domingo, 15 de febrero de 2015

El callejón del beso

Una triste historia de dos jóvenes que se profesaban un tierno amor, eran Ana y Carlos. Ella, hermosa y pura, tenía cerca de veinte años y era cariñosa y única hija. Él era un apuesto mancebo como de veinte años, alto y fornido, de tez morena y carácter arrogante, adornado de las mejores cualidades morales, como la de no padecer ningún vicio y dedicarse empeñosamente a cumplir con el trabajo de su tío, el escribano, que le proporcionaba en su oficina; motivado además con la promesa de que a la muerte de éste, heredaría la escribanía. En estas circunstancias llegó a su vida doña Ana por casualidad, y como dicen los cuentistas románticos, tan pronto se miraron, un lazo indescriptible ató a los jóvenes. A partir de aquel momento, Carlos pasaba frecuentemente por la casa de doña Ana durante las tardes, porque era la hora en que salía de su trabajo. Y ella, con el mismo entusiasmo de verlo se paraba en  el balcón, con su especial belleza, blanquísima, de grandes y expresivos ojos negros, luciendo un hermoso mantón de Manila que su padre le había obsequiado; de manera que cuando pasaba su galán, ella le regalaba una encantadora sonrisa.
Así fueron transcurriendo varias semanas, hasta que él se atrevió a saludarla y la joven le correspondió con una amable inclinación de cabeza. Al día siguiente se inició la plática, titubeante al principio, pero cordial, como empieza todo noviazgo, y más tarde, como les correspondía a los dos enamorados, acompañada de dulces frases y promesas de amor. Las semanas pasaron rápido y los meses también, envueltos en las esperanzas de realizar pronto sus dorados sueños ante el altar, contando con la venia de la madre de ella, de doña Matilde, digna y virtuosa matrona que había aceptado con buenos ojos la relación de su hija con aquel joven de conducta intachable, aunque de escasos recursos económicos.
Pero no todo era miel sobre hojuelas, pues tenía la oposición del padre, que tenía planeado casarla con un amigo suyo, potentado residente en la Península, a quien Ana jamás había visto. Tal situación hizo pensar a doña Matilde que aquellas pretensiones no tenían más fuerza que las de un pago proyecto, y de acuerdo con los jóvenes, juzgo pertinente darle a conocer al padre aquellas santas relaciones, que no habían pasado de meros coloquios al pie de la ventana de su casa.
En una ocasión el padre sorprendió a los jóvenes en una amena charla, y después de haber corrido a Carlos, le prohibió que volviera hablarla su hija; en cuanto a ella, la amenazó que si continuaba aquellas relaciones, la recluiría en un convento. Doña Matilde fue objeto de duros regaños.
Aquel romance prácticamente había quedado roto; sin embargo, ninguno de los dos amantes quedó conforme con la actitud irascible del padre, y Carlos decidió reanudar sus relaciones espaldas de éste. Entonces alquiló una habitación en una casa situada frente a la de su novia, donde había una especie de postigo a la altura de la ventana, en donde él podría hablar libremente con su amada, sin que nadie se diera cuenta, y fraguar algún plan que llegara a ablandar la voluntad del padre. En el momento en que urdían un plan, tan pronto venía por tierra, para dar lugar a otro que les parecía mejor. Las semanas pasaron, escondiendo su noviazgo a la luz del día, y viéndose únicamente altas horas de la noche, desde la ventana de la joven y el escondrijo de él, cuando el padre de la doncella estaba entregado al sueño. Pero como nada se puede ocultar para siempre, un día la desgracia abatió de manera intempestiva aquel amoroso diálogo, pues el padre habiendo sospechado aquellas misteriosas entrevistas, se levantó furtivamente de su lecho, sacó de su buró una filosa daga, y ciego de ira se dirige hacia la ventana; se le interpuso en el camino su esposa, tratando de disuadirlo; mas él siguió su camino y llegó hasta donde estaba la joven, quien al ser sorprendida, aturdida, pretendió dar una explicación sin que le diera tiempo, pues el padre le clavó en mitad del pecho aquella aguda arma.
Moribunda Ana, quedó boca arriba en el pretil de la ventana, inclinada levemente a un costado, con un brazo caído hacia el callejón. En ese momento la luz de la luna alumbró aquel dramático cuadro, y se vio como el joven amante, presa del más intenso dolor, tomó la blanquísima mano de su novia, le imprimió un tierno beso, y dos ardientes lágrimas humedecieron aquella azucena marchita. Desde entonces se le llamó a esta callecita romántica, El Callejón del Beso.

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