domingo, 25 de enero de 2015

La cabeza rodante

Vivió durante la época colonial don Bernardo Alvar y Fuentes, conde de Lafragua y Loreto, quien era un apuesto caballero, arrogante como el mismo, pues tenían encomienda muchos pueblos y una renta incalculable en ducados de oro; por tal motivo se había rodeado de muchos enemigos, pero también por su mala costumbre de hablar de “vos”, incluso a las personas más encumbradas de la sociedad novohispana, lo cual tomaban como una gran ofensa.
Don Lucas Aldama y Rivas, un visitador del virrey, se preguntó quién era aquel tipo, después de habérselo encontrado en la Plaza Mayor, durante la ejecución a garrote vil de varios sospechosos de sedición y de algunos herejes reincidentes, que portaban sambenitos negros, en los cuales estaban plasmadas las llamas del infierno y demonios que las alimentaban. Un clérigo le dio a don Lucas santo y seña de aquel individuo, a lo que el visitador le dijo que ni siquiera se había quitado la gorra al verlo. Su comportamiento resultaba muy sospechoso, por lo que había que tenerlo muy vigilado, pues no dudaban que estuviera envuelto en una rebelión contra su majestad Carlos V.
Cuando el evento terminó, el carruaje de don Lucas le ganó el paso al caballo de don Bernardo, naciendo a partir de entonces una terrible rivalidad entre ellos; el arrogante caballero dirigió su malestar sonriendo mientras se acomodaba su gorra con detalles de oro y plumas de faisán.
Pocos días después, la tarde del miércoles de Tinieblas de Semana Santa, se dio el segundo y decisivo encuentro entre aquellos caballeros, luego de que los pífanos de la guardia anunciaran que el virrey salía de Palacio Real para decir vísperas en la Iglesia Mayor, ya decorada con los colores que marca la ocasión. En esta ocasión don Bernardo de los caballeros que la acompañaban quisieron ganar del paso al visitador del rey y a sus guardias en su camino a la misa de Tinieblas; dicho encuentro terminó en insultos y un golpe de guante dado por el funcionario real al petulante personaje. Era tanto el odio que se tenían, que programaron el duelo para el Domingo de Resurrección, poco les importo faltarle al respeto a Nuestro Señor.
El encuentro se dio en el bosque de Chapultepec, don Bernardo llevó ventaja desde un principio y término por herir al funcionario, quien cayó desangrándose sobre la hierba. En esos momentos los alguaciles de la Inquisición se dirigen al sitio, enterados del sacrílego evento. Don Bernardo fue avisado por uno de sus acompañantes, que el Santo Oficio se acercaba, pero antes de intentar la huida, alcanzó a rematar al visitador con su puñal; acto seguido monto en su caballo lo más rápido posible, pero no alcanzó a llegar muy lejos, ya que fue rodeado por un grupo de jinetes y decidió entregarse.
Cuando algunos de sus amigos fueron torturados, se les hizo jurar en falso que don Bernardo quería terminar con la autoridad virreinal y autoproclamarse rey, puesto que su padre y su abuelo habían contribuido a ganar esa tierra a los naturales. Por haber pecado contra Dios y el Rey, se le condenó a morir decapitado, como era costumbre hacer con los delincuentes, en especial con los salteadores de caminos de más baja categoría. El arrogante don Bernardo se puso a llorar por semejante humillación.
Llegó el día de la ejecución, después de decir sus pecados ante el sacerdote confesor, rezó los salmos penitenciales, fue exhibido ante el escarnio del público con cadenas a los pies. La gente cercana a él lo veía con una profunda lástima; pero no se la acusó solamente por el sacrilegio que cometió el Domingo de Resurrección al matar a un funcionario del rey, sino más bien porque su poder e influencia en aumento representaban un peligro para la autoridad virreinal.
Después de que su cabeza cercenada rodó sobre el tablado, su casa fue demolida y el terreno arado y regado con sal, para que la mala hierba no volviera a crecer ahí nunca, con lo que se quería decir que se daba por terminado su linaje. El arrogante don Bernardo no había tenido hijos, pero su viuda la ejecución le provocó un aborto, provocando la muerte del que hubiera sido el futuro heredero. En donde estuvo antes la casona se colocó un letrero que decía: “Esta es la justicia que manda hacer Su Majestad, la Real Audiencia y el Tribunal del Santo Oficio de México”.
La pobre viuda murió poco tiempo después en la más absoluta miseria, pues hasta el virrey le negó una pensión por los servicios que su difunto marido había ofrecido a la Corona en su calidad de caballero y encomendero. Con el paso del tiempo fue construido un hospicio para pobres en el terreno donde estuvo la propiedad de don Bernardo.
Cierta noche de tormenta, un par de monjas que se encontraban de guardia vieron rodar una cabeza barbada por las duelas del piso, dejando sangre regada su paso. Aquella espantosa visión duró lo suficiente para que la religiosa de más edad perdiera el conocimiento; la más joven relato aquel increíble suceso, el cual se repitió durante algunos años, siempre en un Domingo de Resurrección. La siniestra aparición cesó hasta que el edificio fue demolido para abrir una calle.

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