Cuántos crímenes espeluznantes, cuantas escenas de terror ocurrieron en el interior de la tenebrosa prisión de "La Acordada". Este relato que enmarca una leyenda tenebrosa, tiene todo lo suficiente para llenarnos el espíritu de horror; será difícil saber en dónde empieza y en donde acaba lo sobrenatural.
A principios del siglo XVIII, salteadores y bandidos infestaban todo el territorio de la Nueva España cometiendo mil desmanes, a pleno día, en las afueras de la capital, se cometían robos y asaltos, cientos de crímenes fueron cometidos en esa época cruenta. El bandidaje tomaba cada día un auge peligroso; tanto en la capital como en la provincia se cometieron actos de robo con violencia; en su osadía, los bandidos llegaron hasta entrar a casas habitadas. Ante la terrible situación, el virrey duque de Linares, llamó a la Audiencia de la Nueva España, para ver qué se "acordaba" al respecto, y de aquella reunión entre estos personajes, nació el Tribunal de la Acordada; y se "Acordó" también levantar unos galerones, que fue la primitiva cárcel de "La Acordada"; éstos estuvieron en Chapultepec.
Pero como sabía "Acordado" levantar un edificio propio para encerrar a los ladrones y asaltantes de camino, se comenzó a edificar este en parte de lo que fue elegido de la Concha, su frente daba a la antigua calle que el Calvario (o en Avenida Juárez), su costado oriente hacia lo que hoy es Balderas, y su parte poniente halago y calle de Humboldt. En el año de 1751 quedó terminado el tétrico edificio de piedra roja basáltica, con molduras, ambas pilastras y cornisas de recinto y cantería; se le llamó cárcel de "La Acordada", como derivados de aquella "Acordada" obsesión tenida entre el virrey duque de Linares y Audiencia. Pronto comenzaron a llegar remesas de bandidos y criminales para recibir el castigo acorde a sus delitos; entonces se nombró alcalde y jefe de Omnímodo de la tenebrosa prisión, a don Miguel de Velázquez que era cruel perseguidor de bandidos, la fama de este hombre sanguinario fue tremenda, se le temía y hasta los hombres más perversos temblaban ante su presencia. Como única condición para gobernar la prisión, de Velázquez pidió al virrey que se le dieran amplias facultades: sería juez y verdugo de los criminales.
Poco se le hacía el tiempo a aquel hombre para golpear brutalmente a los criminales y mandarlos al patíbulo; todos los días por la mañana y por la noche visitaba los prisioneros para castigarlos. Como lo hacía el cruel alcalde y verdugo, nunca antes una horca trabajo tanto como entonces. En cuanto a castigos, nunca tampoco los hubo más crueles, desde azotes, cadenas y hasta ratas que se devoraban vivas a las víctimas.
Contando con 2000 hombres armados, de las que salía a perseguir a los bandidos fuera de la capital, y así iba limpiando, dejando vestigios macabros de su paso, el cruel y sanguinario perseguidor de bandoleros; después de hacer justicia, el feroz sujeto no sentía la menor carga en la conciencia. Cuando llegaban nuevos envíos de hombres a la tenebrosa prisión los hacinaban materialmente; entonces don Miguel ordena una limpieza de cuerpos para recibir a las nuevas víctimas, y para llevar a cabo esta tarea, en el fondo de la cárcel existió un foso que se llenó varias veces al año como huesos y carroña. Allí fueron arrojados sin piedad, moribundos y viejos, enfermos y los que morían de hambre. A veces, a propósito para que vieran de cerca "su justicia", de Velázquez dejaba los huesos descarnados colgados de los muros.
Años después, el virrey mandó llamar al verdugo sanguinario para confiarle una delicada misión: la custodia de un importante personaje, que era el marqués de Torrecillas, que estaba próximo a llegar del Perú; tenía que traerlo con su esposa y servidores, sanos y salvos a la capital de Nueva España. Don Miguel con 11 hombres valientes y disciplinados, partió hacia el puerto de Acapulco, era seguro que nadie iba a estorbar la misión, pero en un lugar cercano a lo que hoy es Iguala, un soldado explorador regresó nervioso y les dijo que cinco jinetes se aproximaban. Don Miguel meditó un momento, y después impartir las órdenes a sus soldados, tendientes a sorprender a los cinco desconocidos jinetes, todo se ocultaron entre el follaje y tras las peñas; pronto aparecieron por el camino cuatro jinetes españoles y un monje negro de la orden de "Los Tenebrarios", venían deprisa, como si les urgiese llegar a un sitio determinado y no se dieron cuenta de la presencia de Velázquez. Cuando estuvieron aquellos desconocidos dentro del cerco de soldados, saltaron al camino; tomando siempre la ventaja, don Miguel les ordenó a los jinetes que desmontaran y se identificaran, y así lo hicieron, todos eran los hermanos García de Pimentel, y se dirigían a la capital de la Nueva España en busca del doctor de Silva, para que curara a su enferma madre.
Uno de los principales atributos de Velázquez era la desconfianza y la rapidez de movimientos, en instantes tomó la decisión de decir que aquel doctor no existía, y que ellos eran solamente unos bandoleros que pretendían asaltar y robar la diligencia del marqués de Torrecillas, y por lo tanto ordenó a sus guardias aprehenderlos y buscar un árbol para colgarles.
Sin información de causa, sin escuchar razonamientos, don Miguel es sanguinario ordenó colgar a los cinco. Muertos los que se decían hermanos, le tocó el turno al fraile negro de la orden de los Tenebrarios, entonces en esos momentos en los ojos del fraile se cruzó una luz siniestra de venganza y abrió los labios para gritarles que aguardaran un momento, y en un rápido inesperado movimiento el religioso le arrojó a Velázquez un extraño medallón de plata redondo, con el símbolo de la eternidad, que lo perseguiría y conduciría hasta la muerte; echando una maldición lo lanzó lejos. Don Miguel y sus hombres galoparon hacia Acapulco, quedando atrás el fraile muerto, con su índice macabro apuntando hacia ellos. De Velázquez y sus hombres trajeron a la capital al marqués de Torrecillas y lo escoltaron hacia Veracruz; el ilustre viajero y su séquito no tuvieron contratiempo alguno y pudieron embarcarse rumbo a España que era su destino.
Transcurrió el tiempo... cierta noche un carcelero entró presuroso a dar un informe insólito al verdugo sanguinario: ¡tenían cinco prisioneros demás! El carcelero la aseguró que los había contado varias veces, y siempre le sobraban cinco. Dispuesto a sacarlo del error, don Diego decide ir el mismo, y para su asombro confirmar la cuenta. Al día siguiente se volvió a confirmar que era el mismo número, llevándose a cabo la misma operación durante siete días, pero siempre daba el mismo resultado; entonces para que las cuentas le salieran bien, ordenó que se sacaran a cinco prisioneros y se les colgaran. Esa misma tarde se llevaron a cabo las ejecuciones ordenadas por aquel cruel hombre, para corregir un error en la población de presos.
Tres días después don Miguel se hallaba repasando las notas de su libro de presidio, cuando uno de los carceleros le interrumpió para decirle que había cinco prisioneros más nuevamente, y para darle fin a esta broma de una buena vez manda construir una macis ahorca para colgar a los prisioneros excedentes; la construcción duró varios días, según órdenes de Velázquez se recubrió con planchas de plomo. Esa noche el verdugo pensó estrenar la nueva horca, cuando creyó escuchar una voz siniestra que le decía que él mismo estrenaría su horca; creyendo que era alguien que quiere atemorizarlo, comenzó gritar y a blasfemar. Creyendo que era un sueño, alucinaciones y como la voz favor escucharse, se volverá dormir.
Al día siguiente muy temprano, don Miguel fue a recrearse con su horca terminada. ¡Ansiaba ponerla pronto en servicio! Conforme en iniciar sus ahorcamientos hasta el día siguiente, el verdugo se puso a hacer una lista de los que serían ajusticiados, pero en esos momentos penetró un frío helado, como de muerte, haciendo volar los papeles; mientras los recogía se dio cuenta de la presencia de cinco personajes, el viento había apagado las velas. Al momento levantó la vista para quedar frente a cinco espectrales formas que parecían confundirse con las sombras, uno de ellos habló con cavernosa voz, para decirle que venían en pos de justicia, de las que sintió en extraño escalofrío ¿en dónde había escuchado esa voz y cuándo? Entonces el espectro negro le volvió a hablar, ¡era el mismo que noches anteriores había venido a decirle que el estrenaría la horca! El verdugo quiso gritar, mas no pudo, un nudo en la garganta se le hizo y apenas balbuceó.
Don Miguel bajó la vista y descubrió horrorizado que tenía sobre su pecho aquel maldito amuleto que le lanzara el fraile, fuera de sí, abatirá su alma de horror, comenzó a retroceder; mientras lanzaba gritos espantosos, alaridos que extrañamente nadie escucho, los cinco espectros arrastraron hacia afuera a Velázquez, hasta que lo llevaron al pie de la horca revestida de plomo. El fantasma del fraile negro se quitó el cordón de su hábito para utilizarlo de soga, y con fuerza su romana los espectros arrastraron al horrorizado Velázquez por las escaleras, le colocaron la cuerda alrededor del cuello y jalaron fuertemente. Para los seres de ultratumba nada hay imposible.
Al día siguiente los ojos profundos y apagados de los prisioneros, vieron colgado a su verdugo en la horca nueva, nadie pudo explicarse lo sucedido y menos cómo y por qué se ahorcó con un cordón viejo y podrido del hábito de un fraile tenebrario. Muerto Miguel de Velázquez, la prisión de la Acordada continuó funcionando bajo un régimen menos severo, pero igual de injusto y arbitrario.
Se aseguran documentos históricos que continuaron las ratas y el foso, llenándose de la carne de moribundos y muertos; y asientan que en 1774 cuando se inauguró el "Hospicio de Pobres", niños y maestros frailes, comenzaron a escuchar gritos y lamentos de ultratumba, procedentes de la anexa cárcel de la Acordada. Luego en el año de 1788 ocurre un terremoto que causó grandes daños a dicha prisión, al grado de que todos creyeron que era un castigo divino; así la tétrica prisión casi fue reducida a escombros, cayeron sus muros y sus rejas, sepultando a muchos infelices.
Aunque se reconstruyó la macabra prisión, ya no funcionó igual, sino como una cárcel ordinaria y común; y años después los reos fueron trasladados a la cárcel de Belem y los años hicieron lo demás.
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