Vivió
durante la época colonial don Bernardo Alvar y Fuentes, conde de Lafragua y
Loreto, quien era un apuesto caballero, arrogante como el mismo, pues tenían
encomienda muchos pueblos y una renta incalculable en ducados de oro; por tal motivo
se había rodeado de muchos enemigos, pero también por su mala costumbre de
hablar de “vos”, incluso a las personas más encumbradas de la sociedad
novohispana, lo cual tomaban como una gran ofensa.
Don
Lucas Aldama y Rivas, un visitador del virrey, se preguntó quién era aquel
tipo, después de habérselo encontrado en la Plaza Mayor, durante la ejecución a
garrote vil de varios sospechosos de sedición y de algunos herejes
reincidentes, que portaban sambenitos negros, en los cuales estaban plasmadas
las llamas del infierno y demonios que las alimentaban. Un clérigo le dio a don
Lucas santo y seña de aquel individuo, a lo que el visitador le dijo que ni
siquiera se había quitado la gorra al verlo. Su comportamiento resultaba muy
sospechoso, por lo que había que tenerlo muy vigilado, pues no dudaban que
estuviera envuelto en una rebelión contra su majestad Carlos V.
Cuando
el evento terminó, el carruaje de don Lucas le ganó el paso al caballo de don
Bernardo, naciendo a partir de entonces una terrible rivalidad entre ellos; el
arrogante caballero dirigió su malestar sonriendo mientras se acomodaba su
gorra con detalles de oro y plumas de faisán.
Pocos
días después, la tarde del miércoles de Tinieblas de Semana Santa, se dio el
segundo y decisivo encuentro entre aquellos caballeros, luego de que los
pífanos de la guardia anunciaran que el virrey salía de Palacio Real para decir
vísperas en la Iglesia Mayor, ya decorada con los colores que marca la ocasión.
En esta ocasión don Bernardo de los caballeros que la acompañaban quisieron
ganar del paso al visitador del rey y a sus guardias en su camino a la misa de
Tinieblas; dicho encuentro terminó en insultos y un golpe de guante dado por el
funcionario real al petulante personaje. Era tanto el odio que se tenían, que
programaron el duelo para el Domingo de Resurrección, poco les importo faltarle
al respeto a Nuestro Señor.
El
encuentro se dio en el bosque de Chapultepec, don Bernardo llevó ventaja desde
un principio y término por herir al funcionario, quien cayó desangrándose sobre
la hierba. En esos momentos los alguaciles de la Inquisición se dirigen al
sitio, enterados del sacrílego evento. Don Bernardo fue avisado por uno de sus
acompañantes, que el Santo Oficio se acercaba, pero antes de intentar la huida,
alcanzó a rematar al visitador con su puñal; acto seguido monto en su caballo
lo más rápido posible, pero no alcanzó a llegar muy lejos, ya que fue rodeado
por un grupo de jinetes y decidió entregarse.
Cuando
algunos de sus amigos fueron torturados, se les hizo jurar en falso que don
Bernardo quería terminar con la autoridad virreinal y autoproclamarse rey,
puesto que su padre y su abuelo habían contribuido a ganar esa tierra a los
naturales. Por haber pecado contra Dios y el Rey, se le condenó a morir
decapitado, como era costumbre hacer con los delincuentes, en especial con los
salteadores de caminos de más baja categoría. El arrogante don Bernardo se puso
a llorar por semejante humillación.
Llegó
el día de la ejecución, después de decir sus pecados ante el sacerdote
confesor, rezó los salmos penitenciales, fue exhibido ante el escarnio del
público con cadenas a los pies. La gente cercana a él lo veía con una profunda
lástima; pero no se la acusó solamente por el sacrilegio que cometió el Domingo
de Resurrección al matar a un funcionario del rey, sino más bien porque su
poder e influencia en aumento representaban un peligro para la autoridad
virreinal.
Después
de que su cabeza cercenada rodó sobre el tablado, su casa fue demolida y el
terreno arado y regado con sal, para que la mala hierba no volviera a crecer
ahí nunca, con lo que se quería decir que se daba por terminado su linaje. El
arrogante don Bernardo no había tenido hijos, pero su viuda la ejecución le
provocó un aborto, provocando la muerte del que hubiera sido el futuro
heredero. En donde estuvo antes la casona se colocó un letrero que decía: “Esta
es la justicia que manda hacer Su Majestad, la Real Audiencia y el Tribunal del
Santo Oficio de México”.
La
pobre viuda murió poco tiempo después en la más absoluta miseria, pues hasta el
virrey le negó una pensión por los servicios que su difunto marido había
ofrecido a la Corona en su calidad de caballero y encomendero. Con el paso del
tiempo fue construido un hospicio para pobres en el terreno donde estuvo la
propiedad de don Bernardo.
Cierta
noche de tormenta, un par de monjas que se encontraban de guardia vieron rodar
una cabeza barbada por las duelas del piso, dejando sangre regada su paso.
Aquella espantosa visión duró lo suficiente para que la religiosa de más edad
perdiera el conocimiento; la más joven relato aquel increíble suceso, el cual
se repitió durante algunos años, siempre en un Domingo de Resurrección. La
siniestra aparición cesó hasta que el edificio fue demolido para abrir una
calle.
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