El decir maestro denotaba hambre y necesidades;
estas van unidas como la carne con la uña. No desean tener beneficios, se
conforman con que no les falte un buen plato de caldo, un trozo de carne, los
indispensables frijoles duros propios para apedrear en un motín o si están
agusanados mucho mejor, pues así son demás alimento; como olvidar también el
jarrito de café. Con el estómago pegado a la espalda y bostezos continuos, con
estómago exhausto y con hambre a toda hora, así viven sin vivir, estos
escuálidos y abnegados seres. El hambre es su sopa caliente, su pan y su agua,
así como su padre nuestro y suave María.
Hombres con menos carne que un leño, pero con
grandes ojeras, al borde del desmayo, con su ropa raída, agujerada y
desgastada, todos roñosos y desgreñados. De estos tristes mortales, que a duras
penas viven, era Cristóbal de Trujillo, descarnado y de mandíbula transparente,
ocioso de boca y liso de barriga. Estaba el infeliz casi sin alientos, exánime,
y su andar era como de sonámbulo, sin moverse, tieso y erguido, como forjado en
una sola pieza; pero esta lentitud sólo era una precaución para no desarmarse
al hacer un movimiento brusco. La sotana era un puro lamparón; contenía más,
mucho más grasa que una tocinería, pero los puños y en los bajos colgábanle
abundantes arambeles y flecos que combinaban muy bien con aquellas greñas
llenas de liendres, que traía siempre revueltas ya sobre los ojos, ya le
colgaban todas lacias y enmantecadas casi hasta los hombros.
Tenía este hambreado Trujillo abierta escuela en
donde atendía hasta dos docenas de chicos revoltosos. Era fraile profeso de
Santo Domingo y clérigo ordenado de corona; enseñaba a deletrear, a decorar, a
leer de corrido; enseñaba la doctrina y las cuatro reglas; hacer palotes, luego
letra bastarda, y redondilla después, y todo esto entre palmetazos horrendos
que sacaban hasta humo de las manos, de disciplinazos feroces que procuraba con
gran cuidado cayeran en lo más carnoso del cuerpo, y se pasaba el día con
amenidad desdentando a diestra y siniestra con bélicos mojicones a los chicos
analfabetos; o si no tenía el humor sulfurado, ponía a sus educandos las orejas
de burro.
Pero de pronto este ser diáfano de flacura, empezó
a cubrirse los huesos con buenas carnes, se le sonrosaron los pellejos de su cara y hasta tomó cierto
balance al andar, grácil, como de pluma en brisa. Ya tenía en su mesa
abundancia de buenos guisados, pan rebanado a pasto y cántaros de vino. Ya
andaba el escuálido Padre Trujillo en grandes regodeos con aquello que en otros
tiempos era sólo un sueño, pechugas de pavo, lonjas mantecosas de cerdo,
pescados y pollos. Recordaba sus antiguos bodrios y escupía de repugnancia.
Pero ¿de dónde salieron esos guisos que ya comía a diario con buen
acompañamiento de pan blanco y de vino? Pues eran debidos a la peregrina
invención de su muy peregrino ingenio. Como los chicos no le pagaban, y si por acaso
le pagaban era tarde y mal, él se vengaba dándoles, por lo que hacía o por lo
que podían hacer, aquellas tremendas golpizas diarias en parte blanda, desnuda
y noble con las que temblaba el misterio y ésta se ponía a valar el cordero
pascual. Lo que discurrió un terrible ingenio el magro pedagogo para acrecentar
los músculos y tener una poca de grasa de reserva, fue enseñar a sus discípulos
a robar. Singular enseñanza con la que les perfeccionaba y pulía los naturales
instintos a la rapiña de los más de sus alumnos, ya con hábil precocidad para
este arte u oficio que recibieron en herencia con la primera leche.
Les enseñaba a hurtar y les mandaba que hurtasen
los bienes y hacienda de sus padres, y así por su mandato los discípulos lo
hacían, y si no lo hacían les amenazaba imponía temores infinitos. Y por todo
el señor Juan Bautista, fiscal y alguacil mayor de la ciudad de Oaxaca, lo
denunció el 22 de septiembre de 1571 ante el provisor de la Santa Iglesia
Catedral, bachiller Leandro Martínez, y desde luego le abrió proceso el deán en
oficio de juez eclesiástico. Se citaron a numerosos muchachos y todos
declararon como los obligaba el señor maestro aquel le dijesen los objetos que
había por sus casas, y que escogía entonces los que le parecía mejor y más adecuados
para que se los trajesen, y que al que no quería hacerlo le amenazaba
horriblemente con penas que llenaban de escalofríos, y que por temor y hasta
por respeto lo obedecían sin chispar, y además les tenía mandado que cuando
fuesen a confesar no dijeran nada de los hurtos. Los muchachos decían
osadamente lo que les enseño; ya sin miedo le aclaraba sus buenas enseñanzas,
pero inerme de disciplinas y palmetas con las que les hizo terribles estragos
en sus carnes para demostrar que la letra con sangre entra. Pero Cristóbal de
Trujillo contestaba medio riendo, que quien le daba crédito a muchachos, que se
necesitaba ser bobo de nacimiento para tomarles en cuenta sus dichos, y con
fecha de 5 de octubre de 1571 escribía su defensa; en la cual aclara que los
muchachos no rebasan los dos años de edad, y que todo aquello que declararon
carece de veracidad alguna porque ellos solo quieren su mal; así también exigía
su pronta libertad porque al ser inocente no tenía el por qué estar en prisión.
Entre afirmaciones contundentes de los chicos y sus
padres, y de la gente a quien le fue a vender lo que habían robado, para
satisfacer su hambre atrasada de años, se pasaron largos meses, y al fin el
reverendo deán provisor dictó la sentencia: el maestro Cristóbal Trujillo fue
condenado a prisión y a un año de destierro, entre otras más. El 9 de octubre
de ese año fue llevado a la Santa Veracruz a cumplir la penitencia a la que se
le condenó. Lo pusieron en el presbiterio en una alta tarima para que se le viese
bien desnudo de pie y pierna y con vela en la mano, tal como se mandaba en la
sentencia; el pobre hombre estaba descolorido, como en sus desastrosos tiempos
de hambre, con la barbilla pegada al pecho, sus largos y aceitosos cabellos le
colgaban sobre la frente, tapándole los ojos. Al terminar de leer el Evangelio
el sacerdote oficiante, el fiscal se puso de pie y con preciosa voz dijo una
tremenda oración a los fieles en la que les explicaba, pormenorizadamente
porque se hallaba allí aquel “maestro de niños”, cosa enteramente inútil porque
todos los concurrentes lo sabían a las 1000 maravillas. Cristóbal de Trujillo
se afana escrupulosamente en sacar discípulos competentes y bien logrados en
las disciplinas de Caco para que tuvieran después sonada reputación. Lástima de
esfuerzos.

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