe en la cabeza.
Cuando
Lucila se presentó, aquella mujer vio que traía un golpe en la mejilla y gritó:
¡Fue ella! ¡Fue ella! La muchacha sintió un fuerte dolor de angustia en el
estómago, no sabía de qué se le acusaba, pero temió que ya hubieran llegado los
rumores de sus supuestas prácticas de brujería. Varias personas se reunieron
alrededor de las dos mujeres, y la madre de la niña mordida, dijo que Lucila
era una bruja que se convertía en serpiente venenosa, señalando el golpe que
tenía en la mejilla.
Las
explicaciones salieron sobrando, pues todos le creyeron a la supersticiosa
aldeana. Amarraron a Lucila, la montaron en una mula y la llevaron al pueblo
donde había vivido, porque allí estaban las oficinas de la Santa Inquisición.
El grupo de hombres, mujeres y niños que ingresó al pueblo, llamo la atención
de todos y lo siguieron por curiosidad; se detuvieron ante las puertas del
Tribunal, bajaron violentamente a Lucila de la mula y la arrojaron a los pies
del inquisidor que salió a recibirlos. La madre de la niña explicó todo lo
sucedido.
Esa
misma mañana ya habían empezado a buscar a la muchacha, pues se había levantado
una denuncia su contra.
La
llevaron a la cámara de tortura, la desnudaron y la ataron de pies y manos. Un
verdugo enmascarado le arranco los pezones con unas pinzas, otros se encargó de
desgarrarle los senos con unas picas, y finalmente le metieron un hierro al
rojo vivo por la vagina. Después la arrojaron a una celda inmunda y la dejaron
allí varios días sin comer y obligándola a beber sus propios orines.
El
auto de fe fue celebrado una semana más tarde, el pueblo entero se reunió para
ver cómo quemaban a la bruja, todos estaban contentos de que si hubiera hecho
“justicia”. Mientras Lucila se consumía en las llamas todos le gritaban
maldiciones. En medio del horrible sufrimiento de ser quemada viva, recordó las
palabras de su padre: ¡Pareces una bruja peligrosa! ¡Ojalá te quemen viva!

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