Uno de los barrios que tiene la fortuna de contar
con agua en abundancia, era el del Niño Perdido (Eje Central). Por el acueducto
de Belém llegaba la capital el agua que se le conocía como “gorda”, ya que ésta
era más pesada que la delgada, superándola en que no se enturbiaba en tiempo de
lluvias, pero es de más baja calidad para saciar la sed. Terminando la
arquería, descansaba una fuente de tosca construcción toda de cantería y del
estilo original llamado churrigueresco; el tiempo y el uso fueron destruyendo
parte de aquella fuente, reflejo del romanticismo en la arquitectura. Estaba
situada en un arrabal y en una plazuela, que diariamente era un punto de
reunión, en donde se podían conocer muchas anécdotas del barrio y las historias
populares; en aquella fuente a ciertas horas, se formaba una auténtica
tertulia, en que además de los asuntos de cocineras recamareras, se hablaban de
los efectos de primera necesidad, de la despedida del ahorcado, de celos y
pleitos.
La fuente fue construida en el reinado de Carlos
III, siendo virrey de la Orden de San Juan Frey don Antonio María de Bucareli y
Urzúa, cuadragésimo virrey de Nueva España, el cual dio su nombre al Paseo que
se tituló Nuevo. La obra fue terminada el 20 de marzo de 1779, siendo juez
conservador de propios y rentas don Miguel Acevedo y regidor comisionado don
Antonio de Mier y Terán.
El nombre que adquirió después esta fuente se debe
a la hermosa cascada en miniatura que forma el agua, cayendo del tazón de
piedra sostenido por un grupo de tres niños sobre delfines, hacia el
receptáculo en que la recogía el público. El trabajo de la obra es bastante
curioso, destacando el gran relieve que se halla en la parte frontal de la
fuente, representando las armas de la Ciudad de México, tales como se usaban en
la época en que fue construido aquel monumento: se ve un águila con las alas
abiertas y una cruz en el pecho; entre las salas están los estandartes españoles
y en las garras las macanas indígenas; pendiente del pecho de la misma águila
está un medallón que representa las armas de la ciudad, esto
es, sobre el fondo hay un castillo en medio de tres puentes que parte de y
sirven de base a dos leones que apoya sus garras en el castillo; aparecen allí
las características hojas de nopal y en el remate tuvo la corona imperial; el
escudo fue borrado después de la independencia y ha quedado modificado el
conjunto.
Acueducto de
Belém.
Este acueducto daba paso al agua denominada gorda,
el cual comenzaba junto a Chapultepec,
recorriendo la calzada de Belém y terminaba en la fuente del Salto del Agua.
Desde donde brotaban las aguas en la alberca, hasta la fuente, hay una
distancia de 4673 varas (3915.974 metros), contándose 904 arcos desde el puente
de Chapultepec. Para dar la mayor elevación posible al agua, y por consiguiente
mayor impulso, se logró aumentar en vara y tres cuartas (1.4665 metros) la altura que antiguamente tuvo al levantarse
la arquería, habiéndose ya elevado una vara sobre el nivel anterior. El agua
gorda era utilizada por los que habitaban la parte Sur de la ciudad,
comprendiendo las zonas de Belém, La Piedad, San Antonio Abad y la Viga.
Esta agua que nació el Chapultepec, antiguamente
sirvió para abastecer la ciudad azteca, y uno de los trabajos de los primeros
conquistadores fue arreglar los caños y ponerlos en corriente. Se pueden
encontrar muchas disposiciones en el primer libro de cabildos para formar la
zanja, repararla y componerla, nombrando guarda que la cuidara; los manantiales
del bosque también sirvieron para abastecer del vital líquido. El primer
registro que se tiene de esta agua, fue la que se le concedió al convento de
San Francisco en el cabildo del 23 de enero de 1526.
Antes de la conquista venía para la capital de la
ciudad el agua potable nacido Chapultepec por dos acueductos. Llegando a épocas
más recientes, fueron utilizadas bombas movidas por máquinas de vapor para
elevar el agua.
Parroquia del
Salto del Agua.
Fue mandada erigir por el rey Carlos III a
solicitud del Arzobispo don Francisco Antonio Lorenzana. La actual parroquia es
una iglesia nueva, cuya primera piedra fue colocada el 19 de marzo de 1750 por
don Francisco Navarro Navarijo, asistiendo un crecido número de clérigos y
distinguidas personas seculares. El padrino de la ceremonia fue don José
Gorraez, primogénito del mariscal de Castilla, quien en agradecimiento porque
su hijo había sido invitado para semejante acto, prometió dar para la obra de
la Iglesia seis de esos semanales, lo que cumple por espacio de 10 años sin
haber faltado una sola vez, dando un total de más de $3000. La licencia para
colectar limosnas destinadas a la fábrica de la iglesia, fue concedida en enero
de 1729.
Treinta y dos años después, fue erigida la iglesia
del Salto de Agua en ayuda de la parroquia de la Santa Veracruz, atendiendo a
que se hallaba comprendida en el territorio de la jurisdicción de esta
feligresía; pero cuando se hizo la división de la capital en 14 parroquias, por
el Señor Arzobispo Lorenzana, quedó independiente la del Salto en el año de
1772.

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