Una
triste historia de dos jóvenes que se profesaban un tierno amor, eran Ana y
Carlos. Ella, hermosa y pura, tenía cerca de veinte años y era cariñosa y única
hija. Él era un apuesto mancebo como de veinte años, alto y fornido, de tez
morena y carácter arrogante, adornado de las mejores cualidades morales, como
la de no padecer ningún vicio y dedicarse empeñosamente a cumplir con el
trabajo de su tío, el escribano, que le proporcionaba en su oficina; motivado
además con la promesa de que a la muerte de éste, heredaría la escribanía. En
estas circunstancias llegó a su vida doña Ana por casualidad, y como dicen los
cuentistas románticos, tan pronto se miraron, un lazo indescriptible ató a los
jóvenes. A partir de aquel momento, Carlos pasaba frecuentemente por la casa de
doña Ana durante las tardes, porque era la hora en que salía de su trabajo. Y
ella, con el mismo entusiasmo de verlo se paraba en el balcón, con su especial belleza, blanquísima,
de grandes y expresivos ojos negros, luciendo un hermoso mantón de Manila que
su padre le había obsequiado; de manera que cuando pasaba su galán, ella le
regalaba una encantadora sonrisa.
Así
fueron transcurriendo varias semanas, hasta que él se atrevió a saludarla y la
joven le correspondió con una amable inclinación de cabeza. Al día siguiente se
inició la plática, titubeante al principio, pero cordial, como empieza todo
noviazgo, y más tarde, como les correspondía a los dos enamorados, acompañada
de dulces frases y promesas de amor. Las semanas pasaron rápido y los meses
también, envueltos en las esperanzas de realizar pronto sus dorados sueños ante
el altar, contando con la venia de la madre de ella, de doña Matilde, digna y
virtuosa matrona que había aceptado con buenos ojos la relación de su hija con
aquel joven de conducta intachable, aunque de escasos recursos económicos.
Pero no
todo era miel sobre hojuelas, pues tenía la oposición del padre, que tenía
planeado casarla con un amigo suyo, potentado residente en la Península, a quien
Ana jamás había visto. Tal situación hizo pensar a doña Matilde que aquellas
pretensiones no tenían más fuerza que las de un pago proyecto, y de acuerdo con
los jóvenes, juzgo pertinente darle a conocer al padre aquellas santas
relaciones, que no habían pasado de meros coloquios al pie de la ventana de su
casa.
En una
ocasión el padre sorprendió a los jóvenes en una amena charla, y después de
haber corrido a Carlos, le prohibió que volviera hablarla su hija; en cuanto a
ella, la amenazó que si continuaba aquellas relaciones, la recluiría en un
convento. Doña Matilde fue objeto de duros regaños.
Aquel
romance prácticamente había quedado roto; sin embargo, ninguno de los dos
amantes quedó conforme con la actitud irascible del padre, y Carlos decidió
reanudar sus relaciones espaldas de éste. Entonces alquiló una habitación en
una casa situada frente a la de su novia, donde había una especie de postigo a
la altura de la ventana, en donde él podría hablar libremente con su amada, sin
que nadie se diera cuenta, y fraguar algún plan que llegara a ablandar la
voluntad del padre. En el momento en que urdían un plan, tan pronto venía por
tierra, para dar lugar a otro que les parecía mejor. Las semanas pasaron,
escondiendo su noviazgo a la luz del día, y viéndose únicamente altas horas de
la noche, desde la ventana de la joven y el escondrijo de él, cuando el padre
de la doncella estaba entregado al sueño. Pero como nada se puede ocultar para
siempre, un día la desgracia abatió de manera intempestiva aquel amoroso diálogo,
pues el padre habiendo sospechado aquellas misteriosas entrevistas, se levantó
furtivamente de su lecho, sacó de su buró una filosa daga, y ciego de ira se
dirige hacia la ventana; se le interpuso en el camino su esposa, tratando de
disuadirlo; mas él siguió su camino y llegó hasta donde estaba la joven, quien
al ser sorprendida, aturdida, pretendió dar una explicación sin que le diera
tiempo, pues el padre le clavó en mitad del pecho aquella aguda arma.
Moribunda
Ana, quedó boca arriba en el pretil de la ventana, inclinada levemente a un
costado, con un brazo caído hacia el callejón. En ese momento la luz de la luna
alumbró aquel dramático cuadro, y se vio como el joven amante, presa del más
intenso dolor, tomó la blanquísima mano de su novia, le imprimió un tierno
beso, y dos ardientes lágrimas humedecieron aquella azucena marchita. Desde
entonces se le llamó a esta callecita romántica, El Callejón del Beso.

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